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25 noviembre 2013 1 25 /11 /noviembre /2013 18:43

 

La noche cae tranquila en el tranquilo huerto,

en los patios traseros, en los árboles muertos,

en el oscuro aljibe, en la alameda umbría.

Parecen meditar tras el sopor del día

 

el ajedrez, los campos, la Venus vespertina.

El soliloquio, el diálogo, la solidez cansina

se fingen de silencio, y la noche estrellada

adormece al farol, el poste y la alambrada.

 

(En un cuarto pequeño da gritos una niña,

el himen reventado del ave de rapiña:

su padre o su padrastro, jamás lo supo claro.

La madre nada escucha en su callar avaro.)

 

La noche cae tranquila en el tranquilo pueblo,

preclaro de héroes rancios y agotador despueblo.

La luna da visita a las casas en ruinas

y a los suburbios tristes donde ni un can camina.

 

Aroma de los tilos, aroma del aromo,

fragancia de la noche en el luciente asomo

de algún jazmín del Cabo de fuego penetrante,

de un nardo que de límpido parece sollozante.

 

(Entre vereda y zanja, el cuerpo de un linyera.

Hartura de mal vino y de la vana espera;

por un amor perdido, los piojos, las hambrunas.

¿Despertará mañana? Pregúntenle a la luna.)

 

La noche cae tranquila, la tibia primavera

despierta a la libélula y trae de las riberas

del mar lejano sales preñadas por Proteo.

El naranjal enjuto, el ceibo del deseo

 

se amoldan a la noche como a la cuna el niño.

¡El canto de los grillos en un coral aliño!  

¡El canto de las ranas en reencendida flama!

¡El pájaro y su pájara dormidos en su rama!

 

(En un vergel baldío, vestido de inocencia,

dos metros bajo tierra, esperan con paciencia

los huesos mutilados de Desaparecidos,

aullidos de picana remisos al olvido.)

 

La noche cae tranquila con todas sus estrellas,

las mil constelaciones que sin consciencia de ellas

mismas, forman formas de ménades orgiásticas,

y en un rincón del cielo los trazos de la esvástica.

 

 

 

 

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12 noviembre 2013 2 12 /11 /noviembre /2013 04:20

 

Ser fuerte y desear

que el otro exista.

Debilidad o cobardía es desear

su ausencia:

máscara de

la propia ausencia

 

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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Poesías
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7 noviembre 2013 4 07 /11 /noviembre /2013 02:03

 

I

 

Y del Edén salía un río para regar el huerto, y de allí se dividía y se convertía en cuatro cabezas.  El nombre del primero es Pisón; éste es el que rodea toda la tierra de Havila, donde hay oro. El oro de aquella tierra es bueno; allí hay bedelio y ónice. Y el nombre del segundo río es Gihón; éste es el que rodea la tierra de Cus.  Y el nombre del tercer río es Jidekel; éste es el que va al oriente de Asur. Y el cuarto río es el Perat.

Génesis 2: 10-14 (lit.)

 

II

 

En 1650, Antonio de León Pinelo (1590 – 1660), que pronto serviría brevemente como historiógrafo y cronista general de las Indias, completó su Paraíso en el Nuevo Mundo (…) Especialmente en Amazonia podían encontrarse huellas del Edén. Aún ahora, en aquella región, la Naturaleza se mostraba más abundante y fértil que en ninguna otra, manteniendo una inmensa variedad de plantas, árboles y animales. Ante todo, la existencia de los cuatro grandes ríos, el Amazonas, el Orinoco, el Cauca o Magdalena, y el río de la Plata, que regaban el corazón del Continente, demostraba la verdad de esta tesis. Era una región que gozaba de “eterno verano y perpetua primavera”.

David A. Brading, Orbe Indiano, 225-6 (FCE)

 

III

 

Ríos, ríos,

Paraíso de los ríos,

agua pura de los ríos,

aguas turbias de los ríos.

 

Ríos, ríos,

Edén amurado en ríos,

verdes puros de los ríos,

verdes turbios de los ríos.

 

Ríos, ríos,

camalotes de los ríos,

peces áureos de los ríos,

paz argéntea de los ríos,

alba prima de los ríos.

 

Ríos, ríos,

Orinoco, Amazonía,

de la Plata magro y ancho,

Cauca misterioso, umbrío,

 

Ríos, ríos,

y allende el Paraíso,

furia breve el Biobío,

río Bravo del mexica.

 

IV

 

Ríos, ríos,

sangre turbia de los ríos,

carne pútrida en los ríos,

nunca, nunca cristalinos.

 

(Selvas de osamentas secas,

llanos de tumbas sin nombre,

huesas de infinitos huesos,

cielo alto, tierra enferma)

 

Ríos, ríos,

ya no el querubín flamígero,

coto ígneo a lo perdido,

sino infierno de los ríos.

 

Ríos de mensús flotando,

ríos de indios flotando,

ríos de niños flotando,

ríos de negros flotando,

rojos coágulos del río,

entre camalote y peces

van flotando por el río.

 

Rojo turbio Amazonía,

rojo turbio de la Plata,

rojo turbio el Orinoco,

rojo turbio el río Cauca.

 

Rojas manos de los dioses,

rojas manos de los hombres,

rojas manos los obispos,

rojas manos los milicos.

 

Ríos, ríos,

desde Pinochet a Stroessner,

de Videla a Ríos Montt,

de Trujillo a García Meza,

desde el Bravo al Biobío.

 

Ríos, ríos,

la blancura de la andina

nieve no lava estos ríos,

ni los bálsamos secretos,

ni la sal de las salinas.

 

Ríos, ríos,

cementerios de los ríos,

más acá de los infiernos.

más allá del Paraíso.

 

 

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8 octubre 2013 2 08 /10 /octubre /2013 17:57

 

 

Muérdago, murciélago, mordaza,

para las voces, para el roce de la ausencia

que clama hacia el silencio.

Manto mortuorio para el prematuro

ritual de olvido; ausculto entre mis muertos

esa palpitación, ese mentís

que vanos tornan mi mudez, las millas

interpuestas, los teléfonos

desconectados, sobornos al cartero

porque queme los papeles a mi nombre.

 

En contrapunto,

cualquier crepúsculo me lleva al cementerio

de las tumbas de mí, de las tan múltiples,

de los mil cenotafios y epitafios

en bronce y en latón, en barro y nada.

Todos ellos fui yo, y los cipreses

le susurran a mi indolencia ubicua

de morir y ser otro y ser el mismo,

 

prodigando incesante mi ceniza.

 


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26 septiembre 2013 4 26 /09 /septiembre /2013 04:10

 

 

 

 

 

Poco a poco fue llamando a olvido

 

a los recovecos de la casa de su padre;

 

después al rostro de su padre,

 

y a la voz de su madre, hecha de pocas cosas,

 

siempre crueles, como una letanía.

 

Y después se despidió de los aromas

 

de la piel de su primer amor,

 

de su segundo amor, de esos amores

 

que algún día creyó quintaesenciados,

 

meritorios de atesorarse en redomas de alabastro.

 

Y de los instantes que había juzgado dignos de ser amonedados en símbolos preclaros,

 

y de los libros rotulados

 

de imprescindibles;

 

supo

 

que sus propios versos no lo salvarían, ni trastocarían el mundo más que la muerte de una libélula;

 

y renunció a sus versos, a la carga de los manuscritos,

 

de la letra ilegible,

 

de la letra de molde,

 

de los cenáculos y de los contubernios

 

donde los poetas se aplauden, melifluos, y se odian para siempre.

 

Olvidó al Dios de sus manos infantiles,

 

y a los anchos mares de las mitologías más postreras,

 

y a los tratados que niegan a los dioses,

 

y a los tratados que niegan a los hombres.

 

Renunció a la utopía

 

y también a sentir que las concatenaciones

 

de los hechos respiraban misteriosos complots de providencias, hadas madrinas, estrellas conjuradas, manía protectora de deidades pendientes de sus mínimos actos.

 

Renunció a renunciarse,

 

y se dejó fluir por las magras oficinas,

 

por el tecleo anónimo, por las horas fichadas,

 

por las rencillas ínfimas, por los sucesos ínfimos,

 

por los ínfimos y tesoneros odios,

 

por el ínfimo y tesonero amor.

 

Se dejó fluir por los semáforos,

 

por las avenidas, por el smog, por el pánico de los embotellamientos.

 

Se volvió un hombre gris,

 

se sintió liberado del cotillón dorado con el que un día planificó sus días.

 

Tomó dosis de loto en pequeñas cápsulas,

 

noche tras noche, semana tras semana;

 

jamás su olvido le permitió olvidarlas:

 

en ese trozo de memoria terca

 

se intuyó todavía

 

un ser humano.

 

 

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17 septiembre 2013 2 17 /09 /septiembre /2013 02:09

  

 

Cosas han muerto, y yo muerto con ellas.

Musa callada, intímame a que escriba.

Quiero vivir. Oblígame a que viva.

En ti confío, astrólogo de estrellas

 

negadas hoy, silentes, solo abiertas

a regar con sal pura las raíces

que ya nada soportan de deslices

del odio o del amor. Oh mi encubierta

 

diosa anterior, regrésame a los pálidos

versos de un vientre que recobre el fuego.

Una mansión de luz, los antros cálidos

 

donde antaño respondiste a mi ruego.

No es grande mi secreto, si no exceso:

de tanto regresar, temo el regreso.  

  

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6 septiembre 2013 5 06 /09 /septiembre /2013 23:32

 

El que conoce el paisaje de la pampa.

el que lo ha entrevisto en las páginas de un libro,

el que ha hurgado una serie de instantáneas,

o ese museo que llamamos costumbrismo,

sabe de qué hablo cuando hablo de esquina:

una ochava silente plantada en la llanura

con sus sendas de barro en sus sendos costados.

Resabios de algún viejo almacén,

o de un burdel, o de una casa

cuyos poblantes hicieron geología

de retoques, de olvidos, de fealdades;

un carmín devenido en rosa o gris,

un palenque herrumbrado,

unas rejas sin pretensión alguna de foránea belleza;

un arbolito que crece en la altura, hacia la luz, soldado

a ese barro que se niega a ser piedra.

Esquina

que divide la llanura en dos universos en espejo,

esquina innominada o portadora

del alias de un difunto ya olvidado,

o de un pueblito que el tiempo afantasmó.

Es tan fácil preguntarse

si esa esquina también es maniquea,

si lleva hacia el Ser y hacia el No Ser,

hacia el Bien y hacia el Mal,

hacia Forma e Idea,

hacia los ángeles y hacia los demonios,

hacia otras esquinas en cuyo entramado

cupiera la cifra y el secreto del mundo.

 

Pero nadie ha dado la respuesta,

y la pampa es remisa a albergarse en la cábala.

Permanece la esquina.

Si alguien la demuele,

nada cambia.

 

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6 septiembre 2013 5 06 /09 /septiembre /2013 21:13

 

Si me arrastro, si repto,

es porque estoy

buscando mi palabra.

 

Si me callo, si guardo el silencio de un cenobita,

es porque estoy

buscando mi palabra.

 

Si digo lo que digo, y pongo niebla

a los vocablos y rompo la sintaxis,

si farfullo en lenguas muertas aún no descifradas,

es porque estoy

buscando mi palabra.

 

Si amancebo mi voz, si la hago pública, obscena casi como una meretriz,

si la torno virgen, casta, mártir, flagelante,

es porque estoy

buscando mi palabra.

 

Si alguien me acalló, y derrotado,

le doy el soliloquio en privilegio,

es porque estoy

buscando mi palabra.

 

Si suspendo los libros,

si los dejo en el polvo,

si rompo mi larga tradición de un insomnio converso

a la barraganía con las páginas múltiples,

es porque estoy

buscando mi palabra.

 

Y si esta ascesis sirve para algo,

si este inmóvil camino tiene un rumbo,

si encuentro mi tesoro,

no me busquen ni busquen lo encontrado:

me habré quedado en mil máscaras cercanas

y me estaré tan lejos que apenas seré un otro.

 

 

 

 

 

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8 agosto 2013 4 08 /08 /agosto /2013 17:35

 

 

 

Anduve, anduve, anduve

al roce vegetal d’este planeta,

y no pude ver ni una colina,

ni un altozano, ni un otero en sombra:

sólo raya horizontal del hemiciclo,

el límite nunca trasvasado,

y así me destrocé en el infinito

y ahuyenté provincias colindantes,

como hierba secreta enmudecida,

como raíz alúmbrica del páramo.

Y por no conocer otro paisaje

y quedarme en mi patria vulnerada,

yo convoqué a las voces disidentes,

a las plegarias, a las teofanías,

a las blasfemias, a los sindicatos,

y compacté y dispersé anaqueles,

y me olvidé los bultos de los libros,

y me encerré en las páginas en blanco,

y pude recordar sólo tres líneas

a los que en vano me profetizaron

un futuro, una gloria, una asonancia:

les di otra vez en espejo ese paisaje

que levita los épos del hexámetro:

ni un altozano, ni un otero en sombra.

Para no morir de soledad

convoqué a las voces, los idiomas,

las parcelas, los quásares, los istmos,

y oí la voz del Yucatán lo mismo

que el vocablo de Cúcuta y la nieve

del Chimborazo y la mansión violada

de Guatemala y planos de Bolivia,

para yacerme al fin ojos cerrados

con la noche anular y la quebrada

senda del mundo en pedazos tristes,

sobrevolando lúmenes de nada,

agostada de eco y de caricia.

 

 

 

 

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3 julio 2013 3 03 /07 /julio /2013 20:38

 

 

No hay más paisaje que aquel cuyas moléculas

llevamos debajo de las uñas.

El resto, del terrón hasta las ruinas,

del templo nuevo al superviviente,

no me conocen ya, no los conozco.

 

Ay pobres uñas portadoras del mundo.

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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
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