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24 febrero 2013 7 24 /02 /febrero /2013 02:40

 

 

 

 14 february b

 

 

 

 

A Anna Fioravanti

 

 

Viendo llegar la hora de dormir con sus padres, el viejo Bachiller se aprestó a hacer uso de sus últimas máscaras, en las que era perito, tan perito como en las leyes de los infolios y en las virtudes y malandanzas de los hombres.

Máscaras habían sido sus acrósticos para esconder, y, sin embargo, como en espejo turbio, dejar sellar su nombre a la labor de su juventud. Máscaras habían sido los rituales ajenos, que ahora se aprestaba a repetir por vez postrera. Máscaras las morales en las que no creía, salvo en la escéptica y epicúrea que, un día lejano, la deslumbrada lectura de unos versos de Lucrecio le habían revelado, como una centella en la noche caliginosa.

Llamó a escribano e hizo testamento. Legó los libros de las leyes a sus hijos, como una carga ímproba pero útil para sobrevivir y seguir poniendo máscaras ante la infinita y cruel veleidad del mundo. No hizo mención de los libros de amena literatura, que tantas horas de placer le habían reportado. Prefirió un testamento grave, escueto.

Llamó al cura del lugar, que pese a las desconfianzas de rigor guardaba tantos secretos y máculas como él mismo. Hizo su confesión, perfectamente calculada para saber que ningún desmadre de conciencia perturbaría los previsibles hábitos del confesor. Dijo lo que este se aprestaba a oír; fue convencional; exageró algún pecado de liviandad inventado, recargó alguna contrición, fraguó remordimientos y pulió el mea culpa para liberarlo de la hipérbole. El otro prosiguió con la comedia, exculpó lo previsiblemente exculpable, dijo también lo que se esperaba oír. Abundó en latines de construcción pedestre, brindó los viáticos.

En su fuero interno, el Bachiller no dejó de recordar las monedas que Caronte exigía, pero ese exceso de pedantería, justo ahora, le hizo sonreír. Mentar erudiciones en el instante en que sólo la llaneza es respetable, lo convenció de que las máscaras se habían apropiado de él hasta el punto de ser llaga incurable que penetra y penetra sin que sangradores y boticarios logren otra cosa que la letanía del ensalmo. Moría como había vivido.

Ya sin curas ni escribanos, acarició los lomos de los libros. Eran pocos, pero preciados. Algunos tan gastados que parecían deshacerse en polvo. No habría tiempo para nuevas relecturas. Allí estaba el Lacio y sus fábulas que llegaban en fantasmagóricos tentáculos a la India y a la Escitia. Allí estaba el nuevo Lacio, la Italia de Petrarca y de Ariosto y de las comedias bajas y sutiles. Eneas Silvio, que de rufianesco pasó a ser Papa. Allí estaba su patria – patria de máscara tras máscara – con correntadas del Tormes y del Betis. Acarició a Juan Ruiz, el Arcipreste, como quien acaricia a un padre fecundante y senil al mismo tiempo. Salteó un volumen, como quien quiere olvidar las sazones de la juventud perdida. Y se detuvo en un tomito de Terencio.

Había muchos ejemplares de Terencio, pero eso no era sospechoso. La manía del coleccionismo hacía que muchos toledanos y salmantinos compitieran en acumular ediciones. Cuál vernácula, cuál del Véneto, cuál de Amberes. Pero el que escogió era falso, salvo en la portada y en las primeras y últimas páginas. En su corazón hablaba una lengua que Terencio ignoró, y que él, el Bachiller, había empezado a olvidar. Los caracteres, suaves y angulados al mismo tiempo, le recordaron abuelos y golpizas y llamaradas y beatas expertas de espionaje tanto como en decires turbios y coseduras de virgos. Cerró los párpados para verlos mejor. Leyó en voz baja, en un tono de prosa mascullada. Otra vez se rió – otra vez esa erudición impertinente – y otra vez miró el libro que había dejado sin tocar. Si supieran, se dijo, que allí más que de Plauto y los itálicos había deuda de siglos de diatribas rabínicas, de esas que se niegan al silogismo, de esas que parecen un panel de abejas donde las celdas del razonamiento colindan y ninguna se atreve a dar la respuesta clara y definitiva.

Cerró el falso Terencio, porque la vejez posee esos milagros de la memoria súbita ante lo más arcaico, cuando apenas puede recordar el crepúsculo de ayer o las líneas de un libro novísimo, de esos que ahora inundaban la Hispania en nuevos metros y donaires de dulzura toscana, desterrando las ruinas del fierro de Castilla.

Prosiguió musitando las líneas recordadas, mientras el fuego se complacía en el falso Terencio y jugueteaba en figuras de ribetes fantásticos, para después el rescoldo, la ceniza, la nada.

Repitió las frases de Moysén – con fe en su propia sangre más que en la verdad de las palabras. Se encomendó al Adonay d’Avraham, d’Isac e de Yakub, y le agregó a su padres, abuelos, bisabuelos, con quienes pronto dormiría. El Dios de Jesucristo esperó en vano sus plegarias, mientras la tarde se disolvía en sombras, y los deudos acechaban como plácidos chacales.

La repartija se hizo, que no era mucha la cosa a repartir. Hallaron lo esperable. Sólo algún avisado se maravilló de que entre sus libros, de entre treinta o cuarenta ediciones que por el orbe andaban, una sola Celestina había, y en tan buen estado, casi nueva, como si el Autor poco se hubiese solazado en hurgar en la más esplendorosa de sus máscaras. 

 


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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Poesías
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  • : El blog de Juan Carlos Sánchez Sottosanto
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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional. Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".

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