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27 octubre 2012 6 27 /10 /octubre /2012 20:48

 

 

UMBERTO SABA (1883 – 1957)

Ulises

Traducción de Rodolfo Alonso (1934)

 

I

 

Desde mi juventud he navegado
junto a las costas dálmatas. Islotes
a flor de agua emergían, donde raro
un pájaro acechaba atento a presas,
cubiertos de aguas, resbalando, al sol
bellos como esmeraldas. Cuando la alta
marea y la noche los cegaba, velas
a sotavento más caían al mar,
para huir de su insidia. Hoy mi reino
es su tierra de nadie. A otros el puerto
encendía sus luces; a alta mar
empujé todavía el bravo espíritu,
y de la vida el doloroso amor

 

II

 

Pienso en un mar lejano, un puerto, ocultas
calles de aquel puerto; como en un día allí estaba,
y aquí estoy hoy, que a los dioses las palmas
implorantes elevo, no quieran castigarme
por una última victoria que suplico
(pero, por dulce, rige el corazón apenas);

pienso en sirena oscura
–beso ebriedad delirio–; pienso en Ulises
que allá abajo se alza de un triste lecho.


 angelopoulos_la-mirada-de-ulises.png

 

THEO ANGELOPOULOS (1935 – 2012)

Del film La mirada de Ulises: monólogo final.

         

Cuando regrese, lo haré con las ropas de otro, con el nombre de otro.

Nadie me esperará.

Si me dijeras que no soy yo, te daría pruebas y me creerías.

Te hablaría del limonero de tu jardín, de la ventana por donde entra la luz de la luna, y de las señales del cuerpo. Señales de amor. 

Y cuando subamos temblorosos a la habitación, entre abrazos, entre susurros de amor, te contaré mi viaje, toda la noche, y las noches venideras.

Entre abrazos; entre susurros de amor.

Toda la aventura humana.

La historia sin fin.

 

 

TERESA ORTIZ

Ítaca

 

Tal como prometió ha vuelto el rey de Ítaca.

Ha sido un largo viaje.

Por ti desafié la ira de los dioses.

Atrás quedaron tierras, caricias de otros brazos.

La música más bella que un mortal escuchara.

Hoy brilla el mismo sol en este hermoso cielo

que iluminó violento los días de mi dicha.

Bajo él vi muchachos que luego fueron hombres.

- Ambición y codicia cambiaron sus miradas

como cambian al mar el viento y las tormentas.-

Y aunque rogué a los dioses no ver esta mañana

de nada me ha servido.

Cumplido he mi destino: de mi astucia y mi fuerza

guardarán fiel recuerdo los hombres y los mares.

Todo valió la pena pues me esperaba Ítaca.

Mas Ítaca eras tú, mi prudente Penélope

que guardaste mi casa, defendiste mi hacienda.

Quien osó despojarnos lo pagó con la vida.

Al igual que esta tierra he sido sólo un sueño.

Demoré cuanto pude tu estancia lejos de ella.

Yo fui Circe, Nausícaa… Ítaca no existió.

Tu vuelta me condena, al reino de las sombras.

Muertos los pretendientes ya todo es como antes.

Nada importa si el tiempo dejó huella en tu rostro.

Para mí serás siempre aquella que me espera,

tejiendo mi regreso.

¿Los pretendientes, dices?… Soy demasiado vieja.

Casi no te recuerdo y nunca esperé a un héroe.

Sí, mi nombre es Penélope.

 

 

FERNANDO PESSOA (1888 – 1935)

Ulises

Traducción propia

 

El mito es la nada que lo es todo.

El mismo sol que abre los cielos

Es un mito brillante y mudo –

El cuerpo muerto de Dios

Vivo y desnudo.

 

Este, que aquí aportó

Fue por no ser existiendo.

Sin existir nos bastó.

Por no viniendo, viniendo,

Y nos creó.

 

Así leyenda se escurre

Al cruzar la realidad,

Y al fecundarla discurre.

Abajo, la vida, mitad

De la nada, muere.

 

 

MAX HORKHEIMER (1895 – 1973) y THEODOR ADORNO (1903 – 1969)

El excurso sobre Odiseo en la Dialéctica del Iluminismo: Ulises, el buen burgués

Traducción de Héctor A. Murena (1923 – 1975)

 

… El largo errar desde Troya hasta Ítaca es el itinerario del sujeto – infinitamente débil, desde el punto de vista físico, respecto a las fuerzas de la naturaleza, puesto que sólo se preocupa por formarse como autoconciencia - , el itinerario del Sí a través de los mitos. El mundo mítico es secularizado en el espacio que Odiseo recorre, los viejos demonios pueblan las márgenes extremas y las islas del Mediterráneo civilizado, refugiados en las rocas y cavernas de las que salieron un día con el estremecimiento primordial. Pero las aventuras dan a cada lugar su nombre; y el resultado es el control racional del espacio. El náufrago tembloroso anticipa el trabajo de la brújula. Su impotencia, que no desconoce ya ningún punto del mar, tiende a la vez a destituir a las potencias. Por lo que la simple falsedad de los mitos (el hecho de que en realidad la tierra y el mar no están habitados por demonios), la fantasmagoría difusa de la religión popular superada, se convierte para los ojos del héroe maduro en “error”, en peripecia, respecto a la clara univocidad del fin de la propia conservación y del regreso a la patria y a la propiedad estable. Las aventuras vividas por Odiseo son todas peligrosos halagos que tienden a desviar al Sí de la órbita de su lógica. Odiseo se abandona siempre de nuevo a ellas, probando y volviendo a probar, incorregible en su deseo de aprender, y en ocasiones incluso tontamente curioso, como un mimo que no se cansa jamás de ensayar sus papeles. “Donde sin embargo el peligro se halla, crece la salvación también” [Hölderlin]: el saber en qué consiste su identidad y que le permite sobrevivir, se halla consustanciado con la experiencia de lo múltiple, diverso y disolvente, y aquel que sabiendo sobrevive es también aquel que se entrega más temerariamente a la amenaza mortal que lo endurece y refuerza para la vida. He aquí el secreto del proceso entre epos y mito: el Sí no constituye la rígida antítesis de la aventura, pero se constituye en su rigidez sólo en tal antítesis, unidad sólo en la multiplicidad de aquella que la unidad niega. Odiseo, como los héroes de todas las novelas posteriores dignas de ese nombre, se abandona a sí mismo para rencontrarse: la extrañación respecto a la naturaleza, que lleva a cabo, se realiza gracias al abandono a la naturaleza, con la que se enfrenta en cada nuevo episodio; y la naturaleza despiadada, a la que domina, triunfa irónicamente cuando él vuelve, despiadado, a su casa y se revela – en su calidad de juez y vengador – heredero de las mismas potencias de las cuales ha huido. En este punto, en el estadio homérico, la identidad del Sí es función de lo no-idéntico, de los mitos dispersos e inarticulados, de los cuales debe extraerse. La forma interna, que constituye la individualidad, el tiempo, es aun tan débil que la unidad de las aventuras es externa, y su sucesión es un cambio espacial de escenas, sede de divinidades locales ante las que el héroe es lanzado por la tempestad. En todas las ocasiones en que el Sí ha vuelto a sufrir, en la historia ulterior, un debilitamiento de esta índole, la narración de la vida ha vuelto a resolverse en una serie de aventuras. Es sólo con gran dificultad, y revocablemente que, en la imagen del viaje, el tiempo histórico comienza a separarse del espacio, modelo irrevocable de todo tiempo mítico.

 

 

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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Ensayos
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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
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