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27 julio 2011 3 27 /07 /julio /2011 20:19


 

 JulioJulio Cortázar (1914-1984), creemos, no necesita presentación alguna. Sí, quizás, esta entrada en el blog, en una serie dedicada a traductores de poesía. Cortázar, formalmente, nunca tradujo poesía. Se han vuelto canónicas sus versiones de cuentos y novelas; sirva de ejemplo la de los cuentos de Poe. Pero consideramos que no podemos hablar de géneros estancos. Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, fue magistralmente traducida por Cortázar en 1955. ¿Se atreverá alguien alguna vez a emularla? “Novela” histórica que participa de una belleza clásica, de la disquisición filosófica… y de la poesía. Y Cortázar la hace visible; compárese la calidad de esta traducción con las durezas que suele introducir la trasladora del resto de la obra de Yourcenar, Emma Catalanyud. En prosa, por supuesto, pero qué nos importan ante su magia las convenciones tipográficas. Damos tan solo dos párrafos; de buena gana recomendamos el texto íntegro.

 

 

antinoo.JPG

 


Seguimos remontando por el río, pero yo navegaba por la Estigia. En los campos de prisioneros, a orillas del Danubio, había visto antaño cómo algunos miserables, tendidos contra un muro, daban contra él la frente con un movimiento salvaje, insensato y dulce, repitiendo sin cesar el mismo nombre. En los sótanos del Coliseo me habían hecho ver leones que enflaquecían por la ausencia del perro con el cual los habían acostumbrado a vivir. Yo reunía mis pensamientos: Antínoo había muerto. De niño había clamado sobre el cadáver de Marulino, picoteado por las cornejas, pero mi clamor había sido semejante al de un animal privado de razón. Mi padre había muerto, pero el huérfano de doce años sólo había reparado en el desorden de la casa, el llanto de su madre y su propio terror; nada había sabido de las angustias por las que había pasado el moribundo. Mi madre había muerto mucho después, en tiempos de mi misión en Panonia; ya no me acordaba de la fecha exacta. Trajano era tan sólo un enfermo a quien se trata de convencer para que haga un testamento. No había visto morir a Plotina. Atiano había muerto: era un anciano. Durante las guerras dacias había perdido camaradas a quienes creía amar ardientemente; pero éramos jóvenes, la vida y la muerte igualmente embriagadoras y fáciles. Antínoo había muerto. Me acordaba de los lugares comunes tantas veces escuchados: se muere a cualquier edad, los que mueren jóvenes son los amados de los dioses. Yo mismo había participado de ese infame abuso de las palabras, hablando de morirme de sueño, de morirme de hastío. Había empleado la palabra agonía, la palabra duelo, la palabra pérdida. Antínoo había muerto.

            Amor, el más sabio de los dioses… Pero el amor no era responsable de esa negligencia, de esas durezas, de esa indiferencia mezclada a la pasión como la arena al oro que arrastra un río, de esa torpe inconsciencia del hombre demasiado dichoso y que envejece. ¿Cómo había podido sentirme tan ciegamente satisfecho? Antínoo había muerto. Lejos de haber amado con exceso, como Serviano lo estaría afirmando en ese momento en  Roma, no había amado lo bastante para obligar al niño a que viviera. Chabrias, que como iniciado órfico consideraba que el suicidio era un crimen, insistía en el lado sacrificatorio de ese fin; yo mismo sentía una especie de horrible alegría cuando pensaba que aquella muerte era un don. Pero sólo yo podía medir cuánta actitud fermenta en lo hondo de la dulzura, qué desesperanza se oculta en la abnegación, cuánto odio se mezcla con el amor. Un ser insultado me arrojaba a la cara aquella prueba de devoción; un niño, temeroso de perderlo todo, había hallado el medio de atarme a él para siempre. Si había esperado protegerme mediante su sacrificio, debió pensar que yo lo amaba muy poco para no darse cuenta que el peor de los males era el de perderlo.

 

 

            Me han traído a Bayas; con los colores de julio el viaje fue penoso, pero respiro mejor a orillas del mar. La ola repite en la playa su murmullo de seda frotada y de caricia; disfruto todavía de los prolongados atardeceres rosa. Pero sólo sostengo esas tabletas para dar ocupación a mis manos, que se mueven a pesar de mí. He mandado a buscar a Antonino; un correo sale hacia Roma a galope tendido. Resonar de los cascos de Borístenes, galope del Jinete Tracio… El reducido grupo de los íntimos se reúne junto a mí. Chabrias me da lástima: las lágrimas no van bien con las arrugas de los ancianos. El hermoso rostro de Celer está, como siempre, extrañamente tranquilo; me cuida aplicadamente, sin dejar traslucir nada que pudiera agregarse a la inquietud o a la fatiga de un enfermo. Pero Diótimo solloza, hundida la cabeza en los almohadones. He asegurado su porvenir; como no le gusta Italia podrá realizar su sueño de volver a Gadara y abrir allí, junto con un amigo, una escuela de elocuencia; nada perderá con mi muerte. Y sin embargo sus frágiles hombros se agitan convulsivamente bajo los pliegues de la túnica; siento caer sobre mis dedos esas lágrimas deliciosas. Hasta el fin, Adriano habrá sido amado humanamente.

            Mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo, descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, donde habrás de renunciar a los juegos de antaño. Todavía un instante miremos juntos las riberas familiares, los objetos que sin duda no volveremos a ver… Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos… 

 

 


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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Ensayos
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  • : El blog de Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • : Un blog para poesías propias, traducciones y ensayos
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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional. Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".

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