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15 diciembre 2013 7 15 /12 /diciembre /2013 17:24

 

 

 

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En sendos ensayos anteriores hemos hurgado en imaginarios hispánicos y de la América colonial respecto al Orbis Novus y las posibilidades de una “Nueva Iglesia”, aunada a los múltiples motivos respecto a “Israel”: mitos de fundación, escatologías y analogías. En el presente, nos centraremos en una quijotesca y desgraciada figura, la del “hereje” Fray Francisco de la Cruz, que en sí mismo sintetiza –extraño caso- todo lo anterior. Personaje de las postrimerías del XVI limeño, que será necesario contextualizar y, también, intentar vislumbrarle posibles consecuencias a largo plazo.

José Toribio MedinaLa historia de nuestro fraile permaneció por mucho tiempo llenando interminables legajos polvorientos de la Inquisición, amontonados en los archivos de una aldea española, Simancas. Sin embargo, el revuelo que armó su caso no pudo dejar indiferente a la sociedad peruana de entonces, y algunos ecos (deformados) llegaron a textos de la península por los siglos XVI y XVII; textos no demasiado conspicuos, de escasa difusión, y algunos tan tardíos como los Triunfos de la castidad, de Francisco de Posadas, ya en los umbrales del XVIII, arremetiendo contra en el misticismo molinosista. El verdadero descubrimiento se avino con los historiadores liberales del XIX, tímidamente con el polígrafo peruano Ricardo Palma (Anales de la Inquisición de Lima), y, sobre todo, el chileno José Toribio Medina, que en una búsqueda de papeles de Indias dio con los archivos de Simancas para asombro suyo y del mundo. Marcelino Menéndez y Pelayo, para su magna Historia de los heterodoxos españoles, había revuelto mil bibliotecas sin jamás pisar esa aldea: la archivística no era lo suyo. Ni lo teológico era el afán de Medina, quien sin embargo logró copiar los archivos –donando las reproducciones a la Biblioteca Nacional de Chile-,  y extractarlos en libros que aún hoy siguen siendo fundamentales: monografías dedicadas a las Inquisiciones de Lima, Cartagena de Indias, México y Filipinas, y otras dos a la influencia de la primera en Chile y en el Río de la Plata. Sin embargo, no pasó a un análisis concienzudo, salvo algún anatema en las conclusiones finales, al modo típico del liberalismo anticlerical y finisecular. El affaire Fray Francisco de la Cruz ocupa un largo capítulo del primer volumen dedicado a la Inquisición limeña.

El personaje sería exhumado nuevamente en la segunda mitad del XX, en libros y artículos fundamentales de Marcel Bataillon, Álvaro Huerga (a quien debemos la inapreciable transcripción de actas de su proceso), Vidal Abril Castelló, Ana de Zaballa Beascoechea, Lucero de Vivanco-Roca Rey, etc. Con todo, conviene advertir que nos apartaremos de ciertas conclusiones a las que algunos de estos ilustres especialistas arribaron:

1 - La enfermedad mental del fraile. Un antropólogo forense puede darnos con certidumbre datos esenciales sobre la vida y muerte de un occiso, no importa cuánto sea el tiempo transcurrido. Pero hacer un diagnóstico mental de un personaje del pasado, more psiquiátrico-biologicista, more psicoanalítico, nos parece (además de nuestra insapiencia) un modo bastante petulante de explicar las cosas. En esa boutade incurrió hasta un Menéndez Pidal con respecto a Las Casas, y se equivocó de pe a pa; la costumbre ha persistido sin embargo, como si un vademécum médico de hoy pudiera adaptarse a tipos y sociedades de antaño. Por otra parte, hasta el pragmático William James nos ha demostrado hace más de un siglo que las variedades de la experiencia religiosa son múltiples, aunque hoy nos puedan parecer descabelladas, y atraviesan todos los confines del espacio y del tiempo. Y, oh casualidad, se suele juzgar visiones y hierofanías como formas esquizoides cuando coinciden con heterodoxos inclasificables, y no, por ejemplo, con figuras como una Santa Teresa o un San Juan de la Cruz.

 2 - El asunto no tuvo antecedentes ni consecuencias. Los hechos, por singulares que sean, no están aislados. Hemos visto el fervor con que se recibió al Orbis Novus por tierras de España y Nueva España como hecho religioso. Veremos que Fray Francisco no estuvo solo en su proyecto y que, pese a que a su experiencia goza de una radicalidad de la que carecieron otras, la historia siguiente de la espiritualidad colonial está lejos de un conformismo con el status quo impuesto desde Roma o la burocracia española postridentina. Con más sutileza y menos escándalo, otras rutinas postreras adocenaron la de nuestro rebelde; experiencia que, aunque escondida en apariencia entre las mazmorras de la Inquisición, trascendió los muros y pregnó, de un modo u otro, la solo en apariencia plácida cotidianeidad limeño-colonial.

 3 - Su condición de andaluz. Que el humor folklórico nos hable de las andaluzadas, vaya y pase. Que un historiador eclesiástico de la talla de un Huerga nos haga partícipe de sus prejuicios, es una aberración, moral y académica.

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toledo.jpgLos hechos fundamentales en la vida de Fray Francisco de la Cruz coinciden históricamente con los del más grande virrey del Perú, don Francisco Álvarez de Toledo, cuyo mandato abarcó casi doce años (1569-1581) y un territorio inmenso que iba de Panamá hasta el Plata, y que se dio en recorrer, organizar  y judicializar, de manera sabia a veces, draconiana otras, pero dejando sentadas las bases para los dos siglos de administración siguiente. La historia de conquista y colonización del Perú es un sucedáneo de vértigos, crímenes macabros, desmembramientos de un sólido imperio, guerras civiles entre sus conquistadores, virreyes ineptos, rebeliones blancas e indígenas, órdenes religiosas enfrentadas, una paupérrima cristianización de los indios si se compara con la de Nueva España, una sed extractiva de oro y plata que provocó mil abusos; querellas obispales, ausencia de vocaciones, frailes y sacerdotes rurales que ni residían en sus lugares de servicio, etnias múltiples que merced a la particular geografía podían soslayar aún la injerencia española. Contra todos esos frentes intentó luchar, con mayor o menor éxito, el Virrey Toledo, mejorando las comunicaciones, corrigiendo algunos abusos, legislando en materia de mita, encomienda y yanaconazgo, enfrentando a los piratas ingleses, y sofocando todo intento de rebelión, real o imaginario. Si antes de él el vasto movimiento del Taky Onqoy –una suerte de ecumenismo indígena contra el dios cristiano, en el que las distintas huacas formaban ahora un panteón único para expulsar al hispano, con acólitos que usaban del baile y del trance para cargarse de poder- había sido medianamente entendido y detenido por los franciscanos, Toledo intentó en vano la conquista de los chiriguanos, y aplastó, de manera harto inicua, el imperio Neo-Inka de Vilcabamba, que los Austria habían permitido en condición de vasallo. La muerte de Túpac Amaru I (1572) fue percibida, casi con unanimidad en todos los estratos sociales, como una injusticia innecesaria; también así lo entendió Felipe II. Pero el régimen de disciplinamiento y control estaba impuesto; Toledo arribó junto con la Inquisición limeña (con la que luego tendría pésimas relaciones), a la que consideraba indispensable para la salubridad espiritual de tan inmensurable territorio. Detalle paradójico: uno de los clérigos que más rogó por esa “necesaria” Inquisición fue Fray Francisco de la Cruz. El que escupe hacia el cielo…

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La Inquisición llegó con grandes ínfulas, escasos recursos, teólogos de ínfima formación y enormes deseos de prebendas. Chocó de inmediato con el obispo de Lima y con el propio Virrey, que apenas pudo proporcionarles un edificio poco apto para el secretismo inquisitorial. Peor les fue en la selección de burócratas que no tuvieran antecedentes deshonrosos y una alfabetización mínima. Las luchas de poder se vislumbraron de inmediato dentro de los propios inquisidores, con las consecuentes denuncias mutuas que eran leídas meses más tarde por el burócrata por excelencia, Felipe II. En poco tiempo, el Santo Oficio fue visto como una organización temible y corrupta, más deseosa de confiscaciones, rentas y honores que de una vigilancia espiritual. Pero los autos de fe llegaron a ser espectáculos públicos esperados con anhelo.

Muchos eran los campos en que debía intervenir. El más frecuente, el del crimen de “solicitación”, es decir, sacerdotes que aprovechaban el momento de la confesión para estuprar o violar a las confesantes; asidua también era la “barraganía”, la convivencia de frailes y sacerdotes con una o más amantes. El folklore llegó a crear el mito de la “mulánima”, un monstruo nacido de esas uniones ilegítimas. Pero las penas eran relativamente leves si se tiene en cuenta el sufrimiento de tantas víctimas: amonestaciones y “destierro”, traslado a otra parroquia donde inevitablemente las solicitaciones se reanudaban. Paradójicamente, mientras que millares de indios fueron aperreados o estaqueados por ser “muy putos” (la expresión es del cronista López de Gomara), la sodomía entre sacerdotes no era juzgada. La “blasfemia” también era castigada, pero levemente, porque se consideraba que el maldecir y meter a Dios o la Virgen de por medio era parte del sanguíneo carácter español.

Los indios, por mandato real, no debían ser juzgados si recurrían al sincretismo o se desviaban de la fe cristiana; debían ser tratados “con dulçura”; no siempre se tuvieron en cuenta las Reales Cédulas al respecto. Nueva inconsecuencia, negros y mulatos no entraban en la égida de la “dulçura”, aunque solían tenérseles consideraciones por su “ygnorancia”. Pero la preservación de la fe se centraba en tres enemigos principales. El nomenclador era preciso, aunque vago su uso; los indios eran “gentiles” o “bárbaros” y por lo tanto dignos de consideraciones especiales. No así los seguidores de “la secta de Mahoma”, los partícipes de “prácticas judaycas” y los “herejes”.

Los primeros eran buscados por la consabida diáspora comenzada en 1492; sin embargo, los casos fueron relativamente pocos en América. Contra los judíos o sospechosos de serlo, ya hemos visto en un ensayo anterior cuánto ensañamiento hubo en la primera mitad del XVII. “Hereje” era una categoría a la vez dúctil y manipulable, o de compartimientos estancos muy poco ligados con la realidad. Allí podían entrar los adivinos y nigromantes, los que hacían pacto con el Demonio (pactos que eran creídos a pie juntillas), posesiones demoníacas en las que las víctimas no habían hecho “pacto” alguno, y las herejías propiamente dichas, las desviaciones de la verdadera fe cristiana católica apostólica romana, fuere por parte de extranjeros o de antiguos fieles ahora seducidos por el Diablo. La categoría podía subdividirse, a veces con los parámetros de la antigüedad pagana (epicúreos, ateos) o los de los heresiólogos de la Patrística (arrianos, maniqueos, novacianos…). Ítems muy superficiales y anacrónicos, pero que ayudaban a los encasillamientos. Sin embargo, el peligro mayor era el de los “lutheranos”, riesgo nuevo de la cristiandad. Una ignorancia supina hacía que los inquisidores metieran bajo ese rótulo a erasmistas, luteranos propiamente dichos, calvinistas, y sobre todo anglicanos, de dogma y culto tan cercano al católico. Las principales víctimas eran los piratas ingleses u holandeses, que, nueva paradoja, no entraban en los fueros civiles sino en los eclesiásticos. Los que no eran quemados se “convertían” tras unas cuantas sesiones de tortura en los que la lengua era un verdadero impedimento; los unos no entendían el latín ni el español, los otros ni el inglés ni el holandés. Si los piratas tenían facilidades para las lenguas, podían abreviar el duro trámite.

Por último, eran también considerados “lutheranos” los iluminados por visiones especiales de ese vasto fenómeno que dio en llamarse “alumbradismo” en las dos riberas oceánicas, y que reunía a su vez a portadores de éxtasis, partidarios de la oración interior y enemigos del culto externo, pero también a variantes donde el erotismo jugaba un fuerte papel revulsivo de explosividades nunca mensurables. Gran espacio tenían allí las “beatas”, es decir, aquellas mujeres que no podían entrar en estado conventual pero que solían reunirse en cofradías o beaterios, o andar por las calles con total libertad.

El caso de Fray Francisco fue tan desconcertante que el nomenclador quedó chico y reunió casi todas las categorías precedentes. Y tan agotador que no solo terminó con su propia vida sino casi con la de los propios inquisidores.

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castillo_lopera_o_c.jpg_1306973099.jpgFrancisco García Chiqueros Alonso para el mundo, Fray Francisco de la Cruz para la religión, nació por 1530 en Lopera de Jaén, Andalucía, hijo de labradores ricos. Demostró gran inteligencia y vocación religiosa desde niño, pese a los maestros mediocres de su ambiente. Quiso ir a Salamanca, pero una enfermedad se lo impidió. Su padre quería que estudiara en Granada, pero se escapó y fue a dar a la Universidad de Alcalá de Henares. Artes liberales, teología, griego. Fue un buen alumno y un estudiante juerguista. Se entusiasmó con los jesuitas y practicó los Exercisios ignacianos. Pero de golpe se pasó a los dominicos reformados, y se metió a fraile en Nuestra Señora de Atocha, Madrid. De allí a Toro y luego a Valladolid, capital dominica por excelencia. Conoció a Fray Bartolomé de las Casas, que sin duda le contagió el filoindigenismo, amén de que, como vimos en un primer ensayo, fue un tímido anunciador de un futuro paso de la Iglesia de Europa a América: no debemos olvidar este detalle a la hora de buscar influencias. Se unió al cenáculo de Bartolomé de Carranza, arzobispo de Toledo, considerado una de las luminarias de la teología del XVI. Entró en su círculo hasta que Carranza, en el proceso más célebre de la historia eclesiástica española, fue acusado de hereje por Melchor Cano; proceso interminable que llegó hasta Roma, pero que dejó despavoridos y estupefactos a sus amigos. De pronto el hábito dominico se hacía sospechoso. Fray Francisco, ya considerado una eminencia en potencia, es llamado a dar clases en la Universidad de Valladolid. Temeroso, elige probar suerte en el Orbis Novus. Sale de Sanlúcar y llega a Lima con otros cincuenta frailes: corría el año 1561. Es maestro de novicios, lector de teología, predicador eficaz en aldeas indígenas, trabajador concienzudo en Charcas, hoy Bolivia. Su prestigio es inmenso; llega a ser el cuarto Rector de la Universidad de Lima, y el arzobispo de esa ciudad, Loaysa, lo recomienda (sin éxito) como obispo auxiliar. Es convocado como teólogo asesor en asuntos espinosos. Peligrosamente, expone que a los indios, por sus capacidades intelectuales menores, debe predicárseles un credo reducido, sin abstracciones complejas como la Trinidad, un credo centrado en Dios y en las recompensas de ultratumba.

CERAMICAS-MOCHICAS.jpgPero de carne somos, y Fray Francisco no era la excepción. Mientras que por escrito maldecía de las ciencias ocultas, en su vida privada se rodeaba de anillos mágicos y se hacía amigo del célebre astrólogo, viajero e historiador de Indias, Pedro Sarmiento de Gamboa. El fiscal lo acusará más tarde de haber invocado demonios y hasta de tener uno “familiar” que le enseñaba rispideces de la teología y le traía noticias de España. Gustaba disputar en querellas more escolásticas, en las que ganaba amigos y enemigos. Se flagelaba contra los “pecados de la carne”, pero la ascética le resultó en vano. Practicó el “pecado nefando” con otros frailes y amigos, pero tampoco le hacía ascos a las mujeres ni mucho menos; al modo alumbradista sevillano, terminó justificando teóricamente estas “caídas”. Era simpático. Como muy pocos españoles en general y muchos andaluces en particular (y de esto sí hay estadísticas), llegó a sentirse más criollo que peninsular, más limeño que loperano. Se integró a la sociedad americana y deseó lo mejor para ella; por eso escribió sendas cartas a Felipe II, pidiendo a los jesuitas para mejorar la educación peruana, y a la Inquisición para salvaguardar la fe. Ambas cosas le serían concedidas. Amó a su grey indígena: no muchos de su entorno podían decir lo mismo. En cambio, sí eran muchos los frailes y sacerdotes que gustaban de la nigromancia o que no tenían escrúpulos con la sodomía o la fornicatio.

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En 1568 arribó la primera camada de jesuitas, que fue recibida hospitalariamente por los dominicos; un año después llegó la Inquisición. Esta venía, por supuesto, con la herejía en miras; los jesuitas, con la educación a cuestas. Pero una de sus primeras pruebas no fue precisamente pedagógica. Debieron enfrentarse a un exorcismo que los dejó exhaustos y traería consecuencias a largo plazo.

María Pizarro (no sabemos si era descendiente del conquistador) era miembro de una familia numerosa, analfabeta –casi un rasgo suntuario en las primeras generaciones de mujeres limeñas- y sumamente díscola según sus parientes. La criolla comenzó a hablar en voces extrañas y blasfemar al por mayor. El clero fluctuó primero entre una enfermedad mental y la posesión demoníaca; terminó decidiéndose por la segunda. Los demonios eran cada vez más numerosos y promiscuos. Se intentó exorcizarla en su casa, y en vano; con el exorcismo menor, y en vano; con el exorcismo en una iglesia dominica, y en vano. Los demonios se iban y regresaban en huestes: la obligaron a pactar con el propio Satán. Por último se realizó un exorcismo mayor en una iglesia jesuita –el ápice del santo remedio-, y hasta con un sacerdote que podía exorcizar “de memoria” y sin el manual a mano. Por supuesto, las idas y venidas se convirtieron en espectáculo y expectativas públicas; los limeños no podían resistirse a la tentación de visitar a la muchacha de tumultuosos fenómenos diabólicos. Uno de los últimos exorcismos pareció dar resultados, pero quizás en demasía... Porque María Pizarro trocó los demonios por los ángeles y comenzó a tener revelaciones divinas. Tanto dominicos como jesuitas se dividieron ahora en dos bandos, los “angelistas” y los “demonistas”, es decir, aquellos que creían que el ángel era real, y los que sospechaban que eran los viejos y perversos demonios disfrazados de seres celestes para mayor engaño. Entre los primeros, surgió un auténtico fervor, que involucró a muchos. En mor de la verdad, hay que decir que Fray Francisco, curioso como era, llegó a la Pizarro tardíamente, remplazando a otro fraile ausente. Pero ya no pudo olvidarse de la moza. Llegada la Inquisición y reacomodada la clerecía, el grupo angelista se dispersó por el amplio territorio. Fray Francisco logró permanecer en Lima, pero un compañero suyo fue a dar a Quito. Allí empezó éste a enfermar, y a la flacura siguieron las dudas sobre la angelidad del ángel, y a las dudas los remordimientos. Se autodenunció ante el obispo quiteño e involucró a Fray Francisco. La tragedia se iniciaba.

Una vez más, debemos aclarar sobre lo ya aclarado: los criterios modernos no nos sirven para explicar tampoco el affaire María Pizarro. Ella misma, su familia, sus exorcistas, la sociedad entera, creyeron a pie juntillas en la posesión. No nos sirve patologizar retrospectivamente. Véase el hermoso libro de Aldous Huxley Los demonios de Loudun (con la consecuente y magnífica ópera de Penderecki) y hallaremos que el fenómeno se dio en toda la Europa de las postrimerías del XVI y en el entero XVII, para menguar sospechosamente en el XVIII. Y añadimos nosotros. Que ocurrió en territorios católicos y protestantes, escandinavos y latinos. Que conventos enteros fueros “poseídos”, que fue cosa de las elites y de las clases bajas. Que tomó las subformas de posesión, visiones seráficas o brujería, y fueron salvajemente reprimidas por luteranos, calvinistas, anglicanos y católicos. Que en Lima y Chile tenemos ejemplos de monasterios enteros donde el Diablo metía la cola tanto como en Francia o Italia. Quizás nos sirva más una explicación sociológica que la psiquiátrica; mujeres por millares dueñas de lo sobrenatural… ¿no es más bien una contracultura femenina contra el status quo que patriarcaliza aún más la sociedad, tras el comunitarismo todavía respirable de las eras medievales? Resulta paradójico que este sea un fenómeno más de la proto-modernidad que de la vapuleada Edad Media.

Y sin embargo, esto tampoco debe traspasar el plano de la mera hipótesis.

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Fray Francisco compareció ante la Inquisición en octubre de 1571; a fines de febrero del año siguiente ya era preso. Podemos decir que, pese a retractaciones parciales más fruto de sus propios laberintos internos que de la hipocresía, fue un artífice privilegiado de su propia tumba. No solo se declaró partidario de la verdad del “ángel” de la Pizarro –y lo identificó nada menos que con San Gabriel Arcángel- sino que en el racconto de su propia vida no ahorró en informes escritos, numerosos, detallados, que ni siquiera le habían sido pedidos. Inclusive comenzó a hablar de un misterioso niño que traería la salvación al Perú.

La Inquisición multiplicó detenciones y procesos, en los que no ahondaremos por falta de espacio; digamos que en gran parte de la “herejía”, Fray Francisco estuvo solo, pero la secta “angelista” se las vio negras. Por cuestiones de Bulas protectoras, los dominicos la pasaron mucho peor que los jesuitas, aunque estos tampoco se salvaron del todo. María Pizarro, atemorizada, dejó de golpe y porrazo de tener visiones, infernales o empíreas. Lima se conmocionó; los testigos espontáneos abundaron. Pero el peor testigo fue nuestro propio fraile. Siempre hablando más de la cuenta, descargó su conciencia sobre “solicitaciones” y amores pasados. La embarró del todo cuando reveló la identidad del niño. Gabriel, o Gabrielico, como lo llama siempre cariñosamente, estaba siendo criado por una suerte de celestina, doña Beatriz, pero su madre era una criolla casada con un militar que servía a quinientas leguas de Lima. Se llamaba Leonor de Valenzuela; el padre de la criatura no era otro que el propio Fray Francisco. Compungido por la noticia del embarazo de su amante, había pedido ayuda al “ángel” de María Pizarro. Este le había consolado, con admoniciones a la castidad de ahora en más. Pero ese mismo ángel fue el que le comunicó los destinos mesiánicos de Gabrielico, nuevo Juan Bautista, nuevo Job, nuevo David, nuevo Salvador. San Gabriel y San Dionisio eran los veladores de esta escatología en plena realización.

La Inquisición aprisionó y liberó a Leonor; desterró al niño separándolo de su madre ante el peligro de que Lima creyera en ese Salvador hijo del adulterio. Fray Francisco continuaría más de un lustro en el endeble edificio que el virrey Toledo había concedido al Santo Oficio.

También fue procesada María Pizarro, pero atinadamente confesó su pacto diabólico y su reconversión actual a la Santa Iglesia; no escatimó cizaña contra los clérigos presos, y hasta acusó al jesuita Pérez, libre por ahora, de haberla violado, golpeado y masturbado sobre su vagina. Fue liberada y retornó a las visiones, ahora ya en agonía. Muere a los 23 años.

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El juicio a nuestro fraile pasó por infinitas facetas y percances. Como era de costumbre, se le puso un abogado defensor, pero este se perdió en las marañas teológicas y pidió un asesor en dichas artes. El teólogo adjunto solo proponía la retractación; Fray Francisco renunció al teólogo y al abogado y asumió su propia defensa.

Se mantuvo en sus quince en cuanto a la “angelidad” del espíritu de la Pizarro. Se le acusó luego de sedicioso contra el rey, asunto que más incumbía al fuero civil que al eclesiástico. No era tiempo de bromas al respecto, el virrey Toledo bien lo sabía. Pero no había revueltas a la vista y el tema fue perdiendo relevancia. Se pasó a los anillos mágicos y posibles pactos con el Demonio; el fraile no negó su curiosidad, pero supo defenderse bien dentro de los parámetros de la época. Había frecuentado la astrología, una disciplina que aún gozaba de prestigio y hasta protección papal, pero nunca la nigromancia. En cuestiones de sodomía, el Tribunal debió declararse incompetente. Mucho más arduo fue tratar con sus propias revelaciones y exégesis bíblicas, que de entrada superaron con creces las de María Pizarro y una treintena de Pizarros si las hubiese.

Es discutible la tesis de Huerga de que las tales hayan nacido en las mazmorras inquisitoriales; prefiero creer en un largo período de maduración que vendría de su formación como biblista y estallaría con su paternidad y el encuentro “providencial” con la posesa. En las cárceles, el fraile jamás pudo obtener una Biblia completa tal cual solicitaba, y debió conformarse con citas de los breviarios y libros de oraciones. Con todo, tejió una red de bases escriturísticas imposible de armar sin una larga meditación previa; tejió a los Salmos con Isaías, a este con Daniel, a este con el Apocalipsis, usando su memoria privilegiada.

La metodología era antigua, el contenido era diferente: vino nuevo en odres viejos, para citar a Jesús. Se valió de los diversos sentidos que la tradición medieval asignaba a cualquier pasaje sagrado: el literal, el alegórico, el tipológico, el anagógico, el acomodaticio. Claro que ahora todos esos sentidos confluían en él mismo, y en otros protagonistas del drama: María Pizarro y su “ángel”, doña Leonor, Gabrielico. Y si tenemos en cuenta nuestros dos ensayos previos, muchas de sus ideas no eran en absoluto novedosas, sino llevadas a una radicalidad que, de cumplirse, lo hubieran convertido en el heresiarca más importante de toda la hispanidad. Tampoco fue un pensador sistemático; erigido en profeta, es precisamente el resquebrajamiento de los sistemas lo que llama la atención, amén de que una mazmorra, la imposibilidad de escribir que pronto le fue adscripta,  y reducirse a dictar a un amanuense delante de jueces y fiscal en sesiones interminables no es la forma más apropiada para ser un Antonio Gramsci avant-la-lettre.

Fray Francisco pasó por un trance al que llamó “locura”; pero también se supo morir y resucitar: una experiencia que no solo remite al Cristo, sino que es una iniciación experimentable en cualquier religión, incluidas tanto las “universales” como las de índole chamánica. Esa resurrección lo afianzó en sus creencias, y ya no hubo inquisidor ni confesor ni amague de tortura que le hicieran retractarse. Supo que todas las profecías bíblicas, que todos los dichos de Jesús, que todos los versículos del Apocalipsis, hablaban una y otra vez de la misma persona: de él mismo, llamado a ser Rey de las Indias, nuevo Papa de la Iglesia, regenerador del Orbis Novus y del entero planeta. Partió de un mito de origen del que ya hemos hablado en otra parte. Los indios eran las tribus perdidas de Israel y, en este final de los tiempos, estaban llamados a la conversión y a que la Iglesia retornase a ellos, dada la iniquidad de los cristianos. Se valió hasta de hipótesis lingüísticas; comparó el quechua y el hebreo, halló similitudes, afirmó que los indios conservaban recuerdos del “maná” del desierto sinaítico. Habían perdido parte de la razón, pero eso los volvía más inocentes, y había que predicarles evitando abstracciones como las de la Trinidad y la Encarnación. Los esclavos negros de África también eran de las tribus perdidas, específicamente de la de Aser; más perversos que los indios, pero también estaban llamados a la conversión.

El Papado y su gran defensor, el rey de España, caerían pronto en poder de los turcos. Y bien merecido se lo tenían. El Papa era una auténtica vergüenza ante Dios, viviendo como un príncipe y no como Pedro, y no habiendo aprendido nada de la experiencia de escisión que el luteranismo había producido en la cristiandad. Dictaba leyes inútiles, numerosas en exceso, cuando lo natural era vivir por un decálogo mínimo. Por ejemplo, el celibato clerical era una aberración contra la naturaleza, y debían pues casarse los nuevos sacerdotes y aún los viejos, y también los frailes y las monjas, para no incurrir en los pecados que a todos saltaba a la vista. Más saludable todavía, le había sido revelada la restauración de la poligamia, como la de los antiguos patriarcas: ello haría más fácil la conversión de los indios-israelitas, y el repoblar el mundo cuando el turco arrasara sin piedad a Europa. Y, como los protestantes, había que poner las Escrituras en lengua romance, no en latín, para que estuviese al alcance de todos, y todos pudiesen ver cuánto contradecían el Papa y sus costumbres depravadas la verdadera ética del Evangelio.

Europa caería en siete años; el extremo –la España de Felipe II- sería la última parte en hacerlo, pero sin remedio, después de Italia y de Francia. Los sarracenos eran el nuevo azote de Dios, la Bestia del Apocalipsis; Felipe podía venirse a las Indias como particular, o morir en batalla. Don Juan de Austria era el Dragón que se hacía adorar, gastando su peculio en honores a su persona en vez de a Dios. El Concilio de Trento mismo sería aplastado, surgiría un antipapa, y los poquísimos cristianos verdaderos serían perseguidos hasta alcanzar la corona del martirio. Los protestantes tampoco serían perdonados por el Turco. Con el poder del Altísimo, Lima sería la nueva capital del mundo; allí él, el ahora vejado Fray Francisco de la Cruz, sería el nuevo Papa, el nuevo Emperador, el regenerador de la ciudad y del mundo. Y lo que él dejara inconcluso, Gabrielico lo completaría.

Su jerga alegoricista es apasionante. ¿Había sido doña Leonor adúltera? Pues también lo había sido el antiguo pueblo de Israel para con su Dios, como decía el profeta Oseas, y sin embargo el Señor se había reconciliado con él. Leonor era, pues, un símbolo de Israel, y pronto sería reina del Israel de las Indias al casarse con Fray Francisco. ¿Hablaba él de guerras? El rey David había sido guerrero, pero su hijo Salomón, un rey pacífico. Así, bajo su mandato correría sangre, pero la tierra sería un Paraíso cuando Gabrielico reinase. ¿No hablaban las Escrituras de dos mujeres simbólicas, una representado a la Iglesia judaica y otra a la gentil? Así María Pizarro era símbolo de la iglesia india, y Leonor de la criolla.

La criolleidad de Fray Francisco no solo se manifiesta en el reguero de sangre que cree ver en Europa; América también sufrirá lo suyo, porque ni el servicio en las minas, ni las encomiendas, ni la mita ni la esclavitud serán apropiadas para el Nuevo Pueblo de Dios. Hay que cerrar las minas devoradoras de tribus enteras, y cultivar el olivo y no los lingotes de oro. En Perú y en México, los israelitas-indios se alzarán contra sus amos, y los peninsulares que no acepten el nuevo Papado con sus beneficios, morirán indefectiblemente. Los indios son “los mansos de la tierra”, y muchos sacerdotes católicos, los verdaderos idólatras. Nueva España y el “Pirú” se unirán en un solo reino, que luego se extenderá hasta los polos, el ártico y el antártico. Habrá nuevos predicadores, heraldos de la paz, que recibirán a los contritos y arrepentidos, enseñarán a los ignorantes, y Dios hasta dictará una nueva Revelación, más allá de la propia Biblia, que será a la vez más simple y clara para llamar a los de corazón puro. Dios no discrimina: “no desecha castas sino vicios y viciosos (…); siendo virtuoso, el mestizo no debe ser desechado”.

Fray Francisco recogía la profecía lascasiana, y la ensanchaba; los anhelos de los “apóstoles” novohispanos, y los llevaba a extremos; el milenarismo medieval, urgido por los apabullantes sucesos de la modernidad naciente.

“Y así digo, que no tengo más que decir, sino que temamos a Dios y nos encomendemos a él, porque está enojado con los hombres y quiere mostrar su ira con unos y su misericordia con otros más clara y públicamente que jamás haya mostrado en el mundo”.

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Auto_de_fe_Lima.jpgOficialmente, fue condenado a muerte en 1576. Pero al veredicto siguieron intentos de que se arrepintiera; fue en vano. Se intentó el recurso de la tortura, pero ya estaba tan flaco y enfermo que, apenas desnudado, los inquisidores supieron que no soportaría un rasguño. El auto de fe se proclamó para el 13 de abril de 1578: más de seis años desde su arresto. El virrey Toledo concedió el permiso, adornó las calles, donó los tablados; hasta se permitió meterse donde no eran sus fueros, y asignar él mismo los asientos para cada concurrente, de acuerdo a grados de amistad y jerarquía. En el aparato burocrático de entonces, eso significaba un atropello. Vacante el arzobispado de Lima por muerte de Loaysa, fue convocado el dominico Fray Pedro de la Peña, obispo de Quito y ambicioso de la silla limeña, para degradar al reo y predicar en la Catedral. Aceptó con suma complacencia, pese a que los “angelistas” condenados eran hermanos de su Orden.

Nueve horas duró el auto, desde los preliminares en las mazmorras hasta el consummatum est del quemadero. Las autoridades y el curioso pueblo solo vieron una parte: el desfile con los atuendos de condenado y penitentes, la tediosa lectura de la sentencia (por “hereje pertinaz, heresiarca, dogmatizador de nueva secta y errores”), la degradación eclesiástica, el sermón, la “relaxación” al brazo secular. Dos versiones hay sobre la muerte; según una, se habría “arrepentido”, lo cual equivalía a ser muerto a garrotazos y luego quemado el cadáver; según otra, fue quemado vivo esperando hasta último momento que los cielos se abrieran para producir milagrosamente el nuevo Papado e Imperio de las Indias. Pero Dios, sospechamos, decidió callar como tantas veces. Moría así una de las más intensas y genesiacas utopías de América, la de un Orbis Novus regenerador del viejo, la de un mundo de blancos e indios, negros y mestizos, judíos y cristianos reconciliados; la de una religión de moralidades y dogmatismos mínimos, para todas las razas y lenguas.

*

Muchos de los “angelistas” dominicos murieron en prisión antes de la sentencia, o salieron en el auto de fe habiendo abjurado de sus errores. Pero la redada cayó ahora sobre los jesuitas, que en realidad habían sido los primeros en intentar el exorcismo de la Pizarro, y quizás también de los primeros en creer en su postrero “ángel”. No nos detendremos en estas causas, que prolongaron el affaire casi una década más. No faltó quien repitiese o testimoniase sobre un tercero que seguía creyendo que la Iglesia y el Papado pasarían a las Indias. Esas voces fueron relativamente inocuas ante la avasallante y avasallada figura de Fray Francisco de la Cruz.

Con todo, no creemos –ya lo dijimos- que el asunto quedara sin consecuencias. Pudo asumir nuevos deseos de reforma, críticas solapadas a dogmas tridentinos, o sutilizarse en imágenes nuevas, acordes al paso de los tiempos. Pudo tomar el rostro angelical de Santa Rosa de Lima, o el de sus hagiógrafos, o el de un apocalíptico sistemático como Gregorio Tenorio; incluso construcciones sincréticas donde los “indios” ya no eran sujetos de estudio y especulaciones ajenas, sino interlocutores ellos mismos desde las posibilidades sincréticas de una sociedad de castas pero mestiza ante todo.

Ya tendremos oportunidad de regresar sobre el tema.

 


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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Ensayos
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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
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