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23 julio 2012 1 23 /07 /julio /2012 18:32

 

 

Los que viajan en tren

pueden descarrilar,

y dejar su sangre como estrellas fugaces brillando en los andenes,

y en los rieles plantar rosas de desesperación,

y todavía guardarse para los algodones,

y las azucenas de las ambulancias,

y los cielos de hilo de las sábanas.

Incluso cuando

no descarrilan,

il Dante planta versos en los vagones;

ciegos y cojos, y niños y tullidos

que venden por dos pesos

calcetines que quizás no abriguen,

estampas de santos que no guardan,

Vírgenes esclavizadas a rezos inútiles,

y cantos de vihuelas y charangos,

y bombos y gorras limosneras,

y una enferma exhibe su constancia de VIH,

y un anciano pregona chocolates vencidos.

 

Pero los transportados por nenúfares

saben del techo verde de la Amazonía,

sobreviven a monstruos y a pirañas,

descienden por los saltos de las cataratas

sin un magullamiento,

y el viento los impele por el río

Paraná charlando en guaraní

con los dorados y los surubíes,

con los escuerzos, las ranas, los ofidios

más terribles en sana compañía.

 

Los que viajan en subte

pueden descarrilar,

quedar a oscuras entre dos estaciones,

mirar tinieblas en un túnel de topos,

sentir el olor de las hormigas,

y las chispas eléctricas que espantan,

y la antesala claustrofóbica donde suenan

los suspiros del viejo Leviatán,

y de Rahab y de Tiamat la derrotada;

los que viajan en subte pueden salir con golpes en el cuello,

con celulares rotos,

y en las horas pico,

sentir que los cuerpos apretados

son parte de una orgía tan antigua

como en un culto a la fertilidad,

une sacré de printemps entre inconnus,

pero intuyen el cruce de las gónadas,

de los falos, los vientres, los pezones,

y las manos en negro desespero

por no perder el íntimo equilibrio

que le impide aún

ser simios, paramecios, légamo.

 

Pero los transportados por nenúfares

nada temen, ni tiemblan, y si tiemblan,

lo es por la brisa que todo lo aniquila,

el pesar, la saudade, y luz perpetua

de albas y crepúsculos de río

y ciénagas fosforescentes,

y esteros e islas cenobitas

o incrustadas en deltas de inocuos

mosquitos y lianas y resortes

de camalote y sauce,

brilla sobre ellos, confundiéndolos

en la embriaguez de un dios mutable

de selvas, de montañas, de tormentas,

y de llanura sideral, que escuece

con su arcilla tan vieja como el mundo,

con su pampa más lisa que la cera,

con pamperos que despejan el paisaje

y en un instante lo detiene, eterno,

semejante a sí mismo, semejante,

al día precedente al Primer Día,

cuando un calmo universo adormecido

esperaba el fiat lux.

 

Los que viajan en bondis

corren insospechados peligros cada día,

en las paradas deben esperar por

microsegundos o siglos,

y después habituarse a las frenadas,

al pandemónium de las avenidas,

de los automóviles borrachos,

de las motocicletas zigzagueantes,

de los semáforos de rojo irrespetuoso,

del amontonamiento de las quejas:

una anciana tomó el bondi equivocado,

y se pierde, al bajar, en la marisma

de la megalópolis cruenta;

una rubia teñida habla y habla

con un celular para el olvido,

y se queja de Cristina Kirchner,

a quien sospecha culpable de su mal de ojo

y de todo el mal de los planetas;

un señor le dice a otro señor

que este país es el peor del mundo,

que es un país poco serio,

no como éste o aquél, que por supuesto

no conoció en su vida;

que si fuera por él, que vuelvan los milicos

y fusilen a todos menos a él

y a su electa familia de ribetes pulidos

(quizás de la salvación salvar al yerno);

y los obreros que regresan huelen a búfalo,

y los adolescentes ríen porque ríen,

y el chofer putea en cada esquina,

y levanta palomas con tumores

al doblar por las plazoletas.

 

Pero los transportados por nenúfares

yacen tranquilos cuando el río se abre

en una boca inmensa como de ogro,

barrosa y de orillas invisibles;

y después se atisban los cangrejos,

las bahías que son ya tremedales,

y no desmayan ante la luz última,

la del oriente de aromas africanos;

y si el río muere –porque muere

en una línea recta de colores

morenos y azules a sendos lados-,

saben sin duda que ellos también perecerán,

pero antes verán a los endriagos,

y oirán a las mismísimas sirenas de Odiseo,

y nacidos en el vientre de la Tierra,

anhelan esa sal como descanso,

y sin temor observan

como se agotan, felices, los nenúfares

en dulce dilución

al Mar Océano.-

 

julio de 2012

 

     

 

    

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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Poesías
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  • : El blog de Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • : Un blog para poesías propias, traducciones y ensayos
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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
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