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19 mayo 2011 4 19 /05 /mayo /2011 14:35

 

 

Proemio

Detesto la poesía que tiende hacia la prosa,

pero hay veces que la prosa del mundo nos obliga

a pergeñar relatos con espacios vacíos

que no son convenciones tipográficas del vacío del verso.

Son,

sencillamente,

vacíos.

 

 

 

 

 

hist-1.gif

 

 

 

 

 

 

 

1955a

El 16 de junio de 1955 inopinadamente un levantamiento armado se alzó con sus aviones,

y bombardeó la Plaza de Mayo repleta de civiles.

No hay acuerdo en si 300 o 500 fueron los muertos,

sin contar los heridos y los mutilados,

ni las innumerables bandadas de palomas.

 

Mi madre estaba en su trabajo a pocos metros,

cerraron la oficina, la dejaron en la calle.

Mi madre tenía veinte años, trajecito y tacos altos

para travestir su adolescencia en adultez

y trabajar por el cuasi pan de cada día.

Las multitudes marchaban hacia el centro:

¡La vida por Perón!” (después vendrían las famosas quemas de iglesias);

mi madre a contramano,

no había transporte público ni taxis,

su habitación estaba a centenares de cuadras.

Pasó por entre vivos y muertos,

trajinó veredas,

desangró los pies,

cruzó el Riachuelo como pudo.

El trayecto duró horas:

abrió la puerta con las rayas de la madrugada.

 

 

 

hist-2.jpg

 

 

 

 

1955b

El 16 de junio de 1955 inopinadamente un levantamiento armado se alzó con sus aviones,

y bombardeó la Plaza de Mayo repleta de civiles.

Mi padre, proletario hijo de proletarios,

nieto de anarquistas, peronista del primer minuto,

abandonó su puesto en la oficina de correos

y su Siam Di Tella de taxista.

Hizo el camino inverso

(“¡La vida por Perón!”) entre las multitudes,

y llegó a la Plaza y por un día venció su repugnancia por la sangre a punto de desmayo (la he heredado),

y ayudó a juntar cadáveres y restos de cadáveres,

y heridos en camiones travestidos en ambulancias;

las palomas quedaron pudriéndose lentamente bajo el sol del invierno.

 

No creo que quemara iglesias;

sólo sé que su familia lo halló desfalleciente

unos días después.

 

(Ese quizás fue el único acto noble de su vida,

quizás el único que aún justifica un poquito su vida).

 

 

 

 

 

 

 

1955c

En septiembre del 55

Perón fue finalmente derrocado.

Hubo cambios de bando instantáneos,

los cuadros de Evita y del General fueron bajados,

una tía enterró sus libros,

pero del humus, ¿quién detiene al Mito?

Lo que no pudo esconderse

fueron las lágrimas

de los pobres, de los grasas, de los negros,

los únicos realmente derrotados.

 

 

 

 

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1976a

En febrero del 76

todos-todos deseaban que viniera el Golpe.

Los radicales y los peronistas,

los socialistas y los comunistas,

los clérigos y el hombre de la calle;

las elecciones estaban próximas,

¿pero quién detendrá al que quiera un destino de sangre?

 

En febrero del 76,

hospitales en huelga y el caos en la calle;

mi madre comenzó sus dolores de parto.

Pero ninguna clínica quiso recibirme.

El auto y los gritos recorrieron kilómetros

hasta hallar un hospital con médica de guardia,

y filas de camillas y el estrés de la médica.

Allí fue mi vagido, no sé si se escuchara

entre veinte o treinta vagidos en serie.

 

Un mes después el Golpe llegó.

Afortunado fui: mil niños

nacieron en mazmorras con madres torturadas,

y fueron vendidos, rematados, escindidos

entre familias de rancia estirpe.

 

Recién hoy algunos descubren quiénes son.

 

(Siempre supe quién era yo, pero no me conforma).

 

 

 

 

 

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1976b

Mi hermana volvía de la escuela

y hablaba de compañeros desaparecidos,

quinceañeros los más; me dijo un día

que yo tengo los rasgos parecidos a un viejo amor

que murió descerebrado

en una fría sala de hospital.

 

Mi madre volvía de las compras

y hablaba de un paredón de fusilamiento;

los cuerpos ya no estaban

pero cachos de sesos quedaban sobre el muro.

 

Y si iban al cementerio en un día de lluvia,

de las fosas comunes mal selladas

el agua escurría el barro

y brotaban rostros, brazos, piernas.

Con estoicismo las moscas esperaban el final del chubasco.

 

 

 

 

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1982

En el pueblo del exilio

donde en apariencia nada se sabía,

a los seis años ingresé a la escuela,

el guardapolvos blanco,

los crayones,

los lápices.

De pronto solamente los celestes valían,

nos hacían pintar frenéticas banderas,

mientras los adultos escuchaban las radios.

Aviones militares pasaban por el cielo

(también debíamos dibujar aviones militares),

yo sentía terror; los adultos gozaban

su minuto de patria aunque costase vidas:

¡vencer a Gran Bretaña era seguro!

La maestra pedía chocolates

para mandar a los soldados de unas islas australes

que eran nuestras ahora porque lo habían sido siempre.

Las radios aseguraban la victoria.

Las casas se llenaron de estandartes;

gasté el crayón celeste ignorando la importancia del rojo.

 

Sólo después supe

que los chocolates jamás llegaron,

que los soldados eran pobres indios de las zonas más tórridas enviados al hielo;

que un general borracho

declaró esa guerra para salvar al Régimen.

La guerra se perdió

y la maestra nos enseñó a dibujar flores

y nos prohibió el vocablo derrota.

 

Pude usar otros lápices,

pero la gran mancha roja fue ocultada

por ochocientas cruces blancas en las islas australes,

por la vergüenza hipócrita del silencio de un pueblo

que ahora sollozaba democracia.

 

Conocí veteranos de guerra; quedaron

más o menos locos.

¿Pero quién garantiza

la cordura del resto?

 

Mayo de 2011

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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Poesías
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Comentarios

MarioLuis 05/20/2011 07:01


Quise decir: "género en el que anhelo te vayas afincando porque humildemente creo que ya no hay narrativa de la buena en nuestros lares" y la tuya es, sinceramente, tan soberbia, espléndida y
apasionada como tu poesía". Un beso grande. Mario


MarioLuis 05/20/2011 06:37


Querido Juan Ce, ¡Cuánto te agradezco esta denuncia tan perfecta de la masacre mayor que vivió este pueblo! Enorme y todavía ninguneada, ignorada por tantos. Si alguien habló de "banalidad del
mal", aquí hay una ocurrencia de ese sintagma más que apropiado: como un juego, un grupo de jóvenes marinos de la armada de guerra Argentina, cometió este atroz crimen de cientos de inocentes; y
vos lo describís en esa prosa tan fuerte y gentil a la vez, que es tu narrativa. Género mi deseo anhela te afinques; porque necesitamos narradores como vos. Un beso grande. Mario


cecilia 05/19/2011 16:20


Cuánta verdad. Cuánto horror. Cuánto de nosotros, de misterioso y angustioso pasado nos constituye. Comparto con vos, Juan, el peso de sabernos hijos de una generación que no ha sabido todavía
darnos respuestas.


marina 05/19/2011 15:46


MARAVILLOSA SÍNTESIS HISTÓRICA DESDE LA PERSPECTIVA DEL NIÑO-ADULTO QUE SOS,SURGIDA DESDE TUS RAÍCES,CONVULSIONADAS AD INITIO.LA PASIÓN Y EL IMPACTO DE ALGUNAS IMÁGENES VAN MÁS ALLÁ DE SI ES PROSA
LÍRICA O POESÍA EN PROSA U OTRO JUEGO DE PALABRAS.HERMOSO Y TERRIBLEMENTE DESCARNADADO-COMO TODO LO QUE ESCRIBÍS-.


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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
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