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4 noviembre 2011 5 04 /11 /noviembre /2011 16:34

 

 


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Un argentino medio (si tal categoría existe) puede encender su aparato de TV y llorar hasta las lágrimas, mientras come su milanesa con fritas, al ver imágenes de las hambrunas de Somalia, Etiopía u otro país más o menos lejano y exótico. Pero no tendrá empacho en usar como insulto la palabra “villero” con alguien que no es de su clase social, y en especial si su tez es algo más oscura que la suya, o por lo menos presupone que lo es.

Un extranjero, incluso de habla castellana, se sentirá desconcertado ante el significado que en la Argentina se da a “villa”. No, no es un galicismo por una ciudad intermedia, ni una ciudad con antiguos fueros more hispánico, ni una mansión; mucho menos una mansión. “Villa” es la contracción del sintagma “villa miseria”, una suerte de neologismo de los ’60, que perduró para definir extensas poblaciones miserables, enclavadas en centros o periferias de nuestras megalópolis, donde se hacinaron en un primer momento migrantes del interior que fluyeron a las grandes ciudades en busca de oportunidades, o aquellos descastados que en las grandes crisis de nuestro liberalismo quedaron en la calle, o inmigrantes de países limítrofes para quienes la Argentina, en comparación con sus patrias, era como Eldorado. Una comparación con las favelas brasileñas o las hoovervilles yanquis no estaría mal; sólo que nuestra pampa carece de morros y ondulaciones: las villas pueden ocupar hectáreas insalubres, pestilentes, abandonadas a veces de la mano de Dios y del Estado, hectáreas de una horizontalidad abigarrada, de callejuelas sórdidas, donde se edifican hacia arriba por falta de espacio endebles construcciones de bloques, maderas, chapas, nylon. Pueden ser reductos de códigos y solidaridades, pero también de mafias, violencia, drogas, muerte.

Recuerdo cuando me ofrecí, invitado por un ex alumno que se había mudado a Buenos Aires antes que yo, para ayudar a chicos de una de las más grandes villas, la 15, Ciudad Oculta. La primera impresión es devastadora. Y es tan difícil vencer los prejuicios del miedo y decir: a mí no me pasa nada. Ponemos caras de felizcumpleaños y fruncimos el culo para no cagarnos.

Pero todo se resolvió fácil. Los padres nos venían a buscar a un sitio predeterminado (seríamos unos treinta), y eran nuestros “protectores” en un ámbito donde ni la policía ingresa; y nos acompañaban, al finalizar, ya en plena noche invernal. Por horas ayudábamos a chicos de todas las edades en las materias más diversas. A mí, por supuesto, me tocaron las humanidades. Enseguida noté cómo en ese antro de miseria, el hombre crea redes fraternas, pero también símbolos de clase o status. Alguien que es de provincias es “inferior” a quien nació en la villa capitalina. Un paraguayo es menos que un argentino, y un boliviano menos que un paraguayo. Una chica que puede adornar sus jeans ajustados con chirimbolos es “más” que la que viene con la ropa rota o descalza. Las estratificaciones, como demostró Max Weber, son harto más complejas que la bipolaridad marxiana.

La experiencia más extraña fue esta. Un chico, un adolescente, iba a una escuela donde se enseñaba francés, y no recordaba los contenidos del año escolar previo. Me resultó raro, porque bajo el menemismo el francés y otras lenguas fueron quitadas de la escuela pública y sustituidas por el inglés, hasta que recordé que esa ley no alcanzó a la Capital. Y aquí estaba yo, que jamás había enseñado francés a nadie, haciéndolo en un rincón de Ciudad Oculta.

Repasamos, como era de rigor, los verbos être y avoir. Repasamos el présent indicatif y el passé composé y algunas preposiciones. La mayéutica resultó; el pibe era despierto y en pocos minutos nos disponíamos a analizar un texto dado por su profesora.

Y el texto hablaba de Montmartre, y del aeropuerto de Marsella, y de aviones de lujo y de champanes caros. De familias maravillosas.

Me alcanzó la angustia. Un chico nacido en la villa, que no conoce otra realidad que esa, llamada Ciudad “Oculta” por sus murallones casi de gueto que contienen o encierran a 20.000 personas, enfrentado a un texto semánticamente ininteligible, casi soez en medio de esa pobreza extrema.

Me decidí a encararlo como los cuentistas populares de las Mil y una noches, que hablaban de los fastos exuberantes de palacios que solo podían mirar desde lejos.

Creo que al chico le fue bien en los exámenes de francés. No lo volví a ver, y poco después yo abandoné esa labor ad honorem. Hoy puede estar vivo o muerto, intentando la superación o siendo devorado por el paco; sufriendo violencia o abuso, o reproduciéndolos en otros. Seguramente jamás conocerá Montmartre ni Marsella. Su bebida más cara será la cerveza Quilmes.

Por placer o por deber, he traducido a Rimbaud, Mallarmé, Baudelaire, Nerval, Hugo, Saint-Amant, Du Bellay, Du Bartas y un largo etcétera de exquisiteces varias. Y he creído que el súmmum de los desafíos era estar horas ante una música que se nos escapa, un metro que nos complica, una rima que nos huye.

Pero solo una vez supe que mi pequeña sapiencia de esa lengua dorada me convertía en el más inútil e impotente de los hombres. 

 


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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Ensayos
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Comentarios

Sofía Serra 11/05/2011 15:53


Se me ha hecho un nudo en la garganta. Imponente. Mayestático de pura humildad.
Cuanto tiens que enseñar, querido. Por eso, nada de lo que tú aprendas, tus conocimientos, por muy inútiles que te resulten en ocasiones, será un desperdicio...el resto de los seres humanos te
necesitamos con ellos.


Presentación

  • : El blog de Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • : Un blog para poesías propias, traducciones y ensayos
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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
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