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10 julio 2011 7 10 /07 /julio /2011 20:00


Roger-pla.jpgRoger Plá (Rosario, 1912-1982) es un escritor secreto de las letras argentinas, al que vale la pena acercarse aunque los habituales manuales de literatura lo ignoren; paradoja la suya: fue uno de los responsables principales de la Historia de la literatura argentina que editara en fascículos el Centro Editor de América Latina, accesibles, críticos, armados con las nuevas herramientas teóricas de los ’70. Óbice quizás para que la Dictadura arrasara con miles de ejemplares de esta obra que pretendía llegar a los eruditos, a los estudiantes y a las clases populares. A Roger Plá debemos una serie de novelas magistrales, de las cuales Las brújulas muertas debería estar más a mano en los anaqueles de las librerías.

En 1981 Torres Agüero Editor, hoy desaparecida, preparó un precioso librito, maravilla tipográfica, reuniendo en versión de Roger Plá compilaciones de textos de Charles Baudelaire, algo periféricos para los siempre lectores de sus dos o tres obras canónicas. Se titulaba Consejos a los jóvenes escritores y Proyectos de prólogos para Flores del mal. He rescatado los segundos, aún aquellos textos que quedaron incompletos o en mero boceto. Desde la prohibición de su libro en 1857, Baudelaire trabajó incansablemente: una segunda edición ampliada pero sin los textos expurgados por la censura, y una tercera finalmente póstuma, concretada por sus amigos. Quedaron varios papeles en verso y prosa que debían integrarlo. Aquí están, en magnífica versión, dando cuenta de los sinsabores de este dandi y aristócrata del espíritu desposado con el mal y el bien y sus respectivas o única bellezas.

 

 

Baudelaire500.jpg

 


Proyecto de dedicatoria

Sereno como un sabio y dulce como un maldito, he dicho:

¡Yo te amo, oh hermosa mía, encantadora!...

Cuantas veces…

Tus libertinajes sin sed y tus amores sin alma,

Tu gusto del infinito

Que en cualquier parte, aun en el mal mismo, se proclama,

Tus bombas, tus puñales, tus victorias, tus fiestas,

Tus arrabales melancólicos,

Tus cuartos amueblados,

Tus jardines henchidos de intrigas y suspiros,

Tus templos vomitando plegarias convertidas en música.

Tus desesperaciones de niño, tus ojos de vieja loca,

Tus desalientos;

Y tus fuegos de artificio, erupciones de alegría,

Que hacen reír al cielo, mudo y tenebroso.

Tu vicio venerable instalado en la seda,

Y tu virtud risible, de mirar desdichado,

Dulce, extasiado, ante el lujo que ese vicio despliega.

Tus principios salvados, tus leyes denigradas,

Tus altos monumentos, donde las brumas se desgarran,

Tus cimas de metal a las que inflama el sol,

Tus reinos de teatro de voz encantadora,

Tus toques a rebato, tus cañones, orquesta tumultuosa,

Tus adoquines callejeros mágicamente erguidos en trincheras,

Tus pobres oradores con énfasis barrocos,

Predicando el amor, y también tus prostíbulos anegados de sangre,,

Corriendo hacia el Infierno a morir como Orinocos.

Tus ángeles, tus bufones nuevos con sus viejos harapos,

Ángeles vestidos de oro, de púrpura y Jacinto,

A vosotros os consta que cumplí mi deber

Como un perfecto químico y como un alma santa.

 

Porque de cada cosa arranqué la quintaesencia,

Tú me has dado tu barro y yo he fabricado el oro.

 

Proyectos de prólogo para la Segunda edición

          No es para mis mujeres, mis hijas o mis hermanas que se ha escrito este libro; tampoco para las mujeres, las hijas o las hermanas del vecino. Dejo esta tarea a aquellos que tienen interés en confundir las buenas acciones con el bello lenguaje.

          Sé muy bien que el amante apasionado del bello estilo se expone al odio  de las multitudes; pero ningún respeto humano, ningún falso pudor, ninguna coerción, ningún sufragio universal serían capaces de obligarme a utilizar la jerga incomparable de este siglo ni a confundir la tinta con la virtud.

          Poetas ilustres se ha repartido desde hace tiempo las provincias más florecidas del dominio poético. Me pareció entonces más interesante, y tanto más agradable cuanto más difícil parecía la empresa, tratar de extraer la Belleza del Mal. Este libro, esencialmente inútil y absolutamente inocente, no ha sido hecho con otro objeto que el de divertirme y el de ejercer mi apasionada afición al obstáculo.

          Algunos me dicen que estas poesías pueden hacer mal; no me he alegrado por ello. Otros – almas buenas - , que ellas pueden acarrear un bien; y esto no me ha afligido. El temor de los unos y la esperanza de los otros me ha sorprendido por igual, y no han tenido otro valor que el de convencerme, una vez más, de cómo este siglo ha olvidado todas las nociones clásicas relativas a la literatura.

          A pesar de la forma en que algunos pedantes célebres han contribuido a la tontería natural del hombre, jamás hubiese creído que nuestra patria pudiese marchar con semejante velocidad por el camino del progreso. Este mundo ha adquirido una costra de vulgaridad tal, que el desprecio que suscita en el hombre de espíritu adquiere la violencia de una pasión. Pero este mundo pertenece a la categoría de aquellos carapachos a los cuales el veneno más corrosivo sería incapaz de perforar.

          Tenía en un principio la intención de responder a una serie de críticas y al mismo tiempo de explicar algunas cuestiones muy simples que se encuentran totalmente oscurecidas por las luces modernas: “¿Qué es la poesía?” “¿Cuál es su fin?” Hablaría así de la distinción entre el Bien y la Belleza, de la Belleza en el Mal; diría que el ritmo y la rima responden en el hombre a las necesidades inmortales de monotonía, de simetría y de sorpresa; de la adaptación del estilo al tema: de la vanidad y de la peligrosidad de la inspiración, etc., etc.; pero esta mañana he cometido la imprudencia de leer algunos periódicos, y repentinamente una indolencia de veinte atmósferas de peso se desplomó sobre mí y me obligó a detenerme ante la espantosa inutilidad de explicar sea lo que fuere a quien quiera que sea. Los que saben, me adivinan sin que les diga nada; y para los que no pueden o no quieren comprender, sería infructuoso todo intento de explicación.

 

Prefacio

          Francia atraviesa una fase de vulgaridad. París, centro de irradiación de la estupidez universal. A pesar de Molière y Béranger, jamás se habría podido creer que Francia avanzaría en semejante tren por la ruta del progreso. Cuestiones de arte, terrae ignotae.

          El gran hombre es estúpido.

          Mi libro ha podido hacer el bien. No me aflige. Ha podido hacer el mal. No me alegra.

          El fin de la poesía. Este libro no ha sido para mis mujeres, mis hijas o mis hermanas.

          Se me han atribuido todos los crímenes que he relatado.

          Diversión del odio y del desprecio. Los elegíacos son todos canallas. Et verbum caro factum est. Porque el poeta no tiene partido. De otro modo, sería un simple mortal.

          El Diablo. El Pecado original. Hombre bueno. Si lo deseáis, podéis ser el favorito del tirano. Es más difícil amar a Dios que creer en Él. Por el contrario, es más difícil para las gentes de este siglo creer en el diablo que amarlo. Todo el mundo lo siente y nadie cree en él. Sublime sutileza del diablo.

          Un alma de mi predilección. El Decorado. Así también la novedad. El Epígrafe. D’Aurevilly. El Renacimiento. Gérard de Nerval. Todos estamos colgados o somos colgables.

          Había puesto algunas basuras para agradar a los señores periodistas. Pero se han mostrado ingratos.

 

Notas

          Cómo, mediante una serie de esfuerzos determinados, el artista puede elevarse a una originalidad proporcional;

          Cómo la poesía roza la música por una prosodia cuyas raíces se hunden mucho más en el alma humana de lo que indica cualquier teoría clásica;

          Que la poesía francesa posee una prosodia misteriosa y desconocida, como las lenguas latina o inglesa;

          Por qué todo poeta, que no sabe de modo cabal cómo cada palabra comporta rimas determinadas, es incapaz de expresar una idea cualquiera;

          Que la frase poética puede imitar (y en esto toca el arte musical y las ciencias matemáticas) la línea horizontal, la línea recta ascendente; que puede subir hacia el cielo, sin sofocarse, o descender perpendicularmente hacia el infierno con la velocidad de todo cuerpo pesado; que puede seguir la espiral, describir la parábola o el zigzag, simulando una serie de ángulos superpuestos;

          Que la poesía se asemeja a las artes de la pintura, la cocina y el cosmético, por la posibilidad  de expresar toda sensación de suavidad o de amargor, de belleza o de horror, por el acoplamiento de tal sustantivo con tal adjetivo, análogo o contrario;

          Cómo, basándose en mis principios y disponiendo de la ciencia que yo me encargo de enseñarle en veinte lecciones, todo hombre se vuelve capaz de componer una tragedia que no será más silbada que otra, o delinear un poema de la longitud necesaria para ser tan fastidioso como cualquier poema épico conocido.

          ¡Tarea difícil la de elevarse hacia esta insensibilidad divina! Pero yo mismo, a pesar de mis loables esfuerzos, no he sabido resistir el deseo de gustar a mis contemporáneos, como lo atestiguan en algunos lugares, bajo un disfraz, ciertas bajas lisonjas dirigidas a la democracia, y aun algunas basuras a hacerme perdonar la tristeza de mi tema. Pero como los señores periodistas se han mostrado ingratos hacia las caricias de este género, he suprimido en la medida de lo posible, en esta edición, todos los vestigios de tal debilidad.

          Me propongo, para verificar nuevamente la excelencia de mi método, aplicarlo  próximamente a la celebración de las alegrías de la devoción y de las embriagueces de la gloria militar, aun cuando jamás las he conocido.

          Nota sobre los plagiados. Thomas Gray. Edgar Poe (dos pasajes). Longfellow (dos pasajes). Stace. Virgilio (todo el trozo de Andrómaca). Esquilo. Víctor Hugo.

 

Proyecto para la Tercera Edición

          Si reside alguna gloria en no ser comprendido o en serlo muy poco, puedo decir sin vanidad que, gracias a este pequeño libro, me he hecho acreedor a ella de golpe. Ofrecido sucesivamente a varios editores que lo rechazaron con horror, perseguido y mutilado en 1857 como consecuencia de un malentendido bastante singular, aumentado y fortalecido durante varios años de silencio, desaparecido nuevamente en virtud de mi negligencia, este producto discordante de la Musa de los últimos días, avivado además por algunos toques violentos, se atreve a afrontar hoy por tercera vez el sol de la estupidez.

          La culpa no es mía; pertenece exclusivamente a un editor que se cree lo bastante fuerte como para afrontar el disgusto del público. “Este libro permanecerá toda tu vida como una mancha” – me predecía, desde el comienzo, uno de mis amigos, aunque es a la vez un gran poeta. Efectivamente, todas mis desventuras hasta el presente parecen haberle dado la razón. Pero poseo uno de los felices temperamentos que encuentran un placer en el odio y que se glorifican en el desprecio. Mi afición diabólicamente apasionada por la estupidez me hace encontrar placeres particulares en los disfraces de la calumnia. Casto como el papel, sobrio como el agua, inclinado a la devoción como una penitente, inofensivo como una víctima, me disgustaría sin embargo pasar por un libertino, un borracho, un impío y un asesino.

          Mi editor pretende que podría haber alguna utilidad para mí, como para él, en que yo tratara de explicar cómo y por qué he hecho este libro, cuáles han sido mis fines y mis medios, mis propósitos y mi método. Un trabajo crítico semejante tendría sin duda la posibilidad de deleitar a los espíritus apasionados por la retórica profunda. Para ellos, quizá, lo escribiré más adelante, haciendo escribir de este trabajo una decena de ejemplares. Pero, analizando mejor las cosas, ¿no es evidente que semejante trabajo sería un esfuerzo totalmente superfluo, tanto para los unos como para los otros, puesto que los primeros ya saben o adivinan lo que puedo decir, y los otros no me comprenderán jamás? Para insuflar al pueblo la inteligencia de un objeto de arte, me sobra el temor al ridículo y mucho me temo que, empeñado en semejante tarea, emularía a esos utopistas que quieren hacer todos los franceses ricos y virtuosos de repente mediante la promulgación de un decreto. Y, además, mi mejor razón, mi suprema razón, es que tal cosa me aburre y me disgusta. ¿Se invita acaso al público al taller de la modista o al del decorador, al camarín de un comediante? ¿Se revela al público, hoy apasionado, mañana indiferente, el mecanismo de los trucos? ¿Se le explican los retoques y las variantes improvisadas en los ensayos, enseñándoles en qué dosis el instinto y la sinceridad se mezclan con el charlatanismo, y las tretas indispensables en la amalgama de una obra de arte? ¿Se le revelan todos los afeites, los disfraces, las maquinarias, las roldanas, las correcciones, las pruebas fracasadas, en una palabra, todos los horrores que componen el santuario del arte?

          Además, no estoy de humor para semejante cosa. No tengo el deseo ni de demostrar, ni de asombrar, ni de divertir, ni de persuadir. Tengo mis nervios, mis humores. Aspiro a un reposo absoluto y a una noche continua. Cantor de las viejas voluptuosidades del vino y del opio, no tengo más sed que de un licor desconocido sobre la tierra, y del cual la misma farmacopea celeste sería incapaz de proveerme; un licor que no está hecho ni de vitalidad, ni de muerte, ni de excitación, ni de nada. No saber nada, dormir y siempre dormir, tal es actualmente mi única aspiración. Aspiración infame y desalentadora, pero sincera.

          A veces, como si un gusto superior nos hiciera temer el contradecirnos un poco a nosotros mismos, he podido comprobar, al fin de este libro abominable, el testimonio de simpatía de algunos hombres a quienes estimo demasiado para que el lector imparcial pueda juzgar cómo no soy absolutamente digno de excomunión, y cómo, habiendo sido digno de hacerme querer por algunos, mi corazón, aun cuando lo haya dicho no sé qué papelucho impreso, no puede poseer “la espantosa fealdad de mi rostro”.

          Por último, y en virtud de una generosidad poco común, de la cual los señores críticos…

          Como la ignorancia va cada día en aumento…

          Denuncio por mí mismo las imitaciones…

 

Dedicatoria

          Para  conocer la felicidad, es preciso tener el coraje de tragarla. La felicidad emética.

          Orestes y Electra. Angustias.

          De la utilidad del dolor.

          La mujer natural.

          La voluptuosidad artificial.

 

          Deseo que esta dedicatoria sea ininteligible.

 

 


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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Ensayos
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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
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