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11 enero 2010 1 11 /01 /enero /2010 23:37

 







Una sentencia pesada, mi muy soberano señor. / (…) / El idioma que aprendí en estos cuarenta años, / mi inglés natal, ahora debo olvidar, / y el uso de mi lengua ya  no es más para mí / sino una descordada viola o un arpa, / o un ingenioso instrumento dentro de su estuche, / que, si lo tocan, es para ponerlo en manos / que no saben tocar ni entonar la armonía. / Dentro de mi boca habéis encerrado mi lengua, / con el doble rastrillo de mis dientes y mis labios /…/ ¿Qué es tu sentencia, pues, sino una muerte sin habla, / que priva a mi lengua de modular su nativo aliento?

Ricardo II, I, iii (trad. de Delia Pasini)

 

 

Thomas Mowbray, duque de Norfolk, personaje de ese bellísimo y tan poco representado drama shakesperiano, Ricardo II, es sorpresivamente desterrado por su rey. Lo primero que sufre no es hallar una nueva geografía para su exilio; lamenta que su lengua ya no fluirá en inglés, y que a su edad deba ser confinado a los parajes de un habla balbuceante, o de una mudez. Por supuesto, lo dice en magníficos pentámetros yámbicos de verso blanco, como se había impuesto en el teatro isabelino. Y paradójicamente, aquí lo leemos en una lengua del destierro, la férrea castellana, en ese transplante doloroso que toda traducción significa, en primer lugar para el propio traductor, el (a veces insomne) responsable de migrar los versos a otras sintaxis, sonoridades, métricas, armonías.

Como es bien sabido, los hechos más importantes de la literatura suelen suceder casi en secreto, en labor paciente, en desconsiderada recepción. Y no hablamos aquí de la propia labor de Shakespeare –reseñar a Shakespeare sería, al igual que con la Biblia o con la Commedia dantesca, querer capturar el universo- , sino de su feliz traslado a nuestros ámbitos. A fines del año pasado, en un acto casi esotérico en la Avenida Corrientes, se presentó el cuarto y último volumen de sus Obras Completas en edición argentina, realizada por Editorial Losada, bajo la curaduría de Pablo Ingberg, responsable al mismo tiempo de casi la mitad del trabajo de traducción, y de las decisiones últimas en cuanto a la disposición de las obras. Pero Shakespeare en Losada conoce una prehistoria y una historia, que juntas abarcan exactamente 70 años.

Losada fue creada a fines de los ’30. En esa etapa primigenia, gran parte de las selecciones y los prólogos estuvieron a cargo nada menos que de Pedro Henríquez Ureña (uno de los prólogos pervive aquí, como introducción general). En 1939 y 1940 aparecen Otelo-Romeo y Julieta y Hamlet, respectivamente. Se decide exhumar a un traductor decimonónico, Guillermo Macpherson, que entre otros atrevimientos había decidido trasladar directamente del inglés, y en verso. Es que, desde el XVIII en adelante, el Bardo era conocido en castellano, pero a través de retraducciones desde el francés, adaptaciones letales como la de Moratín, o prosificaciones descafeinadas como las de Menéndez y Pelayo. Ninguna de estas intentonas –incluida la de Macpherson – tradujo la totalidad de las obras (a partir de ahora, OC). Cada época tuvo en el canon shakesperiano sus predilecciones; aún en Inglaterra, para la época victoriana, Enrique VIII se llevaba los laureles, en tanto hoy es vista como absolutamente menor. Por el contrario, aún no había llegado el tiempo de capturar toda la honda dimensión de obras extrañas y luego tan flagrantemente “modernas”, como Troilo y Crésida. Las primeras OC en castellano fueron en prosa, en versión de Astrana Marín, que aún se reeditan.

En los ’60, Losada reemplazará el Romeo y Julieta de Macpherson (que, con todo lo bueno de su momento, comenzaba a quedar anticuado) por una versión algo abreviada, hecha por Pablo Neruda. Y se agregaría una selección de los Sonetos, en espléndida traslación de Manucho Mujica Lainez. Pero la gran aventura comienza en los ’90. Se rescata Noche de Reyes en versión de Emir Rodríguez Monegal (con Mario Benedetti) y comienza una seguidilla de nuevas traducciones, como las de la poeta uruguaya Idea Vilariño o la argentina Cristina Piña. Las versiones comienzan a cosechar premios, y lo seguirán haciendo hasta el final. En el 1998 se integra finalmente Pablo Ingberg, y poco a poco se recobra la idea de editar no solo volúmenes sueltos, sino las OC.

Pablo Ingberg nació en Dolores en 1960. Tiene en su haber poemarios, una novela, y una larga trayectoria en el ámbito de las letras. Para Losada dirige la colección Griegos y Latinos, que ha devenido en una nueva y secreta edad de oro en el campo de las traducciones clásicas en nuestros lares. Para ella ha vertido obras de Sófocles, Safo, Aristófanes, Virgilio… Traductor sensible y puntilloso, resucita la idea de que el lector no sólo se merece el sentido de la obra, sino también sus recursos formales, incluidos la métrica, el hipérbaton, la sonoridad, las extrañezas sintácticas; que el lector, en fin, no es un estúpido; que si una obra ha sido compleja en su contexto de producción, ¿por qué habría de dejar de serlo para nuestra contemporaneidad?

Las OC se concretaron, pues, bajo su curaduría; en sus propias versiones, siguió con las pautas que se esbozan arriba; como opción a las disparidades de las economías de las lenguas –jaqueca perenne de cualquier buen traductor- ha sustituido el pentámetro yámbico por el alejandrino. Idea Vilariño y Neruda se las arreglaron para hacerlo en endecasílabos, aunque eso implique podas o elipsis. El resto, por lo general, traduce en verso libre. Sólo Noche de Reyes quedó en prosa.

Como se ve, las decisiones pueden ser disímiles, y los estilos se notan. Sería irrisorio que no sucediera. Hoy Shakespeare –han pasado cinco siglos- resulta en parte ininteligible para la mayoría de los propios angloparlantes. Pasar su obra monumental, su inmensa poesía que sabe de lo sublime y de lo chocarrero, a nuestra lengua, es tarea que sobrecoge a cualquiera, con la excepción de los irresponsables. Y aquí ha habido cualquier cosa menos irresponsabilidad.

Susan Sontag, en una de sus últimas intervenciones públicas previas a su muerte, habló, precisamente, de los desafíos infinitos de la traducción. Quizás reduccionista en su didactismo, redujo las teorías a dos, ciertamente nada nuevas: la de San Jerónimo, de la antigüedad tardía y responsable de la Biblia en latín, y la de Schleiermacher, patriarca del romanticismo alemán. El primero, sin descuidar los giros y metáforas del original, promulga que el lector lea la traducción como una obra escrita en su lengua materna; el segundo defiende que el lector de traducciones debe percibir el abismo, la otredad, la ajena cultura.

Quizás estas OC vertidas mayormente por rioplatenses logren un delicado equilibrio entre las dos posturas; el péndulo fluctúa de uno a otro según el traductor. Con Idea Vilariño me llega la grata sensación de un Shakespeare fluido, casi nuestro, que puede decir, borgeanamente, “¿Sólo habré de vivir, en los suburbios / de tu placer?” (Julio César, II, i). En otros versos –y no solo de Idea- nos encontramos con potrancas, bayos, redomones. Pero el respeto impera, y nuestra lengua se apropia, con nobleza, de la oscuridad y la metáfora, del calambur y el encabalgamiento; se reapropian los planos de lo sublime, lo desmesurado y lo humorístico. Se salva, en definitiva, la poesía. Y el lector –al menos este lector-, agradecido. Sobre todo ante aquellas obras que, sin ser los caballitos de batalla de los escenarios o de los profesores, son obras maestras pese a su periferia, y que esta traducción nos recupera. Me vienen a la mente, por ejemplo, Troilo y Crésida, Ricardo II, El rey Juan, Timón de Atenas, Medida por medida

Se ha insistido en un Shakespeare cuasi Dios creador de infinitos e imborrables caracteres y se ha olvidado el papel de su poesía. Este esperado destierro del Bardo a nuestro Río de la Plata tiene, quizás, como gran mérito, que esa poesía no nos sea, ahora a nosotros, desterrada.

 

 

 

 

Ficha Bibliográfica

   Shakespeare, William: Obras Completas. Buenos Aires: Losada, 2006-9. Ed. cuidada por Pablo Ingberg. Introd. gral. de Pedro Henríquez Ureña. Trads. de Pablo Ingberg, Pablo Neruda, Delia Pasini, Idea Vilariño, Cristina Piña, Emir Rodríguez Monegal [con Mario Benedetti], Alejandro Bekes, Manuel Mujica Lainez y Lucas Margarit. Vol. I: Tragedias. Introd. de Laura Cerrato + entrevista de Jorge Dubatti a Raúl Serrano. 1159 pp. Vol. II: Comedias. Introd. de Laura Cerrato + entrevista de Jorge Dubatti a David Amitín. 895 pp. Vol. III: Comedias sombrías. Dramas romancescos. Poemas. Introds. de María Eugenia Bestani y Alejandro Bekes. 1045 pp. Vol. IV: Dramas históricos. Introd. de Lucas Margarit. 1023 pp.

 

 

Publicado en el suplemento Cultura de La Capital, Mar del Plata, 10 de enero de 2010, p. 4-5.

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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Ensayos
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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
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