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8 abril 2013 1 08 /04 /abril /2013 00:41

 

 

Nuevamente

A FRM

In memoriam

 

Al autor le fue revelado el Personaje un día anónimo de su infancia, en un álbum de fastos pueblerinos donde encontró Su nombre mezclado entre otros nombres.

Por entonces nada sabía de los nomencladores de Aristóteles. Cuando los supo, los supo insuficientes. Si al Personaje le convenía la Épica, o la Lírica, o la Dramática, o una combinación de todas, o si la austera Clío merecía una invocación acorde. Sólo entrevió que el Personaje era grande, más grande que un fasto pueblerino, y tan ubicuo como todo personaje que desborda un límite entanco y añora el Universo.

También imaginó el autor un ciclo de motetes, o un Oratorio con solista y coros, o una Pasión con un Cristo en un segundo plano, a dúo a veces con el Personaje, en antífona inarmónica otras tantas.

Pero el autor sabía que los dioses le negaron la música, menos generosos que con tres siglos de ancestros. Por eso, se resignó a la palabra, remedo de la música, o incluso al remedo de la palabra.

*

De la mano de su Personaje, el autor descubrió su propio paisaje. No que la pampa no hubiera estado siempre allí: en la infancia, le bastaba caminar unos metros de suburbio para hallarla, pero de tan vista estaba ausente, ignorada como cualquier cosa cotidiana. Mas ahora el paisaje que desvela a extranjeros se le hizo distinto. Se sintió privilegiado de vivir en círculo concéntrico no lejano a Su epicentro.

Pero dos siglos transcurridos cambian un paisaje, y el autor supo entonces que las rosas melifluas eran intrusas, tan intrusas como las compacturas de eucaliptus, o los limoneros, o los naranjos. Buscó entonces los sitios de virginidad menos profanada. El Camino del Tordillo aún guarda ese verde desolado, esos árboles pinchudos y tristes, bebedores de espanto y de salitre, esos páramos de asceta en la seca y de eras diluviales en los años del desborde. Segundo descubrir de ese paisaje: la pampa que es precámbrica, y los pasos del mar bajo las costras de arcilla temblorosa.

Años después, creyendo deshacerse de sí mismo, creyendo deshacerse de su Personaje, el autor dejó de postergar – manía aún suya – y se enfrentó con las páginas en blanco. Le cuadraron tres meses, después fue todo pulir y recortar esa falsificación que el blanco de las páginas devolvía, falsificación de sí mismo, falsificación de su Personaje, pregnantes  ambos, interporosos, contaminándose, poblándose mutuamente de angustias y de dioses perdidos, monólogos donde nadie se encontraba con los otros ni con ni en ellos mismos, plagados de retórica pero no mera retórica – también de vísceras escindidas y de esputos horribles, ya no sabremos de quién, escupitajos ecuánimes como la pampa misma, verdescencias y rojos arrojados a unísono por él y Él.

Una falsificación de las tantas posibles, un asidero de lo, en definitiva, inaprehensible.

El autor y el Personaje se encontraron en una portada y en un par de reseñas, ya no de un álbum de fastos pueblerinos, ¿pero acaso de un logro más conspicuo?

*

Pero un solo simulacro no agota al Personaje, apenas si trajina un mísero arrabal de la vasta Pesadilla. El autor ya descree de esos soliloquios envejecidos en un lustro, el autor y el Personaje se sospechan mutuamente y se buscan por sendas paralelas, donde ninguna esquina los soldará del todo.

El autor se empecina. Cambia el rumbo. Será Clío la invocada. Fatiga las hipótesis. Reúne la intuición siempre falible con centenares de folios ajenos, tan falibles como su intuición. Lo persigue por paisajes que desconoce (los viajes no son su fuerte), intenta descubrir sus lecturas, lee entre-líneas en las pocas páginas que del Personaje se salvaron. Le imagina una genealogía de mil heterodoxos – ya sabe que ningún hombre, ni Adán, es ex nihilo - , que desde el Medioevo al Orbis Novus lo fueran engendrando calmamente. Lo busca en anales inquisitoriales, en libros olvidados, en documentos informes que lo confunden aún más. El autor se pierde en lo adventicio. Quisiera leerlo todo, y desde el Personaje comprender el Mundo, pretérito y futuro, el real y el posible, el claudicado y el nunca pergeñado. Pero el tiempo urge. Sabe que las pistas se le escaparán, que las huellas son tibias y tienden a enfriarse. Sospecha concepciones grandiosas, escatologías que tuvieron a la América naciente como légamo fértil. Lo imagina aristócrata descendiendo a burgués, iluminado a la par que retrógrado, pragmático y utópico destinado al fracaso.

Fracaso, de eso sí que el autor sabe bastante.

El autor lo ama y lo detesta. Sus novísimas angustias lo acechan, y una vez más será inútil rechazar el adherirlas al Otro. Confiesa que en el Otro – como en sí mismo, como en cada uno de nosotros – no sólo mora el Bien, sino el Misterio de la Iniquidad, que ya está obrando, antes de un fin del que ni autor ni Personaje saldrán inmunes.

El autor conoce la injusticia. La sufrió, la discutió, ¿pero acaso, hipócrita él también, no la practica? Quizás el Personaje deba desmoronarse, y en el estrépito no solo dejar ver lo ardiente y lo divino, sino el rostro del Mal, pequeño y turbio, porque el Mal no es la máscara grandilocuente y monstruosa sino la monstruosa y muda trivialidad.

El autor morirá algún día; no sabemos si antes reescribirá al Personaje, pero sí que éste lo reescribirá a él. No sabemos si antes de la muerte hallará una cara, un espejo, una moneda con la faz desgastada y ya irreconocible. El autor morirá y el Personaje sin duda le sobrevivirá, en las entre-líneas de los otros, en los panegíricos y en las denostaciones. Si lo hallará en el Reino de los Cielos, si ese Reino existe, el autor no lo sabe. Sabrá, sí, si sus fatigas múltiples fueron vanidad, o tesón, o una razón válida o inválida como tantas otras para aferrarse a los instantes de una vida cuyo gusano roe día a día las esperas, una vida que pocas veces deja huellas grandiosas, o al menos inquietantes, como las del Personaje.

¿El Personaje ríe o llora ante su autor?

El Personaje quizás sepa que al autor le espera la desdicha de otro autor, hurgador de papeles y de hipótesis, y que la impotencia triple será cuádruple luego, y quíntuple y séxtupla y tal vez infinita.

 


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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Poesías
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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional. Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".

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