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4 julio 2011 1 04 /07 /julio /2011 14:07

 

 

Raucho-20cultura-20criolla_1905_tapa_3152010_222049.jpgQué placer reencontrarnos con estas traducciones de Silvina de los “poetas metafísicos”, esos barrocos british atravesados por los sentidos, las búsquedas, los delirios de la carne y los no menos punzantes del espíritu. Qué placer cualquier libro original de Silvina: sabemos que, según su inveterada costumbre, en algún apéndice, en algún rincón, nos encontraremos con el adicional de algunos versos universales traducidos por ella, inmiscuidos con toda naturalidad con la producción propia, salvo unos cuantos centenares de Emily Dickinson que quiso publicar en volumen aparte.

Hay todo un renacer de Silvina Ocampo (1903-1993). Siempre fue ella misma, pero la muerte vino a confirmarlo. Porque en vida solía ser la hermana de la multifacética e intempestiva Victoria; la esposa de el genial Bioy Casares; la amiga de Borges; la mentora de Alejandra Pizarnik… Pero su escritura estuvo ahí siempre, lúcida, perversa, aniñada y cruel, narrándonos tragedias desde una increíble presunción de inocencia. Las Obras Completas que hoy se editan la van apartando de esa modestia en que ella misma se encerrara; sus lectores dejan de ser un pequeño cenáculo de iniciados.

Que disfrutes de Silvina, lector, y de estos poemas, incluido el de la púdica dama…, dama anónima, pero de las más famosas de la literatura.

 

 

 

 

john-donne.jpg

 

John Donne (1572-1631)

 

Himno a Cristo

En el último viaje del autor a Alemania

 

Cualquiera sea el barco destruido en que navegue

ese barco será emblema de Tu Arca,

cualquiera sea el mar en que me hunda, ese mar

será el emblema mismo para mí de tu sangre.

Aunque nubes de ira te sirvan de disfraz

en tu rostro, en la máscara, reconozco esos ojos

que a pesar de tornarse a veces tan lejanos

jamás despreciarán.

 

En tu honor para ti sacrifico esta Isla,

todo lo que allí amé, todos los que me amaron.

Cuando esté nuestro amor puesto entre ellos y yo

extiéndelo, te ruego, entre mi culpa y tú.

Cual savia de la planta en pos de la raíz

en medio del invierno, hacia mi invierno voy,

donde sólo sabré de ti, raíz perpetua

del Amor verdadero.

 

Tu religión, tú mismo, no saben dominar

ese amoroso amor del alma que es armónica.

Mas ansías poseer ese amor. Como tú,

Señor, que eres celoso, estoy celoso ahora.

No has de amarme bastante si no me liberaste

de amarte tanto. Dar es tomar libertad

y si habrá de tenerte sin cuidado a quien amo

será porque no me amas.

 

Sella este documento: me divorcia del mundo

donde cayó el destello más débil de mi amor.

Recoge esos amores, fueron desperdiciados

en ingenio y en fama, en esperanza, en todo.

Las mejores iglesias para orar son oscuras.

Para ver a Dios solo eludo las miradas.

Y al salvarme de días tormentosos elijo

la noche sempiterna.

 

Himno a Dios Padre

¿Absolverás la culpa con la cual comencé

ese pecado mío que fue ya cometido?

¿Absolverás la culpa que tanto he repetido

y sigo repitiendo por más que lo deplore?

Cuando lo hagas verás que no lo has hecho aún

porque aún queda más.

 

¿Absolverás la culpa con la cual he inducido

al prójimo a pecar? ¿y a ser puerta mi culpa?

¿Absolverás la culpa que traté de rehuir

durante un año o dos para saciarme el resto?

Cuando lo hagas verás que no lo has hecho aún

porque aún queda más.

 

Temo, es otro pecado, que al concluir de tejer

la postrimera hebra perezca yo en la orilla.

Promete por ti mismo que en mi muerte tu hijo

brillará como brilla ahora y para siempre

y tú al haber hecho eso que ya has hecho, Dios mío,

yo ya no temeré.

 

Jardín de Twickenham

 

Cargado de suspiros, y cercado de lágrimas

he venido a buscar aquí la primavera

y a través de mis ojos y a través de mi oído

recibir estos bálsamos que pueden curar todo.

Mas, oh traidor, yo mismo he traído también

aquel amor-araña que transubstancia todo,

que puede convertir el Maná en amargura.

A este jardín que puede ser solo comparable

al verdadero Edén, yo traje la serpiente.

Sería saludable para mí que el invierno

pudiera oscurecer la gloria de este sitio,

que una helada profunda pudiera prohibir

la risa de los árboles que en mi cara se burlan,

que no tuviera ya que soportar afrentas

ni, por eso, no amar. Déjame, pues, amor,

ser un inanimado pedazo de este sitio,

transfórmame en mandrágora que aquí pueda llorar

o en la fuente de piedra que llora todo el año.

Que vengan los amantes con frascos de cristal

para beber mi llanto que es el vino de amor,

que prueben en las casas de enamorados lágrimas,

que si el sabor no tienen de las mías, son falsas.

El corazón no brilla adentro de los ojos.

La mujer por las lágrimas no se puede juzgar:

tampoco su atavío se juzga por su sombra.

Oh sexo tan perverso en que no hallo ninguna

verdadera salvo ella cuya verdad me mata.

 

Elegía X

Imagen de ella a quien amo más que a ella misma,

cuya impronta perfecta en mi corazón fiel

me trocó en su medalla logrando que ella me ame

cual rey que en las monedas ha estampado su efigie

para darles valor; toma mi corazón

hoy demasiado bueno y grande para mí.

El poder pesa al débil, los objetos brillantes

embotan los sentidos; más hay, menos lo vemos.

Cuando me hayas dejado junto con la razón,

sólo la fantasía que es alma, es reina, es todo,

podrá darme alegrías más mezquinas que tú,

convenientes tal vez y más proporcionadas.

De modo que si en sueños eres mía, lo eres:

todas nuestras venturas son fantasmagorías.

Puedo rehuir por eso de la pena que es cierta;

el sueño traba el juicio y todo lo demás.

Después de una perfecta fruición despertaré,

y al despertar de nada tendré que arrepentirme;

al amor en sonetos diré mi gratitud

en multiplicación de penas, pompas, lágrimas.

Amado corazón, dilecta imagen, queda;

la verdadera dicha también es como un sueño;

aunque aquí te demores, ah, qué raudo es tu paso,

de igual modo se tornan en pavesa los cirios.

Mas henchido de amor yo prefiero estar loco

con tanto corazón, que idiota y sin ninguno.

 

Aparición

Cuando me hayas matado con tus burlas

y creas, oh asesina, que estás libre

de mi persecución,

¡vestal falaz!, se acercará a tu lecho

mi espectro y te verá entre peores brazos.

La luz de tu candil parpadeará

y aquel de quien estabas ya cansada

que para despertar pellizcarás

te esquivará y haciéndose el dormido,

creerá que pides más.

Y tú, tiemblo, infeliz, abandonada

con mercurial sudor yacerás fría

más espectro que yo.

Hoy lo que te diría no diré

por no ayudarte. Exhausto está mi amor.

Quiero la contrición más dolorosa,

no tu inocencia frente a mi amenaza.

 

 

 

marvell.jpg

 

 

Andrew Marvell (1621-1678)

 

A la púdica dama

Si universo y el tiempo nos sobrara,

no sería crimen tu pudor, señora.

Sentados, lentamente pensaríamos

cómo pasar nuestro amoroso día.

Tú en las índicas márgenes del Ganges

rubíes hallarías; yo, lamentos

junto al Humber azul. Te hubiera amado

diez años antes del Diluvio, y tú

podrías rechazarme, si quisieras,

hasta la conversión de los judíos.

Mi amor vegetativo cundiría

más vasto que un imperio y más despacio:

pasaría cien años de mi vida

celebrando tus ojos y tu frente;

doscientos adorando cada seno;

treinta mil años para todo el resto;

dedicaría un siglo a cada parte,

para llegar, por fin, al corazón.

Tú, señora, mereces este culto,

y yo, por menos, nunca te amaría.

Pero detrás de mí oigo, sin descanso,

llegar, del tiempo, la carroza alada,

nos circundan, se extienden, persistentes,

los desiertos de vasta eternidad.

Se perderá muy pronto tu hermosura,

y en la tumba de mármol no se oirá

el eco de mi canto y los gusanos

probarán tu ritual virginidad;

tu arcaico honor se habrá tornado en polvo,

se volverá en cenizas mi codicia.

La tumba es un selecto sitio, íntimo,

mas sospecho que allí nadie se abraza.

Ahora que el clamor de tu frescura

brilla en tu piel con diáfanos rocíos,

mientras exhala tu alma venturosa

por cada fibra tu inmediato fuego;

dejémonos gozar mientras podamos,

como amorosas aves de rapiña

devoremos el tiempo ávidamente,

y, sin languidecer en su dominio,

envolvamos las fuerzas que tenemos,

nuestra dulzura, en un cerrado círculo;

entremos sin temor con nuestras dichas

por el portal de hierro de la vida;

y ya que no podemos detener

el sol, forcémoslo a correr, señora.

 

 

 

 

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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Ensayos
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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
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