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5 enero 2012 4 05 /01 /enero /2012 05:06

 

En el mundo de los mitos, el de los orígenes, bien del mundo (cosmogonía) o del hombre (antropogénesis), gozan de una importancia única. Saber sobre los principios es inquietud de un niño, de una cultura, de una filosofía. El mundo griego lo resolvió de mil formas, desde el Caos de Hesíodo (Teogonía), las Edades del Hombre (Trabajos y días, también de Hesíodo, repetido por Ovidio) hasta las elucubraciones platónicas en el Timeo o el racionalismo evolucionista en Demócrito y Epicuro. El hombre suele ser feliz en los comienzos (la Edad de Oro, equivalente al Edén bíblico o al Buen Salvaje de Rousseau) o desdichado y necesitado de un tesmósforo, un héroe civilizador como Prometeo. En esta primera entrada dedicada al tema, recogemos el famoso discurso del Quijote sobre la Edad de Oro, que deja (y con razón) anonadado a los cabreros; y un fragmento del Prometeo esquiliano, en la bella y casi olvidada versión de juventud de Marcelino Menéndez y Pelayo.

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Miguel de Cervantes: Discurso sobre la edad de oro (Quijote, I, XI)

 

Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo. Los valientes alcornoques despedían de sí, sin otro artificio que el de su cortesía, sus anchas y livianas cortezas, con que se comenzaron a cubrir las casas, sobre rústicas estacas sustentadas, no más que para defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia: aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre; que ella sin ser forzada ofrecía, por todas las partes de su fértil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían. Entonces sí que andaban las simples y hermosas zagalejas de valle en valle y de otero en otero, en trenza y en cabello, sin más vestidos de aquellos que eran menester para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra, y no eran sus adornos de los que ahora se usan, a quien la púrpura de Tiro y la por tantos modos martirizada seda encarecen, sino de algunas hojas verdes de lampazos y yedra entretejidas, con lo que quizá iban tan pomposas y compuestas como van agora nuestras cortesanas con las raras y peregrinas invenciones que la curiosidad ociosa les ha mostrado. Entonces se decoraban los concetos amorosos del alma simple y sencillamente, del mesmo modo y manera que ella los concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos. No había la fraude, el engaño ni la malicia mezcládose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus proprios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interese, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar ni quién fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho, por dondequiera, sola y señera, sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento le menoscabasen, y su perdición nacía de su gusto y propria voluntad. Y agora, en estos nuestros detestables siglos, no está segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de Creta; porque allí, por los resquicios o por el aire, con el celo de la maldita solicitud, se les entra la amorosa pestilencia y les hace dar con todo su recogimiento al traste. Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. Desta orden soy yo, hermanos cabreros, a quien agradezco el gasaje y buen acogimiento que hacéis a mí y a mi escudero. Que aunque por ley natural están todos los que viven obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía, por saber que sin saber vosotros esta obligación me acogistes y regalastes, es razón que, con la voluntad a mí posible, os agradezca la vuestra.

 


Marcelino Menéndez y Pelayo: Fragmento de su versión de Prometeo encadenado de Esquilo

 

No atribuyáis a hastío ni a soberbia

Este silencio mío. Los pesares,

La ingrata afrenta, el corazón me muerden.

¿No me deben su imperio y su grandeza

Esas nuevas deidades? Pero callo,

Pues que ya lo sabéis. Deciros quiero

Cómo al hombre ignorante he conducido

A prudencia y razón. Ojos tenían,

Pero sin ver; oyendo, no escuchaban;

A las sombras, de un sueño semejantes,

Siempre al acaso obraban. Ni en el suelo

Con ladrillo o con piedra construían

Sus fábricas; moraban so la tierra,

Escondidos en antros tenebrosos,

Cual ágiles hormigas. Del invierno,

Primavera florida, o del estío

Frugífero, las señas no alcanzaban.

Todo les era igual. Mas yo enseñeles

A distinguir el orto y el ocaso

De las estrellas; inventé los números,

Arte divina; les mostré las letras,

Y la memoria, madre de las musas,

Su mente iluminó. Sujeté al yugo

Las bestias, que el trabajo de los hombres

Mucho aliviaron; antepuse al carro

Frenígeros corceles, de pomposo

Ornamento arreados. Lancé al ponto

Las velívolas naves con remeros.

¡Yo, que inventé las artes para el hombre,

No encuentro hoy arte alguna que me salve!

(…)

Si oyéndome seguís, han de admiraros

Mis artes, invenciones, beneficios.

Antes de mí, no la dolencia hallaba

Medicina; mas yo enseñé a los hombres

De muchas plantas la virtud salubre.

De la adivinación diles la ciencia,

Interpreté los sueños el primero,

Y las voces obscuras; del camino,

Los fatales encuentros; de las aves

De aduncas uñas el volar siniestro,

O a la diestra volar, y sus costumbres,

Odios y amores. Y de sus entrañas,

La forma y el color, y cómo aceptos

Son a los dioses hígados y hieles,

Y lomos y grosura. Los presagios

Del cielo declaré, velados antes.

¿Quién primero que yo, bajo la tierra,

Descubrió el bronce, hierro, plata y oro,

Riqueza que ignoraban los mortales?

Oídlo en suma: cuantas artes tienen,

Al solo Prometeo las debieron.

 


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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Ensayos
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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
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