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19 agosto 2012 7 19 /08 /agosto /2012 06:21

 

 

 

(trabajo práctico para la asignatura Fe y cultura en América Latina, Maestría en Teología)

 

Prolegómenos

 

            A lo largo de estas tres unidades recorridas, hemos visto la continua reinvención de América Latina como elemento “extraño” y necesario de ser reconstruido y resignificado como otredad, como continente de pueblos casi sub-humanos, con injertos africanos y, a la postre, vástago de una Europa que, fuere desde patrones feudales como resabios del medioevo latino, o como campo de experimentación de la modernidad con su paso del capitalismo mercantilista al industrial, la tuvo como referente-cobayo de sus laboratorios económicos e ideológicos (¿monopolio o libre cambio, absolutismo o despotismo ilustrado, monarquías férreas o parlamentarismos? – pero siempre bajo una égida imperialista), y la sostuvo bajo viejas y nuevas maneras de colonialismo que, por supuesto, en sus versiones remozadas no han dejado de existir.

            Si con los Incas y los Aztecas quizás podamos ya hablar de imperios autóctonos, la intromisión europea logró mostrar lo peor de sí con variantes y variables que recorren los siglos que estamos considerando (aproximadamente entre el XVII y el XX). Los protagonistas de la conquista y colonización provenían a su vez de tradiciones distintas y pasaron por procesos históricos y económicos que repercutieron en el “nuevo” continente. España, Portugal, Francia, Holanda, Gran Bretaña y hasta Rusia con Alaska y Dinamarca con Groenlandia, fueron los protagonistas de este juego de ajedrez que implicaba concepciones y territorialidades diversas, pero siempre en tensión o permeables entre sí. Incluso los procesos de las colonias españolas y lusitanas fueron harto diferentes, y con el correr del tiempo franceses y holandeses pasaron a un rol secundario, aunque a los primeros se los pudo ver como un faro cultural en ciertos sectores, especialmente como reacción contra España y como modo de renovación, bajo la Ilustración y el ciclo de revoluciones burguesas, contra una península vislumbrada como atrasada y/o anclada en el medioevo. Pero fue Gran Bretaña, pese a su pérdida de las principales colonias, la que se llevó los lauros de la lucha. Pionera en la Revolución Industrial, ávida de mercados, dueña de un imperio que abarcaba el orbe entero, su poder se extendió más allá de las colonias formales (intentos de apoyo a un sector de México que quería independizarse y finalmente pasó a ser patrimonio norteamericano; Canadá, con la excepción del Quebec, parte de las Antillas, una de las Guayanas, las islas Malvinas, Belice…) y plantó banderas en todo el continente de formas más o menos solapadas. Los grandes libertadores de Latinoamérica – Belgrano, Bolívar, Miranda, San Martín – sentían una admiración profunda y quizás sincera por este imperio, que en parte apoyó, claro que no inocentemente, el proceso de independencias, y fue generalmente el primero en reconocerlas, trabar relaciones comerciales, comprar materias primas y vender productos industrializados. A nuestros nacionalismos puede resultarle casi obsceno que nuestras independencias hubiesen resultado imposibles sin el aval británico; pero el axioma contiene mucho de verdad.   

            Sin embargo, ya a mitad del siglo XIX y aún antes de la Guerra de Secesión, espíritus sensibles e intuitivos como el de Alexis de Tocqueville (La democracia en América) reconocieron que los Estados Unidos eran el germen de algo nuevo, radicalmente distinto a los fenómenos europeos, y que ese germen se convertiría en avalancha. Tocqueville incluso, con admirable acierto, llegó a decir que en un futuro no lejano la disputa de poderes a nivel mundial se daría entre Estados Unidos y Rusia, otro gigante aparentemente “dormido”, y que ambos serían el “remplazo” de una Europa caduca. Aún un pensador autodidacta como nuestro Sarmiento fue variando su ideologema antinómico de “civilización y barbarie” para descubrir, tras una primera obnubilación, que la barbarie también estaba en la esencia de Europa, y en una segunda obnubilación, que sus admirados Estados Unidos, de los que recogió, a la par que del modelo sansimoniano y otros tipos del socialismo utópico, parte de su sistema educativo, también contenían un elemento destructivo que podría volcarse sobre el “sur” a la menor oportunidad. Si el desprecio por lo hispánico fue bastante común, y se alentó una inmigración anglosajona (que nunca se concretó) reconociéndola como potencial fuente de adelanto de las ex colonias (¿un pensamiento weberiano avant-la-lèttre sobre la ética protestante y el espíritu del capitalismo?), a la postre se descubrió que el gigante del norte tendría una incidencia insoslayable en nuestros lares, cosa que la doctrina Monroe – que no analizaremos aquí – no hizo más que confirmar.

            Nuestro análisis ahora se detendrá en un tema no demasiado abordado: la visión que los imperios tenían de sí como “pueblos elegidos” en el sentido religioso de la palabra, que por supuesto no debe desprenderse de las connotaciones económicas y políticas. Lo haremos, no a través de textos teóricos, sino de tres poemas de distintos segmentos epocales, con el nada naïf apriorismo de que los poetas siempre dicen la verdad, no la verdad a nivel ontológico o ético, sino las verdades de un tiempo y un contexto del que ningún artista puede escabullirse. Verdades incómodas, pero que son testimonios privilegiados del pasado, y mucho más si un simple análisis los coloca en las coordenadas correctas.

 

Poetas

 

I

 

            No hay necesidad de demonizar a España, y más teniendo en cuenta la artificialidad de un imperio que nunca fue heterogéneo ni en la propia península, y menos cuando llegó a dominar, bajo Carlos I (V), a los principados germánicos, a Nápoles, Sicilia, América, las Filipinas… Ámbito de tolerancia y de intolerancia extremas, su historia está llena de las inevitables contradicciones humanas. No fue personaje protagónico de las Cruzadas por el Santo Sepulcro: vivía en su propio seno la necesidad de Reconquista, aunque la presencia musulmana le dejó una riqueza cultural envidiable; momentos hubo en que los tres monoteísmos convivieron en relativa paz, con intercambios mutuos; donde los principales filósofos eran árabes o judíos que hasta influirían sobre la escolástica; en que un Alfonso el Sabio llega a contagiarse de un universalismo casi humanista. Pero España también fue la patria de un Domingo de Guzmán o de un Ignacio de Loyola, el primero con ansias inquisitoriales volcadas tempranamente contra los “herejes” cátaros y valdenses, el segundo con una férrea educación militar que se invertiría en una sólida ideología contrarreformista y en un ansia de educar cristianamente al mundo entero, sin importar si en China, Japón o las Américas.

            América llega en un momento que coincide con la expulsión definitiva de los árabes tras la conquista de Granada, y la consecuente obligación de judíos y musulmanes de abandonar el país o convertirse al cristianismo; con conversos que nunca dejaron de ser personas de segunda categoría, sospechosos de mantener sus cultos, algo que se extendía a sus descendientes y a una obsesión por la “limpieza de sangre”. Esas acciones fueron como una recuperación del tiempo perdido; América apareció con su vastedad sideral que no solo proporcionaría oro y gloria, sino también oportunidades para los más descastados, y para emprender una conquista espiritual sobre almas en poder del “demonio”. Las actitudes religiosas variaron, desde las denuncias de un Fray Bartolomé de las Casas hasta una complicidad vergonzosa con el genocidio; desde un Diego de Landa quemador de códices e “ídolos” hasta un Sahagún o un Ximénez, a quienes debemos un estudio casi antropológico de la cultura azteca al primero, y la preservación del Popol-Vuj al segundo; desde conversiones crueles hasta trabajos minuciosos como el de los jesuitas, no exceptos, sin embargo, de paternalismo, de una mirada sobre “niños grandes”.

            Podemos decir que las leyes sobre el trato a los pueblos originarios fueron relativamente benignas; la realidad transoceánica era muy otra. Los Reyes Católicos las inician y se van consolidando, hasta una escrupulosidad burocrática exasperante e inútil con los reyes siguientes. Pero el papel de “pueblo elegido”, de baluarte de la cristiandad, de enemigos acérrimos contra la “herejía” luterana (aunque el erasmismo había tenido buena recepción, para ser prohibido luego), los hizo ser más papistas que el papa. Es sabido que judíos, árabes o hasta reformados pudieron tener una relativa buena acogida en los Estados Pontificios, salvándose de los autos de fe peninsulares.

            El poema que sigue a continuación parece tener poco que ver con América, pero refleja a la perfección el espíritu con que España batía sus batallas. Pertenece al siglo XVII, fue escrito bajo el ultracatólico Felipe II, y canta a la batalla de Lepanto contra los musulmanes, la misma donde Cervantes perdiera una de sus manos. El autor, Fernando de Herrera (1534 – 1597), sevillano, llamado ya en vida “El Divino”, es el autor de estas loas.

 

Por la Victoria de Lepanto

 

 

Cantemos al Señor, que en la llanura

Venció del ancho mar al Trace fiero;

Tú, Dios de las batallas, tú eres diestra,

Salud y gloria nuestra.

Tú rompiste las fuerzas y la dura

Frente de Faraón, feroz guerrero;

Sus escogidos príncipes cubrieron

Los abismos del mar, y descendieron,

Cual piedra, en el profundo, y tu ira luego

Los tragó, como arista seca el fuego.

 

El soberbio tirano, confiado

En el grande aparato de sus naves,

Que de los nuestros la cerviz cautiva

Y las manos aviva

Al ministerio injusto de su estado,

Derribó con los brazos suyos graves

Los cedros más excelsos de la cima

Y el árbol que más yerto se sublima,

Bebiendo ajenas aguas y atrevido

Pisando el bando nuestro y defendido.

 

Temblaron los pequeños, confundidos

Del impío furor suyo; alzó la frente

Contra el asta, Señor Dios, y con semblante

Y con pecho arrogante,

Y los armados brazos extendidos,

Movió el airado cuello aquel potente;

Cercó su corazón de ardiente saña

Contra las dos Hesperias, que el mar baña,

Porque en ti confiadas le resisten

Y de armas de tu fe y amor se visten.

 

Dijo aquel insolente y desdeñoso:

«¿No conocen mis iras estas tierras,

Y de mis padres los ilustres hechos,

O valieron sus pechos

Contra ellos con el húngaro medroso,

Y de Dalmacia y Rodas en las guerras?

¿Quién las pudo librar? ¿Quién de sus manos

Pudo salvar los de Austria y los germanos?

¿Podrá su Dios, podrá por suerte ahora

Guardarlos de mi diestra vencedora?

 

»Su Roma; temerosa y humillada,

Los cánticos en lágrimas convierte;

Ella y sus hijos tristes mi ira esperan

Cuando vencidos mueran;

Francia está con discordia quebrantada,

Y en España amenaza horrible muerte

Quien honra de la luna las banderas;

Y aquéllas en la guerra gentes fieras

Ocupadas están en su defensa,

Y aunque no, ¿quién hacerme puede ofensa?

 

»Los poderosos pueblos me obedecen,

Y el cuello con su daño al yugo inclinan,

Y me dan por salvarse ya la mano

Y su valor es vano;

Que sus luces cayendo se oscurecen,

Sus fuertes a la muerte ya caminan,

Sus vírgenes están en cautiverio,

Su gloria ha vuelto al cetro de mi imperio.

Del Nilo a Éufrates fértil e Istro frío,

Cuanto el sol alto mira todo es mío.»

 

Tú, Señor, que no sufres que tu gloria

Usurpe quien su fuerza osado estima,

Prevaleciendo en vanidad y en ira,

Este soberbio mira,

Que tus aras afea en su victoria.

No dejes que los tuyos así oprima,

Y en su cuerpo, crüel, las fieras cebe,

Y en su esparcida sangre el odio pruebe;

Que hecho-ya su oprobio, dice: «¿Dónde

El Dios de éstos está? ¿De quién se esconde?»

 

Por la debida gloria de tu nombre,

Por la justa venganza de tu gente,

Por aquel de los míseros gemido,

Vuelve el brazo tendido

Contra éste, que aborrece ya ser hombre;

Y las honras que celas tú consiente;

Y tres y cuatro veces el castigo

Esfuerza con rigor a tu enemigo,

Y la injuria a tu nombre cometida

Sea el hierro contrario de su vida.

 

Levantó la cabeza el poderoso

Que tanto odio te tiene; en nuestro estrago

Juntó el consejo, y contra nos pensaron

Los que en él se hallaron.

«Venid, dijeron, y en el mar ondoso

Hagamos de su sangre un grande lago;

Deshagamos a éstos de la gente,

Y el nombre de su Cristo juntamente,

Y dividiendo de ellos los despojos,

Hártense en muerte suya nuestros ojos.»

 

Vinieron de Asia y portentoso Egito

Los árabes y leves africanos,

Y los que Grecia junta mal con ellos,

Con los erguidos cuellos,

Con gran poder y número infinito;

Y prometer osaron con sus manos

Encender nuestros fines y dar muerte

A nuestra juventud con hierro fuerte,

Nuestros niños prender y las doncellas,

Y la gloria manchar y la luz dellas.

 

Ocuparon del piélago los senos,

Puesta en silencio y en temor la tierra,

Y cesaron los nuestros valerosos,

Y callaron dudosos,

Hasta que al fiero ardor de sarracenos

El Señor eligiendo nueva guerra,

Se opuso el joven de Austria generoso

Con el claro español y belicoso;

Que Dios no sufre ya en Babel cautiva

Que su Sión querida siempre viva.

 

Cual león a la presa apercibido,

Sin recelo los impíos esperaban

A los que tú, Señor, eras escudo;

Que el corazón desnudo

De pavor, y de amor y fe vestido,

Con celestial aliento confiaban.

Sus manos a la guerra compusiste,

Y sus brazos fortísimos pusiste

Como el arco acerado, y con la espada

Vibraste en su favor la diestra armada.

 

Turbáronse los grandes, los robustos

Rindiéronse temblando y desmayaron;

Y tú entregaste, Dios, como la rueda,

Como la arista queda

Al ímpetu del viento, a estos injustos,

Que mil huyendo de uno se pasmaron.

Cual fuego abrasa selvas, cuya llama

En las espesas cumbres se derrama,

Tal en tu ira y tempestad seguiste

Y su faz de ignominia convertiste.

 

Quebrantaste al crüel dragón, cortando

Las alas de su cuerpo temerosas

Y sus brazos terribles no vencidos;

Que con hondos gemidos

Se retira a su cueva, do silbando

Tiembla con sus culebras venenosas,

Lleno de miedo torpe sus entrañas,

De tu león temiendo las hazañas;

Que, saliendo de España, dio un rugido

Que lo dejó asombrado y aturdido.

 

Hoy se vieron los ojos humillados

Del sublime varón y su grandeza,

Y tú solo, Señor, fuiste exaltado;

Que tu día es llegado,

Señor de los ejércitos armados,

Sobre la alta cerviz y su dureza,

Sobre derechos cedros y extendidos,

Sobre empinados montes y crecidos,

Sobre torres y muros, y las naves

De Tiro, que a los suyos fueron graves.

 

Babilonia y Egito amedrentada

Temerá el fuego y el asta violenta,

Y el humo subirá a la luz del cielo,

Y faltos de consuelo,

Con rostro oscuro y soledad turbada

Tus enemigos llorarán su afrenta.

Mas tú, Grecia, concorde a la esperanza

Egipcia y gloria de su confianza,

Triste que a ella pareces, no temiendo

A Dios y a tu remedio no atendiendo,

 

¿Por qué, ingrata, tus hijas adornaste

En adulterio infame a una impia gente,

Que deseaba profanar tus frutos,

Y con ojos enjutos

Sus odiosos pasos imitaste,

Su aborrecida vida y mal presente?

Dios vengará sus iras en tu muerte;

Que llega a tu cerviz con diestra fuerte

La aguda espada suya; ¿quién, cuitada,

Reprimirá su mano desatada?

 

Mas tú, fuerza del mar, tú, excelsa Tiro,

Que en tus naves estabas gloriosa,

Y el término espantabas de la tierra,

Y si hacías guerra,

De temor la cubrías con suspiro,

¿Cómo acabaste, fiera y orgullosa?

¿Quién pensó a tu cabeza daño tanto?

Dios, para convertir tu gloria en llanto

Y derribar tus ínclitos, y fuertes

Te hizo perecer con tantas muertes.

 

Llorad, naves del mar; que es destruida

Vuestra vana soberbia y pensamiento.

¿Quién ya tendrá de ti lástima alguna,

Tú, que sigues la luna,

Asia adúltera, en vicios sumergida?

¿Quién mostrará un liviano sentimiento?

¿Quién rogará por ti? Que a Dios enciende

Tu ira y la arrogancia que te ofende,

Y tus viejos delitos y mudanza

Han vuelto contra ti a pedir venganza.

 

Los que vieron tus brazos quebrantados

Y de tus pinos ir el mar desnudo,

Que sus ondas turbaron y llanura,

Viendo tu muerte oscura,

Dirán, de tus estragos espantados:

¿Quién contra la espantosa tanto pudo?

El Señor, que mostró su fuerte mano

Por la fe de su príncipe cristiano

Y por el nombre santo de su gloria,

A su España concede esta victoria.

 

Bendita, Señor, sea tu grandeza;

Que después de los daños padecidos,

Después de nuestras culpas y castigo,

Rompiste al enemigo

De la antigua soberbia la dureza.

Adórente, Señor, tus escogidos,

Confiese cuanto cerca el ancho cielo

Tu nombre ¡oh nuestro Dios, nuestro consuelo!

Y la cerviz rebelde, condenada,

Perezca en bravas llamas abrasada.

 

*

            Hay dos grandes “héroes” en este poema: Dios, el dios cristiano por supuesto, invocado varias veces como el “Señor de las batallas”, el Yahveh Sebaot del Antiguo Testamento, y España, con la centralidad de su “príncipe”. Hilando un poco más fino, podríamos decir que hay un único héroe, porque Dios y España se identifican a tal grado que la segunda es un mero agente del primero, su brazo armado, su Gedeón redivivo. Del otro lado, “los demonios” están constituidos por árabes y africanos, y también por una Grecia “adúltera”; una vez más, todos ellos pueden aunarse, bajo el signo de la media luna, como un único elemento satánico. España viene, deus ex machina, a salvar a una Europa amenazada por esas fuerzas del mal.

            Llama la atención la cantidad de elementos bíblicos que abundan en el texto, y sobre todo veterotestamentarios. Aunque la cultura bíblica no estaba ausente en España; aunque el texto loa a un ejército y a una nación y a un rey católicos, existe un tinte casi calvinista. ¿Será casualidad que este texto provenga de un poeta de Sevilla, el sitio donde más prendió el erasmismo primero y la reforma después, para ser abortados luego? No lo sabemos. Pero un recorrido nos muestra que, en su afán de metáfora y erudición, Herrera marca al enemigo con varios tópicos bíblicos de los adversarios clásicos del pueblo elegido de Israel: Egipto, su Faraón, el Nilo, sus huestes devastadoras y al fin derrotadas; Babilonia y el Éufrates, reminiscencias del exilio judío del 587 a. C.; Tiro, objeto de la ira de varios oráculos, como el tan famoso de Ezequiel; el dragón, símbolo privilegiado de Satán. Todo el poema está cargado del tono oracular del primer Isaías, de Ezequiel, de Jeremías, de Abdías. Las “vírgenes cautivas” remiten al libro de las Lamentaciones. Muchos versos recuerdan casi literalmente a los salmos centrados en la “ira de Yahveh”. Dios ha salido, pues, como en los viejos tiempos, a salvar a su pueblo; ha levantado profetas y príncipes guerreros; el rey de España es el “ungido del Señor”, una figura mesiánica; la batalla es un acontecimiento cósmico donde se ponen en el tapete el poder divino y el demoníaco, donde triunfa el primero, donde España es la elegida para salvar la cristiandad asediada. Grecia es vapuleada, porque ya antes de la invasión otomana se apartó del papado. Dios se reactualiza, y no solo de manera retórica. El poema es de una transparencia ideológica impecable.

            Un pueblo así, ¿no estaba más que preparado para ver a América como el objeto de su conquista y, también, de su misión divina? ¿No es ese mismo espíritu el que impregnó las sangrientas conquistas de México y Perú, los aplastamientos de rebeliones como las de los Quilmes, el que hizo del jesuitismo un imperio dentro de otro imperio, con la misión “divina” de conquistar almas y salvarlas del infierno?

 

II

 

            Entre un poema y otro han pasado tres siglos y, por supuesto, varias cosas han acaecido “bajo el sol”. España y Portugal se han desmoronado como imperios. La Revolución Industrial y el ciclo de revoluciones burguesas (1789 – 1848) han hecho su parte; el mundo yace bajo el capitalismo, y el colonialismo está en su etapa clásica. Cuando nuestro poema se escribe, el Congreso de Berlín ha realizado ya la repartija del mundo. Gran Bretaña es un gran Imperio; los Estados Unidos se han consolidado del Atlántico al Pacífico a costa de expoliaciones sobre territorios indígenas y México.

            Nuestro poeta, Rudyard Kipling (1865 – 1936), nació en la India, pero siempre se sintió profundamente británico. Se ha popularizado por sus cuentos infantiles, aunque su obra literaria es titánica. Vivir en la India por un tiempo sólo fue consecuencia del colonialismo británico; sus padres formaban parte de ese entramado. Conoció y admiró a los Estados Unidos. Su religión es aún objeto de discusión, pero es más que evidente su herencia protestante.

            Es interesante la genética del texto que nos ocupa; primero estuvo dedicado al jubileo de la reina Victoria, cuyo poder alcanzaba a todos los continentes; cuando los Estados Unidos quitaron las Filipinas (que por entonces eran consideradas más un apéndice de América que de Asia) a España, Kipling lo dedicó a este nuevo acontecimiento, parejo con la seudo-independencia de Cuba, que también pasaba de manos hispánicas a norteamericanas.

 

 

La carga del Hombre Blanco

 

 

Llevad la carga del Hombre Blanco.

Enviad adelante a los mejores de entre vosotros;

Vamos, atad a vuestros hijos al exilio

Para servir a las necesidades de vuestros cautivos;

Para servir, con equipo de combate,

A naciones tumultuosas y salvajes;

Vuestros recién conquistados y descontentos pueblos,

Mitad demonios y mitad niños.

 

Llevad la carga del Hombre Blanco,

Con paciencia para sufrir,

Para ocultar la amenaza del terror

Y poner a prueba el orgullo que se ostenta;

Por medio de un discurso abierto y simple,

Cien veces purificado,

Buscar la ganancia de otros

Y trabajar en provecho de otros.

 

Llevad la carga del Hombre Blanco,

Las salvajes guerras por la paz,

Llenad la boca del Hambre,

Y ordenad el cese de la enfermedad;

Y cuando vuestro objetivo este más cerca

En pro de los demás,

Contemplad a la pereza e ignorancia salvaje

Llevar toda vuestra esperanza hacia la nada.

 

Llevad la carga del Hombre Blanco.

No el gobierno de hierro de los reyes,

Sino el trabajo del siervo y el barrendero,

El relato de cosas comunes.

Las puertas por las que vosotros no entrareis,

Los caminos por los que vosotros no transitareis,

Vamos, hacedlos con vuestra vida

Y marcadlos con vuestra muerte.

 

Llevad la carga del Hombre Blanco,

Y cosechad su vieja recompensa

La reprobación de vuestros superiores

El odio de aquellos que protegéis,

El llanto de las huestes que conducís

(¡Tan laboriosamente!) hacia la luz:

“Oh amada noche egipcia,

¿Por qué nos librasteis de la esclavitud?,

 

Llevad la carga del Hombre Blanco,

No oséis rebajaros,

Ni clamar ruidosamente por la Libertad,

Para encubrir vuestro cansancio.

Por todo lo que gritáis o susurráis,

Por todo lo que hagáis o dejéis de hacer,

Los silenciosos y descontentos pueblos

Os juzgarán a vuestro Dios y a vosotros.

 

Llevad la carga del Hombre Blanco,

Olvidad esos tiempos de la infancia,

Los laureles ligeramente concedidos,

La fama fácil y sin fundamento;

Venid ahora, a buscar vuestra hombría,

A través de todos los años ingratos,

Frutos, aguzados con la costosa sabiduría,

El juicio de vuestros pares.

 

*

 

            Era natural que este texto se convirtiera en el himno por antonomasia del imperialismo y del colonialismo y que, por supuesto, también recibiese las más acervas críticas. Sin embargo, no era más que un apéndice lírico del espíritu de la época: el positivismo, el darwinismo social, el spencerismo, la antropología que nacía de la mano de Tylor y Morgan como ciencia de estudio de los “pueblos inferiores”. Aquí Dios es remplazado por el Hombre Blanco (con mayúsculas) que, más que un demiurgo ordenador del caos que reina fuera de la “civilización” europea, es un caper emisarius que debe soportar una carga vicaria, pesada, onerosa. Debe hacer un esfuerzo “altruista” que no será recompensado; los no-blancos son niños, salvajes, demonios, que nunca agradecerán las bondades que se les brindan, que nunca se civilizarán del todo, que nunca dejarán de ser indolentes e ingratos; que nunca apreciarán la “libertad” que se les dona. Son esclavos de sí mismos, de sus pasiones inferiores. El Blanco deberá seguir con su trabajo, más allá de que esté condenado al casi seguro fracaso. Es como un nuevo “Siervo Sufriente” que padecerá injustamente. Morirá o verá morir a sus hijos en esta redentora tarea. Sólo logrará una “hombría”, un reconocimiento quizás tardío.

            Pero si volvemos a la genética del texto, este no es sólo un canto al imperio británico; también lo es a Norteamérica, que ha sacado a España del medio. Es decir, que entre líneas, el viejo imperio, aunque de blancos, también está en un rango inferior. Porque hay blancos de primera y segunda categoría; sólo los anglosajones parecen encajar en la primera. Ibéricos y latinoamericanos no están, a sus ojos, muy lejos del salvajismo, de la niñez, de ser demonios resistentes al exorcismo de la “civilización”.

 

*

 

            El poema del nicaragüense Rubén Darío (1867 – 1916) tiene como trasfondo la intervención en 1903 de Estados Unidos en Panamá para crear el conocido canal. Con este, como con el de Suez, el capitalismo ganaba fluidez; el expansionismo resultaba menos costoso: el mundo quedaba más “unido” con esas puertas a los océanos, se evitaban los largos viajes, se expropiaban más fácilmente las materias primas, se vendían más rápido los productos de la gran industria, y, por qué no decirlo, se facilitaba el desplazamiento de los ejércitos ante posibles guerras. Pero en el caso de Panamá significaba la creación de un estado artificial, desprendido a la fuerza de Colombia, y una injerencia ya más que visible en el “patio trasero” de USA. El canal no sólo permitía el paso más fácil hacia el Pacífico, que antes debía darse por el peligroso y austral Cabo de Hornos, sino que a los propios Estados Unidos les resultaba más fácil su propio comercio interno de costa a costa, dificultoso todavía si debía hacerse con la red ferroviaria. Casi se puede decir que es éste un texto seminal, el primero alzado contra el Gran Imperio en idioma castellano, y desde la posición de los oprimidos. Tendría una larga descendencia en una literatura que reivindicaría las raíces indígenas, hispánicas y negras de la heterogénea América Latina. Una literatura que aún hoy no ha dejado de clamar a gritos.

 

A Roosevelt

 

 

¡Es con voz de la Biblia, o verso de Walt Whitman,

que habría que llegar hasta ti, Cazador!

Primitivo y moderno, sencillo y complicado,

con un algo de Washington y cuatro de Nemrod.

 

Eres los Estados Unidos,

eres el futuro invasor

de la América ingenua que tiene sangre indígena,

que aún reza a Jesucristo y aún habla en español.

 

Eres soberbio y fuerte ejemplar de tu raza;

eres culto, eres hábil; te opones a Tolstoi.

Y domando caballos, o asesinando tigres,

eres un Alejandro-Nabucodonosor.

(Eres un profesor de energía,

como dicen los locos de hoy.)

 

Crees que la vida es incendio,

que el progreso es erupción;

en donde pones la bala

el porvenir pones.

 

No.

 

Los Estados Unidos son potentes y grandes.

Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor

que pasa por las vértebras enormes de los Andes.

Si clamáis, se oye como el rugir del león.

Ya Hugo a Grant le dijo: «Las estrellas son vuestras».

(Apenas brilla, alzándose, el argentino sol

y la estrella chilena se levanta...) Sois ricos.

Juntáis al culto de Hércules el culto de Mammón;

y alumbrando el camino de la fácil conquista,

la Libertad levanta su antorcha en Nueva York.

 

Mas la América nuestra, que tenía poetas

desde los viejos tiempos de Netzahualcoyotl,

que ha guardado las huellas de los pies del gran Baco,

que el alfabeto pánico en un tiempo aprendió;

que consultó los astros, que conoció la Atlántida,

cuyo nombre nos llega resonando en Platón,

que desde los remotos momentos de su vida

vive de luz, de fuego, de perfume, de amor,

la América del gran Moctezuma, del Inca,

la América fragante de Cristóbal Colón,

la América católica, la América española,

la América en que dijo el noble Guatemoc:

«Yo no estoy en un lecho de rosas»; esa América

que tiembla de huracanes y que vive de Amor,

hombres de ojos sajones y alma bárbara, vive.

Y sueña. Y ama, y vibra; y es la hija del Sol.

Tened cuidado. ¡Vive la América española!

Hay mil cachorros sueltos del León Español.

Se necesitaría, Roosevelt, ser Dios mismo,

el Riflero terrible y el fuerte Cazador,

para poder tenernos en vuestras férreas garras.

 

Y, pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!

 

*

 

            Es interesante observar cómo retornan los ecos bíblicos, sólo que a contrapelo del viejo poema de Herrera. Una Biblia leída casi contraculturalmente, y en sincretismo con otras tradiciones. Aparecen Nemrod, el mítico Cazador ligado a la fundación del primer imperio (Génesis 10-11); Nabucodonosor, conquistador del pueblo elegido, y castigado por su soberbia (Daniel 4, entre otros); Alejandro, que no llegó a disfrutar de su imperio (1 Macabeos 1); Mammón, las riquezas, la divinidad opuesta a Dios por antonomasia según Jesús (Mateo 6:24); Jesucristo; Dios mismo, aliado no al protestantismo nórdico – que ha sido sin embargo artífice de una bibliolatría – sino al catolicismo latino y sobre todo español; el León, símbolo de España pero también en posible reminiscencia al León de Judá, el Cristo vengador de Apocalipsis 5:5 (relectura cristiana de Génesis 49:10); los profetas bíblicos, en el primer verso, a los que el poeta se suma con su propio oráculo.

            Pero aún más interesante es la mélange que Darío traza con otros elementos: Walt Whitman, estadounidense pero creador de una poesía panteísta, cantor de la democracia pero como símbolo de fraternidad y no de imperialismo; Tolstoi, creador de una suerte de anarquismo cristiano y postulador de la no resistencia al mal; los mitos clásicos (Pan, Baco, la Atlántida platónica); el glorioso pasado inca y azteca, con sus poetas y sus mártires; Colón, aunque se caiga en la contradicción de homologar beatíficamente en el pasado a invasores e invadidos mientras que se denuncia un fenómeno similar en el presente; la esperanza de potencias latinoamericanas como Argentina y Chile (Brasil, de herencia lusitana, brilla por su ausencia); y en fin, España con su tradición medieval, su catolicismo, su Dios que aparentemente se ha escondido pero que se hará visible en la fuerza de sus “cachorros”; su lengua que Darío, pese a su admiración por Francia, ve como un vehículo poderoso de unión y de cultura.

            Es interesante notar cómo revierte el poeta, pese a la decadencia de las potencias latinas, la imagen protestante y sobre todo calvinista de “pueblo elegido” de Estados Unidos para traspasarla a España y a las repúblicas americanas colonizadas por ella. Es interesante la vindicación del indigenismo y del mestizaje, aunque se hable en algún momento de la “ingenuidad” de estos pueblos, quizás como un eco de la teoría del Buen Salvaje de Rousseau. El verdadero “bárbaro” es el sajón opresor. Darío se apropia de elementos varios para crear una identidad nueva, sincrética, abierta, pero en defensiva-ofensiva al invasor yanqui, que pese a su estatua de la Libertad neoyorquina está sembrando muerte y esclavitud.

            El paso del tiempo ha demostrado que mucho de este primer grito libertario latinoamericano ha tenido eco; curiosamente, vía secularización o crisis del catolicismo, ningún pueblo latinoamericano ha reivindicado el motivo de pueblo elegido. Paradójicamente, las incursiones de los protestantismos fundamentalistas norteamericanos han logrado, con su proselitismo, que gran parte de los oprimidos sigan viendo al opresor como ese símbolo del Bien. Sirva de ejemplo la proliferación en castellano de la Biblia de Scofield o de grupos que marcan a USA y el nuevo estado de Israel como “cumplimientos” proféticos para el fin de los tiempos.

 

 

A modo de conclusión

 

            Hemos hecho un breve recorrido a través de tres poemas, tres poetas, tres realidades espacio-temporales distintas. Ha habido continuidades: la demonización de la otredad. Ha habido rupturas: los imperios dejaron en la historia huellas diferentes. Ha habido distintas “capitalizaciones” de Dios, haciéndolo mover de bando de acuerdo a la tradición occidental de verlo como un macrosímbolo actuante en sociedades cuasi elegidas. Desde la gracia, la predestinación o la supuesta acción vicaria. Podemos preguntarnos si ese proceso ha terminado.

            Basta con mirar un dólar. Sigue diciendo, como en 1864, In God We Trust…

 

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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Ensayos
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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional. Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".

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