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25 noviembre 2013 1 25 /11 /noviembre /2013 20:01

 Map_of_America_by_Sebastian_Munster.jpg

 

Nada menos que fray Bartolomé de las Casas dejó escapar, a modo de soliloquio, estas reflexiones: “Cosa creíble, cierto (…) porque en sus días había visto abierto el camino para el principio de la última predicación del Evangelio (…) en lo último ya del mundo”. El mundo geográfico ha descubierto sus límites, lo último, con una finalidad: que todos conozcan a Cristo. Pero “mundo” es polisémico: es espacio, y a su vez es tiempo, esencialmente diabólico: “poco tiempo le queda ya, como se escribe en el Apocalipsis, al poder del Infierno”. Hasta aquí, Las Casas opera en cauces relativamente normales a los imaginarios de su época. Pero de pronto estalla lo más insólito de su soliloquio, al menos para nosotros, hombres del siglo XXI: “Pues como este descubrimiento fuese una de las más hazañosas obras que Dios en el mundo determina hacer (…), donde había de dilatar su santa Iglesia y quizá del todo allá pasarla”. Tímido suena ese “quizá”, pero la idea es asombrosa: Dios no solo ha preparado el descubrimiento de un Nuevo Mundo para que se complete el mandato de la predicación establecida por Jesús a sus apóstoles, sino que ese mismo descubrimiento es señal del final de los tiempos; aún más, quizás corresponda al Nuevo Mundo ser el nuevo asiento de la Iglesia…

Una lectura del Apocalipsis en clave “americana” es más notoria todavía en el también dominico Felipe de Meneses, un olvidado teólogo autor de una Luz del alma, que sin embargo don Quijote demuestra haber leído, en el episodio de la imprenta de Barcelona (II, 62). Meneses percibe que Europa –sinónimo de cristiandad- yace cada día más en manos “infieles”: los sectarios de Mahoma ocupando el oriente, los sectarios de Lutero soliviantando el norte, España degradada y a punto de seguir las huellas luteranas. A la Iglesia sólo le resta “huir por Occidente”. Si las islas Afortunadas (las Canarias) fueron consideradas por mucho tiempo como un finis terrae, ahora el magno descubrimiento ha hallado un plus ultra. Es cierto que de ello se han aprovechado conquistadores codiciosos y desalmados, pero hete aquí que si la conquista se ha dado al mismo tiempo que la revuelta luterana, ¿no será esto señal de una compensación, aún más, de un nuevo refugio para la verdadera Iglesia? Meneses se detiene en la figura de la mujer –identificada con la Iglesia- que aparece en Apocalipsis 12: la mujer huye del dragón y se refugia en el desierto. El exégeta acrecienta su audacia: ¿no es verdad que el Diablo/dragón últimamente se ha presentado como perseguidor en las figuras del turco y del hereje? ¿No se ha refugiado ya la mujer en los confines de España, reducto todavía más o menos fiel del catolicismo? No lo quiera Dios, pero quizás llegue el día en que esa mujer deba cruzar el mar: “Vemos que Dios en aquel desierto de las Indias –hasta ahora tenido por inhabitable- le edifica casa a gran priesa. (…) ¿Qué podemos pensar o temer sino que un día mandará Dios a esta Mujer que se vaya a aquel desierto para estar segura del Dragón?”

Si la idea de que la Iglesia Católica, papado incluido, se asentase en las Indias, hoy nos suena desconcertante, desconcertante fue –y por lo tanto, objeto de múltiples respuestas- el hecho mismo del descubrimiento primero y del sometimiento después de ese Orbis Novus. Vino a dar con el traste todas las ideas preconcebidas no solo geográficas sino teológicas, si es que podemos hacer tal separación en esos siglos. ¿No eran tres los continentes como tres eran los hijos de Noé que se habían repartido el mundo? ¿No eran a su vez esas tres zonas como concordancias de la Trinidad supraceleste? ¿No habían negado los antiguos y el propio San Agustín la existencia de las antípodas? ¿Qué cosa eran esos seres que habitaban el nuevo orbe: animalias, híbridos, humanos plenos? Si humanos –recordemos la famosa disputa de Las Casas y Sepúlveda- , ¿eran naturalmente esclavos como Aristóteles designaba a los bárbaros, o eran sujetos libres? Si libres, ¿era legítima la pretensión de España de apoderarse de ellos? ¿Se podía apelar a su inferioridad para reducirlos a la ley superior del Evangelio? ¿Cómo habían llegado allí? ¿Cómo era posible que hubieran vivido siglos sin saber nada de la luz divina? ¿O acaso la conocían por vía de la razón natural? ¿O quizás vivían en un estado de inocencia que los hacía más buenos, más puros que los propios cristianos de la desgastada Europa?

Fue difícil colocar ese descubrimiento y sus consecuencias en los moldes (¿qué otros?) occidentales. Al desconcierto siguieron las teorías en pugna, a las teorías la euforia, a la euforia la desilusión. Era más fácil arrebatar el oro que hacerse cargo de un mundo nuevo en cuanto a “idearlo”, imaginarlo, colocarlo en los cánones a los que el hombre medieval se había acostumbrado. Y menos para la España que luchaba por la creación de sus propios mitos, de su propia ideología real, de su propio modo de explicar que pese a los mil fueros, leyes contradictorias, amalgama de reinos, idiomas, aduanas, modos y costumbres, Hispania tota sibi restituta est, tal el amonedado aforismo de Nebrija. Mito de una Hispania siempre una, siempre cristiana, desde Santiago Apóstol, apenas interrumpida por invasiones varias, por clandestinidades ahora expulsas de una buena vez (Solo Deo gratia!) en ese mágico año de 1492 en que cayeron moros, se expulsaron judíos, se descubrió un Novus Orbis más allá de la Última Thule, y apenas si faltaba Navarra − caería en 1506- para completar la imagen optimista de una nación en todo apoyada por su Dios.

Hispania construía su propio mito, y los vencidos también; al-Ándalus como paraíso perdido de los musulmanes, Sefared como “tierra de maldiciones” de los judíos expulsos. Y ahora a prolongar la conquista, y la construcción de nuevos discursos que la justificasen y explicasen.

Algunas de esas respuestas hoy nos pueden parecer ridículas; muchas de ellas, decididamente heterodoxas. Nos detendremos sólo, y muy rápidamente, en aquellas que prolongan el mesianismo victorioso de la península, o que la conectan con esos viejos y omnipresentes tópicos de toda generación angustiada o excesivamente triunfalista: el fin del mundo, el avance de la escatología, el advenimiento de un Milenio.

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colonEl Almirante nunca supo, o no quiso saber, que sus tierras vislumbradas no eran los confines del Asia sino una incógnita a despejar. No por ello dejó de intentar una explicación que colocaba sus viajes, su patria de adopción y su propia persona en sitiales particularísimos. Sus disquisiciones bíblicas se inician en el relato mismo de su primera navegación. Pero a medida que avanzaron los años y que sus padeceres aumentaron –disfavor de los reyes, denuncias por crueldad de parte de indios y cristianos, humillante apresamiento y encarcelamiento-, las elucubraciones devinieron en auténtica obsesión. No juzgaremos si fueron obra de un cínico, de un creyente sincero, de un oportunista o de un mero chiflado. Lo cierto es que no solo no vaciló en compararse con los más conspicuos personajes bíblicos, sino que voces celestes lo convencieron de su vocación divina: lo a él concedido era mayor que la liberación de los israelitas de Egipto por mano de Moisés, los triunfos de David o la construcción del Templo por parte de Salomón. Había llegado al propio y amenísimo Paraíso Terrenal; había descubierto las tierras del oro, que no podían ser otras que la Ofir del Antiguo Testamento; la providencia lo había guiado para hallar las Indias, convertirlas, y en una alianza ahora con chinos y tártaros, reconquistar Jerusalén para los cristianos. Las antiguas Cruzadas se misturan en su pensamiento con el necesario fin de los tiempos. Él ha hecho los cálculos; según la cronología de Alfonso el Sabio, sólo le quedan al mundo unos ciento cincuenta años. Tiempo que hay que aprovechar para liquidar al turco, reconquistar la Tierra Prometida, ¡e incluso reconstruir el Templo de Jerusalén! Si este fue hecho en parte con oro de Ofir, allí está su redescubierta Ofir no solo para el Nuevo Templo sino también para conquistar las voluntades de los reyes de Europa que, con Fernando a la cabeza, se arrojen ahora a la magna empresa. Todo ha sido predicho. Colón siente predilección por el libro de Isaías y ve en él todos los anuncios de su descubrimiento. También cree que España –y a los versos bíblicos suma supuestas predicciones del abad calabrés Joaquín de Fiore- está predestinada para estos menesteres.

Fernando e IsabelNi la devota Isabel ni el pragmático Fernando mostraron entusiasmo alguno por estas escatologías. No porque les fueran extrañas. Aragón había sido especialmente pródiga en profetas predictores del Anticristo, del fin de los tiempos y del advenimiento del Milenio. De hecho el siglo XIV había sobreabundado en ellos. Pero quizás se apercibieron de su envejecimiento y anacronismo, del enorme desafío que el descubrimiento entrañaba, –fuere lo hallado las Indias o sólo Dios supiera qué-, y de que el oro prometido era hasta el momento mucho más escaso que la verborragia del Almirante. Después de todo, la península salía de su propia Cruzada –que en la construcción del mito de la  Reconquista comenzaba en el momento mismo de la invasión musulmana-, y estaban más interesados en consolidarla dentro de sus fronteras o extenderla racionalmente a las nuevas tierras que en llevarla hacia Jerusalén. Pero tiempo al tiempo: si Colón murió sin completar su tremendo centón del Libro de las profecías, a su muerte el papel mesiánico que no dudó en asignarse le fue endilgado por otros, incluido su admirador y detractor, Fray Bartolomé de las Casas.

*

ref2.jpgNo nos compete trazar la rica y turbulenta historia de la religiosidad española del siglo XVI. Pero el arco que va desde el biblismo y reformismo de un Cisneros y que termina en la máquina represiva surgida de la aplicación rigorista de los cánones del Concilio de Trento, es el mismo que pasará, en toda su complejidad y espíritu de contradicción, al nuevo continente. Las luchas de las órdenes, su reforma y su contracara conservadora, el afán misionero y la falta de vocaciones auténticas, el espíritu conciliador e intimista del erasmismo, la punición inquisitorial, el complejo fenómeno del “alumbradismo” con su rostro ortodoxo en la mística carmelitana, la novísima Sociedad de Jesús, inclusive el protestantismo si por ello entendemos una variante española que bebe más en Erasmo que en Lutero o Calvino, todo se trasvasa a las Américas. Y las Américas responden con un sinfín de interrogantes que se buscarán resolver entre los cuatro muros de un gabinete teológico o en el frente de batalla de la propia experiencia misional.

Lo ortodoxo y lo heterodoxo tienen límites lábiles, porosos, peligrosos. Un siglo tan convulso que soporta desde un afán reformista católico hasta un vergonzante Papado, la rebelión luterana, el saqueo de Roma, las alianzas más insólitas, el avance del turco, es un siglo que busca certezas, pero que en su avance tolerará cada vez menos la superposición de respuestas.

Los mesianismos y milenarismos son una constante en las primeras décadas, de uno y otro lado del Atlántico: ellos también son una búsqueda, pero el dogma posconciliar se erguirá como la quintaesencia del “hallazgo”. Ni la Iglesia Romana ni el patronato real de Felipe II los sobrellevarán en las siguientes. Cualquier cosa aceptable hoy puede adquirir mañana el tufillo de lo herético y ser, por ende, reprimido. Un caso conspicuo, el del Arzobispo de Toledo, Bartolomé Carranza, que de clímax de la ortodoxia pasa a ser preso por “luterano” y protagonista de un proceso inquisitorial interminable.

La Iglesia pos-tridentina multiplicará los santos pero acorralará toda manifestación de escatologicismo, horrorizada como está de ver el papel que le cabe en las interpretaciones protestantes del Apocalipsis (¡ser la puta de Babilonia!), y de contemplar los milenarismos que el ala más radical de la Reforma instaura. Los excesos milenaristas, resabios del medioevo pero resurgidos con fuerza en los anabaptistas y otros grupos, serán unánimemente repudiados por católicos, luteranos y calvinistas.

Pero subyace un abismo entre esos diversos movimientos mesiánicos. Los rebeldes de Alemania son descastados sociales que quieren llevar a las últimas consecuencias lo que Lutero dejó in media res; podrían compararse con las Germanías valencianas y su misterioso mesías, “el encubierto de Játiva”. Los agermaniats, sin embargo, no hacen otra cosa que prolongar el viejo mitema medieval del rey o emperador dormido que regresaría, fuere en las variantes de Arturo, Carlomagno, Federico Barbarroja o Fernando. Mitema que aún pudo ser redituable para Fernando el Católico, pero totalmente inconveniente una generación después. Como lo son las esperanzas mesiánicas judías, alentadas por los escritos de Isaac Abravanel, o la creencia en el retorno de los Omeyas que brota en las rebeliones moriscas.

 Sin embargo el milenarismo de la primera hora posee un tinte triunfalista, casi eufórico; deberá pasar mucha agua bajo el puente para una agitación de espíritus como la que propone fray Francisco de la Cruz, de cuya “herejía” hablaremos en otra oportuniad.

En los comienzos del XVI subsiste el espíritu de cruzada. El propio cardenal Cisneros dará batalla en Marruecos y los primeros triunfos son recibidos como milagrosos. No falta quien lo apure a completar la obra, seguir por todo el África musulmana y llegar a la Ciudad Santa, como en un círculo mágico del cristianismo triunfante que se cierre donde este nació. Nuevamente se proclama la proximidad del fin del mundo, y algún profeta lo vislumbra como el próximo Papa, que limpiará Roma y la cristiandad toda. Es llamativo que Cisneros no se escandalice con este anuncio tentador.

carlosvTampoco los reyes harán nada para evitar que la ideología monárquica se vista de mesianismo. Es cierto que el absolutismo necesita propaganda, pero parte de esta parece ser de esperanza acendrada. España y Portugal cuentan con ser el “quinto reino” de la profecía de Daniel 2, y por ende el último, el definitivo, el que preludie la venida de Cristo. Famoso es el soneto que Hernando de Acuña le dedica a Carlos V:

     Ya se acerca, señor, o es ya llegada

 la edad gloriosa en que promete el cielo

 una grey y un pastor solo en el suelo,

 por suerte a vuestros tiempos reservada…

 

Incluso su escandaloso saqueo de Roma es entendido como providencial. No falta quien lo vea como el dux novus de la mitología medieval. Y cuando a su muerte siga sin solución el problema del luteranismo y la consiguiente cristiandad dividida, Felipe II recibirá parte de su aura al erigirse en cruzado de varios frentes, que incluyen el turco, Italia, Flandes, Inglaterra y el Nuevo Mundo. Léase el clásico poema de Fernando de Herrera sobre la batalla de Lepanto y nos veremos ante un texto de extraño sabor casi calvinista si no fuera porque es la católica España quien merece los loores de nación predestinada. Pero una España que en realidad ya está a la defensiva, en una Cristiandad definitivamente desquiciada.

Más llamativo es el caso lusitano: la muerte del rey don Sebastián en las arenas de Alcazarquivir (1578) dará origen a la leyenda del “encoberto” o “desejado” que regresará a restaurar la grandeza portuguesa. Nada parecido se da en el ámbito español ni hispanoamericano; el retorno del rey brindó pábulo a las élites y a las clases bajas; a teólogos magníficos como Antônio Vieira y al esoterismo poético de un Pessoa, más de tres siglos después; y a rebeliones populares como las de Antonio Conselheiro en los sertones  del Brasil de las postrimerías del XIX. Y sin que al día de hoy el sebastianismo haya desaparecido del todo de este lado del Atlántico.

*

Las primeras horas de América, sin embargo, son como un milagro de adolescencia, que dan cabida a héroes predestinados, a utopías de fundación, a profetas iracundos. Los conquistadores mesiánicos dieron paso a la iglesia ansiosa de renovación, y también al verbo denunciador del atropello. El paso de los siglos nos permite ver a base de cuánta sangre y crueldad se operó ese milagro cuya embriaguez duró poco.

cortésNo todos los conquistadores gozaron del mismo carisma. No es lo mismo un Cortés que un Pizarro o un Almagro; costó mucho que las aventuras de estos últimos advenedizos fueran leídas en clave providencial. Los tres desobedecieron órdenes y perpetraron masacres. Pero a los ojos de sus contemporáneos había distingos. El caso del Perú fue el exceso de la desinteligencia, del secesionismo, de la desmesura y la guerra civil que debió ser sofocada por la propia Corona. Pizarro era analfabeto; Cortés, el portador de una prosa sugestiva que supo usar con provecho, y con la que dio cuenta de su propio sentido de la vocación. En sus Relaciones, Cortés no duda en afirmar vez tras vez que Dios mismo lo ha guiado a tal o cual decisión, hasta el punto de convertirlo en un mero amanuense del Espíritu y de la Providencia. “Dios nuestro Señor fue servido de me hacer medio por donde esta tierra viniese en su conocimiento y debajo del imperial yugo de vuestra Alteza”.

Pero lo que está apenas en esbozo en Cortés es llevado al plano de la exégesis más refinada por teólogos, misioneros y cronistas de Indias. Casi se monta sobre su figura una pequeña filosofía de la historia, con él en el centro, los aztecas a un lado y Lutero al otro. Cortés nació el mismo día en que se realizó el más cruento sacrificio en Tenochtitlán; y ese mismo día nacía el hereje teutón. Cortés entró en la ciudad del lago en la hora justa del castigo, como cuando los bárbaros invadieron la antigua Roma; y ese mismo día Lutero clavaba sus tesis en Wittemberg. Es decir, hay una doble sanción si se quiere; Lutero es como un Atila que viene por culpa de los males de la propia cristiandad; los aztecas son bárbaros que han infligido tanto dolor que los sufrimientos de los sacrificados y los esclavos han llegado al cielo. Cortés, entonces, no solo es el justo castigador de esos salvajes que destripan a sus semejantes, sino la compensación de una pérdida. Lo que Europa ha extraviado en las tierras protestantes, lo viene a encontrar en Nueva España… que es también la ilusión y la chance de una nueva iglesia, ya no por vía de cisma sino de renovación, de regreso a las fuentes, a esas míticas fuentes de la pureza prístina del cristianismo apostólico que, a base de idealizaciones múltiples, siempre está en las bases de cualquier restauracionismo. Y ampliando el esquema, ese imperio que cae en realidad  por el peso de su propia cosmogonía fatalista (una intuición que ya está en Sahagún), es también el regalo por esa perruna gente extirpada en la península: moros, judíos y conversos relapsos.

Las cronologías eran falsas pero no importaba demasiado.

Cuando los franciscanos llegaron a México en premeditado número de doce, y premeditadamente harapientos y descalzos, los naturales observaron maravillados al enjoyado conquistador besar los andrajos de esos nuevos apóstoles. El orbe secular se sujetaba al espiritual. La iglesia mexicana había nacido, y bajo felices auspicios.

motoliníaLas últimas décadas han sido testigos de debate y nuevas relecturas sobre esa primitiva comunidad. Desde Bataillon en adelante, se sostuvo que los franciscanos eran joaquinistas, vía una supervivencia soterrada de los fraticelli  en la península; las últimas investigaciones parecen demostrar que, si hay alguna referencia en los “doce apóstoles” al abad calabrés, es por vía indirecta, o incluso de sus escritos apócrifos. No existe en esta comunidad la principal marca del joaquinismo, la de la Tercera Era del Mundo o del Espíritu Santo y Evangelio Eterno. Más bien, la escatología de Motolinía y los suyos se basa en el viejo modelo patrístico del septenario, a saber, una historia que contaría con siete “días” de mil años desde la creación del hombre, siendo el año siete mil el de la consumación del mundo. En algunos casos, el último milenio podía ser el Milenio de Apocalipsis 20 leído literalmente, es decir, una tierra restaurada como el Edén, entregada a los santos. Pero si prevalecía la lectura agustiniana que anulaba la literalidad de ese milenio, el año 7000 era la fecha en que todo se recapitulaba: conversión de los judíos, venida del Anticristo, victoria de Cristo en su Segunda Venida y Juicio Final. Y este parece haber sido, como en Colón, el esquema de los apóstoles novohispanos.  La fuente estaba en las tablas cronológicas de Alfonso el Sabio, que se caracterizaban por retrasar sobremanera la creación de Adán y por lo tanto, en el siglo XVI, dejar la puerta abierta para la especulación sobre la cercanía  del año 7000. De hecho, la aurora del fin, la penúltima trompeta, habría sido inaugurada por el propio San Francisco, y el quinto imperio de Daniel 2 ya estaba en manos de su rey definitivo, Carlos V. Apenas si restaba un siglo para el consummatum est del orbe. Y una buena señal era el desplazamiento lineal de la propia Iglesia. Escribía fray Toribio de Benavente, “Motolinía” (“el pobrecito”, en náhuatl), el más conspicuo de los doce: “Como floreció en el principio la Iglesia en Oriente, bien así ahora en el fin de los siglos tiene que florecer en Occidente, que es el fin del mundo”. El esquema medieval, que de un modo u otro comparten los iluminados aragoneses, Colón, los agermanats  y el propio Cisneros –círculo por el norte de África, regreso por los bordes del Mediterráneo a Jerusalén, cuna del cristianismo, en una santa cruzada- es remplazado en Motolinía, como en Las Casas, Meneses o después fray Francisco de la Cruz, por un trazo unidimensional que desemboca en América.

La nueva iglesia no promovía, por supuesto, rupturas ni con Roma ni con España; pero se alzaba como capital de la utopía. Las metáforas victoriosas proliferaron. Los neófitos eran como los antiguos israelitas que salían de la esclavitud de Egipto para ser educados en el desierto y entrar en la Tierra Prometida de la eternidad. Los exiliados en Babilonia que cruzaban el Éufrates para liberarse. Los gentiles que, como con san Pablo, se integraban a la novedad de Cristo. Los indios fueron encerrados en clichés persistentes, entre los que no faltó el de perversos, sodomitas, perezosos y rebeldes. Pero en la primera hora el entusiasmo los vio como los elegidos, por su mansedumbre y pobreza, para imitar a la iglesia ideal paleocristiana. En palabras de Vasco de Quiroga, era una “primitiva, nueva y renasciente Iglesia, de este Nuevo Mundo, una sombra y dibujo de aquella primitiva Iglesia de nuestro conocido mundo del tiempo de los sanctos apóstoles”. Y dado que los tiempos apremiaban y el fin se allegaba mes a mes, eran necesarios el aprendizaje de los idiomas nativos y la preparación de los niños para que educaran (o delataran) a sus padres aún apegados a la idolatría. Los doce apóstoles no vacilaron en nombrar catequistas y hasta promover sacerdocios entre sus acólitos indios; algo que después sería prohibido terminantemente. Tampoco en imponer el bautismo en masa; Motolinía sufría calambres: se jactó de dar el sacramento de a miles en un día y de a millones en pocos años. Las Casas protestó enérgicamente: ¿cuán verdaderos cristianos podían surgir de ese frenético apresuramiento? Motolinía respondió indignado; veía crecer los templos y el ornato, y las fiestas litúrgicas alcanzaban una exuberancia impensable.

virgenPoco tiempo llevó descubrir que en ellas imperaba el sincretismo: los dioses de los ancestros eran disfrazados por los nuevos santos y vírgenes. Hasta el fenómeno más conspicuo de la iglesia novohispana, la Virgen de Guadalupe, fue la máscara de una antigua diosa poco resignada a morir. ¿Acaso los propios misioneros no habían intentado asimilar al Dios cristiano con los dioses creadores o los mitos proféticos de los propios indígenas? ¿No se haría vez tras vez un uso discrecional, tan fructífero como peligroso, de las figuras de Quetzalcóatl, Wiraqocha o Ñamandú?

Una generación más tarde, dentro de los mismos franciscanos había cundido el desánimo. Motolinía había caído en desgracia ante las autoridades, los atropellos de los laicos continuaban, y un Jerónimo de Mendieta, aproximándose el XVII, no vacilaba en ver esa primera generación heroica como un paraíso perdido. Ni el fin del mundo había venido, ni la nueva iglesia podía mostrar más que cristianizaciones a medias; las metáforas se invirtieron: el Faraón triunfaba sobre los esclavos, la cautividad babilónica reapresaba a los indios, que ya no eran percibidos ni como seráficos ni como esencialmente inocentes. La iglesia se institucionalizaba, se barroquizaba, se llenaba de conventos muchas veces inútiles. Los mismos criollos estaban en un estatus inferior al de cualquier peninsular advenedizo. Las distintas órdenes disputaban en concepciones misionales, en metodologías, en praxis. Los obispos debían ser peninsulares (y esto persistiría hasta el XIX), negando la posibilidad de ascenso al clero vernáculo y poniendo las sillas episcopales en manos de prelados que nada sabían de la realidad americana. Incluso los cargos clericales menores le eran negados ahora a los cristianos que no demostraran pureza de sangre (léase, de ascendencia judía) y a los indios; más aún, surgían controversias sobre cuántos de los sacramentos eran convenientes para estos seres que, más allá de toda teorización positiva, seguían siendo percibidos como inferiores.

La nueva iglesia se parecía sospechosamente a la vieja; la novedad estaba en otra clase de interpolación: los cultos indígenas, y después los africanos, dejando su huella perceptible para el que quisiera verla, tolerada o reprimida, nunca derrotada. La amalgama buscaría otras utopías: la imagen guadalupana era el verdadero rostro de la Virgen, como una instantánea de la Inmaculada, que había preferido mostrarse a indios y mestizos y negarse a Europa. Pero la Inmaculada también era un fenómeno sintomático de la espiritualidad tridentina y barroca; que los privilegiados fueran los indios solo resaltaba en apariencia el éxito de la conquista, material y espiritual, del oro y de las almas. Establecido el culto oficial, la peligrosidad de la diosa Tonantzin del Tepeyac desaparecía. Mariofanías y cristofanías posteriores en lugares sospechables fueron igualmente capitalizadas: así nacía una de las vertientes más constantes y populares de la espiritualidad latinoamericana.

Como un apéndice de la expectativa primordial de los doce apóstoles, a fines del XVI se produce también una reacción “alumbrada” dirigida por hermanos seglares y clérigos, quizás influidos por Gregorio López, cuyo comentario del Apocalipsis, sin embargo, es bastante convencional. Los alumbrados mexicanos volvieron a los tópicos medievales del emperador encubierto, la aparición del Anticristo y el descenso de la Nueva Jerusalén. Pero para entonces, la Inquisición ya no soportaba estas vorágines de misticismo no exento de erotismo. Y había llegado para quedarse: en Nueva España primero, en Lima después, y por último en Cartagena de Indias.

*

lascasas.pngNo podemos eludir regresar a Las Casas, figura que por supuesto nos excede. Los escritos de Las Casas fueron pronto prohibidos en las colonias, como el de muchos testigos de la conquista  (otro caso ilustre son los textos del Inca Garcilaso). Pero esa prohibición no fue obstáculo para la circulación clandestina, muchas veces manuscrita, y que recrudeció en el siglo XVIII, impulsada incluso por la propaganda británica anti hispánica. En el Perú proliferó a todo lo largo del XVIII una literatura “lascasista”, que abrevaba, sino en la letra, sí en el espíritu del viejo dominico, como la anónima obra publicada en Lima en 1753, el Planctus Indorum Christianorum in America peruntina. Literatura que aún no sabemos si calificar de sintomática o precursora de los distintos levantamientos indígenas de ese siglo.

Las Casas es un jurista, un teólogo, un filósofo. Pero también un profeta, tanto si usamos la palabra en la acepción original (el nabí hebreo, el denunciador impertérrito de toda iniquidad habida y por haber) como en la más conocida de “iluminado”, llamado, alguien que cree tener una línea directa con su Dios. Sin embargo, el aspecto más evidente es el primero.

Las Casas pasa por  varias “conversiones” que lo transforman radicalmente, desde la primera, cuando escucha el sermón de Montesinos y su vida gira como en un viaje a Damasco. El famoso sermón se titulaba Voz que clama en el desierto, una frase que toda la tradición adjudicaba a la labor de Juan el Bautista, el Precursor del Mesías. Si Las Casas se ve como continuador de Montesinos, subyace entonces una identificación crística, que tampoco debe llevarse a extremos. Hemos visto más arriba que no fue inmune a las especulaciones apocalípticas, si bien no fueron su auténtica obsesión. No vaciló en anunciar la destrucción de la propia España como consecuencia de los pecados acumulados sobre ella por los males de la conquista sangrienta; pero si luchó hasta el final por “sus” indios, fue porque creyó que esa destrucción no era inevitable. No se autoconsideró un taumaturgo, pero ya en vida se le adjudicaron poderes para calmar las tempestades o intervenir en otros arbitrios de la naturaleza; en su senectud, sus compañeros le llamaban “Elías” en recuerdo del fogoso profeta de Israel… que es también un profeta escatológico, alguien que se espera regrese antes de la consumación de los siglos. Y a su muerte sus detractores inmediatos no vacilaron en creerlo un poseso, un endemoniado que Satán había utilizado para el trastorno de España. Es decir, ubicado en el “Bien” o en “Mal”, fray Bartolomé siempre fue considerado como un ser poco común, dotado de dones sobrenaturales, fueran estos celestes o diabólicos.

No hay dudas de que él mismo se vio como un elegido de Dios para Su tarea; sin embargo, esta no consistía principalmente en la labor misional en sí (Las Casas tuvo serias dificultades en aplicar uno de sus propios principios: el aprendizaje de lenguas indígenas), y menos aún en un uso edulcorado de la compasión u otros tópicos tradicionales del cristianismo. Donde Las Casas se sentía en su ambiente, era en la corte: ante el Rey, los nobles, los obispos, el confesor del Rey. En ese sentido, desarrolló una enorme capacidad retórica y de mise-en-scène, no por ello exenta de sinceridad rayana en la temeridad. Fue un profeta enfrentado al poder, pero también solícito a ese mismo poder bajo la condición sine qua non de la obtención de leyes y condiciones para el mejoramiento del trato a los aborígenes, su situación jurídica, sus fueros y libertades. En la letra, lo logró. Actuó como los viejos profetas de Israel y, como ellos, mezcló el oráculo amenazante con el reclamo social, la lectura de la historia pasada en clave de futuro. Con una mentalidad más vétero que neotestamentaria, más medieval que renacentista, Las Casas fue paradójicamente moderno. No es extraño que la Teología de la Liberación o la ortopraxis marxista latinoamericana se apoderasen tempranamente de su figura, y que los movimientos proféticos contemporáneos lo tengan siempre entre sus referentes.

*

Trento no puso fin, sin embargo, ni a las especulaciones apocalípticas, ni a las “heterodoxias”, fueran estas de corte mesiánico, profético, “alumbradista”, de reivindicación indigenista o el rótulo que queramos imponerles. Persistieron en el XVII, se renovaron en el XVIII con la crisis regalista e ilustrada, entraron en el XIX con los distintos procesos de independencia. Existen persistencias de tropos, metáforas y conceptos, que van perpetuándose a base de su fuerza intrínseca o de mera inercia. Existen renovaciones, como siempre impone el flujo del tiempo. Y sucesos y líneas de pensamiento que en apariencia no guardan relación alguna entre sí, salvo el entramado sociopolítico y espiritual común en el que nacen, pero que desembocarán de un modo u otro en esa gran crisis que la iglesia americana, a la par que la española, sufrirá en el crepúsculo dieciochesco y en el alba decimonónica de los movimientos independentistas. Las relaciones exactas, el saber profundo sobre ese flujo constante está, por ahora, lejos de nuestro alcance. Quizás parezca ociosa la indagación; no porque exista un hilo mágico que lo una todo; más bien, es el laberinto lo que persiste, y todo intento de ensambladura tiene siempre algo de artificioso. Pero los hitos provisorios, las coordenadas posibles, quizás nos enseñen que esa América Latina in nuce ya soñó, hace siglos, con algo parecido a lo que la Anglosajona llamaría un “destino manifiesto”.

¿Qué hizo la diferencia entre los que descendieron de las carabelas y los que lo hicieron del Mayflower? No nos corresponde brindar una respuesta; pero tampoco obviar que el catolicismo que va de Trento al Vaticano II, con todas las vicisitudes y decadentismos posibles, no podía soportar otro epicentro que no fuera él mismo. Una iglesia americana siempre sería una periferia, y todo intento de esquivar el eje habría de ser punido y disciplinado. Amén del predestinacionismo calvinista de base, la religiosidad del Norte logró independizarse de lo civil, pero también pregnarlo, influirlo, y permitir que ese flujo le fuera centrífugo y centrípeto. El mosaico norteamericano permitió incluso nuevos y hasta escandalosos atisbos de lo sagrado. Fray Francisco de la Cruz, las alumbradas limeñas, Lacunza, Ramos Mexía, Conselheiro, fueron acallados; un Joseph Smith, aunque mártir, tuvo continuidad en una de las aristas más exóticas y persistentes de ese “destino manifiesto”: el mormonismo. Por último, Estados Unidos heredaba y exhibía una filosofía económica y un capitalismo industrial en ciernes, y los profetas de sus credos poco tardaron en autorizarlos pese a toda contradicción entre naturaleza y salvación, carne y espíritu. La América hispana brilló en profetas de la denuncia: denuncia de viejas explotaciones, nacidas en el mismo momento de su aparecer en el mapamundi. Un Ramos Mexía del XIX no se diferencia en ello gran cosa de Las Casas, por el hecho de que los paradigmas económicos del sur –mercantilismos de intensidades fluctuantes- poco habían cambiado. Si profetas, lo son a pesar suyo; no cargan sobre sí el providencialismo de un Cortés, ni la euforia de un Motolinía. Cargan, más bien, con los evidentes signos de las derrotas de esas utopías, ya anacrónicas, y que las repúblicas en ciernes no han logrado remplazar.

 

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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Ensayos
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Presentación

  • : El blog de Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • : Un blog para poesías propias, traducciones y ensayos
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Perfil

  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional. Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".

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