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29 mayo 2013 3 29 /05 /mayo /2013 07:48

 

 

 

 masacre-de-napalpi.jpg


Esperan.

Esperan a la vera del camino.

Esperan a la vera de la historia.

Esperan contra todo desespero.

Esperan a la vera de la espera.

 

Esperan.

Caminan a la vera de la espera.

Historian la vera de la espera.

Desesperan contra toda espera:

esperan a la vera de la espera,

colinde con la del desespero,

a la vera de todo,

eternos naides,

eternamente otros.

 

Esperan.

Y esperan los montículos de huesos

que la selva invade con lujuria,

necrófila, amante

también del yermo y de los ríos.

 

Esperan por esos mismos ríos,

esperan por esos mismos yermos,

esperan por esa misma selva,

y a la vera de montículos de huesos:

le temen a sus muertos insepultos,

profanados por

una muerte no suya.

 

Esperan.

Esperan por un agua sin carcomas,

esperan por un humus sin veneno,

esperan en un dios ya confundido

con el dios sangrante de Castilla.

 

Esperan.

Una década esperan.

Medio siglo que esperan.

Siglo entero que esperan.

Siglo y medio que esperan.

Siglo doble que esperan.

Cinco siglos que esperan.

 

         Su tiempo detenido

         también se envenenó en

                   cronologías.

 

Esperan.

Esperan en su trópico y saben

que en el gélido sur también esperan.

 

Se odiaban.

Se odiaron.

No fueron mejores que nosotros.

Ni lo son.

Ni peores.

La hideputez es ecuménica,

ecuánime, diacrónica.

 

No son,

no fueron

el buen salvaje rusoniano,

ni civilizaciones degradadas,

ni hombres niños.

No son nuestra infancia:

son.

 

         Testículos tehuelches por un precio.

         Fueguinos cazados con jaurías.

         Orejas pilagás.

         Huesos mapuches en las vitrinas de La Plata;

                   y antes los subsuelos

                   esperando que mueran,

                   para la vivisección perfecta y luego,

                   congresos, convenciones,

                   revistas de antiguallas,

                   sesudos papers,

                   y niñas ofertadas

                   a muy dignas familias de La Recoleta,

                   en los avisos de

                   La Prensa, La Nación.

 

Esperan.

Esperan pilagás, wichis, qom’leks,

payaguás, nivaklés, aonenk’enk,

mapuches; de los selk’nams, de los alakalufes,

no hay espera.

Ya no queda ninguno.

 

Esperan.

Esperan que todos recordemos

la sangre en Napalpí,

la sangre en Rincón Bomba,

la sangre en Tartagal,

la sangre que fluye tan reciente

como hoy, como ayer.

Insfrán, Capitanich, Zamora,

dignos hijos de Almagro y de Pizarro,

dignos hijos de la Hispania de los feudos,

devotos de María,

comedores de hombres.

 

No son héroes.

No son mejores que nosotros

ni peores.

No son las bestias de Sarmiento

ni los mártires de novelas cursis.

 

Solo son

y esperan.

 

Esperan.

Esperan a la vera del camino.

Esperan a la vera de la historia.

Esperan contra todo desespero.

Esperan a la vera de la espera.

 

 

 

 Imagen recordatoria de la masacre de Napalpí (1924)

 


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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Poesías
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  • : El blog de Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • : Un blog para poesías propias, traducciones y ensayos
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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional. Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".

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