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31 julio 2011 7 31 /07 /julio /2011 21:24

 

      La obra propia de Miguel Alfredo Olivera (1922-2008), que gozó fama de exquisita, y de donosura aristocrática, quizás pase con celeridad al olvido. Su prosa es bella, su temática de genealogías rancias no lo es. Como traductor, le debemos varias felicidades. Una es la que presentamos aquí, y que pese a su longitud decidimos mantener íntegra y distribuir en dos entradas. La poesía de Coleridge, con sus recursos a todas las capacidades narrativas y eufónicas del inglés, se diría –como siempre- intraducible. La Balada… es merecidamente famosa y, por pérdidas que sufra en el traslado, su narración sigue cautivando. En esos tiempos la Antártida aún era Terra Ignotae, una zona donde la magia era posible. De ello ya se había aprovechado Dante con su último viaje de Ulises, y volvería a hacerlo Poe con Gordom Pym y Manuscrito hallado en una botella. Coleridge la utiliza para darnos un relato que podemos leer como pura fantasía, como alegoría sin que nos importe el sentido último, como fábula sin que nos importe la moraleja. El texto es atrapante; Olivera nos da una versión metrada, con rimas consonantes o asonantes, con rimas internas, hasta con aliteraciones. Nada sustituye al original inglés, por supuesto. Pero el esfuerzo no resultó en vano.

Ha sido tomada de Poesía inglesa del siglo XIX, estudio preliminar y selección de Jaime Rest, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1979.

Coleridge (1772-1834) fue poeta, teólogo, predicador y opiómano perpetuo; a su generación esta combinación no le resultaba extraña. Nuestra Balada… data de 1798. 

 

 

 

 

 

balada2.jpg

 

 

 

 

 

I

El Viejo Marinero

salióle al paso al joven Convidado.

-Di, por tu barba y tus ojos de fuego,

¿qué pretendes de mí? ¡Suéltame el brazo!

 

De par en par la puerta del Convivio

se ha abierto ya, soy primo de la novia;

todos están, comenzará el banquete:

¿no escuchas desde aquí la alegre ronda?

 

El viejo con su mano descarnada

le retiene y comienza: -Érase un barco…

-¡Suelta tu mano, barba sucia, suelta!

Y al punto el viejo deja libre el brazo.

 

Mas el imán de sus llameantes ojos

inmóvil tiene al joven Convidado;

su voluntad cautiva el marinero

y escucha como un niño de tres años.

 

Sentóse el Convidado en una piedra,

sin poder elegir sino escuchar,

y así habló el viejo Marinero

de llameante mirar:

 

-Fue saludado el barco, dejó el puerto,

alegremente iba la proa enfilando,

y así pasó la Iglesia y la Colina

y pasó y dejó atrás el alto Faro.

 

Salió por el Oriente el sol naciente

surgiendo desde el mar,

brilló y luego se hundió por Occidente

en el fondo del mar.

 

Y lucía más alto cada día,

pasando por el mástil a las doce.

Impaciente movíase el Convidado

porque oía el sonido del oboe.

 

Ya entra la Novia al pórtico, agraciada,

rosa como la rosa sus colores,

delante, balanceando la cabeza,

va el coro alegre de los trovadores.

 

El Convidado se golpea el pecho

mas no puede elegir sino escuchar.

Y así le habló el Viejo Marinero

de llameante mirar:

 

Y sobrevino entonces la borrasca

tiránica, potente;

nos empujó hacia el sur, sin darnos tregua,

con alas envolventes.

 

Hundida prora, mástiles curvados,

como quien huye, la cabeza gacha,

ante el grito y el golpe del contrario

sin liberarse de su sombra y saña,

así el barco tomó un veloz impulso

y hacia el sur, hacia el sur, nos arrastraba.

 

Luego vino la niebla: niebla y nieve,

y horriblemente intenso se hizo el frío,

y los témpanos, altos como el mástil,

flanqueaban de esmeraldas el camino.

 

Farallones nevados, undulantes,

emitían un lúgubre destello;

no distinguíamos forma de hombre o bestia:

hielo por todas partes, hielo, hielo;

hielo aquí, hielo allí, y hielo en torno

que se raja, que cruje, aúlla, zumba,

que busca eco en el silencio hueco

como un ruido oído en una tumba.

 

Y he aquí que un Albatros, de repente,

cruzando niebla hacia nosotros vino:

como un alma cristiana lo esperamos

y en el nombre de Dios lo recibimos.

 

Comió lo que jamás había comido

y después voló en torno de la nave;

entonces, con un trueno, se abrió el hielo

y el piloto al través pudo internarse.

 

Luego el buen viento sur sopló de popa.

El Albatros, sereno, nos seguía

y al “hola” marinero se acercaba

a comer, o a jugar, todos los días.

 

Entre nubes y nieblas, sobre el mástil,

o en las velas pasó nueve veladas,

y la luna, de noche, entre la niebla

como humo blanco, blanca fulguraba.

 

-¡Dios te proteja, Viejo Marinero,

del demonio que tanto te atormenta!

¿Por qué miras así? -¡Ay! ¡Al Albatros

maté con la ballesta!

 

II

Y  ahora salió el sol a mano diestra,

surgiendo desde el mar

envuelto en niebla; luego, a la siniestra,

volvió al fondo del mar.

 

El buen viento del sur soplaba a popa,

pero ya el ave amable no seguía,

ni al “hola” marinero se acercaba

a comer, o a jugar, todos los días.

 

Algo infernal yo había realizado

que a todos los demás traería desdicha,

porque dijeron que les maté el ave,

que hacía soplar la brisa.

 

-Ah ruin –decían-, el ave ha asesinado

que hacía soplar la brisa.

Ni negro ni rojizo: fulgurante

como la faz de Dios el sol se eleva,

 

y entonces dicen que les maté al ave

que trajo los vapores y la brisa.

-Hay que ultimar –decían- a esas aves

que traen los vapores y la niebla.

 

Sopló la brisa buena; blanca espuma

fluía de la estela, libremente;

éramos los primeros que surcaban

por aquel mar silente.

 

Mas cayó el viento y decayó la vela.

¡Qué triste cosa fue de soportar!

Hablamos solo por romper la angustia

del silencio del mar.

 

En un cielo de cobre, caldeado,

sanguinolento el sol, de doce a una,

se erguía, detenido sobre el mástil,

no mayor que la luna.

 

Día tras día, día tras día quedamos

inmóviles, sin fuerzas, sin aliento

ociosos como barco dibujado

en dibujado océano.

 

Nos cerca el agua, el agua,

y el calor nos contrae las maderas;

¡nos ronda el agua, el agua,

y ni una gota de agua que se beba!

 

¡El piélago podrido!

¡Cristo! ¡Que pueda suceder tal cosa!

Formas viscosas vi, que chapoteaban

sobre la mar viscosa.

 

Torna tornando en ronda tumultuosa

danzan por la noche los fuegos fatuos,

y el agua, como el óleo de una bruja,

hierve, color azul y verde y blanco.

 

Algunos, por sus sueños, persuadidos

están de que un espíritu nos mueve;

a nueve brazas de hondo nos seguía

desde aquella región de niebla y nieve.

 

Y las lenguas, de secas, se secaban

en su misma raíz;

no podíamos hablar, cual si estuviéramos

sofocados de hollín.

 

¡Qué día! ¡Qué malignas las miradas

que soporté de jóvenes y viejos!

Luego, en vez de una cruz, al muerto Albatros

colgaron de mi cuello.

 

III

¡Fue algo agotador! Nuestras gargantas

secas, ardían; de vidrio eran los ojos.

¡Fue algo agotador, agotador!

Eran de vidrio los cansados ojos

cuando, mirando fijo hacia Occidente

pude ver en el cielo, algo, borroso.

 

Primero pareció que era una mancha,

que cada vez se hacía más cercana,

y viraba, rolaba o sumergíase

como sorteando a algún genio del agua.

 

La gola seca, amoratado el labio,

no podíamos llorar, ni reír siquiera,

la sequedad total nos tenía mudos;

mordime el brazo, pues, chupé mi sangre,

y grité: ¡ES UNA VELA!

 

La gola seca, amoratado el labio,

boquiabiertos me oyeron gritar: ¡VIENE,

GRACIAS A DIOS! Y rieron de contento;

luego inspiraron todos el aliento,

como quien bebe.

 

¡Mirad, mirad –grité-, ya no se vuelve!

¡Viene hacia aquí derecha, nos ha visto!

¡Sin brisa, sin marea

avanza con la quilla en equilibrio!

 

Las olas, a occidente, eran de fuego,

el día estaba casi agonizando:

casi tocando la onda, al occidente,

se iba posando el sol, brillante y amplio,

cuando la extraña forma se interpuso

por entre el sol y el barco.

 

Y el sol quedó listado de repente.

¡Que la Madre del cielo nos ampare!

Cual si mirase con su cara roja

desde tras de las rejas de una cárcel.

 

¡Ay, ay! –pensé, y el corazón latía-

cuán de prisa se acerca y ya sin pausa

¿y son sus velas las que al sol chispean

como inquietas y tenues telarañas?

 

¿Son ésas sus costillas donde el sol

como entre rejas aparece?

¿Es su tripulación la Mujer esa?

¿Es la Muerte? ¿O son dos? ¿Es compañera

de esa Mujer, la muerte?

 

Rojo su labio, osada su mirada,

su cabellera en rizos, amarilla,

su piel blancuzca, de lepra atacada,

el íncubo era de la muerte-en-vida

que deja, fría, la sangre congelada.

 

Pasó de flanco la armazón desnuda,

mientras ambas jugaban a los dados.

Terminó el juego, yo gané –dijo una

y tres veces silbó a nuestro costado.

 

Se hundió el sol, emergieron las estrellas

y de golpe, fue todo oscuridad:

con un murmullo prolongado huye

la Embarcación fantasma sobre el mar.

 

Oyéndola, miramos hacia arriba:

como en un vaso, el miedo nos sorbía

nuestra sangre vital del corazón.

Densa es la noche, cada estrella, opaca,

y es lívida la cara

del Timonel, de pie junto al farol.

 

El rocío goteaba de las velas

y el menguante lunar trepó al Oriente

con la estrella luciente

junto al cuerno inferior, como linterna.

 

Entonces –sin lamentos ni suspiros-

sus caras, contraídas por la angustia,

me maldijeron ante las estrellas

que perseguían, cual perros, a la luna.

 

Cuatro veces cincuenta hombres vivientes

-y ni lamentos ni suspiros hubo-   

con ruido sordo, como masa inerte

cayeron, uno a uno.

 

Y las almas volaron de sus cuerpos,

a la salud o damnación eternas;

y cada una me pasó vibrando,

como vibró, matando, mi ballesta.

 


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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Ensayos
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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
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