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26 julio 2011 2 26 /07 /julio /2011 00:22

 

LeopoldoLugones.JPGCon Leopoldo Lugones (Villa María del Río Seco, Córdoba, 1874 - El Tigre, 1938) hacemos marcha atrás en el tiempo en nuestra galería de traductores; las versiones que presentamos datan de 1924.

¿Qué no se ha dicho de Lugones? Baste la comparación de Borges: nadie más parecido al “egipcio Proteo”. La literatura argentina y aún la hispánica en general puede prescindir de muchísimas, de demasiadas de sus páginas (hoy sus Obras completas están al fin en curso de edición, y abarcarán 53 tomos); ciertamente hay algunas memorables, pero de lo que no se puede prescindir es de Lugones en sí. Llevó la metáfora a lo sublime, a lo artificioso, a lo grotesco; la rima, a lo genial, a lo pirotécnico, a lo risible; la métrica, a una libertad que a veces raya en el prosaísmo. Pudo escribir con sencillez, y también hacer un fatigoso uso de todo el diccionario. Pudo escribir ensayos nefastos y cuentos espléndidos. Recorrió todo el arco posible de las decisiones políticas y humanas: fue anarquista, socialista, introductor de Marx, demócrata, antidemócrata, liberal, ultraliberal, esoterista, espiritista, positivista, ateo, nacionalista, chauvinista, y finalmente fascista; en un discurso tristemente memorable, llamó a los ejércitos a despertar, un siglo después de la gesta libertadora, “la hora de la espada”. El deseo se cumplió: poco después se iniciaba en todo el continente la ola de dictaduras infaustas. No llegó a suscribirse al nazismo: se suicidó antes. Increíblemente austero, increíblemente sincero siempre en sus posturas… Fue el hazmerreir de las vanguardias en la decadencia del modernismo; pero todas terminaron bebiendo de él. No podemos concebir, más allá de las influencias foráneas, los cuentos fantásticos de Borges o Cortázar sin pensar en ese libro lugoniano precursor: Las fuerzas extrañas.

Los textos que presentamos son todos de Camoẽs, a quien admiró y llamó el “poeta del amor”. Sobre el amor gira incluso, después de un preludio algo fatigoso, el episodio seudomitológico de Adamastor, que no es otro que el Cabo de las Tormentas africano. Respetamos los arcaísmos que incluye adrede, y la falta de tilde en “Oceano”. Lugones también dejó bellas versiones de Petrarca y Dante. Sin embargo, creyó que su gloria como traductor pasaría por una versión (inconclusa) de la Ilíada. Tamaño error: sus saberes helenísticos eran vagos, y la versión, en alejandrinos ¡rimados!, sencillamente espantosa.

Pero algo de griego tiene la historia de los Lugones. Desmesurado él, optó por el suicidio. Su hijo Leopoldo (h), policía de alma, introdujo en la Argentina el uso de la picana eléctrica y otras torturas refinadas. Su nieta Pirí Lugones, poeta también y militante de izquierdas, murió pasada de picana, en una hora que ya no fue la de la espada sino la del Horror. Toda semejanza con el concepto de hybris en la tragedia ática, ¿es simple casualidad?

 

Elegía III (fragmento)

Estando ya bajo la estrella nueva

que en el nuevo hemisferio resplandece,

dando del segundo eje cierta prueba

 

he aquí que una fosca noche crece;

del aire, bruscamente, ha huido el día,

y todo el ancho Oceano se embravece.

 

La máquina del mundo, parecía

que en tormenta se fuera deshaciendo;

en sierras todo el mar se convertía.

 

Luchando Bóreas fiero y Noto horrendo,

sonoras tempestades levantaban,

las velas en los mástiles rompiendo.

 

Los cordajes, horrísonos, silbaban;

los marineros, ya desesperados,

de clamores los ámbitos poblaban.

 

Los rayos por Vulcano fabricados,

vibraba el fiero y áspero Tonante,

y ambos polos temblaban asombrados.

 

Amor, allá, mostrándose pujante,

y que de mí por ningún miedo huía;

siendo, en la mayor pena, más constante;

 

al ver cerca la muerte, en mí decía:

Si alguien, ahora, Señora, os recordara,

todo cuanto he pasado olvidaría.

 

En fin, nunca hubo cosa que mudara

el firmísimo amor del alma aquella

en la cual una vez sentido entrara.

 

Una cosa, Señor, por cierto sella:

y es que nunca el amor mengua ni acaba

en cuanto está presente a causa de ella.

 

Soneto Alma mía gentil que te partiste…

Alma mía gentil que te partiste

tan pronto de esta vida indiferente,

reposa allá en el cielo eternamente,

y viva yo en la tierra siempre triste.

 

Si en el etéreo asiento al cual subiste,

memoria de esta vida se consiente,

no te olvides de aquel amor ardiente,

aunque tan puro, que en mis ojos viste.

 

Y si vieras que puede merecerte

algún caso el dolor que me quedó

del daño irremediable de perderte,

 

ruego a Dios que tus años abrevió,

que tan presto de acá me lleve a verte,

cuan pronto de mis ojos te llevó.

 Adamastor.JPG

 

 

Os Lusiadas: Canto V, octavas 39-61 (Episodio del gigante Adamastor)

Antes de decir más, una figura

en el aire se muestra tosca y válida,

de disforme y grandísima estatura,

con el rostro cargado y barba escuálida:

los ojos escondidos, la postura

espantosa, la cara toda pálida;

crespo el cabello, secos los carrillos,

¡negra la boca y dientes amarillos!

 

Su cuerpo era tan grande y tan monstruoso

que bien puedo decir que era el segundo

de Rodas enormísimo, coloso,

que uno de los prodigios fue del mundo.

Con un tono de voz fuerte, espantoso,

que pareció salir del mar profundo,

comenzó a hablar; las carnes y el cabello

erizáronsenos de oillo y vello.

 

Y dijo: “¡Oh, gente osada, mas que cuantas

en el mundo intentaron grandes cosas,

que ni de empresas ásperas te espantas,

ni de proyectos bélicos reposas!,

pues los vedados términos quebrantas,

y navegar los largos mares osas

de que ha ya tantos años soy el dueño,

y nunca ha arado extraño o propio leño.

 

Pues quieres que te sean conocidos

los secretos del húmido elemento,

a ningún hombre grande concedidos

de noble o inmortal merecimiento:

oye, oye los males prevenidos

a tu orgulloso loco atrevimiento,

por todo el ancho mar, y por la tierra

que aún haz de sojuzgar con dura guerra.

 

Sabe que cuantas veces este viaje

que tú emprendes, hicieren atrevidas,

enemigo tendrán este paraje

con vientos y tormentas desmedidas:

y en la primera escuadra, que el pasaje

haga por estas ondas mal sufridas,

he de hacer de repente atroz castigo

como inhumano, cruel, fiero enemigo.

 

Aquí espero tomar, si no me engaño,

de quien me descubrió suma venganza:

mas no se acabará con esto el daño

de vuestra porfiada confianza;

pues vuestras naves sufrirán cada año,

si es cierto que aquí mi ciencia alcanza,

naufragios y desgracias, de tal suerte

que el trabajo menor será la muerte.

 

Y del primer ilustre que ventura

hará ser hasta el cielo conocido,

será nueva y eterna sepultura,

por juicio alto de Dios nunca entendido.

Dejará aquí el trofeo, que en la dura

campaña contra el turco habrá obtenido:

pues conmigo en sus años le amenaza

la arruinada Quiloa con Mombaza.

 

 Otro también vendrá de honrada fama

liberal, caballero, enamorado,

y consigo traerá la hermosa dama

que Amor por gran merced le habrá otorgado.

Ventura triste y hado atroz los llama

a mi duro terreno, donde airado

os dejará tras un naufragio vivos,

porque sufran trabajos excesivos.

 

Verán de hambre morir sus hijos caros,

con tanto amor criados y nacidos:

verán los cafres ásperos y avaros

que a la dama le quitan sus vestidos:

y sus alabastrinos miembros claros

con el frío y calor verán curtidos,

después de haber pisado largamente

con delicados pies la arena ardiente.

 

Verán también los ojos que escaparse

puedan de tanto mal y desventura,

a los amantes míseros quedarse

en la implacable y mísera espesura.

Allí, después que lleguen a ablandarse

las mismas peñas con su angustia dura,

con grande amor teniéndose abrazados

muertos se quedarán los desdichados.”

 

Aun iba a proseguir el monstruo horrendo

contando nuestros hados, cuando alzado

dijo: “¿Quién eres tú?, ¡que este estupendo

cuerpo me tiene asaz maravillado!”

La boca, y negros ojos retorciendo

un grito dio espantoso y destemplado;

y respondió con voz triste y arrastrada

como a quien la pregunta no le agrada:

 

“Yo soy aquel oculto y grande cabo

a quien llamáis vosotros tormentorio,

que ni Pomponio, Tolomeo, Estrabo,

ni a ningún otro antiguo fui notorio.

Toda la costa de África aquí acabo

en este nunca visto promontorio,

que hacia ese polo antártico se extiende

a quien vuestra osadía tanto ofende.

 

Uno fue de los hijos de la tierra,

como Encélado, Egeo, el Centimano:

llaméme Adamstor, e hice la guerra

al que lanza los rayos de Vulcano:

pero no alzando sierra sobre sierra,

mas venciendo las olas del Oceano,

fui capitán del mar por donde acaba

la escuadra de Neptuno que buscaba.

 

Amores de la esposa de Peleo

me hicieron emprender tan grande empresa;

todas las diosas despreció el deseo,

por amar de las aguas la Princesa.

Desnuda entre los hijos de Nereo

en la playa la vi; y al punto presa

quedó mi voluntad de tal manera,

que aun hora no hay cosa que más quiera.

 

Mas siéndome imposible de alcanzarla

por mi cara tan fea y mal dispuesta,

determiné por armas conquistarla:

mi intención hice a Doris manifiesta:

y Doris por temor tuvo que hablarla:

‘¿Qué ninfa habrá que tenga amor bastante

a poder sustentar el de un gigante?

 

Pero por evitar el mal extraño

que en el mar hace, buscaré manera

de salvar mi honra y evitar el daño.’

Esto me respondió la mensajera.

Yo no pude caer en el engaño;

¡que es grande en los amantes la ceguera!;

¡y lleno de una loca confianza

quedé fuera de mí con la esperanza!

 

Dejó de hacer la guerra al mar horrendo;

y la noche de Doris prometida,

se me fue desde lejos descubriendo

el rostro de mi Tetis tan querida.

Como loco corrí tras ella, abriendo

los brazos para coger lo que es mi vida:

¡comiénzole a besar los ojos bellos,

la boca, las mejillas, los cabellos!

 

¡Mas de rabia no sé como lo cuente!

Pues pensando abrazar a la que amaba,

a una roca abrazaba estrechamente

que de zarzas y espino llena estaba;

y a una peña apretaba yo mi frente,

que como el rostro angélico besaba.

Atónito quedé con aquel chasco,

y al lado de un peñasco otro peñasco.

 

¡Ninfa la más gentil del Oceano!,

ya que esta presencia no te agrada,

¿por qué no continuaste el juego vano,

o fuiste monte, o nube, o sueño, o nada?

Apartéme furioso y casi insano

por la pena y deshonra allí pasada,

a buscar otro mundo, do no viese

quien de mi mal y llanto se riese.

 

Pero entretanto todos mis hermanos

ya eran vencidos y en miserias puestos:

crecidos montes por los dioses vanos

eran a sus cabezas sobrepuestos:

y como contra Dios no valen manos,

yo, que lloraba enojos tan molestos,

fui sintiendo del cruel hado enemigo

por mis atrevimientos el castigo.

 

Convirtióse mi carne en tierra dura,

mis pies y manos peñas se volvieron;

este cuerpo que veis, esta figura

por estas hondas aguas se extendieron.

En fin esta grandísima estatura

los dioses en un monte convirtieron;

y para aumentar más pena tamaña

Tetis en torno me rodea y baña.”

 

Aquesto nos contó; y con triste lloro

súbito de la vista se apartaba:

la nube se deshizo, y con sonoro

bramido el agua lejos resonaba.

Alcé las manos al celeste coro,

y al Ángel le pedí que nos guiaba,

que nos librase de los casos duros

que Adamastor profetizó futuros.

 

Ya Pírois y Flegón iban tirando

del rubio Apolo el carro rutilante,

cuando el gran monte se nos fue mostrando

en que fue convertido aquel gigante.

Siguiendo aquella costa, y comenzando

a cortar ya las olas del Levante,

algún tiempo hacia abajo navegamos,

donde segunda vez tierra tomamos.

 

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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Ensayos
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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
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