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20 octubre 2012 6 20 /10 /octubre /2012 00:58

 

 odysseus

 

CORNELIO TÁCITO (55 – 120)

Germania, III, 3-4: Ulises visita a los germanos

Traducción de Nicolás Gelormini (1968)

 

Además, algunos opinan que también Ulises, traído a este mar en su largo y legendario vagabundeo, llegó a las tierras de Germania y fundó y dio nombre a Asciburgio, que, situada a la orilla del Rin, aún hoy está habitada; es más, que una vez fue encontrado en ese mismo lugar un altar consagrado por Ulises, con el añadido del nombre del padre, Laertes, y que aún quedan ciertos monumentos y túmulos con inscripciones en caracteres griegos en el confín de Germania y Retia. No es mi intención confirmar o rectificar con argumentos estas cosas: que cada uno, según su propia inteligencia, les quite u otorgue crédito.

 

Luís Vaz de Camões(1524 – 1580)

Os Lusíadas VIII.4.5-5.4: Ulises funda Lisboa

Traducción propia.

 

Ves a otro que del Tajo orillas pisa,

Después de largo tiempo el mar arado,

Donde muros perpetuos edifica,

Y templo a Palas, que en memoria ubica.

Ulises es quien ha la santa casa

A la Dea, que le da lengua fecunda,

Que si allí en Asia Troya insigne abrasa,

En Europa Lisboa ingente funda.

 


ALFRED TENNYSON (1809 – 1892)

Ulises

Traducción de Juan Rodolfo Wilcock (1919 – 1978)

 

De nada sirve que como un rey ocioso, junto a este hogar tranquilo, entre estos estériles despeñaderos, y unido a una mujer ya vieja, distribuya y otorgue injustas leyes a una raza salvaje, que sólo sabe cosechar, y dormir, y comer, y que me desconoce.

No puedo dejar de viajar; beberé la vida en los vientos marinos. Siempre he gozado mucho, sufrido mucho; con los que me querían, y solo; en tierra, y cuando en rápidas ráfagas las lluviosas Hyades viajaban el mar impreciso; he llegado a ser un nombre; errando siempre con ávido corazón, mucho he visto y he aprendido; ciudades humanas, y costumbres, climas, concejos, gobiernos; y no he sido menos, sino más respetado; yo bebí las delicias de la lucha entre mis pares, allá en las ruidosas llanuras de Troya bajo los vientos. Soy una parte de todo lo que he visto.

Pero toda experiencia es un arco, por donde se entrevé el destello del mundo desconocido; cuyas imágenes se alejan más y más cuando me acerco. ¡Qué absurdo es detenerse, poner fin, oxidarse sin lustre, en vez de brillar por el uso! Como si respirar fuera vivir. Vidas amontonadas sobre vidas, serían igualmente pocas, y poco me queda de la mía; pero cada hora se salva de ese eterno silencio, es algo más, y anuncia cosas nuevas; y vil sería guardarme y conservarme, durante unos tres soles, esconder este espíritu gris y ansioso por perseguir el conocimiento, como una estrella huyente, más allá del límite máximo del pensamiento humano.

Éste es mi hijo, mi propio Telémaco, a quien entrego el cetro y la isla –amado por mí, capaz de discernir el cumplimiento de esta tarea, de domesticar con lenta prudencia a un pueblo rústico, y someterlo suavemente a lo útil y lo bueno. Impecable al extremo es él, centrado en la esfera de los deberes comunes, decente e infalible en oficios de ternura, y en la adoración debida a mis dioses domésticos, cuando yo me vaya. Él cumple su labor y yo la mía.

Allá está el puerto; el barco hincha las velas; allá se oscurecen los amplios y sombríos mares. Mis marineros, almas que habéis trabajado y fatigado, y pensado conmigo; que siempre aceptasteis el trueno y el sol, y les opusisteis vuestros corazones y vuestras frentes libres; vosotros y yo, ya estamos viejos; pero la vejez guarda todavía su honor y su empresa; la muerte acaba con todo; pero tal vez antes del fin pueda cumplirse alguna labor de nobles méritos, no impropia de hombres que lucharon con los dioses.

Ya titilan las luces entre las rocas; el largo día se desvanece; lenta asciende la luna, y el abismo gime en torno con múltiples voces. Venid, mis amigos, no es demasiado tarde para buscar un mundo más nuevo. Remad, y sentados en orden cortad las resonantes ondas; porque intento navegar más allá del poniente, donde se bañan todas las estrellas del Oeste, hasta mi muerte. Quizá los golfos nos sumerjan; quizá lleguemos a las Islas Felices, y veamos al gran Aquiles, con quien otrora conversábamos.

Aunque mucho se ha perdido, mucho nos queda; y aunque no somos ahora esa fuerza que antaño movió la tierra y el cielo, somos los que somos: una invariable voluntad de heroicos corazones, debilitados por el tiempo y el destino, pero fuertes en su afán de luchar, de buscar, de encontrar, y de no doblegarse.

 

ulises2.jpg

 

JUAN DE ARGUIJO (1567 – 1623)

Ulises

 

El griego vencedor que tantos años
Vio contra sí constante la fortuna;
El que pudo, sagaz, de la importuna
Circe vencer los mágicos engaños;

El que en nuevas regiones y en extraños
Mares temer no supo vez alguna;
El que bajando a la infernal laguna
Libre volvió de los eternos daños,

Los ojos cubre y cierra los oídos
De las Sirenas a la vista y canto
Y se manda ligar a un mástil duro.

Y negando al objeto los sentidos,
La engañosa belleza y fuerte encanto
Huyendo vence, y corta el mar seguro.

 

JORGE LUIS BORGES (1899 – 1986)

 

Odisea

 

Ya la espada de hierro ha ejecutado

la debida labor de la venganza;

ya los ásperos dardos y la lanza

la sangre del perverso han prodigado.

A despecho de un dios y de sus mares

a su reino y su reina ha vuelto Ulises,

a despecho de un dios y de los grises

vientos y del estrépito de Ares.

Ya en el amor del compartido lecho

duerme la clara reina sobre el pecho

de su rey, pero ¿dónde está aquel hombre

que en los días y noches del destierro

erraba por el mundo como un perro

y decía que Nadie era su nombre?

 

El desterrado

 

Alguien recorre los senderos de Ítaca

y no se acuerda de su rey, que fue a Troya

hace ya tantos años;

alguien piensa en las tierras heredadas

y en el arado nuevo y el hijo

y es acaso feliz.

En el confín del orbe yo, Ulises,

descendí a la Casa de Hades

y vi la sombra del tebano Tiresias,

que desligó el amor de las serpientes,

y la sombra de Heracles,

que mata sombras de leones en la pradera

y asimismo está en el Olimpo.

Alguien hoy anda por Bolívar y Chile

y puede ser feliz o no serlo.

Quién me diera ser él.

                                          

FRANZ KAFKA (1883 – 1924)

El silencio de las sirenas

Traducción de J. L. B. y Adolfo Bioy Casares (1914 – 1999)

 

Una demostración de que también recursos insuficientes y hasta pueriles pueden servir como medios de salvación:

Para preservarse de las sirenas, Ulises se tapó los oídos con cera y se hizo aherrojar al mástil. Algo parecido hubieran podido hacer desde antiguo, claro está, todos los viajeros, salvo aquellos a quienes las sirenas seducían ya de lejos; pero se sabía en todo el mundo que era imposible que esto fuese remedio. El canto de las sirenas lo penetraba todo, y la pasión de los seducidos hubiera roto trabas más fuertes que cadenas y mástiles. Ulises, aunque acaso enterado, no pensó en eso. Confió plenamente en su puñado de cera, en su manojo de cadenas, y con inocente alegría, contentísimo con sus pequeñas astucias, navegó al encuentro de las sirenas.

Pero sucede que las sirenas disponen de un arma más terrible aún que su canto. Es su silencio. Acaso era imaginable –aunque, por cierto, eso tampoco había ocurrido– que alguien se salvara de su canto; pero sin duda nadie podía salvarse de su silencio. No hay nada terrenal que pudiera resistir a la sensación de haberlas vencido con fuerzas propias, a la infatuación consiguiente que se sobrepone a todo.

En efecto, al llegar Ulises, las formidables cantoras no cantaron, sea porque creyeron que semejante adversario ya sólo podía afrontarse con el silencio, sea porque esa visión de bienaventuranza en el rostro de Ulises, que no pensaba más que en cera y cadenas, les hizo olvidar cualquier canto.

Pero Ulises, por así decirlo, no oyó su silencio; creía que cantaban, sólo que él se veía librado de oírlas. Vio primero, fugazmente, las torsiones de sus cuellos, la honda respiración, los ojos arrasados en lágrimas, la boca entreabierta, y creyó que todo esto formaba parte de las arias que, sin ser escuchadas, resonaban y se perdían a su alrededor. Pero pronto todas las cosas rebotaban en su mirada abstraída; era como si las sirenas desaparecieran ante su resolución, y justamente cuando más cerca estuvo de ellas, ya nada sabía de su presencia.

Y ellas –más hermosas que nunca– se estiraban y se retorcían, tendían sus garras abiertas sobre la roca y sus hórridas cabelleras ondeaban al viento, libremente. Ya no pretendían seducir: tan sólo deseaban atrapar, mientras fuera posible, el reflejo de los dos grandes ojos de Ulises. Si las sirenas tuvieran conciencia, habrían sido destruidas en aquella oportunidad. Pero así perduraron, y únicamente se les escapó Ulises.

Por lo demás, la tradición refiere también un epílogo, al respecto.

Ulises, así cuentan, fue tan zorro, tan rico en astucias, que ni aun la diosa del destino logró penetrar en su fuero más íntimo. Quizás –aunque esto ya no pueda concebirlo la razón humana– advirtió realmente que las sirenas callaban, y sólo, por decirlo así, a manera de escudo, les opuso a ellas y a los dioses el referido simulacro.

 

 

 

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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Ensayos
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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
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