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22 abril 2012 7 22 /04 /abril /2012 19:52

 

 

 


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¿Has calculado las anchuras de la tierra?

Job 38:18

 

I

 

Pese a la diacronía de hemisferios,

pese a la asincronía en la clepsidra,

la luna de Nisán surge en la pampa,

redonda, inmensa, como un botón gigante

sobre la raya gigante que ya cruza

un último amarillo enrojecido

ante el blanco-azul-negro-brillante.

La noche de Moisés ante el Mar Rojo,

la noche de aquel triste galileo

que derramaba sangre entre olivares

retorna aquí: la mar océano

sólo se abre al claro de la luna,

y no hay olivos casi sino ombúes

y espinillos y talas y pinchudos

árboles que bien podrían dar coronas

de espinas esta noche de la pascua,

de grito en esta noche de pesaj.

Sola en  los bordes

de su planeta que es trozo de planeta,

la pampa se abre en útero,

y un encuentro de vientos como trombas

da sones de berridos y vagidos,

simulacros obscenos,

pura esterilidad.

 

II

 

Al borde del abismo,

al borde de la mar océano,

al borde o extramuros

de las definiciones

de rancios diccionarios,

la pampa teje, íntima,

lexical archipiélago,

islas de soledad.

 

Monte, dice el diccionario,

es un cerro o un grupo de árboles

salvajes; pero natura quiso

que en la pampa el árbol fuera aislado,

y monte llamamos al foráneo

eucaliptal simétrico y umbroso,

que los gringos trajeron

para humillar al tala

hace ya tiempo.

Y cerro… no hay ninguno.

 

Isla, dice el diccionario

en su cuarta acepción, es un conjunto

de árboles alejados de los ríos.

Pero natura quiso

que en la pampa los pocos-juntos-árboles

cerca estuvieran del anchuroso río,

el Plata que Solís denominó Mar Dulce.

 

Un río como mar.

Un monte trasplantado.

Islas en soledad

cerca del río semejo al mar océano.

 

Por eso es siempre Milagro

cualquier Encuentro.

 

Islas de soledad,

páramos yertos,

los rostros nos buscamos,

sin encontrarnos nunca tan de cerca

que nos quite el

vértigo horizontal de las planicies

de soledad y páramos

e islas.

 

III

 

Bernal Díaz del Castillo

vio a la inmensa ciudad de México-Tenochtitlán,

más grande que Londres y Toledo

y París y Constantinopla,

y escribió que era “cosa de encantamiento”,

y soñó con fastuosos reyes moros

y el rey Artús y Tristán e Iseo,

y Amadís y todos los endriagos

de los romances y de las novelas,

y vio que sus sueños eran chicos

ante esa grande metrópolis alzada.

 

Lo mismo los Almagros y Pizarros

ante el Cuzco y el Tawantisuyu

y el oro de Atahualpa.

 

Pero al sur, más al sur, en periferia

del universo todo, yendo al polo,

hidalgos periféricos,

andaluces, marranos y ladinos,

extremeños, vizcaínos, los bribones

llegados a destiempo,

sólo otro mar y verde, do cabían

Hispanias por docenas.

Pero al sur, chaco, pampa, patagonia,

¿qué cosa hacer con tan variada especie

del trópico casi al hielo antártico,

qué hacer,

qué hacer,

qué hacer?

¡Ay desmesura!

 

Entre cejas, soñaste

con la plata cargable en los galeones,

y en galeones inmóviles del peso

de tanta plata.

El Mar Dulce fue Río de la Plata,

el infinito fue tierra argentina,

mientras la pampa reía tus latines,

pura fango, arcilla, arena gruesa

de océanos pretéritos,

pura yuyo más alto que tu cuerpo,

pura humus fugaz,

viento y manadas

que ni Plinio ni Eliano se sabían

que bichos fueran.

 

La pampa se reía; despreciabas,

hijodalgo (¿de qué?), pulir arados;

ni el oro ni la plata,

ni Cuzcos ni Tenochtitlanes.

La última Thule

era grande para ti, de tan pequeño

que eras, Midas frustrado,

sin Pactolos sino arroyos de barro,

y cóndores sin águilas de Zeus,

y caranchos en el lugar de cuervos

para roer tu pálida osamenta.

 

IV

 

La llamaste desierto.

Excusable era entonces

arriar como a ganado a los primeros

dueños: querandíes, tehuelches, araucanos.

Excusable era entonces

arriar del nuevo hemisferio

los dioses que tenían

la forma de manadas

que ni Plinio ni Eliano se sabían

qué bichos fueran.

 

Poblaste el firmamento con tus mitos:

si al tuyo reservaste los arcanos

babilonios, griegos y latinos,

aquí colgaste cruces, santos, vírgenes,

la techumbre católica,

la cristiana agonía.

 

Y cuando al fin a la propia tierra diste

tus poblados,

más santoral trujiste,

Santa María de los Buenos Aires,

Santa Fe de la Vera Cruz,

Nuestra Señora de Todos los Dolores.

Y sin embargo los dioses desterrados

de los cielos, caídos en la pampa,

de su lengua celeste y más terrestre

que nunca,

huellas sembraron,

toponimias enclavadas entre santos

y vírgenes y mártires:

Chascomús, Guaminí, Kakel Huinkul,

Carhué, Trenque Lauquen, Catriló,

y un etcétera tan grande como grande

una pampa con sitio para vírgenes

y santos y arcadias y resabios

de las lenguas celestes

de los dioses.

 

V

 

La pampa es tan voluble en sus crepúsculos

que los sabe de todos los colores,

incluidos el verde, el amarillo,

el púrpura, el azufre,

el rojo sangre.

Son los colores de sus pastizales

al son de las sazones.

Salvo el rojo sangre

que en intensidad los supo solo

el día cuando

no solo los dioses fueron muertos

sino sus hijos

y otros hijos y otros

que la pampa y sus dioses

benévolos

trujeron.

 

La sangre en las estepas más fluida

corre, y más fácil

coagula con los soles

o con la escarcha.

 

Arcilla bárbara teñida

siempre del mismo color: roja es la sangre

querandí, tehuelche, mapuche, guaraní,

ranquel, angoleña, congoleña,

hispana, gaucha o

la de los Desaparecidos,

bebida por los ríos

y por los pajonales

y los vastos cardales

de cardos de Castilla.

Ríos, ríos,

anchurosos de sangre como el río

que Solís creyó mar; ríos, ríos

de sangre irredimida,

irremediable,

irredimible;

ríos, ríos,

costrosos como arcilla,

o los coágulos

llevados

por ríos subterráneos,

napas, napas,

ellas mismas las venas, las arterias,

hasta el núcleo de huesos,

tosca, piedra,

y magma en magna

pampa.

Napas, napas,

radiculares, arbóreas, filigranas,

caligrafías cúficas, esqueletales

hojas de otoño, telarañas,

napas, napas,

¡extendeos!

 

VI

 

Porque de tanta soledad te ensoledaste,

pediste a la amnesia su amnistía

y soñaste la hora con el día

en que a tu propio olvido conquistaste.

 

Miraste

allende el mar océano,

allende el hemisferio,

con envidia,

con acedia,

al hijo de la Galia,

a los hijos de Albión.

 

Napas, napas,

radiculares, arbóreas, filigranas,

caligrafías cúficas, esqueletales

hojas de otoño, telarañas,

napas, napas,

¡extendeos!

 

De la Malvina frígida allende

el Río Bravo.

Brinde tu arcilla los anticoagulantes,

haz que hiervan los glóbulos, el plasma,

que enrojezcan ahora la memoria

de tantos asesinos.

No te basten vernáculos Masseras,

Videlas, Agostis, López Regas,

fluye y confluye en la sangre entera

de las arterias latinoamericanas.

Mancha de esputos los rostros de Trujillos,

Duvalieres, Pinochets, Stroessners,

grita en lengua quiché por los millones

de muertos campesinos hijos de mayas:

Guatemala, el Salvador quedan tan cerca

como los niños vendidos en la ESMA.

 

Napas, napas;

extiéndete al Ande, al Chimborazo,

al Anahuac, a Haití la desolada,

a la taladrada Amazonía,

al llano colombiano,

a las junglas de trópico hasta trópico,

a la Antilla minúscula,

a las punas de blancos salitrales.

 

Europa asustó con sus esvásticas,

sus Duces y sus Führers,

sus Francos y sus Stálines.

Pero

¿quién dijo que aquí no hubo Holocausto?

¿No existe una Shoah americana?

Napas, napas,

contra el yanqui de todos los misiles,

contra el propio suicidio en fragmentarios

requechos contrahechos,

violando

el sueño de Belgrano y de Bolívar,

el sueño de Martí y del Che Guevara,

el sueño de Miranda y San Martín,

el sueño de Artigas y Walt Whitman.

 

Napas, napas,

para una pampa que junte las sangres

de los molidos, de los oprimidos,

de los que sucumbieron a picana,

o a machetazo limpio o a cianuro

de aguas canceradas.

 

Llanto, llanto,

ciclonadas de lágrimas de espanto,

que limpien todo

menos la estatua de sal de la memoria.

 

VII

 

Pasó la noche de Nisán, y ya la luna

se resquebraja sobre la pampa en seca;

las trombas, los tornados

se aquietaron

hacia la calma chicha.

Paisaje detenido,

más lunar es la pampa que la luna.

Los pájaros dormitan.

Los gusanos alivian la carroña.

No sé que pase abajo:

los ríos subterráneos

son invisibles aún a los deseos.

Sólo los muertos

esperan todavía.

 

Marzo-abril de 2012.

 

 

 

 

 

 

 

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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto
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Comentarios

Abel 04/23/2012 02:26

Brillante como siempre.

Presentación

  • : El blog de Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • : Un blog para poesías propias, traducciones y ensayos
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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
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