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14 julio 2011 4 14 /07 /julio /2011 15:28

 

 

http://1.bp.blogspot.com/_LB5pztU29zg/TIUC6-N2CLI/AAAAAAAAEGo/hT4apL3Pm6k/s400/M.+Mujica+Lainez.jpgLa obra propia de Manucho Mujica Lainez (1910-1984) no necesita mayores presentaciones: sospecho que, con sus fluctuaciones, será de aquellas que perdurarán entre las más leídas del siglo XX argentino e hispánico. Quizás la popularidad de un par de sus libros nos haya privado de su vastedad polifacética; si bien es cierto que fue recurrente y a veces, un fatigado buscador de temas, nadie como él para pintar proustianamente las decadencias aristocráticas, e insertar el humor junto con lo terrible.

De mi haber de lecturas recuerdo tres de sus traducciones: la Fedrade Racine, Las mujeres sabias de Molière y los sonetos de Shakespeare. Confieso que por Racine no siento la más mínima simpatía, pero que la versión de Manucho me reconcilió un poco; confieso que pocas traducciones de Molière al español me han hecho reír, y que Las mujeres…en su versión lo logró: bella edición bilingüe, de una obra aparentemente menor, y que Manucho tradujo en una convalecencia obligada. Con los sonetos de Shakespeare las palabras no nos alcanzan, ni para el original ni para la traducción que presentamos; ahorrémoslas entonces, y apuntemos que quizás estemos ante el más espléndido ensayo de versión que al español se haya hecho. De los 154 del original, Mujica Lainez vertió 42; hemos hecho a su vez una selección generosa. El soneto isabelino consta, a diferencia del petrarquiano, de tres cuartetas y un pareado final; los versos están en pentámetros yámbicos, en una suerte de resurrección de los sistemas grecolatinos. Manucho esquivó la rima y utilizó el endecasílabo; las economías desparejas lo obligan a cortar palabras y expresiones; su sensibilidad exquisita sale airosa pese a todo, en un vero obsequio a los sentidos.

 

http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/2/2a/Hw-shakespeare.png/250px-Hw-shakespeare.png

 

 

 

I

De los hermosos el retoño ansiamos

para que su rosal no muera nunca,

pues cuando el tiempo su rosal marchite,

guardará su retoño su heredero.

 

Pero tú, que tus propios ojos amas,

para nutrir tu luz, tu esencia quemas

y hambre produces en donde hay hartura,

demasiado cruel y hostil contigo.

 

Tú que eres hoy del mundo fresco adorno,

pregón de la radiante primavera,

sepultas tu poder en el capullo,

dulce egoísta que malgasta ahorrando.

 

Del mundo ten piedad: que tú y la tumba,

ávidos, lo que es suyo no devoren.

 

II

Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos

y ahonden surcos en tu prado hermoso,

tu juventud, altiva vestidura

será un andrajo que no mira nadie.

 

Y si por tu belleza preguntaran,

tesoro de tu tiempo apasionado,

decir que yace en tus sumidos ojos

dará motivo a escarnio o a falsías.

 

¡Cuánto más te alabaran en su empleo

si respondieras: “Este grácil hijo

mi deuda salda y mi vejez excusa”,

pues su beldad sería tu legado!

 

Pudieras, renaciendo en la vejez,

ver cálida tu sangre que se enfría.

 

IV

Derrochador de encanto, ¿por qué gastas

en ti mismo tu herencia de hermosura?

Naturaleza presta y no regala,

y, generosa, presta al generoso.

 

Luego, bello egoísta, ¿por qué abusas

de lo que se te dio para que dieses?

Avaro sin provecho, ¿por qué empleas

suma tan grande, si vivir no logras?

 

Al comerciar así sólo contigo,

defraudas a ti mismo a lo más dulce.

Cuando te llamen a partir, ¿qué saldo

podrás dejar que sea tolerable?

 

Tu belleza sin uso irá a la tumba;

usada, hubiera sido tu albacea.

 

V

Las horas que gentiles compusieron

tal visión para encanto de los ojos,

sus tiranos serán cuando destruyan

una belleza de suprema gracia:

 

porque el tiempo incansable, en torvo invierno

muda al verano que en su seno arruina;

la savia hiela y el follaje esparce

y a la hermosura agosta entre la nieve.

 

Si no quedara la estival esencia,

en muros de cristal, cautivo líquido,

la belleza y su fruto morirían

sin dejar ni el recuerdo de su forma.

 

Mas la flor destilada, hasta en invierno,

su ornato pierde y en perfume vive.

 

VI

No dejes, pues, sin destilar tu savia,

que la mano invernal tu estío borre:

aroma un frasco y antes que se esfume

enriquece un lugar con tu belleza.

 

No ha de ser una usura prohibida

la que alegra a quien paga de buen grado;

y tú debes dar vida a otro tú mismo,

feliz diez veces, si son diez por uno.

 

Más que ahora feliz fueras diez veces,

si diez veces, diez hijos te copiaran:

¿qué podría la muerte, si al partir

en tu posteridad siguieras vivo?

 

No te obstines, que es mucha tu hermosura

para darla a la muerte y los gusanos.

 

XV

Cuando pienso que todo lo que crece

su perfección conserva un mero instante;

que las funciones de ese gran proscenio

se dan bajo la influencia de los astros;

 

y que el hombre florece como planta

a quien el mismo cielo alienta y rinde,

primero ufano y abatido luego,

hasta que su esplendor nadie recuerda:

 

la idea de una estada tan fugaz

a mis ojos te muestra más vibrante,

mientras que Tiempo y Decadencia traman

mudar tu joven día en noche sórdida.

 

Y, por tu amor guerreando con el Tiempo,

si él te roba, te injerto nueva vida.

 

XVII

¿Quién creerá en el futuro mis poemas

si los colman tus méritos altísimos?

Tu vida, empero, esconden en su tumba

y apenas la mitad de tus bondades.

 

Si pudiera exaltar tus bellos ojos

y en frescos versos detallar tus gracias,

diría el porvenir: “Miente el poeta,

rasgos divinos son, no terrenales”.

 

Desdeñarían mis papeles mustios,

como ancianos locuaces, embusteros;

sería tu verdad transporte lírico,

métrico exceso de un antiguo canto.

 

Mas si entonces viviera un hijo tuyo,

mi vida y él dos vidas te darían.

 

XVIII

¿A un día de verano compararte?

Más hermosura y suavidad posees.

Tiembla el brote de mayo bajo el viento

y el estío no dura casi nada.

 

A veces demasiado brilla el ojo

solar, y otras su tez de oro se apaga;

toda belleza alguna vez declina,

ajada por la suerte o por el tiempo.

 

Pero eterno será el verano tuyo.

No perderás la gracia, ni la Muerte

se jactará de ensombrecer tus pasos

cuando crezcas en versos inmortales.

 

Vivirás mientras alguien vea y sienta

y esto pueda vivir y te dé vida.

 

XIX

Mella, Tiempo voraz, del león las garras,

deja a la tierra devorar sus brotes,

arranca al tigre su colmillo agudo,

quema al añoso fénix en su sangre.

 

Mientras huyes con pies alados, Tiempo,

da vida a la estación, triste o alegre,

y haz lo que quieras, marchitando al mundo.

Pero un crimen odioso te prohíbo:

 

no cinceles la frente de mi amor,

ni la dibujes con tu pluma antigua;

permite que tu senda siga, intacto,

ideal sempiterno de hermosura.

 

O afréntalo si quieres, Tiempo viejo,

mi amor será en mis versos siempre joven.

 

XXV

Que los favorecidos por los astros

de honores y de títulos se ufanen;

yo, a quien la suerte priva de esos triunfos,

hallo mi dicha en lo que más venero.

 

Los favoritos de los grandes príncipes

abren al sol sus hojas cual caléndulas,

y su orgullo sepultan en sí mismos

pues los abate un ceño que se frunce.

 

El célebre guerrero laborioso,

derrotado una vez tras mil victorias,

es del libro de honores suprimido

y de su gesta lo demás se olvida.

 

Feliz de mí, que amando soy amado,

y ni cambiar ni ser cambiado puedo.

 

XXVII

Extenuado, hacia el lecho me apresuro

a calmar mis fatigas de viajero,

pero empieza en mi ánimo otro viaje

cuando acaban del cuerpo las faenas.

 

Porque mis pensamientos, alejándose

en tu busca, celosos peregrinos,

de mis párpados abren el agobio

a la tiniebla que los ciegos miran.

 

Sólo que mi visión imaginaria

trae tu sombra hasta mis ojos ciegos,

como un joyel que cuelga de la noche

y el rostro oscuro le rejuvenece.

 

Así, por ti y por mí, nunca reposan

de día el cuerpo y a la noche el alma.

 

XXX

Cuando en sesiones dulces y calladas

hago comparecer a los recuerdos,

suspiro por lo mucho que he deseado

y lloro el bello tiempo que he perdido,

 

la aridez de los ojos se me inunda

por los que envuelve la infinita noche

y renuevo el plañir de amores muertos

y gimo por imágenes borradas.

 

Así, afligido por remotas penas,

puedo, de mis dolores ya sufridos

la cuenta rehacer, uno por uno,

y volver a pagar lo ya pagado.

 

Pero si entonces pienso en ti, mis pérdidas

de compensan, y cede mi amargura.

 

XXXI

Los corazones que supuse muertos

pues me faltaban, a tu pecho ocupan;

en él reinan amor y sus virtudes

y los amigos que creí enterrados.

 

¡Cuánta lágrima pía de mis ojos

robó el amor leal por esos muertos

que no son más que seres que han cambiado

de lugar y que yacen en ti ocultos!

 

Tú eres la tumba donde vive amor;

de mis amores los trofeos te ornan;

cada uno te dio mi parte suya

y ahora es tuyo el amor que fue de muchos.

 

Veo en ti las imágenes que amé:

soy tuyo entero pues las tienes todas.

 

XXXII

Si a mis días colmados sobrevives,

y cuando esté en el polvo de la Muerte

una vez más relees por ventura

los inhábiles versos de tu amigo,

 

con lo mejor de tu época compáralos,

y aunque todas las plumas los excedan,

guárdalos por mi amor, no por mis rimas,

superadas por hombres más felices.

 

Que tu amor reflexione: “Si su Musa

crecido hubiera en esta edad creciente,

frutos más caros a su edad le diera,

dignos de incorporarse a tal cortejo:

 

pero ha muerto; en poetas más notables

estilo buscaré y en él amor”.

 

XL

Toma, amor, todos, todos mis amores,

¿qué más posees de lo que tenías?

Ningún amor, mi amor, que sea cierto;

pues ya antes era tuto todo el mío.

 

Si a quien me ama por mi amor recibes,

no puedo reprocharte que lo goces,

mas te reprocho tu perverso engaño

si rechazas mi amor y no al que me ama.

 

Ladrón gentil, me robas y te absuelvo

por más que me hurtes mis escasos bienes,

y eso que duelen más, amor lo sabe,

las heridas de amor que las del odio.

 

Gracia inconstante en quien el mal es bello,

no seas mi enemigo, aunque me mates.

 

LV

Ni el mármol, ni los áureos monumentos,

durarán con la fuerza de esta rima,

y en ella tu esplendor tendrá más brillo

que en la losa que mancha el tiempo impuro.

 

Cuando tumbe la guerra las estatuas

y el desorden los muros desarraigue,

ni la espada de Marte ni su incendio

destruirán tu memoria mientras viva.

 

Irás contra la muerte y el olvido.

Acogerá tu elogio la mirada

de la posteridad que, consumiéndolo,

hasta el juicio final fatigue el mundo.

 

Así, hasta el día en que también te juzguen,

aquí estarás y en los amantes ojos.

 

LIX

Si nada es nuevo, si lo que es ya ha sido,

¡cómo se engaña nuestra inteligencia

cuando, empeñada en busca de invenciones,

de un niño ya nacido lleva el peso!

 

¡Ay si mirando atrás quinientos años

pudiera presentarme la memoria

tu imagen en un libro muy remoto,

ya que el alma empezó a expresarse en letras!

 

¡Si pudiera saber lo que inspiraron

tus maravillas al antiguo mundo,

y ver si es nuestra o suya la ventaja

o si los ciclos son iguales todos!

 

Seguro estoy que los pasados genios

exaltaron objetos menos dignos.

 

LXV

Si la muerte domina al poderío

de bronce, roca, tierra y mar sin límites,

¿cómo le haría frente la hermosura

cuando es más débil que una flor su fuerza?

 

Con su hálito de miel, ¿podrá el verano

resistir el asedio de los días,

cuando peñascos y aceradas puertas

no son invulnerables para el Tiempo?

 

¡Atroz meditación! ¿Dónde ocultarte,

joyel que para su arca el Tiempo quiere?

¿Qué mano detendrá sus pies sutiles?

Y ¿quién prohibirá que te despojen?

 

Ninguna, a menos que un prodigio guarde

el brillo de mi amor en negra tinta.

 

LXXI

Cuando haya muerto, llórame tan sólo

mientras escuches la campana triste,

anunciadora al mundo de mi fuga

del mundo vil hacia el gusano infame.

 

Y no evoques, si lees esta rima,

la mano que la escribe, pues te quiero

tanto que hasta tu olvido prefiriera

a saber que te amarga mi memoria.

 

Pero si acaso miras estos versos

cuando del barro nada me separe,

ni siquiera mi pobre nombre digas

y que tu amor conmigo se marchite,

 

para que el sabio en tu llorar no indague

y se burle de ti por el ausente.

 

CVI

Cuando en las crónicas de tiempos idos

veo que a los hermosos se describe

y a la Belleza embellecer la rima

que elogia a damas y señores muertos,

 

observo que al pintar de sus dechados

la mano, el labio, el pie, la frente, el ojo,

trataba de expresar la pluma arcaica

una belleza como la que tienes.

 

Así, sus alabanzas son presagios

de nuestro tiempo, que te prefiguran,

y pues no hacían más que adivinarte,

no podían cantarte cual mereces.

 

En cuanto a aquellos que te contemplamos

con absorta mirada, estamos mudos.

 

CXXIII

Tiempo, no has de jactarte de mis cambios:

alzas con nuevo brío tus pirámides

y no son para mí nuevas ni extrañas

sino aspectos de formas anteriores.

 

Por ser corta la vida, nos sorprende

lo antiguo que reiteras y que impones,

cual si fuera lo nuevo que deseamos

y si no conociéramos su historia.

 

Os desafío a ti y a tus anales;

no me asombran pasado ni presente,

pues tus anales y lo visto engañan

al transformarse mientras te apresuras.

 

Por mí, te juro que he de ser constante

a pesar de tu hoz y de ti mismo.

 


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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Ensayos
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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
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