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22 junio 2010 2 22 /06 /junio /2010 14:34

Lo que sigue es, con escasas variantes, el texto de dos artículos publicados por el diario digital dolorehoy.com. Agradezco a Marcela Bazterrica por la convocatoria

 


Leighton_Jonathan-s_Token_to_David.jpg

 

Primera parte

 

La cuestión del matrimonio entre personas del mismo sexo ha cobrado popularidad. Se habla de ella en los bares y la intimidad, ha copado los medios y las calles, ha velado y desnudado discursos. El religioso o seudo-religioso, el teológico o seudo-teológico, son, lamentablemente, parte de ellos.

 


Digo lamentablemente porque ante una decisión de tal envergadura, discutida en un Estado supuestamente laico, apenas si debió merecer una aparición en el seno de las iglesias, reservándose nuestros legisladores el discurso que les compete: el de cómo legislar para una sociedad civil, el de cómo brindar derechos a un colectivo que casi carece por completo de ellos, el de cómo reconocer la igualdad para un grupo que existe, que la reclama y que, por mero sentido de lo que una democracia merece, ya debería ser una obviedad.

Pero los discursos se entrecruzan porosamente, se mezclan, se disfrazan, se confunden promiscuamente; la suerte del camaleón hace que en lo jurídico aparezcan nociones seudo biologicistas, que se resucite un concepto perimido como el de ley natural, o más obscena pero sinceramente, que la simple homofobia aparezca tal cual es, en toda su radicalidad, en todo su fascismo a ultranza. Este artículo, que quizás con suerte se continúe en otros que analicen el tema desde perspectivas distintas, intentará dar cuenta de un panorama donde iglesias, corrientes teológicas, prejuicios del commun sense nacidos en alguna palpable prehistoria, crean una babel de datos para los medios y sus consumidores, no siempre preparados para distinguir entre una turba de evangelistas fanatizados, un Bergoglio politizado, curas a contramano que dan su apoyo, y comunidades religiosas que aceptan tal matrimonio aunque sus voces, por propia o ajena decisión, estén en exceso invisibilizadas.

Como era de esperar, la voz más audible en el campus religioso es la de la Iglesia Católica. Es normal que así sea; también es normal que en su seno existan contradicciones, medias tintas e intentos de ser políticamente correctos. Cercana al catolicismo, ACIERA, la federación que agrupa a una gran cantidad de iglesias evangélicas aunque, como veremos en otra nota, no a todas.

Entre los legisladores, la neanderthalensis Cynthia Hotton es la cara visible de la última; Negri de Alonso, miembro del Opus Dei, de la primera, o del ala derecha de la primera. Bergoglio, que lleva décadas haciendo política y pactando con Dios y con el Diablo (incluida la cúpula militar en su momento más tenebroso), ha elegido un discurso más mesurado, como al margen. Posiblemente reserva todas sus energías para cuando, en algún momento, la despenalización del aborto llegue a las cámaras; entonces brillarán sus garras.


Obispos de sillas más conservadoras ponen su grito en el cielo un tanto más agudamente. En especial en las provincias profundas, donde el conservadurismo está plantado a sus anchas y las comunidades gays, invisibilizadas ante represalias que conocen en carne propia. Por otra parte, muchos sacerdotes han salido a decir lo que urtica a las jerarquías: que esta cuestión es puramente civil; que Jesucristo jamás rechazó la homosexualidad pero sí a la opresión; que las comunidades LGTTBI hoy están entre los oprimidos, y la ley y el evangelio deben estar allí para brindarles los derechos que hasta ahora se les han negado.
¿Cómo pueden darse estas alianzas? ¿Cómo estas contradicciones?

Años atrás, la jerarquía católica se hubiera comido vivos a grupos como los de ACIERA en pro de no ver disminuido su monopolio; y los grupos de ACIERA, tan dados a lo escatológico, no vacilaban en identificar al Papado con la Gran Prostituta del Apocalipsis. Una agenda en común los unió: la agenda sexual, obsesión perenne de ambas líneas. Impedir que lo que ya sucede en los lechos y en las hechos se refrende con un marco legal, hizo que resucitaran de los gastados portafolios las nociones de familia, papá y mamá, natural y contranatural, Adán y Eva. Como decía Foucault, la sociedad está lejos de yacer reprimida en cuestiones sexuales; los discursos sobre sexo lo inundan todo, desde la charla y la confidencia hasta la publicidad de chocolates.

Saturados de sexo, pero de uno que se adapta a los tiempos y las hegemonías. Si el amor entre personas del mismo sexo fue otrora el vicio de la sodomía, la psiquiatría lo redenominó homosexualidad en el XIX, lo patologizó en tanto el discurso jurídico lo criminalizaba. Las iglesias se fueron adaptando a los cambios, pero la semántica secreta fue la misma. Cuando la propia medicina se encargó de despatologizarlo, hubo que adaptarse a otros lenguajes. La paradoja por excelencia: ¡se plagió el discurso de los grupos militantes feministas, gays, afros, queer! Las iglesias se disfrazaron de ONGs y hasta impostaron los vocablos de los Derechos Humanos. Por eso hablan preocupadísimas de sociedades que pueden ser vulneradas, de niños que pueden ser víctimas de la falta de referentes masculino-femenino (una simplificación del primer Freud, que antaño odiaron), de identidades patrias que pueden desmoronarse ante la presencia de la gaytud. Los presupuestos religiosos se ocultan entonces tras simulacros legales, recursos a una supuesta ley natural -un concepto que nace en la antigüedad tardía, pero del que se apodera el saber escolástico medieval y después, los filósofos iusnaturalistas, cuando basta con ver que la homosexualidad estuvo y está presente en múltiples culturas y solo en pocas suscitó o suscita rechazo-; supuestas evidencias biológicas –olvidando que familia es un constructo histórico y social, ligado al devenir y no a un anclaje- ; es decir, todo aquello que pueda legitimarse tras una fachada de “cientificidad” de la que cualquier científico serio se reiría. De allí la recurrencia a psicólogos truchos, a trabajos de campo sociológicos ya anticuados, a estudios monitoreados por esas mismas instituciones homofóbicas y, por lo tanto, carentes de toda preocupación por la objetividad.

No todos se molestan en camuflar sus discursos; algunos salen crudos, como en la patética marcha de ACIERA en el Congreso, con chicos obligados a portar carteles “Queremos un papá y una mamá” en tanto varios, ya aburridos, se contentaban, entre grito y grito de sus líderes, con reclamar pochoclo a esos padres temerosos de cigüeñas gays. Allí la desnudez fue absoluta; que Adán y Eva, que la reproducción, que los pobres niños, que un versículo del Levítico y otro de San Pablo. ¿Quiénes son estos grupos?

En primer lugar, poco y nada tienen que ver con el auténtico protestantismo surgido en la Europa del siglo XVI con Lutero y Calvino. Sean conscientes de ello o no, básicamente son el apéndice latinoamericano de la ultraderecha religiosa yankee (“la religión americana”, como diría Harold Bloom) nacida a principios del XX; la misma que pretende expulsar a Darwin de las escuelas, la misma que integró el Ku Klux Klan en su momento, el macartismo después, y los movimientos anti gay y antiaborto hoy, la que dijo que los atentados del 11 de septiembre a las Torres Gemelas fueron un correctivo divino a la sociedad norteamericana por permitir la homosexualidad, y el terremoto de Haití, un castigo de Dios a los negros por pactar con el demonio (!!!) hace 200 años para poder independizarse de Francia. Cosas que la Iglesia Católica no se atrevería a decir, por prurito académico, aunque no le impida respaldar a sus voceros, en un plan de alianzas otrora impensables.

¿Qué hay de los curas “rebeldes”? ¿Qué de las iglesias que sí apoyan a esta ley y al matrimonio entre personas del mismo sexo? No son simples rara avis; su disidencia está más que fundamentada y lleva años de maduración. De ella hablaremos en una próxima nota.

 

Segunda parte

 

 

Hace una semana hablábamos de cómo, más allá del supuesto laicismo de nuestra sociedad, el discurso teológico-religioso (o su parodia) atravesaba la cuestión del matrimonio gay, de actual discusión en el Parlamento. También hicimos una síntesis de las posiciones más conservadoras y dejamos pendiente tratar las no tan visibilizadas posturas de grupos e iglesias que no solo lo apoyan sino que lo fundamentan. Trataremos hoy de explicar ese abismo de diferencias.

Ese abismo se puede dilucidar así:

1. En cuanto a los textos canónicos del judeocristianismo, existe por un lado una lectura acrítica y cerrada, literalista e ingenua. Es la que sostienen los discursos oficiales (aunque no los académicos) de la Iglesia Católica, en especial los emanados de Ratzinger sobre la cuestión gay, y de los fundamentalismos de cuño norteamericano. Por otro, una hermenéutica abierta, que marca los contextos de producción de los textos bíblicos (dónde, cuándo, bajo qué condiciones se escribieron), y también ve las limitaciones y potencialidades que para la actualidad esos textos poseen.
2. Por otra parte, diciéndolo un tanto brutalmente, conviven muchas veces una teología de trincheras (sacerdotes y pastores que enfrentan la realidad más cruda de los “humillados y ofendidos” y saben lo que un discurso discriminatorio lastima y hiere y más si es pronunciado en el nombre de un supuesto amor de Cristo), y la de señores purpurados cuya estrategia parece ser ver al cristianismo como una tradición que solo en la fosilización es válida. Aunque esa fosilización vaya contra la muy visible realidad de saber a los seminarios católicos como closets institucionalizados que sólo multiplicarán las consignas del ocultamiento.

Breve panorama:

En la Argentina, son muchos los colectivos religiosos que han dado su apoyo al proyecto de matrimonio e igualdad de las personas del mismo sexo.

Lamentablemente, no han recibido la atención ni la valoración que el hecho merece, trátese de medios de comunicación o de los propios sectores políticos interesados en la cuestión. A veces las revoluciones no se hacen con sangre ni con grandes números; y como cierta carta de un célebre cuento de Poe, pueden estar ante nuestros ojos sin que las percibamos, sin que nos demos cuenta de su auténtica magnitud.

 

Galeria

 

Esto se ha hecho por medio de declaraciones a los medios, como la de varios sacerdotes católicos y monjas herederos de la Teología de la Liberación y fieles al espíritu del aún vigente y sin embargo tan olvidado Concilio Vaticano II, o por medio de comunicados no solo apoyando la iniciativa parlamentaria sino haciendo muchas veces el necesario mea culpa por posiciones discriminatorias de antaño y repudiando las marchas de grupos evangélicos que se arrogan hablar en nombre de todos.

En este sentido se han manifestado la mayoría de las iglesias que hunden sus raíces en la Reforma Protestante del siglo XVI y que marcan así una sensible diferencia con los fundamentalismos made in Yankilandia. Su larga tradición de no considerar los textos canónicos como cerrados, su capital simbólico a favor de los Derechos Humanos, su resistencia bajo la dictadura, su propia otrora posición de minorías oprimidas, suman un bagaje nada despreciable, junto a su presencia en el país desde comienzos del siglo XIX – y mucho antes, por cierto, de que el Vaticano reconociera la independencia argentina.

Las iglesias de origen luterano alemán, los valdenses, los metodistas, lo reformados, los menonitas, la iglesia dinamarquesa (que hace años bendice uniones del mismo sexo), se cuentan entre estos grupos, que el 16 de junio se reunieron en la Iglesia Metodista de Flores para dar su apoyo a la comunidad LGTTB, y con ellos, sacerdotes católicos, miembros de ONGs católicas y ecuménicas, rabinos y representantes de espiritualidades africanistas.

A muchos de estos grupos la cuestión los ha tomado desprevenidos, en contraste con sus pares europeos, que han dado su OK hace tiempo. Dado que varios de ellos carecen de una jerarquía piramidal y las decisiones pasan por sínodos, presbiterios o autonomías eclesiales, el debate es relativamente reciente, pero no ha dejado de ser fecundo. Y que en esta cuestión hayan podido converger con pares católicos, judíos o africanistas, da cuenta de una sensibilidad hacia el tema que merece todo nuestro respeto, y más sabiendo el coste político que arriesgan, o las disconformidades conservadoras dentro de su propio seno.

Hermenéuticas abiertas:

Jesus_and_John.jpgNo se trata de mostrar simplemente iglesias o comunidades “modernosas”; se trata de ver cuáles son las estrategias para esta religiosidad de la inclusión. Desde el paradigma judaico que muestra a un Dios que crea al hombre a su imagen y semejanza (y por lo tanto, a ninguno más imagen y semejanza que a otro) y que sale a la liberación de los oprimidos, como en el éxodo, o desde la figura del Jesús que nos dejan los evangelios, amigo de las rupturas y poco atado a las convenciones morales del status quo y sí predicador infatigable de un amor que hizo extensivo a todas y todos, incluidos los miembros de la lacra de la sociedad de su tiempo, se vuelve insoslayable revisar los juicios esclerosados, las fragmentaciones, los apartheids ocultos, los discursos discriminatorios procedentes de una teología endurecida y disfrazada de una cientificidad más rancia aún.

¿Qué hay de los textos que la jerarquía católica y los fundamentalismos exhiben? ¿Acaso no están allí en la Biblia? En definitiva, ¿qué dice la Biblia sobre la homosexualidad?

La respuesta puede sonar decepcionante para unos y otros. La Biblia no dice nada. ¿Nada? Nada. La Biblia surgió hace milenios y la homosexualidad es una categoría que comenzó a esbozarse en el siglo XIX; visto así, la Biblia nada tiene para decir, y si algo tiene aunque de manera tangencial, ese algo es altamente positivo.

Textos tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento han sido esgrimidos por los nuevos profetas del odio; que un pasaje de Levítico contra la cópula entre varones, que un par de pasajes de San Pablo… La ciencia histórica, la arqueología, el estudio de las lenguas originales bíblicas, la exhumación de documentos contemporáneos a ella que pueden arrojar luz, cada vez dejan menos dudas sobre el sentido originario de esos pasajes. Apuntaban a, condenaban, prácticas comunes en la antigüedad, tanto del Medio Oriente como del imperialismo romano, de usar la violación y el abuso como formas de humillación a los pueblos oprimidos: se trataba de “heterosexuales” que violaban a prisioneros o a esclavos o a pueblos sometidos – una práctica aún visible, recuérdense las fotos en las cárceles irakíes de Abu-Graib - , no de relaciones consensuadas, contra las que la Biblia nada tiene que decir, mal que les pese a muchos apegados a traducciones (y tradiciones) anacrónicas y perimidas.

Nada de ley natural, que no es un concepto bíblico sino helenístico; nada de recurrir al supuesto matrimonio de Adán y Eva, cuya función mítica es visiblemente muy otra. Nada de querer ver en la Biblia un modelo único de familia – una Biblia donde conviven la poligamia, la monogamia, el incesto a veces prohibido y otras consentido, el celibato, y también, sí, y también, personajes de evidente filiación homoerótica, como David y Jonatán.

Estudios que nacieron ya en el XIX y se multiplicaron en las últimas décadas, como los aún insuperados de John Boswell. Estudios que quizás no han salido del gueto académico pero que vienen arrojando una luz sobre temáticas ríspidas en las que la Iglesia ya no debiera pertrecharse más. Negar la diversidad sexual y de género será, con el tiempo, una mancha tan oscura como el caso Galileo, cuando también un par de textos mal leídos sirvieron para negar lo que la ciencia y la realidad mostraban a gritos.

Sodoma y Gomorra:

Un relato que se volvió clásico a la hora de condenar la homosexualidad fue el de Sodoma y Gomorra. “Sodomía” fue por siglos sinónimo de vicio, pecado, perversión. Una lectura atenta al texto narrativo (Génesis 19) y a las múltiples ocasiones en que Sodoma y Gomorra reaparecen en la Biblia dejan pocas dudas sobre su exégesis. El relato nada dice sobre la homosexualidad; la población de toda una comarca intenta violar a unos extranjeros como forma de sometimiento y humillación fálica. En otros pasajes tan olvidados por los fundamentalistas, el pecado de Sodoma jamás se liga con el de una supuesta perversión sexual, sino con la falta de hospitalidad, de solidaridad, de ayuda a los oprimidos de ayer y de siempre.

Una sana hermenéutica, pues, nos diría que, con su discurso discriminatorio e inhumano, los auténticos sodomitas de hoy son un Ratzinger, un Bergoglio, una Chiche Duhalde, una larga serie de políticos y religiosos absolutamente olvidadizos de su papel ante ese prójimo por el que Jesucristo también derramó una gota de Su sangre.

 

 

Imágenes: David y Jonatán, de Lord Frederick Leighton; fotografía de los participantes en el encuentro en la Iglesia Metodista de Flores, Buenos Aires: líderes de diversos credos que dieron su iniciativa a la ley de matrimonio gay; icono de Jesús y Juan

 


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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Ensayos
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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
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