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21 diciembre 2012 5 21 /12 /diciembre /2012 17:05

 

 

 

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Es este uno de los más bellos, complejos y controvertidos poemas de Rimbaud. Se le han querido adosar exégesis desde su biografía: huida a París; la relación edípica; el conflicto de la separación de sus padres. Ernest Delahaye, su primer comentador, dio la interpretación más simple y quizás evidente: sólo se está hablando de agua, riberas, hierba; las rimas, siempre “femeninas” (terminadas en “e” o “es”) nos mandan al elemento femenino por antonomasia, l’eau, agua. El hermetismo es buscado: hermetismo que muchos traductores han querido “normalizar”, no entendiendo que uno de los más grandes logros formales del texto es el descalabro de la sintaxis, la presencia del hipérbaton y del encabalgamiento, el uso ambiguo de las preposiciones, que logra que una parte del verso pueda remitir a varias a la vez, según el criterio del lector. Piénsese solamente en el segundo verso: ¿se asalta al sol o se hace un asalto bajo el sol? En ese caso, ¿quién lo realiza?: ¿el agua, la blancura, las mujeres? En todo momento hemos tratado de mantener esa ambigüedad. La impotencia nos hace sacrificar aquí rimas, rimas internas, aliteraciones, hasta la métrica: aunque se trata de alejandrinos, el uso de palabras “económicas” en francés hace imposible un verso metrado sin sacrificar otros recursos. El propio Rimbaud crea un alejandrino “experimental”: si tanto en español como en francés lo normal es dividirlo en dos hemistiquios (7 y 7 en nuestra lengua, 6 y 6 en la francesa), nuestro poeta puede alterar la norma o hasta poner tres o más cesuras, que dan un verso tri o cuatripartito, de musicalidad increíble. Las metáforas también son audaces y algunas salen airosas en la traducción. Repetimos que no hemos puesto “orden” alguno: Rimbaud está logrando, contra toda preceptiva académica, romántica, parnasiana, una lengua dúctil, manipulable. Haciendo casi lo que nuestros grandes poetas de los Siglos de Oro. ¿Nos atreveríamos a ordenar la sintaxis de un Góngora o un Quevedo?

 

 

 

 

Mémoire

I

 

L'eau claire ; comme le sel des larmes d'enfance,

L'assaut au soleil des blancheurs des corps de femmes ;

La soie, en foule et de lys pur, des oriflammes

Sous les murs dont quelque pucelle eut la défense ;

 

L’ébat des anges ; — Non... le courant d'or en marche,

Meut ses bras, noirs, et lourds, et frais surtout, d'herbe. Elle

Sombre, ayant le Ciel bleu pour ciel-de-lit, appelle

Pour rideaux l'ombre de la colline et de l'arche.

 

II

 

Eh ! l'humide carreau tend ses bouillons limpides !

L'eau meuble d'or pâle et sans fond les couches prêtes.

Les robes vertes et déteintes des fillettes

Font les saules, d'où sautent les oiseaux sans brides.

 

Plus pure qu'un louis, jaune et chaude paupière

Le souci d'eau — ta foi conjugale, ô l'Épouse ! —

Au midi prompt, de son terne miroir, jalouse

Au ciel gris de chaleur la Sphère rose et chère.

 

III

 

Madame se tient trop debout dans la prairie

Prochaine où neigent les fils du travail ; l'ombrelle

Aux doigts ; foulant l'ombelle ; trop fière pour elle ;

Des enfants lisant dans la verdure fleurie

 

Leur livre de maroquin rouge ! Hélas, Lui, comme

Mille anges blancs qui se séparent sur la route,

S’éloigne par delà la montagne ! Elle, toute

Froide, et noire, court ! après le départ de l'homme !

 

IV

 

Regret des bras épais et jeunes d'herbe pure !

Or des lunes d'avril au coeur du saint lit ! Joie

Des chantiers riverains à l'abandon, en proie

Aux soirs d'août qui faisaient germer ces pourritures !

 

Qu'elle pleure à présent sous les remparts ! l'haleine

Des peupliers d'en haut est pour la seule brise.

Puis, c'est la nappe, sans reflets, sans source, grise :

Un vieux, dragueur, dans sa barque immobile, peine.

 

V

 

Jouet de cet oeil d'eau morne, je n'y puis prendre,

Ô canot immobile ! oh ! bras trop courts ! ni l'une

Ni l'autre fleur : ni la jaune qui m'importune,

Là ; ni la bleue, amie à l'eau couleur de cendre.

 

Ah ! la poudre des saules qu'une aile secoue !

Les roses des roseaux dès longtemps dévorées !

Mon canot, toujours fixe ; et sa chaîne tirée

Au fond de cet oeil d'eau sans bords, — à quelle boue ?

 

 

 eau.jpg

 

Memoria

 

I

El agua clara; como sal de lágrimas de infancia,

Asalto al sol de alburas de cuerpos de mujeres;

La seda, en turba y de lis puro, de oriflamas

Bajo muros que alguna doncella defendió;

 

Retozo de ángeles; — No… la corriente de oro en marcha,

Mece brazos, negros, y plúmbeos, y frescos ante todo, de hierba. Ella

Sombría, teniendo el Cielo azul por dosel, reclama

Por cortina la sombra de la colina y del arco.

 

II

 

¡Eh! ¡el húmedo cristal extiende sus borbotones límpidos!

El agua amuebla de oro pálido y sin fondo los lechos prevenidos.

Las ropas verdes y desteñidas de las niñas

Hacen los sauces, trampolín de los pájaros sin bridas.

 

Más puro que un luis, amarillo y caliente párpado

La caléndula del agua — ¡tu fe conyugal, oh Esposa! —

Al pronto cenit, de su opacado espejo, envidia

Al cielo gris de canícula la Esfera rosa y amada.

 

III

 

Madame se yergue demasiado en la pradera

Cercana a donde nievan los hijos del trabajo; sombrilla

Entre los dedos; pisoteando la umbela; tan altiva para ella;

Niños leyendo en el verdor florido

 

¡Su libro de rojo marroquín! ¡Ay! Él, como

Mil ángeles blancos que se dispersan sobre la ruta

¡Se aleja más allá de la montaña! Ella, toda

Fría, y negra ¡corre! ¡Después de la partida de su hombre!

 

IV

 

¡Nostalgia de brazos prietos y jóvenes de hierba pura!

¡Oro de lunas de abril en el corazón del santo lecho! Alegría

De las canteras ribereñas del abandono; ¡prisioneras

De las tardes de agosto que hacían germinar las podredumbres!

 

¡Que ella llore ahora bajo los murallones! el hálito

De los álamos de lo alto es para la sola brisa.

Luego, en el río subterráneo, sin reflejos, sin manantial, gris:

Un viejo, dragador, en su barca inmóvil, pena.

 

V

 

Juguete de este ojo de agua triste, no podré tomar,

¡Oh inmóvil canoa! ¡oh! ¡brazos tan cortos! ni la una

Ni la otra flor: ni la amarilla que me inoportuna,

Allí; ni la azul, amiga del agua del color de la ceniza.

 

¡Ah! ¡ese tamo de los sauces que un ala sacude!

¡Las rosas de juncales devoradas hace tiempo!

Mi canoa, siempre fija; y su cadena arrojada

Al fondo de ese ojo de agua sin límites — ¿en qué lodo?

 

 

 

 

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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Traducciones propias
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  • : El blog de Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • : Un blog para poesías propias, traducciones y ensayos
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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
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