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23 enero 2010 6 23 /01 /enero /2010 16:28



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ENTREVISTA AL ESCRITOR Y DOCENTE JUAN CARLOS SANCHEZ SOTTOSANTO – (Primera parte)

En exclusiva para eldolorense habla de su experiencia como Testigo de Jehová, el desengaño y el cambio gradual que lo ubica donde ahora está, el Papa Benedicto XVI y las religiones de Oriente. Por Sebastián Cretón.-


n755198242 1650476 2544Por Sebastián Cretón. Para eldolorense.com.-


Radicado desde hace un par de años en Buenos Aires, Juan Carlos sigue siendo para muchos de los amantes de los libros y la cultura, nuestra biblioteca de consulta permanente, y nuestro guía a la hora de elegir o enfrentarnos a las grandes obras universales de la literatura y el pensamiento. En exclusiva
para eldolorense, la primera parte de la entrevista donde nos habla de su experiencia como Testigo de Jehová, el desengaño y el cambio gradual que lo ubica donde ahora está, el Papa Benedicto XVI y las religiones de Oriente. 

Juan Carlos Sánchez Sottosanto es Escritor y docente. Bibliotecario Profesional. Licenciado en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de Quilmes. Doctorando en Teología, por ISEDET 


Ha publicado: Francisco (novela), Buenos Aires: Gárgola, 2007. Poesía de amparo y desamparo, en revista Cayey, Universidad de Puerto Rico recinto Cayey. Fragmentos Presocráticos, en revista Cuadernos Internacionales de Humanidades y Filosofía, Universidad de Puerto Rico recinto Humacao. Medición de la Pampa, en revista Malinche, Casa de las Américas de Andalucía. Miembro del staff de la desaparecida revista literaria Oliverio. Traductor de Baudelaire para editorial Gárgola. 
Blog: http://sanchezsottosanto.over-blog.es/
Dolorense, reside en Buenos Aires desde el 2008.
Militante por las minorías LGTTBI desde la fundación Other Sheeps.

¿Cómo te definirías para alguien que nunca te ha leído?

Creo que lo peor que puede hacer un autor es tratar de dar una definición de sí mismo como anticipación de su obra. Una vez que la obra está plasmada y disponible, sea bajo el formato convencional del libro o de la revista, o posteada en un blog, bueno, ya deja de pertenecerle y cualquier apropiación y lectura del lector son legítimas. Así que son los lectores los que deben definir lo que leen, y si no me han leído, pueden empezar a hacerlo, o decidir no hacerlo, lo cual no deja de ser una sabia decisión. Ricoeur decía que para que una obra pudiera ser analizada, lo mejor era prescindir del autor, y mucho mejor, que el autor ya estuviera muerto. Bueno, por ahora estoy vivo, pero me niego a definirme.

Tú obra, tanto poética como en prosa, está influida por la religión, ¿es una necesidad o un recurso?

Ambas cosas; posiblemente primero fue una necesidad, y después, eliminada un poco bastante esa necesidad, deviene en recurso. Hago una salvedad a la pregunta. Creo que en mi poética hay muchas más presencias que la religiosa o si se quiere, la teológica. Hay una gravitación, una recurrencia, hasta monótona quizás, a ciertos tópicos que me son muy caros, como las figuras del pasado clásico griego, ciertos intereses de la filosofía, le presencia del paisaje pampeano puesto en comunión con el cosmos y barroquizado un tanto; hay metáforas, recursos estilísticos, hasta palabras, que se niegan a dejar de acompañarme y que posiblemente lo seguirán haciendo, como esculturas de barro que se rehacen o preguntas que se replantean y se les vuelve a dar una respuesta absolutamente provisoria. Ahora bien, si la presencia de lo mítico - religioso llama la atención a primera vista, tal vez se trate de una suerte de secularización (positiva por cierto) de la literatura en general, y un olvido, que ahí no sé si es positivo o no, de los elementos judeocristianos que impregnaron a la cultura de occidente. Digo que no sé si es positivo porque si bien pueden ser atacados o dados por superados, siguen formando parte de la historia y las raíces, y un lector a veces puede quedarse un poco en ayunas ante grandes escritores del canon occidental, aún los ateos, si no tiene una mínima formación tanto en los elementos de la cultura clásica grecorromana como en los de la tradición judeocristiana. En mi caso, hay una presencia de ambos. Mi novela Francisco, por ejemplo, está muy ligeramente basada en la historia de un heterodoxo argentino, Francisco Ramos Mexía, un teólogo independiente, si se quiere. Pero la sorpresa ha venido al contacto con sus heterogéneos lectores: la han disfrutado personas que en nada les interesa lo religioso y personas imbuidas de lo religioso la han abandonado en las primeras páginas.
Volviendo a la pregunta: Borges decía que los griegos escribían partiendo de la razón y el logos, y que la Biblia se construye a partir de las grandes (e irracionales) metáforas. Basta para comprobarlo enfrentar un libro de Aristóteles con el Libro de Job. Un poeta puede sacar un buen arsenal de recursos en la tradición religiosa, esté o no de acuerdo con ella.

Fuiste Testigo de Jehová durante muchos años. ¿Cómo fue esta etapa espiritualmente?

Si tengo que recordar los hechos puntuales de aquella etapa, "preferiría no hacerlo", como decía Bartleby el escribiente; o citar a Machado: "algunos casos que recordar no quiero". A mi persona actual, aquellos años le dejaron la dura tarea de rehacer una vida, de proyectar nuevas cosas, incluidos nuevos paradigmas. Sería, entonces, hablar de lo que no me dejó aquella etapa, lo positivo fue lo que tuve que construir, sobre las ruinas, después. Hago una salvedad: estuve con los TJ de motu propio, nadie me obligó. Obré, como dice el dicho, con el fanatismo de los conversos, de lo cual sí me arrepiento. Busqué en ellos la respuesta a tantas carencias humanas; su doctrina, si así puede ser llamada, parece dar en un primer momento un rompecabezas perfectamente armado, donde todo obtiene una razón, una explicación, una aparente coherencia. A primera vista, la comunidad da una acogida cálida a los seres que se le aproximan, y eso resulta gratificante. Lo malo viene después, al menos si uno logra mantener un mínimo de racionalidad en medio de toda la alienación que va descubriendo. Se trata de un fundamentalismo, y de los peores. Se trata de un entramado de dogmas de los más absurdos y al mismo tiempo volubles que imaginarse pueda. Se trata de una comunidad altamente jerárquica, piramidal, esclavista de sus fieles, que los mantiene en un permanente complejo de culpa para que puedan alcanzar lo que siempre es inalcanzable, donde cada miembro debe ver al cristianismo meramente como una labor proselitista que nunca termina, que nunca satisface, porque siempre se exige más, y el miembro termina naturalizando niveles de autoexigencia cada vez mayores.
Y la comunidad termina siendo vista como lo que es: una comunidad de vigilancia y castigo, donde todo el mundo vigila y denuncia a todo el mundo, donde la solidaridad es apenas una palabra, no porque no existan en su seno buenas y honestas personas, sino porque la institución termina creando ese estado parapolicial. Los TJ se enfrentaron al nazismo, al stalinismo, a las dictaduras latinoamericanas, donde la mayoría de las religiones no se atrevieron, y no perciben que son un pequeño totalitarismo interno, con una petulancia a toda prueba. Únicos justos de este mundo, únicos monopolizadores de la salvación, presentan un absoluto desprecio a todo lo que no sea ellos mismos y aún entre ellos mismos no sobreviven a las guerras internas por puestos de autoridad, privilegios, prestigio. Es la caricatura más lograda de quien se disfraza con una supuesta felicidad y está viviendo en medio de una vida de infierno, regida por apariencias y pérdida absoluta de la libertad. 
Recorrí casi todo el escalafón jerárquico: nuevo escalón, nuevas aberraciones para ver. A la distancia de mi hoy, la experiencia puede dar este saldo: siendo un intelectual, un humanista y haber estado en un cónclave anti-intelectualista y anti-humanista como el de los TJ, es como haber hecho el trabajo de campo de un antropólogo o un sociólogo, sólo que no como mero observador, sino como víctima y victimario al mismo tiempo.

¿Y cómo fue el cambio? ¿Qué cosas sentiste en aquellos momentos?

El cambio fue gradual, traumático en un primer momento, absolutamente liberador y necesario a largo plazo. Haber permanecido más tiempo me hubiera significado la asfixia, la desdicha absoluta tras la sonrisa de la seudo-felicidad, y, probablemente, la muerte en todos los sentidos. Digo gradual, porque la desilusión conoció sus etapas; como queda dicho, más arriba dentro de la institución se está y si uno no ha enloquecido ya del todo, más incongruencias se perciben. Es un ciclo de ilusión y desencanto, al que sobrevienen la angustia y el tener que recomenzar un poco desde cero. Lo primero que percibí fue la maldad intrínseca de su desprecio hacia todo lo que no fuera ellos mismos; y también, su intromisión en todo humano deseo que no cuajara con la cerrazón de sus dogmas. 
Puntualmente, fui excomulgado. Eso significa perder el trato total con gente que uno ha querido por años, y que ahora no nos dirige ni un "hola". También quisieron romper lazos familiares, levantaron calumnias, historias poco menos que fantásticas. Les era inconcebible que un miembro tan activo como yo les "fallara": pasé de ser una suerte de referente a una persona execrable. Al año de mi expulsión, recibí bajo condiciones la invitación de volver. Felizmente, no acepté. Es una comunidad de puertas giratorias, muchos entran, muchos salen, todos bastante malheridos. Así que ahora se venía el proceso de excomulgarlos, por decirlo así, a ellos. Me costó tiempo y terapia, pero valió la pena. Luchar contra el rencor, contra la injusticia, hasta con la bronca de haber sido uno mismo tan estúpido. Pero se supera, felizmente.

¿Cuáles son las diferencias fundamentales entre las religiones occidentales? ¿Cuál es, a tu entender, la que más compatibiliza con la literatura y la libertad de debate y revisionismo?

La contrapregunta sería: ¿existe, hoy, una/s religión/es occidental/es? Yo creo que no: estamos en una sociedad donde lo religioso, al menos lo institucionalmente religioso, ha perdido hace tiempo la batalla. Europa es, básicamente, un continente de indiferentes. Pero como los seres humanos deben hacer algo con sus necesidades irracionales y/o espirituales, buscan satisfacerlas en prácticas alternativas, sincretismos, esoterismos, etc. Algunos inclusive necesitan del férreo dogma absoluto, de la teoría y praxis que parezcan responderles todo, y allí están esperándolo, por supuesto, varias instituciones.
Ahora, querer hablar de las tradiciones clásicas religiosas de occidente, sería como hablar de toda la historia, y ni una entrevista alcanza, ni mis capacidades. En primer lugar, si por tradición religiosa hablamos de la judeocristiana, en realidad es una tradición del oriente, de esa cosa algo difusa que entendemos por oriente. Se occidentaliza una vez que entra en relación con la tradición helénica, en franca decadencia, y se apropia de muchos de sus elementos, desechando otros, quizás los más positivos. Si tenemos que hablar de la ramificación infinita que el cristianismo ha conocido, todas han dejado un intersticio para que algún pensante reformulara, reformara, debatiera, pusiera sobre el tapete temas espinosos. Y esto en todo tiempo y toda geografía, con los riegos que siempre conllevó. Hasta el catolicismo logró momentos de progresismo y aperturismo, desdichadamente breves. 
Hoy por hoy, confieso que cualquier resurgimiento religioso me aterroriza bastante. Lo religioso siempre retorna cuando ciertos paradigmas seculares - léase el positivismo en el XIX, el cientificismo, la tecnocracia, el capitalismo hoy - fracasan. La religión tiene una cuña allí para entrar, para querer paliar las desilusiones sembradas. Pero la religión es, generalmente, una fuerza conservadora, retrógrada, que juega con los instintos más básicos del hombre, y le dé respuestas simplistas o sofisticadas, suelen tener siempre un cariz peligroso. Separemos religiosidad, que quizás sea innata, de religión, que siempre es dogma + institución. Se habilita un reemplazo, ¿pero hacia qué? Generalmente, hacia la intolerancia, la discriminación, la alienación; no es casual que las derechas extremas hayan estado aliadas, en los últimos tiempos, de lo religioso. Como teologías progresistas, considero que la Teología de la Liberación, las Teologías Post-colonialistas, las Teologías Queer, han tenido o tienen elementos corrosivos de los cimientos tradicionales muy valiosos. En las relaciones Iglesia - Estado, los países nórdicos europeos, de tradición protestante y racionalista, quizás se lleven los laureles en cuanto a alianzas en pro de los derechos humanos; en el otro extremo pondría al conglomerado de sectas norteamericanas que dicen hundir sus raíces en la Reforma pero que son un fenómeno muy joven (apenas dos siglos) y sin embargo radicalmente distinto del protestantismo europeo. Allí incluyo a bautistas, pentecostales, mormones, adventistas, testigos de Jehová y otras yerbas; todos ellos se detestan entre sí, tienen abismos de creencias entre sí, pero comparten algunos postulados básicos: fuerte individualismo, acento puesto en la "salvación personal" en desmedro de toda práctica social, humana y coherente, a veces simplificaciones caricaturescas, literalismos bíblicos obsoletos, negación de todo "otro" potencialmente peligroso - ayer fueron los negros, hoy lo es el Islam como demonio preferido, y después los gays, las lesbianas, los partidarios del aborto o de la eutanasia, en fin, todo aquello que implique la libertad del propio cuerpo. Porque la policialización de los cuerpos (la "carne") sigue siendo una de las más viejas y absurdas obsesiones: la negación del deseo. 
Sabemos que la religión -hablo del siglo XX y del presente- ha sido cómplice de los peores momentos de esta etapa, hablemos del fascismo, de las dictaduras, del Holocausto, de las masacres de Palestina. La religión americana, supuestamente democrática, es la forma más nueva (y peligrosa) de autoritarismo. Con decir que opacan al catolicismo, ya es bastante. Personajes nefastos como un Reagan o un Bush podían sentirse cuasi-mesías, porque había toda una sociedad religiosa que se los permitía. Bombardear un país entero en nombre del "Bien" puede dejarlos impertérritos; si creen que Dios lo consiente o aún peor, lo inspira, todo está bien, mientras mi pellejo quede a salvo. Y vuelvo a mis miedos, y ahora los traslado a la Argentina: una rancia tradición católica, más la implementación de tales sectas norteamericanas, o de sus caricaturas más macabras, las brasileñas, con su paupérrima teología de la prosperidad material. Un cocktail espantoso.

¿Incursionaste en los libros de las religiones orientales? ¿Cuál fue tu impresión?

Bueno, una brusca pregunta que me traslada de un hemisferio a otro. O no tanto. No olvidar que la Biblia, pese a sus partes en griego, es un libro semítico de pe a pa. Pero dejando de lado la Biblia, sí, sí he hecho tales incursiones, con curiosidad y ante todo, con respeto, y con conciencia de mis muchos límites para la comprensión de universos muy lejanos y a veces a primera vista ininteligibles para un occidental. A eso hay que sumar que para tales incursiones, de hacerlas completas, no alcanzaría ni una vida ni dos. Los textos sagrados de la India, por ejemplo, son tan vastos que la Biblia parece un alfeñique. He leído el Corán, que pese a la absoluta otredad que hoy nos parezca el Islam, es la tradición que para bien o para mal, más se acerca a la judeocristiana. He leído algunos textos de la India, los más accesibles, y aún así, me reconozco impotente a la hora de brindar una síntesis conceptual. Y también del budismo, del taoísmo y del confucianismo. Y allí el abismo es mayor, aunque quizás menos insalvable. Porque se trata más de filosofías, carentes de dios o dioses, más que de religiones como nosotros las entendemos. Por un lado, entonces, parecerían abismos mayores; por el otro, estaríamos ante metafísicas y pragmáticas que, desechando la idea de un dios o dioses, buscan otras formas de espiritualidad, otras formas de relación con el propio cuerpo, otras formas de liberación de nuestra realidad. Y la paradoja parece residir en qué, cuánto más nos alejemos de los teísmos (monos o polis), más nos acercamos a la tolerancia y al intento de armonización entre la dimensión de lo espiritual y de lo corpóreo. El cuerpo deja de ser la platónica (y posteriormente cristiana) "cárcel del alma"; no existe el concepto de pecado en tales filosofías, aunque sí praxis para la virtud. Y de nuevo la paradoja: aunque sin caer en la idealización de tales filosofías, si algo de intolerancia poseen hoy, se lo deben a su contacto con occidente. Pongo el ejemplo del Japón y su milenaria "buena relación" con el cuerpo. 
Conocieron la misoginia o la homofobia junto con (o poco después de) Hiroshima. Naturalizaron los prejuicios del enemigo.

¿Es Benedicto XVI un Papa indicado para estos tiempos?

Rotundamente: no. Más aún. La iglesia católica, tal cual la conocemos hoy, es incompatible con nuestros tiempos. Creo que tuvo una última oportunidad de hacer algo útil por la sociedad y la perdió hace cuatro o cinco décadas, sin visibles chances de balotaje. Hablo del aggiornamiento (esa era su palabra predilecta) de Juan XXIII. Una persona que no había sido un intelectual, que había sido considerado poco menos que un tonto aunque sus buenas triquiñuelas habían salvado de la muerte a miles de judíos, y que fue puesto como papa porque su vejez era garantía de que nada iba a cambiar y él intentó exactamente lo contrario. Creo no exagerar si digo que su encíclica Pacem in Terris es uno de los documentos más revolucionarios de todo el siglo XX, y más viniendo tras un señor absolutista como Pío XII.
Fue el documento en que la Iglesia aceptaba los derechos humanos, incluidos la libertad de conciencia y religión; en que aceptaba la democracia como mejor posibilidad política; en que mostraba que marxismo y cristianismo no eran necesariamente incompatibles. Y Juan XXIII mostró su apertura no solo en esos campos, sino en los del ecumenismo y aún los más espinosos, como la posibilidad de revisar la cuestión sexual, celibato incluido, y la infalibilidad papal. Temas que a su muerte, Paulo VI se reservó a sí mismo, con la más conservadora de las respuestas, la más desilusionadora para un mundo que había puesto en el Concilio Vaticano II enormes expectativas. De allí en más, un fiasco. Ratzinger ciertamente es (o fue, está un poco gagá hoy) un intelectual, pero jamás un progresista. En su intimidad sospecho que añora el oscurantismo de otrora, y a veces el tal se le escapa, como al tratar con el Islam, o al decirles a los africanos carcomidos por el hambre, la sobrepoblación o el sida, que no usen preservativos. Su homofobia es peor que la de sus antecesores. Querría cerrar todas las ventanas que Juan XXIII abrió, y parece estar lográndolo. Carente del carisma que a veces salvaba a Juan Pablo II, monta el espectáculo de una soberbia absoluta disfrazada de humildad. El único gesto que me resultó simpático fue el apoyo a las víctimas de Palestina; pero aún así, un gesto casi restringido a la pequeña comunidad cristiana que allí vive.

¿Cuáles son las figuras religiosas históricas que admirás y por qué?

Son varias, de diferentes épocas, de diferentes líneas, y mi admiración se debe a diferentes razones. Me acoto a la tradición cristiana, no por menosprecio a las restantes; sencillamente doy cuenta de mis limitaciones en el campo de estudio religioso. Es obvio que admiro al Jesús histórico; más allá de los pocos e insuficientes documentos que tenemos sobre él, a todas vistas marca una ruptura, una revolución, un movimiento tremendamente liberador, en continuidad con algunos de los grandes profetas del Antiguo Testamento, pero ante todo, en absoluta novedad en el campo de las relaciones interpersonales, las cuestiones de clase, los fundamentos del amor. Entre el Jesús histórico y todo lo que vino después, incluido el muy cercano pensamiento de San Pablo, hay un abismo que no ha hecho más que agrandarse. Todo intento de "regreso" a ese Jesús histórico parece condenado al fracaso. No creó dogmas ni instituciones; todo retorno a su pensamiento tiene algo de utópico.
Hablemos de intelectuales. Empecemos con la Patrística, allí tenemos a Orígenes de Alejandría, el primer gran teólogo, el primero en intentar una sistemática de la fe. Fue profundamente optimista; su tratado De principiis habla de una suerte de pedagogía divina, paulatina, que poco a poco irá persuadiendo con dulzura a todo lo creado. Habla de una purificación post-mortem, sí, pero sin infierno eterno. Todos se salvan, todos son convencidos, todos regresan, incluidos los demonios, al Uno original, bueno y justo, de la divinidad. Es un manual de literatura fantástica quizás, pero si su pensamiento hubiera triunfado en lugar del de San Agustín, quizás más realista pero no menos fantástico, valga la paradoja, y por cierta mucho más pesimista, tal vez la historia de occidente hubiera sido muy otra. Pasemos a la Edad Media. Acabo de leer el Diálogo entre un Filósofo, un Judío y un Cristiano, de Pedro Abelardo. Es una obra maestra de la tolerancia. Pensemos en Francesco d’Assise, en San Francisco, que descubrió, vaya, que teoría y praxis no debían separarse, que ser pobre era la opción de todo cristiano si quería seguir a su Maestro. Su gran error, la ingenuidad. Su movimiento fue captado - y politizado- por la Iglesia, como uno más entre tantos. Entre los filósofos: Pascal y, sobre todo, Søren Kierkegaard; llevar el cristianismo hasta el abismo de su propia irracionalidad y, sobre todo, de su responsabilidad. Una vez más, una praxis imposible, humanamente imposible, pero se agradece la profundidad, el no facilismo. Más para estos tiempo: ya hablé de Juan XXIII. Agreguemos a Albert Schweitzer, teólogo, musicólogo, médico y misionero luterano, con su labor enorme entre los pobres entre los pobres de África. Podríamos agregar a Teresa de Calcuta, si no se hubiera manchado tanto con políticos corruptos y dictadores, si su pensamiento no hubiera sido tan conservador, si sus hospitales hubieran sido algo más que morideros de desahuciados. 

 

 

 

ENTREVISTA AL ESCRITOR Y DOCENTE JUAN CARLOS SANCHEZ SOTTOSANTO – (Segunda Parte)


Radicado desde hace un par de años en Buenos Aires, Juan Carlos sigue siendo para muchos de los amantes de los libros y la cultura, nuestra biblioteca de consulta permanente, y nuestro guía a la hora de elegir o enfrentarnos a las grandes obras universales de la literatura y el pensamiento. En exclusiva
para eldolorense, la segunda parte de la entrevista donde nos habla de su fe, el papel de la religión católica en nuestra educación, el cambio de su vida entre Dolores y Buenos Aires y la lectura de la Biblia entre otros temas.

Juan Carlos Sánchez Sottosanto es Escritor y docente. Bibliotecario Profesional. Licenciado en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de Quilmes. Doctorando en Teología, por ISEDET 


Ha publicado: Francisco (novela), Buenos Aires: Gárgola, 2007. Poesía de amparo y desamparo, en revista Cayey, Universidad de Puerto Rico recinto Cayey. Fragmentos Presocráticos, en revista Cuadernos Internacionales de Humanidades y Filosofía, Universidad de Puerto Rico recinto Humacao. Medición de la Pampa, en revista Malinche, Casa de las Américas de Andalucía. Miembro del staff de la desaparecida revista literaria Oliverio. Traductor de Baudelaire para editorial Gárgola. 


Blog: http://sanchezsottosanto.over-blog.es/
Dolorense, reside en Buenos Aires desde el 2008.
Militante por las minorías LGTTBI desde la fundación Other Sheeps.

¿Podrías explicar en qué consiste tu fe?

Bueno, hagamos una acotación primero. Quizás se dé por sentado que alguien que, como en mi caso, tiene como uno de sus centros de interés lo religioso o que se está doctorando en Teología – aunque mis intereses son mucho más amplios – necesariamente deba poseer ese sentimiento un tanto misterioso y ubicuo que llamamos fe. Pues bien, si por fe se entiende una creencia sistemática en una serie de postulados, llámense dogmas, doctrinas, credos, yo no la poseo. No me siento identificado ni soy miembro de ningún credo. No apoyo ninguna institución religiosa aunque muchas me simpaticen por su labor, especialmente social. Si se quiere, retomo en lo institucional la idea del filósofo Jacques Ellul: el cristianismo debería ser, básicamente, anárquico. A nivel íntimo, la fe es bastante indefinible. Los que pueden dar cuenta de sus creencias, apetencias y solideces religiosas, los que no parecen poseer ninguna duda, bueno, desconfío mucho de ellos.
Jesús dudó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. San Pablo dudó. Los dogmáticos, los fundamentalistas, tienen una respuesta tajante para todo; no se permiten dudar. Creo que estoy más allá del concepto de fe, y que eso es bueno. Tuve una necesidad de ella, y la satisfice muy mal con la impostura de la credulidad, que es la antítesis de la fe. Después, flasheé con el existencialismo cristiano de Kierkegaard, que me convenció de la ineficacia de las instituciones para la fe. Hoy, no sé si creo en cosas tan primordiales como la encarnación, la resurrección, la revelación. Son absurdos totales; lo paradójico es que grandes cristianos como San Pablo o Kierkegaard sabían que esos eran absurdos, pero tenían la capacidad de seguir creyendo. Yo no. Me fascina la praxis y la enseñanza de Jesús, me fascinan las Escrituras como objeto de estudio, sigo poseyendo un ansia de la Trascendencia, pero no un sistema de creencias. Algunas escuelas filosóficas griegas decían que, ante ciertas cosas que el hombre no puede captar, debe producirse la “epojé”, una palabrita que podría traducirse como “suspensión del juicio”. Ante ciertos misterios, como el de la existencia y la muerte, uno se carga de preguntas; después puede venir esa epojé, que es liberadora, que me dice: este es el límite, y sobre todo, no confíes en los que tienen respuesta para todo. Y de vuelta a los griegos, después de la epojé venía la ataraxia, es decir, la tranquilidad de ánimo necesaria, que nos hace no sucumbir a la inquietud.

Con acontecimientos desgraciados en países desgraciados -como el terremoto en Haití-, ¿cómo puede explicarse la presencia de un Dios que ama a los hombres?

Ante la situación puntual de Haití, me cabe una contrapregunta: ¿vale la pena intentar una respuesta teológica? Yo creo que no, que cualquiera cae en seguida como insuficiente e, inclusive, como cruel. Si querés podemos hacer a vuelo de pájaro una recorrida por esas respuestas intentadas, pero ninguna me satisface. Y otra contrapregunta: la situación de Haití, ¿no debe ser respondida desde lo histórico, lo sociológico, lo político más bien?
En Haití hay 100 000, 200 000 muertos, aún no se sabe y quizás nunca se sepa. Las imágenes nos horrorizan, nos sensibilizan, aunque el fin primario de los medios de comunicación que nos las transmiten pueda ser, ante todo, lucrar con esa espectacularidad macabra; todos decimos “ay, qué horror”, como lo decimos ante los niños de la calle o la situación de nuestras villas miserias. La mayoría, muy burguesamente, después tratamos de olvidarlas y no movemos un dedo – y son situaciones cotidianas, pero no menos terribles. Ayer fue Gaza, anteayer fue Irak o el tsunami en Indonesia, mañana quizás lo olvidemos todo. Los medios crean una conciencia efímera.
Pero volvamos al tema de Dios y el sufrimiento. No se necesita la tragedia de Haití para que la pregunta surja. Una madre que pierde a su niño, un sufrimiento intenso personal, nos ponen ante el abismo del ¿por qué?, del ¿dónde está Dios? Y como nada es nuevo bajo el sol, el hombre ha venido planteándose esas preguntas y esbozando soluciones desde el origen de los tiempos.
Me atengo, nuevamente, a Occidente. Pensemos en el mito de las edades, de los griegos. El hombre nace en una edad de Oro, degenera a una de Plata, después a una de Bronce, después a una de Hierro. La cuestión sería, ¿qué culpa tienen los haitianos por ese ciclo de decadencia? La doctrina, que relacionamos con la India pero que también estuvo en Grecia, de una metempsicosis o reencarnación, donde nuestros sufrimientos son consecuencia de errores cometidos en vidas pasadas, no es menos cruel. ¿Cómo puedo compensar en esta vida las supuestas vidas pasadas que no recuerdo? ¿Los 200 000 haitianos fueron unos malhechores terribles, qué se yo, hace mil años, y ahora la están pagando? Absurdo total. Pasemos a la tradición judeocristiana. Uno de los primeros escritores (o grupo de escritores) de la Biblia fue el Yavista, a quien debemos el famoso mito de Adán y Eva y su caída. Es un relato folklórico, si se quiere, pero con él el Yavista intentó responder a la cuestión más o menos así: el hombre se ha alejado de Dios, Dios se aleja de los hombres, lo que le sucede al hombre queda bajo su responsabilidad, él ha elegido libremente esa lejanía. Muchos siglos después, con San Agustín principalmente, ese relato sería la base del dogma del “Pecado Original”. Pues bien, el mito pudo satisfacer a la conciencia del Yavista, ¿pero puede explicar que 200 000 haitianos paguen de buenas a primeras por un supuesto pecado cometido al comienzo de los tiempos? La respuesta fue tan poco satisfactoria para la propia tradición judía que allí se alzaron libros como el de Job, donde se cuestiona el sufrimiento de los justos; poco a poco, cuando la vieja y reduccionista creencia de que al bueno le iría bien y al malo le iría mal cayó por su propio peso – costaba muy poco percatarse que los justos sufrían igual o peor que los malvados – se postergó la recompensa al más allá, es decir, nace la escatología, la creencia de que tras la muerte cada uno será recompensado eternamente. Lo cual también es absurdo: si fui un hijo de puta 20 años y me muero, ¿merezco sufrir toda la eternidad? Si fui medianamente “bueno”, ¿merezco tanto como un paraíso eterno? En fin, aún otras explicaciones se intentaron: que el sufrimiento es una suerte de entrenamiento o pedagogía divina; que la muerte de Cristo redimirá a toda la humanidad, etc. El tema es: ¿satisfacen estas respuestas? Más las rumia uno y más pareciera que estamos ante un Dios demasiado cruel. ¿Creer, como algunos sostienen, que la tierra es un campo de batalla entre Dios y Satán y que aquí se juega la partida a costa del sufrimiento humano? El filósofo Leibniz hasta inventó una palabra, “teodicea”, de Theos, Dios, y diké, justicia: justificación de Dios; y si Dios necesita ser “justificado” por los hombres ya nos da la señal de que algo anda muy mal. Leibniz sacaba sus conclusiones y decía que este es “el mejor de los mundos posibles”. Voltaire, socarronamente, le puso justamente el ejemplo de un terremoto de su tiempo – el de Lisboa – para mostrarle cuán “bueno” era este mundo.
Algunos han ido más lejos; los gnósticos de los siglos II-IV, por ejemplo, dijeron que nuestro mundo era fruto de un error, una equivocación obra de un dios menor, de allí el sufrimiento; la Divinidad mayor nada tenía que ver, y sólo un grupo de iniciados llegaba al conocimiento de esa deidad. Muy original la respuesta, pero muy elitista. En el caso de Haití, tan cruel como cualquier otra. Hay otra más cruel aún, que sin duda aprovecharán muchas sectas fundamentalistas: ver en los terremotos y sufrimientos consecuentes, un cumplimiento de supuestas “profecías”, marca segura de que el fin de los tiempos está cerca y después todo será mejor. Todos hemos escuchado alguna vez esta explicación; lo cierto es que no es nada nueva. Hace 2000 años que de vez en cuando reaparece, tras alguna catástrofe.

Fin de las respuestas teológicas. Mi conclusión: más o menos inútiles todas. Si a alguno le satisface alguna, no tengo nada que objetar. Decir que el sufrimiento humano es un misterio quizás sea lo más acertado, pero a la postre nos deja tan en ayunas como siempre.
Entonces me atrevo a revertir tu pregunta y decir: Ante situaciones como las de Haití, ¿CÓMO SE EXPLICA LA AUSENCIA DEL HOMBRE? Basta consultar la muy pedestre wikipedia para conocer algo de la historia de Haití. Esclavos venidos de África, explotados primero por los franceses, después por los británicos, después por los yankees. Uno de los países más pobres del mundo, pero claro, nunca aparecen en las noticias, a menos que haya imágenes vendibles como estas. Sufrieron las dictaduras de los Duvalier, de entre las más crueles del mundo, sostenidas por Estados Unidos y por la Iglesia; hasta la Madre Teresa de Calcuta las apoyó. Basurero de Norteamérica, con una deuda externa que el FMI nunca se preocupó en condonar; con transnacionales que pagaban salarios de hambre. Sin agua potable, sin servicios básicos, pobres siempre. Cuando tuvieron un presidente progresista como Aristide (un sacerdote de la Teología de la Liberación), que quiso poner coto a la explotación capitalista y nivelar los salarios, la propia CIA – bancada por grupos religiosos fundamentalistas, desde los mormones hasta los bautistas – solventó un golpe de Estado. Está bien, podrá decirse, pero un terremoto es un fenómeno natural, ¿qué tiene que ver la CIA con esto? Y sí, es natural, pero los países ricos tienen la tecnología para prevenirlos, y un sismo de 7 en la escala Richter en otros lados produce daños mínimos, no 200 000 muertos, no un país devastado. El tema de la ausencia de Dios quizás sea insoluble; pero la solución humana siempre fue posible, y no estuvo. Más que sobre la ausencia de Dios, deberíamos preguntarnos sobre el egoísmo del hombre, que la sociedad capitalista no ha hecho más que llevar a un extremo espeluznante.

¿Es o ha sido compatible la educación con la religión católica en Argentina?

No hay una respuesta unívoca, las relaciones de la iglesia católica con la educación argentina atraviesan toda la historia, desde la Conquista hasta hoy, con sus altos y bajos. Más allá de las escuelas, la Iglesia ha tenido – antes más que ahora, pero sin desaparecer – una enorme influencia educadora sobre las conciencias argentinas. Recordemos nuestros orígenes, básicamente hispánicos o itálicos; se entiende así que otros credos hayan tenido influencia menor. 
El primer “romance” se da durante la larga historia colonial. Catequizadores primero: hubo de todo; explotadores, cómplices, gente sincera y humanitaria. El papel de los jesuitas fue impresionante; su labor en el terreno de la música, las artes y las letras, su sistema político cuasi-comunista, siguen causando asombro, y más si uno los ve enclavados en geografías inhóspitas como las que eligieron. Uno puede decir, y con razón, qué derecho tenían a cambiar las costumbres y creencias de poblaciones enteras. Pero al menos salvaron – por un tiempo – a miles y miles de indígenas de la esclavitud; llegaron a ser queridos. Expulsados los jesuitas, otras órdenes ocuparon su lugar, con bastante menos éxito. No olvidar que la Universidad de Córdoba, católica, fue por siglos la única de nuestro territorio.
Cuando se produce la revolución de Mayo, algunos sacerdotes la apoyan, pero por lo general el ala más progresista de los revolucionarios era anticlerical o masónica. La escasa educación quedó en manos de la Iglesia. Con el advenimiento de Rosas, ésta recobra su poder de antaño, pero Rosas prestó escasa o nula atención a la educación. Tras Caseros, se produce un intenso proceso de secularización. La Generación del ’80 es laica, liberal, anticlerical; quita la educación religiosa, crea el matrimonio civil, la Iglesia pasa a un segundo plano, no sin protestar. Lo feo viene después, con la desilusión que, tras la primera Guerra Mundial, provocan las democracias. Ahí se produce una combinación feroz: nacionalismo, iglesia, ejército. Es como si la Iglesia dijera: “Bueno, sus proyectos positivistas fallaron, aquí estamos nosotros, dispuestos a curar sus almas, como estuvimos siempre”. Pero vaya, ahí tenemos los ’20 y ’30, el fascismo, el antisemitismo, la revista Criterio, el nacionalismo católico-integrista. La Iglesia se encargó de educar al ejército, que hasta entonces había sido anticlerical. Y ambos, con apoyo civil, nos transmitieron la espantosa seguidilla de golpes de estado: 30, 43, 55, 63, 66 y el peor de todos, el del 76. La Iglesia los apoyó a todos; ese fue su aporte “educador”, desde su terror al marxismo y a la pérdida del status quo. Ojo, también hubo otras corrientes; uno no puede olvidar, por ejemplo, al padre Mugica, o a los Teólogos de la Liberación. Pero la propia Iglesia les cerró las puertas, y bastante poco le importó cuando los masacraron. 
Hoy, desde el menemismo en adelante, sabemos del vaciamiento de la educación pública y del auge de la privada, mayormente en manos de la Iglesia. La paradoja: el gobierno de la ciudad de Buenos Aires aporta el triple para la educación privada que para la pública. Una cosa de locos. ¿La escuela privada sostenida por el estado y la del estado viniéndose abajo? Cosas del neoliberalismo que se niegan morir. Y por supuesto, todos los condicionantes que la Iglesia pone a la educación sexual, o a una visión de la historia donde quepa el mea culpa. Esto es, desde ya, una gruesa síntesis. En las últimas décadas, felizmente, se ha producido bibliografía de alto valor académico sobre el papel de la Iglesia en nuestra historia.

¿En qué te ayudó mudarte a Capital Federal?

Hablemos primero de las cosas buenas que tuve que dejar: los amigos, que me bancaron por etapas varias, difíciles algunas; una gran cantidad de ex alumnos que se han convertido en amigos personales, relaciones en las que el aprendizaje ha sido mutuo; la familia; los paisajes: extraño mucho el “vértigo horizontal” de la pampa. Son cosas que no tienen precio.
Los beneficios: Buenos Aires me insufló una buena, enorme dosis de humildad. En Dolores, al menos entre los que me registraban, no era difícil que me pusieran en un pedestal; los que me respetaban intelectualmente, bueno, me consideraban poco menos que un oráculo en materia de literatura o humanidades; los que me detestaban – también los hubo – fuere por envidia, competencia o por otras razones, bajo un signo opuesto, también me colocaban en un pedestal. Venirse a Buenos Aires significa que, si uno tiene un mínimo de conciencia de las propias limitaciones, ese pedestal se hace trizas en un segundo. Uno se enfrenta a la movida intelectual de aquí, traductores – hay uno que admiro profundamente, que también es dolorense, Pablo Ingberg - , escritores, artistas, gente brillante laburando en los sitios más inverosímiles, docentes de las universidades, sea en la de Quilmes, donde hice la licenciatura en Ciencias Sociales, o en la de Teología, donde curso ahora, ante los cuales solo cabe sacarse el sombrero. En contacto con esas personas, uno crece muchísimo. Dolores es un pueblo que ha producido y produce mucha gente sensible, poetas, artistas, pero las políticas culturales son tan erráticas o ineficientes o peor aún inexistentes… O peor aún, contraproducentes. Me ha tocado a mí y a muchas personas presentar proyectos culturales y salir echado como gato por tirante. En ese sentido, el ambiente – y la burocracia – pueblerinos son asfixiantes.
A nivel personal, me he permitido construir mi vida, lejos de la homofobia de Dolores. Dolores y sus instituciones quizás ya no recurran al insulto directo en ese sentido, porque no es “políticamente correcto”; hay que refugiarse tras una máscara de supuesto aperturismo. Pero la homofobia no solo se manifiesta por lo que se dice, sino por el silencio, lo que no se dice; es la otra parte del discurso. Una vida de ocultamiento, de marginalidad, de hipocresía, ya no la hubiera resistido. Creo que las minorías sexuales sufren lo indecible en los pueblos; de allí su huida a la gran ciudad, que no es un fenómeno nuevo, lleva siglos. Aunque muchos de los derechos básicos aún sigan sin conquistarse, también en la gran ciudad. Cavernícolas hay en todas partes.

Has leído la Biblia más de una vez. ¿Cuáles pasajes preferís?

Mirá, con la Biblia pasa como con Shakespeare, o con la Divina Comedia dantesca: uno no se enfrenta a un libro, se enfrenta a un cosmos. A lo largo de los años, son distintas las cosas que me han interesado de la Biblia, y en distintos planos. Uno de ellos, por ejemplo, es el estético, y por qué no: en gran parte, el conjunto de libritos que la integran son alta, a veces altísima, literatura. El Antiguo Testamento aún más, las cimas que alcanza en la prosa clásica o en la poesía son magníficas. El Nuevo nos resulta más cercano, pero en un plano estético, con excepciones, es menor; basta comparar el griego de un Mateo o aún de un Pablo, con el griego del siglo de oro ateniense para notar el abismo. Por supuesto, los evangelios, sus parábolas, tienen un encanto perenne; si tengo que elegir desde el plano estético, me quedo con Lucas; si desde el rupturismo subversivo, con el más viejo de todos, el muy radical y a veces menospreciado Marcos.
En el Antiguo, me sigue fascinando Job, creo que solo tiene un parangón en la literatura universal: la gran tragedia griega. Un hombre que sufre y que se dirige a sus amigos y a Dios mismo en una serie desbordante, alucinante de metáforas magníficas. Y que se cierra sin cerrar: la cuestión de por qué sufre el justo queda sin solución, sin dogma “tranquilizador”. Otro libro, desconcertante a primera vista, el Eclesiastés; un libro casi escéptico, una miscelánea brillante sobre la naturaleza y el destino humanos.
Ahora, hoy, hay otras cosas en que la Biblia no deja de sorprenderme. Los fundamentalismos tratan de mostrarla como un todo coherente, y su riqueza está precisamente en su incoherencia, en sus contradicciones. Su redacción llevó siglos, generaciones de hombres en búsqueda de respuestas, y en planteos provisionales. Lo loco es que allí mismo conviven posturas muy diversas, conceptos muy diferentes sobre la justicia, el bien, lo correcto, la historia. No sé si me explico. Doy un ejemplo: hay pasajes atroces, donde se justifica la guerra santa, la masacre en nombre de Dios, el ultranacionalismo del antiguo Israel. En otros pasajes, nos hallamos ante profetas pacifistas, universalistas, conciliadores. De antítesis como ésta, la Biblia está llena; sobre una cuestión se proponen, a lo largo del tiempo, varias, muchas respuestas. Y lo sorprendente es que todas entraron en el canon. Quizás los antiguos judíos y los primitivos cristianos sabían que no había una respuesta única, y conservaron todas; todas las corrientes teológicas entraron en el canon, y si se contradecían, no importaba. Sólo después se trató de fijar dogmas inequívocos que “solucionaran” esas contradicciones.
Otro interés mío, hoy por hoy, es ver las cuestiones de género en la Biblia. Siempre se creyó que había en ella un modelo de familia único; cada época proyectó al revés, desde la posteridad hacia el pasado, su modelo de vínculos. Pero la familia burguesa poco tiene que ver con el amplio espectro bíblico, donde conviven poligamia y monogamia, familias férreamente patriarcales con mujeres totalmente independientes, amores libres, erotismo en grado pleno como en El Cantar de los Cantares… y también homosexuales. Siempre se supuso que los griegos habían sido súper aperturistas al respecto (allí están el Banquete, o el Fedro, de Platón, por ejemplo) mientras que la cultura judeocristiana sólo había puesto restricciones. Estudios más recientes, desde los ’50 en adelante, nos muestran exactamente lo contrario: que la vieja historia de Sodoma nada tiene que ver con la homosexualidad sino con la falta de hospitalidad; que la Biblia está llena de homosexuales, como David y su amante Jonatán, como el esclavo-amante del centurión romano que Jesús curó y todavía felicitó. Historias que siempre estuvieron allí, pero que el velo de la homofobia había cubierto. Hasta Dios mismo, que en el Antiguo Testamento se muestra bajo metáforas antropomórficas, también se presenta como madre-mujer, o como un guerrero con amantes masculinos. ¿Parece urticante, no? La verdad es que no hace falta demasiada erudición para descubrir esas facetas… o para no querer verlas.
Una última acotación, en otro plano: también ha sido una maravilla para mí intentar leer las Escrituras en su idioma original. Con el griego del Nuevo Testamento me llevo bastante bien. En el hebreo estoy dando mis primeros, difíciles, hasta ahora bastante infructuosos pasos.

¿Qué libros sobre religión recomendás para quienes deseen iniciarse en el tema?

Recomendar libros es toda una responsabilidad, en especial porque la oferta es mucha, y van desde la banalización hasta la erudición tecnicista que dificulta mucho la lectura del no iniciado. Sobre el tema religioso en general siguen siendo imprescindibles los textos de Mircea Eliade, como Lo Sagrado y lo Profano, El Mito del Eterno Retorno, y sobre todo, la muy voluminosa pero documentada y apasionante Historia de las Creencias e Ideas Religiosas, que va desde el Paleolítico hasta el siglo XX; son cuatro tomos. Para una buena introducción al judaísmo y al cristianismo, son muy accesibles los libros del historiador británico Paul Johnson, políticamente conservador, pero muy honesto en cuestiones religiosas: Historia de los Judíos; Historia del Cristianismo; ambos los publica Javier Vergara Editor. No son obras de un teólogo, a veces adolece en el manejo de fuentes primarias, pero son muy buenos. Para el Islam, Historia de los Árabes, de Albert Hourani, también en Javier Vergara. Un librito apasionante sobre los fundamentalismos norteamericanos es La Religión Americana, de Harold Bloom, con intuiciones brillantes; su tesis cardinal es la radical diferencia del fenómeno norteamericano de cualquier rama europea del cristianismo.
Y por supuesto, como diría Unamuno, no hay que olvidarse de los clásicos, de las fuentes. En el caso judeocristiano, la Biblia obviamente. Tenemos muchas – demasiadas – traducciones. Por su rigor científico a nivel traducción, sus notas filológicas, arqueológicas, lingüísticas, históricas, la más recomendable sigue siendo la última edición de la Biblia de Jerusalén, que es de 1998; cuidado con la edición de bolsillo, que quita gran parte de esas valiosas notas. Como traducción “literaria”, la más bella es la Biblia del Peregrino, de Schökel. Ambas son católicas. Dentro del mundo protestante hispánico, la Reina-Valera es todo un clásico. Su primera edición se produjo en 1569, pleno Siglo de Oro español; revisada varias veces, la última en 1995; la edición de estudio tiene notas abundantes, pero no demasiado jugadas. 
Después – en cuanto a clásicos – que el lector elija. Confieso que hay textos más ilegibles que otros. No es lo mismo leer las Confesiones de San Agustín, que es casi una novela, que la Suma Teológica de Tomás de Aquino o las Instituta, de Calvino; se precisa tiempo y abnegación para obras tan arduas.

¿Estás escribiendo alguna obra? 

Siempre hay una “work in progress”, como decía Joyce. Estoy revisando y corrigiendo textos viejos, de los que se salvaron del fuego. Estoy haciendo, por puro placer nomás, mucha traducción de poesía, de grandes poetas, como Baudelaire, Rimbaud, Nerval, Pessoa, Mallamé, Leopardi, Ungaretti… La traducción poética es ardua y siempre insatisfactoria tarea; y humilde. Uno lucha con gigantes, sabiendo que tiene todas las de perder. Pero es un buen ejercicio para la propia poética. Y más cuando ya no se produce tanto propio: es que la poesía, la escritura de poesía, va en cierta medida aliada a la desdicha. Y yo hoy me siento muy feliz… para desgracia de mi poesía. Así que también incursiono en el ensayo, y hasta en algo que quizás sea mi cuarta novela (contando una publicada y dos que tiré a la basura), aunque de novela narrativa parece tener bien poco. Por ahora se llama “Santos Vega en los infiernos”.

¿Cuáles son los escépticos más grandes para vos?

Más que los obvios, los que Ricoeur llamó “maestros de la sospecha” (Freud, Marx, Nietzsche; yo agregaría a Feuerbach, Voltaire o el ya lejano Diógenes el Cínico), me interesan aquellos que han luchado con sus raíces cristianas y lograron una estetización o una sublimación. Pongamos el caso del cine, que sé es una de tus pasiones. Fuera de Dreyer, que era creyente y fanático de Kierkegaard, ¿no es paradójico que el más alto cine “teológico” haya sido realizado por un agnóstico como Ingmar Bergman? Un cine atravesado por Niezsche, pero también por Kierkegaard – habría que hacer todo un estudio sobre la influencia de Kierkegaard en el cine. Bergman cruza, a grandes rasgos, por tres etapas, la primera marcada por su lucha con sus fantasmas cristianos, después otra donde traza una dialéctica sobre la incomunicación humana sin perder de vista el tema del “silencio de Dios”, y por último, una suerte de reconciliación, donde el tema de la salvación se da a través del arte, en su megafilm Fanny y Alexander, un poco como en el poeta William Blake. Son los tres estadios de Kierkegaard, pero al revés: el religioso, el ético y el estético. Algo similar con el gran Andrei Tarkovsky; agnóstico también, con fuerte presencia de lo religioso, especialmente en su último e inclasificable film, El Sacrificio… que también está atravesado por Kierkegaard. ¡La pucha! Sí o sí hay que hacer ese estudio sobre Kierkegaard y el cine.
En el área de la literatura, me fascina ver cómo los grandes místicos – San Juan de la Cruz, Angelus Silesius, Santa Teresa, Meister Eckhart – han influido en escritores para nada religiosos, como Paul Valéry, el propio Borges, Juan Gelman. La confluencia de cristianismo y arte ha sido muy fructífera, incluido para los ateos.
En el terreno de la filosofía, no puedo obviar a Michel Foucault, que ciertamente no era cristiano pero consideró a Dumezil, teólogo y mitólogo, como uno de sus grandes maestros. A la hora de la militancia, no tuvo reparos en actuar junto a clérigos de izquierda. Y por supuesto, allí está en Foucault una de sus teorías más revulsivas: el psicoanálisis no es revolucionario, sino el fin de una etapa muy vieja; el psicoanálisis no destapó ningún tema nuevo, sino que fue la culminación de una indagación sobre los cuerpos y el deseo, tarea que, siglos atrás, había preparado la “pastoral” cristiana, con sus manuales de confesión y su obsesión con la “carne”.



Imagen: Federico Barocci, Adoración de los Magos
links a la entrevista:
http://www.eldolorense.com/detalle_noticia.asp?id_noticia=37561

http://www.eldolorense.com/detalle_noticia.asp?id_noticia=37963
 

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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto
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Comentarios

Juan Carlos 01/29/2010 08:13


Y ahora algunos comentarios tomados de nuestro amigo facebook...

Sebastián Cretón LEANLA, JUAN CARLOS RESPONDE SOBRE RELIGIÓN CON UNA LUCIDEZ INCREÍBLE.
17 de enero a las 22:07 ·

Silvia Methol Interesante, como siempre.
18 de enero a las 1:07 ·

Lau Aquino me gusto mucho...critica al dolorense,escriban con letra mas grande...juan no es de lo mas facil de leer...y encima chiquito!!!
18 de enero a las 1:17 ·

Silvia Methol verrdad, jajaja, a tenerlo en cuenta para la II parte
18 de enero a las 1:19 ·

Cecilia Coronel Excelente Juan Carlos. Además, de la lucidez, destaco esa pisca de ironía que le imprime a temas supuestamente taaan serios una cuota de humor, de buen humor.
18 de enero a las 9:09 ·

Cecilia Coronel Espero la segunda parte.
18 de enero a las 9:10 ·
Graciela Oses Que interesante. No conocía a este escritor. Impecable el rescate de Kierkegaard como pensador responsable y de borde, así como el la madre Teresa y de Schweitzer, todos trabajadores
en llamas, "prácticamente iluminados". Lúcido análisis sobre cultos, de un deviniente en buscador eterno. Releo y espero la segunda parte

Graciela Oses "...A nivel íntimo, la fe es bastante indefinible.". Será esta frase por simplemente sabia, eminentemente práctica, la que queda dando re-voloteando por mi panza. Porque creo que la
fe esta ahí, en el espacio redondo y liso de Buda o en las entrelíneas esféricas de la gran duda.
Mi doméstica fe cree que las personas intensamente vivas, como Juan Carlos, eternizan la belleza indefinible, la auténtica belleza que no se dice sino se intenta. Se intenta lo que es, digo.
Me encantó todo el reportaje y me tomé mi tiempo, como con los buenos vinos. Recortes sobre el cine y algo más sobre Bergman, recorte sobre homosexuales en la biblia y el velo homofófico homoego,
la ida a Buenos Aires...más.
Sigo leyendo y espero la nuela ola ( que no es aquella, claro ).
Ah!...que bueno esto de ser feliz y prestar la voz a otros, la voz feliz. Que bueno Ungaretti.


Juan Carlos 01/29/2010 08:06


Posteo aquí los comentarios recibidos por el diario a la primera parte. Como ciertas escrituras orientales, deben leerse de abajo hacia arriba

[20100128]
Como dijo un amigo, citando a J. L. Borges: "Todo hombre culto es un teólogo y para serlo no es indispensable la fe"
Aquí, la demostración de tal afirmación. =)
Cecilia
( )

[20100126]
Aunque no debería ser lo habitual que un entrevistado comente su propia entrevista, vistos los posteos a esta nota y a su segunda parte, no quiero dejar de agradecer a los que fueron capaces de
leerla y, asintiendo o no, involucrarse en una temática espinosa si la hay, como la religiosa. A algunos los conozco personalmente, hasta ex alumnos; me emocionó especialmente el comentario de un
sacerdote católico (en la segunda parte), siendo que mi postura puede resultar chocante para un católico. Pero seres pensantes y realmente espirituales los hay en todos los ámbitos, también en los
religiosos.
Dos aclaraciones, una para alguien que se hace llamar La Rana (hay una bella comedia de Aristófanes con ese nombre) y otra para La Descarriada, que sospecho quién es.
Para La Rana:
* la sospecha de que "algo habrá hecho" dado que está excomulgado, es bastante cruel, e ignora lo que es una institución como la de los TJ
* como bien argumentó Cecilia, hablo sobre instituciones y dogmas, no sobre la fe individual; si se me hubiera preguntado sobre la religiosidad popular, una respuesta antropológica o sociológica
hubiera demostrado el respeto que esta merece

Para "La Descarriada":
* dejé en claro que eximo a los TJ de haberme convertido, yo mismo me metí en el brete; y tb dije (aunque en otras palabras) que lo hice buscando una "tabla de salvación". El tema es: ¿a qué
precio? Si veo que perdí amigos, que casi me hicieron perder a mi madre, que me extrajeron hasta la médula mis capacidades, y que solo obtuve la cerrazón de un dogma y mentira tras mentira sobre su
propia historia e institución... la respuesta es obvia. Reconozco que entre ellos hay gente excelente; permanecen por inercia, por convicción, quizás hasta por fe; les han cerrado los ojos a la
crueldad de su sistema. Sistema que, como bien sabrás, corta lazos familiares con la excomunión, impidiendo que madres e hijos se traten, por ejemplo. Y conozco madres dentro de la institución que,
pese a su ya rechazo por la dogmática de los TJ, permanecen dentro o inactivas pero no expulsadas, con tal de no perder el vínculo con sus propios hijos, que aún permanecen dentro de la
institución. ¿Hay mayor crueldad que esto, una verdadera extorsión? Y toda la base es un texto perdido en 2 Juan, que habla de no tratar a los sectarios gnósticos de su tiempo, que negaban la
muerte real, física de Jesús - algo que nada tiene que ver con los múltiples motivos por los cuales los TJ expulsan. Dándose la paradoja que, siendo su doctrina tan voluble, las razones de
expulsión han variado; lo que era "correcto" en un momento histórico dejó de serlo en otro, o viceversa. Una iluminación un tanto parpadeante, ¿no? Y a precio de vidas y relaciones destrozadas.
Juan Carlos Sánchez Sottosanto
( sanchezsottosanto@yahoo.com.ar )

[20100125]
Como siempre impecable en tus rgumentaciones Juanca. Sin embargo habría que preguntarse qué función cumplió en la vida de uno el pertenecer a una religión "dura" como la OTJ. Tal vez para muchos
fue una tabla de salvación cuando nadie podía hacer nada o nadie veía cómo uno se hundía. La racionalidad o la necesidad de "otras verdades" hizo que uno se alejara. Ahora, me pregunto ¿nada bueno
dejó?
Descarriada
( )

[20100119]
Claro que me sirve y acepto tus disculpas.Es que si en algo estoy totalmente de acuerdo es "que todo fanatismo es malo",Se perdieron vidas en nombre de Dios,de la religión pero también en nombre
del fútbol,la política etc,etc.Y...si,el fanatismo,no es bueno en ningún aspecto.
La Rana
( )

[20100118]
jajajaj
lo unico importante en la vida es ser feliiiiiiiiiizzzzzzzzzz!!!
jajaja
Todos somos riosque vamos a dar a la mar
que es el morir...
CML
( )

[20100118]
Bueno Sebastián,vos diste tu opinión sin atacarme ni juzgarme,y esté de acuerdo o no con lo que opines,no me molesta pero como dice Zulma Lobato (que me juzguen o me sienta atacada)"no se los voy a
perrrmitir",a nadie.Es que en realidad hay que dar una opinión sobre la nota que está arriba!"no me peguen,soy la rana"ja ja
La Rana
( )

[20100118]
Querida Rana: Si te sirve te pido disculpas. Mi comentario estuvo dirigido a contraargumentar tu libre opinión acerca de que el autor en la nota "está despotricando contra una religión solo por que
fué excomulgado". Opinión que desde mi punto de vista tiene mucho de agravio, sobre todo cuando uno conoce la autoridad intelectual de Juan Carlos. Asimismo, como mencionaste que conocías "gente"
de varias religiones me permití aclarar que justamente aquí no se habla de este tema y agregué mi humilde postura con respecto a la religión (de la cuál nunca fui excomulgada y sí autoexiliada).
Por lo demás, coincido en que cada uno puede expresar su juicio como mejor le parezca y por eso hice uso de este derecho. Perdón, tal vez caí en el fanatismo y eso sí es responsabilidad del autor
que me deslumbró con sus palabras.
Cecilia
( )

[20100118]
Sigo este diario y lo banco a morir, pero me pone muy mal esas peleas mediáticas. Sería bueno que todos nos expresáramos. Que nos expresáramos, nada más. Total, la gente saca siempre sus
conclusiones.
Leo
( )

[20100118]
Interesante postura, con cuestiones discutibles según la vivencia de cada uno, pero no por ello menos, que muy interesante forma de expresar un punto de vista, una comprensión personal.
Excelente nota.
Roberto C.
( )

[20100118]
La rana: yo respeto tu opinión. Pero las respuestas de Juan Carlos me parecen muy lúcidas. La fe es algo personal, e individual. La religión llevada a extremos, como hacen facciones de todos los
cultos del mundo, produce exactamente lo que Juan relata, y el lo vivió en carne propia. Yo le temo a los fanáticos religiosos más que a la peste, sean de la religión que sean, y le temo a los
moralistas fanáticos también. Juan me parece un tipo que arroja cierta luz sobre cosas que pasan dentro de las religiónes y de las que nadie parece darse cuenta. Una de ellas es la soberbia, otra
la discriminación. El hecho de que los "líderes" (llámense sacerdotes, pastores, etc.) tengan un rango más alto y decidan como si fueran enviados ya es una farsa en mi opinión. Comparto eso de que
si la religión puedecambiar a la gente para bien es válido. Pero es bueno conocer la otra cara de las cosas. Y la religión, en nombre de Dios, se ha cobrado también muchas vidas. De cualquier modo,
celebro tu opinión y el debate sobre un tema tan difícil para ser objetivos.
Sebastián Cretón
( )

[20100118]
Cecilia: quién sos para decir que tengo poca "luz"? no me conocés.Opiné,dije lo que me parecía y en ningún momento dije que el habló de la gente,leé de vuelta.Si no me equivoco,este diario te
permite opinar sobre las entrevistas y notas que publica y eso fué lo que hice,no se por que te molesta tanto lo que puse,tampoco dije ser de ninguna religión y el que sea teólogo no quiere decir
que sea dueño de la verdad,en este caso el "teólogo" está dando su punto de vista personal sobre una mala experiencia,no soy teóloga pero se que cuando te excomulgan de una religión,tiene que haber
un motivo grave.Espero que te disculpes conmigo,por que me estás juzgando sin conocerme,yo no ofendo a la gente por que piense distinto a mi,aprendí a respetar al prójimo aunque no digan lo que me
gustaría escuchar (de hecho,no te estoy insultando por tratarme "diplomáticamente" de retardada)podrías haber puesto tu opinión y listo.Si querés leé el final de mi opinión anterior.Adiós.
La Rana
( )

[20100118]
Desde mi humilde punto de vista, me causa un enorme y agradable asombro que fomando parte de una comunidad religiosa tan cerrada hayas logrado crecer intelectualmente y bucear en otras
corrientes.
Una clara demostración que cuando uno tiene la cabeza libre todo suma pero nada determina...
Miriam.
( )

[20100118]
Rana qué poca luz! La entrevista deja más que claro que el autor para despotricar posee fundamentos que van más allá de su desgraciada experiencia y, que de hecho, posiblemente fue ésta la que lo
impulsó a seguir explorando y estudiando para tratar de hallar una respuesta "a tantas carencias humanas". Por lo demás, aquí no se está hablando de la "gente" que hace uso de la religión, sino de
la religión en sí, de las diferentes religiones, de la religiosidad y las seudoreligiones. Por supuesto, todas se presentan (como cualquier producto a la venta) como la mejor, la infalible aunque
no por ello lo sea. Y si hay gente que ingenuamente es feliz creyendo en sus propangandas es porque existen varios factores menos ingénuos que convergen para que así sea. Creo, si no me equivoco,
que la tarea de un teólogo es justamente meter sus narices en las profundadides de las creencias que se proponen, no así en las mentes de quienes las profesan (me refiero a esa "gente" que es
"feliz" creyendo en algo) que, por otro lado, sería milagroso.
Cecilia
( )

[20100117]
No me parece tan brillante,por lo que leí está despotricando contra una religión solo por que fué excomulgado,¿y antes,que le parecía?,conozco gente de muchas religiones y pue


Juan Carlos 01/26/2010 20:09


Posteo aquí reacciones a la sda parte.

Comentarios de lectores:
[20100125]
Muy acertada tu apreciación sobre la tragedia de Haití. La pregunta, sin duda, es: Dónde está el hombre? la misma pregunta de Dios a Caín: Dónde está tu hermano? Qué hiciste con tu hermano? Dónde
estabas cuando tu hermano te necesitó? Muchas gracias Juan Carlos por tus reflexiones.
Un abrazo.
Juan Carlos.
Juan Carlos
( padrejuancarlos@yahoo.com.ar )

[20100124]
JUAN SOS UNA PERSONA MUY VALIOSA Y QUIERO DECIRLO PUBLICAMENTE, ESTOY ORGULLOSA DE HABERTE TENIDO COMO PROFESOR, FUERON UNAS CLASES MAGISTRALES, ME GUSTARIA SABER ALGO DE VOS TE MANDO UN BESOTE
ENORME
VERONICA


[20100122]
Pues una segunda parte, tan interesante como la primera.
Siempre es bueno ver las religiones y creencias desde todos los puntos de vista y vivencias.
Roberto C.
( )

[20100122]
Amigo, y guía literario de lujo: nunca leeré esos libros tan eruditos que recomendás porque no me creo preparada, pero sí agradezco tus visitas en las que mate de por medio, estamos horas hablando
de Literatura.
Gracias por Tolstoi y Los hermanos Karamazov, gracias por Francisco, por Víctor Hugo y Los miserables. Gracias por Margueritte Yourcenar y su fabulosa Memorias de Adriano. Gracias por Baudelaire y
tantos tantos otros.
Dora Ponce
( )

[20100122]
Juan , gracias por difundir tu ciencia.
Gracias por iluminar mi camino literario con tus consejos sabios.
Dora Ponce
( )


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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
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