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16 diciembre 2012 7 16 /12 /diciembre /2012 03:13

 

 

 

a lo perdido

 

Estar en la parada

del 126 a medianoche.

Bombea la ciudad niebla del río

y humo desde todo.

El tráfico por fin

tranquilo.

Pero el bondi no viene.

Somos ya más de veinte en la parada.

Pero el bondi no viene.

Todos juegan con el celular.

Algunos fuman.

Todos temen el rostro del vecino.

De pronto la avenida se adesierta.

 

*

 

Una luz no naranja, no esperada,

una línea de micros que jamás

se acerca a la Avenida Directorio.

El chofer se detiene. Están vacíos

toditos los asientos.

Nos invita a subir. Desconfiamos.

Nos dice no sé qué de un conflicto entre gremios.

La empresa del 126, teniendo en cuenta

a los usuarios, blablablá, hace convenio

con las líneas foráneas.

Nos subimos.

Hay desierto y hay niebla y hay ceniza.

 

*

 

Nadie toca los timbres.

Nos quedamos dormidos. Yo despierto.

Los durmientes babean. El chofer

silba un tango olvidado hace ya tiempo.

No estoy en Directorio ni en San Juan.

Ni siquiera estoy en Buenos Aires.

Ni siquiera en el conurbano.

Estoy por gritar algo.

Me callo.

Me duermo. Me despierto.

Conozco este paisaje.

 

*

 

La Ruta 2 quedó hacia un costado.

El asfalto termina.

El camino es de tierra con arena.

Queda atrás la laguna desecada

con sus juncos ya fósiles.

La curva se llena de palmeras.

Después los consabidos eucaliptos.

Después la pampa pura,

vegetal, planetaria,

ocre y gris y verde enfurecido

por las luces del alba.

Por aquí anduve con mi amor.

Por aquí los cardales son humildes

y aún restan cina-cinas, y los talas

multiplican espinas.

Flores de tallos duros,

pequeñísimas,

azules o purpúreas,

nimiedad imperial sobre las costras

de arcilla y de arenisca

que ayer fue mar y coral y ballenatos.

Si pudiera gritar,

gritaría el nombre de mi amado.

Si pudiera gritar,

diría que no falta mucho.

Yo conozco un atajo

bordeado de cigüeñas y de teros

que lleva hasta mi pueblo.

Que lleva hasta la casa de mi madre.

Que lleva hasta los pechos de mi madre.

Que lleva a los paisajes que en diez años

destruyeron: las casas

sin ochava, los viejos almacenes

de negro ladrillo antaño rojo

donde crecen pequeños alamitos

torcidos en su búsqueda del sol.

Que lleva a las bombas sapo

y al cordel de medir de la memoria,

donde caben los muertos,

los orates, los crotos de mi infancia.

Pero no puedo.

Ese atajo se oculta.

La bahía está cerca.

Las ruedas patinan en el barro

que después es escuerzo y es cangrejo,

tremendo tremedal,

magma verde entre el océano y la tierra.

 

No me asombran los gritos.

 

Yo soy el invasor, cómo ignorarlo.

La indiada se anuncia con incendios

y vuelo de chajases y corridas

de liebres, de avestruces, de vizcachas.

Y me estoy frente a frente

de la frente cetrina ataviada de guerra.

Ya soy grande para ser cautivo.

¿Quién por mí pagaría algún rescate?

A la espera estoy de la lanzada

tacuara que me clave para siempre

en la roncha vegetal de mi deseo.

 

Nov-dic 2012

 

 

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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Poesías
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  • : El blog de Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • : Un blog para poesías propias, traducciones y ensayos
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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional. Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".

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