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15 mayo 2011 7 15 /05 /mayo /2011 21:10


 

san-ignacio-de-antioquia.jpgIgnacio de Antioquía ocupa un sitio relevante entre los llamados “Padres Apostólicos”, una clasificación cómoda pero imprecisa que reúne textos de finales del siglo I y primera mitad del II, cercanos cronológicamente al Nuevo Testamento, dirigidos a comunidades cristianas y no en apología ante paganos, que guardan los requisitos mínimos de la ortodoxia impuesta después, y que están, de un modo temporal pero no directo, ligados a los “apóstoles”. De Ignacio solamente sabemos lo que nos dicen sus cartas –han sobrevivido siete-, i. e., que fue condenado a las fieras, y que en su camino a Roma desde Antioquía se reunió con comunidades cristianas e hizo un intenso trabajo epistolar de pastorado. En cierta manera un místico y un buen retórico, nos deja, personalmente, dos sensaciones desagradables: su martirio es casi una obsesión masoquista (se proclama casi un par de Cristo, un “trigo” dispuesto a ser triturado), y aboga por comunidades jerárquicas, lideradas por un obispo monárquico, seguido por presbíteros y estos por diáconos; por el contrario, las primeras iglesias (al menos las paulinas y joaninas) habían sido antijerárquicas, libradas al soplo pneumático. Un estado intermedio puede verse en las Cartas Pastorales (Tito, 1 y 2 Timoteo), seudopaulinas.

En sus textos integró himnos posiblemente tradicionales, retocados por él de acuerdo a sus fines. Uno de los más hermosos es el que presentamos, que hoy constituye el capítulo XIX de su carta a los Efesios. Con reminiscencias bíblicas y paganas, sorprenden algunas metáforas, que analizaremos en las notas.

Ignacio fue martirizado bajo el imperio de Trajano, entre el 107 y el 110; algunos dan fechas algo posteriores, no superiores al 135.

La traducción, en caso como estos, lidia entre la opción poética y la teológica. Me he decidido por la primera, y por la segunda en notas.

 

 

 

Κα λαθεν τν ρχοντα το αἰῶνος τούτου

παρθενία Μαρίας κα τοκετς ατς,

μοίως κα θάνατος το κυρίου·

τρία μυστήρια κραυγς,

τινα ν συχί θεο πράχθη.  

 

πς ον φανερώθη τος αἰῶσιν;

στρ ν οραν λαμψεν

πρ πάντας τος στέρας,

κα τ φς ατο νεκλάλητον ν

κα ξενισμν παρεχεν καινότης ατο,

τ δ λοιπ πάντα στρα

μα λί κα σελήν

χορς γένετο τ στέρι,

ατς δ ν περβάλλων τ φς ατο πρ´πάντα·

ταραχή τε ν, πόθεν καινότης νόμοιος ατος.

 

θεν λύετο πσα μαγεία

κα´πς δεσμς φανίζετο κακίας·

γνοια καθρετο,

παλαι βασιλεία διεφθείρετο

θεο νθρωπίνως φανερουμένου

ες καινότητα ϊδίου ζως·

ρχν δ λάμβανεν τ παρ θε πηρτισμένον.

νθεν τ πάντα συνεκινετο

δι τ μελετσθαι θανάτου κατάλυσιν.

 

star-hymn.jpg


 

Y quedó oculta al príncipe del siglo                                     

la virginidad de María y el parto de ella,

y asimismo la muerte del Señor:

tres misterios a gritos, surgidos

en el silencio de Dios.

 

¿Cómo entonces se manifestaron en el siglo?

Brilló un astro en el cielo,

sobre todos los astros,

y su luz fue inefable,

y tan nuevo que produjo estupor,

y todos los otros astros,

junto al sol y la luna

coro le hicieron,

y él con su luz, empero, vencía a todos.

Y turbación había, de dónde novedad desemejante.

 

De ahí que se deshizo toda magia,

y desarmáronse las cuerdas del mal.

La ignorancia fue destituida,

el antiguo reino derribado,

desde que un Dios humanizado se mostró

para llevarnos a una vida eterna,

empezando a cumplirse lo que Dios había preparado.

Todas las cosas fueron conmovidas,

pues incluso se meditaba la abolición de la Muerte.

 

 

 

 

 

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NOTAS

Distribución estrófica y de versos: Dadas las características de un himno que no responde a pautas “clásicas”, el difícil quiebre entre prosa retórica y verso en estos casos es tentativo, y se atiene a un ritmo intuible más allá de reglas de sílabas y acentos. Para un análisis de sus características formales, véase H. F. Stander, The Starhymn in the Epistle of Ignatius to te Ephesians (19:2-3), Vigiliae Christianae 43 (1989) 209-14.

La primera parte sería, más bien, una introductio en prosa; la un tanto forzada versificación nos pertenece. El himno en sí comenzaría recién en nuestro v. 7

V.1: El “príncipe del siglo” es obviamente Satán. La polisemia de la palabra griega “aión” permitiría también traducir como “mundo” o como “eón”, término más técnico usado por los gnósticos. Cf., en Pablo, 1 Corintios 2:6.

V.2: La virginidad de María, esbozada ya en el NT, fue tema principal de disputa y de reafirmación cristiana en el siglo II, una vez dada la ruptura final con la Sinagoga. De tema adventicio pasó a un primer lugar, acentuada en la polémica antijudía: los cristianos basaban ésta en una exégesis de Isaías 7 pero en la versión griega llamada Septuaginta, donde se hablaba de una “virgen (parthenos) que daría a luz” en tanto el texto hebreo sólo de una muchacha (almah), suceso nada milagroso. La polémica tomó visos inesperados: en el Talmud, Jesús sería el hijo de una prostituta y de un soldado romano; en el cristianismo creció la mariología y mariolatría, precisamente en Éfeso, destinataria de esta carta, donde el futuro título de María, Theotokos (madre de Dios) ya era adjudicado a Artemis Efesia. También proliferaron los evangelios apócrifo-piadosos sobre la historia de María y su parto.

V.4: También traducible como “misterios sonoros, clamorosos, ruidosos”, etc. Serían tres si se separan la virginidad misma del parto, más la muerte de Cristo (Kyrios, Señor, título que en la Septuaginta reemplazó a Yahveh y en el NT sirvió para la ambigüedad de Cristo como Dios). No que el “príncipe” fuera ciego a estos hechos, sino a su poder salvífico.

V.5: “silencio de Dios”, expresión feliz que tendría largo éxito. Generalmente asociada a la presunta falta de respuestas de Dios ante el sufrimiento humano, general o individual, que puede terminar en forma positiva o negativa. También así en elucubraciones intelectuales existencialistas, como en Kierkegaard o el gran cine de Ingmar Bergman. Sin embargo, en Ignacio parece tener el sentido  de revelación de lo escondido, como en Pablo: lo escondido en las revelaciones veterotestamentarias o en sus propósitos ocultos para vencer a Satán. Otros han apuntado a una designación gnóstica, a saber, Sigé (Silencio) como uno de los nombres de la Deidad o de la Díada primera que rige todo el Pleroma de los eones, en tanto en nuestro mundo sensible, regido por un demiurgo ignorante (que puede ser el Yahveh del AT), se necesita un despertar de nuestra semilla divina escondida, algo que hará Cristo. Las relaciones de Ignacio con el gnosticismo no pueden llevarse al extremo, pero el fondo de ideas en común de la “ortodoxia” y el “cristianismo de elites” que representaba el gnosticismo, tampoco.

V.7: El astro es, obviamente, Cristo. Ahora, el porqué de esta designación resulta más oscuro. Se han barajado varias posibilidades. Una es la veterotestamentaria, la famosa profecía de Balaam, “de Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel” (Números 24:17, BJ), retomada en Apocalipsis 2:28 en palabras del Cristo glorificado, “y le daré también el Lucero del alba”. Sin embargo, Ignacio demuestra poco aprecio por el AT, al que remite de pasada en penas tres ocasiones a lo largo de sus cartas (¿un antecedente leve del marcionismo o de la Epístola a Diogneto?), y el Apocalipsis, le fuera desconocido o no, tardó bastante en ser visto como un texto sagrado (de hecho es posible que Ignacio aún no viera como “textos sagrados” a aquellos que conocía del NT). También veterotestamentario es la del sueño de José en Génesis 37, cuando ve a los astros inclinándose ante él, que se cumplirá cuando su familia, años después, recurra a él como visir del Faraón. Otra posibilidad es que se remita al relato mateano de los magos de oriente que siguen la estrella buscando al Mesías; pero esa estrella es apenas anunciadora y no el Mesías en sí, y además es un tropos astrológico, algo que menospreciará Ignacio unos versos más abajo. Por otra parte, la presencia de una estrella “nueva” era, en el lenguaje helenístico-romano, la presencia de un nuevo Dios, por lo general el Emperador muerto en vistas a ser deificado. Si así, Ignacio pondría a Cristo por encima de todo otro astro, es decir, con dominio absoluto sobre ellos, fueren símbolos de potestades angélicas, demoníacas o de Césares romanos. Una última posibilidad es la exégesis gnóstica; en este caso contamos con un texto muy semejante en los Extractos de Teodoro, conservados por Clemente de Alejandría: “Por esto descendió el Señor, para traer la paz del cielo a los que están en la Tierra, como dice el apóstol: ‘Paz en la tierra y gloria en las alturas’. Por esto se levantó un astro extraño y nuevo destruyendo la antigua disposición astral, brillando con una luz nueva, no como la de este mundo. Él traza nuevos y salvadores caminos y es Señor él mismo, guía de los hombres, que descendió a la tierra para transferir a los que creen en Cristo desde el destino hasta la providencia de aquél” (versión de José Montserrat Torrents en Los gnósticos II, Madrid, Gredos, 1983) Cristo sería un astro enviado desde el Pleroma y atravesador de los eones y del Horos (Límite) para traer iluminación a un grupo de iniciados. Pero dado que Teodoro es discípulo de Valentín y por lo tanto posterior a Ignacio, puede que el que haga una lectura gnóstica del himno ignaciano sea Teodoro. Como sea, la fuerza poética de la imagen logra superar cualquier supuesto teológico de fondo.

V.16: “magia”, posiblemente la magia astral, vista en la patrística como herramienta del Diablo y supuestamente erradicada por el poder de Cristo, aunque en contradicción con otros Padres, como Ireneo, que nos hablan de magos eficaces gracias al demonio, como Simón y Menandro (Adversus Haereses, I).

V.17: Al propio Ignacio, condenado a los leones, no podía escapársele que la maldad no estaba ausente en el mundo; esta suerte de “escatología realizada”, que no espera en Milenios para ver el mal como sojuzgado, puede aplicarse en primer lugar a la comunidad cristiana, que guarda la esperanza de vida eterna, que ya no es esclava del pecado (Pablo dixit) y mucho menos del Diablo, bajo quien están los incrédulos. Este separatismo se afianzará con la creencia del juicio de éstos, y el regodearse de los justos al contemplar las torturas infernales de los ahora impotentes enemigos…

V.18: La ignorancia son los tiempos previos a Cristo y a la salvación; Pablo aplica una expresión semejante a los gentiles conversos al cristianismo, en contraste con el antiguo pueblo judío en pacto con Dios (Romanos). Los gentiles sólo tenían el testimonio de la creación y de su conciencia moral, la luego mal llamada “ley natural”.

V.19: Obviamente el reino del príncipe mencionado al principio.

V.20: “Humanizado”             no en el sentido habitual –“más bueno”- sino “hecho hombre”, encarnado según la teología joanina: “El Logos se hizo carne y residió entre nosotros…” o del himno cristológico de Filipenses 2, que hemos analizado en otra parte.

V.22: La preparatio evangelica será leída primero como los anuncios de Dios al pueblo judío, en sus profecías o en textos leídos desde la tipología y la alegoría, y luego en la propia sabiduría de los paganos, que en cierta manera atisbaron al Dios único y crearon un ambiente relativamente cómodo para las enseñanzas cristianas – platónicos y estoicos especialmente, aunque judíos y Padres por igual creyeran anacrónicamente que los grandes filósofos eran “plagiarios” de la sabiduría del Antiguo Testamento…

V.24: He puesto “Muerte” (Thánatos) con mayúscula por cuanto puede leerse como una personificación. En Pablo (1 Corintios 15:25) la muerte será eliminada en el futuro escatológico, si bien éste es percibido como cercano. En el Apocalipsis canónico, la eliminación de la muerte se posterga al Juicio Final, previo milenio intermedio (20:13). En Ignacio, no queda claro si la abolición de la muerte queda para el futuro y la Parusía, si la muerte es simbólica y eliminada a partir de la salvación en Cristo, o si es otro nombre del “príncipe del siglo” con que se inicia el texto.

Versiones de Ignacio en castellano: Existen varias, desde la de Clemente Ricci de 1930, pasando por las de Montaña (1934), Yaben (1940), Huber (1945) y retraducciones desde la inglesa de Lightfoot y otras “anónimas” que arremeten impunemente con versiones al francés o italiano. Son de amplia circulación hoy la de Daniel Ruiz Bueno, Padres Apostólicos, Madrid, B.A.C, de 1974 con reediciones hasta el presente (las primeras fueron bilingües o trilingües); y la de Juan José Ayán Calvo: Ignacio de Antioquía: Cartas. Policarpo de Esmirna: Carta. Carta de la Iglesia de Esmirna a la Iglesia de Filomelio, bilingüe y con amplias notas y bibliografía; Madrid: Ciudad Nueva, 1991, abriendo la colección Fuentes Patrísticas.

El texto griego: La vulgata de Funk (1901); no he puesto el aparato crítico por innecesario para un trabajo como éste.

 

 


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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Traducciones propias
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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
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