Overblog Seguir este blog
Edit post Administration Create my blog
28 noviembre 2013 4 28 /11 /noviembre /2013 00:17

 

 

isr1


El cuento seminal de la literatura argentina, El matadero de Esteban Echeverría, se inicia con las, para muchos lectores, enigmáticas palabras: “A pesar de que la mía es historia, no la empezaré por el arca de Noé y la genealogía de sus ascendientes como acostumbraban hacerlo los antiguos historiadores españoles de América, que deben ser nuestros prototipos”. El tono de esos primeros párrafos es irónico y anticlerical; pero las palabras dan cuenta de cómo teólogos y cronistas de Indias abordaron el espinoso tema del origen del hombre americano: es decir, desde la exégesis bíblica, que hasta el XVIII  no pudo separarse de la historia ni de la filosofía. Dicho brevemente: el descubrimiento de un nuevo continente necesitó con urgencia ser puesto en el contexto y en la genealogía de esa historia “universal” que hasta entonces lo había ignorado por completo. Estaban los recursos poco generosos pero manipulables de los textos de la antigüedad clásica y, sobre todo, las Sagradas Escrituras. Debía encausarse la novedad dentro de esa vetusta sabiduría: para explicarse a sí misma como acontecimiento magno, y para solucionar el problema de la unidad del hombre, que los nativos del Novus Orbis  parecían cuestionar con su mera existencia.

lacunza 2El uso del Antiguo Testamento en general, y del Israel bíblico en particular, fue una constante, una omnipresencia en los discursos, aunque estos operasen con mil contradicciones. No será ocioso repasar algunos. Después de todo, la obra del jesuita chileno Manuel Lacunza, en las postrimerías del XVIII, pese a los rótulos fáciles que se le han puesto (un comentario al Apocalipsis; una vindicación del milenarismo), es, entre muchas otras cosas, una reflexión sobre la conversión futura de los judíos y una readjudicación a estos de las profecías que la Iglesia había visto como realizadas en sí misma. Y en el XIX el argentino Francisco Ramos Mexía, a su vez, hará una relectura novedosa de Lacunza y del hecho mismo de Israel en clave heterodoxa, pero no aislado. El clero independentista también se apropiaba de Israel para legitimar su accionar en oposición a las jerarquías obispales, en manos siempre de peninsulares.

Podemos distinguir tres “usos” de Israel, aunque es posible que al imaginario de la época la noción de esos matices le fuera ajena.

 

 1 . -Un uso antropogenético, es decir, una búsqueda del origen del hombre americano en los relatos bíblicos, en especial en el mito de las “tribus perdidas de Israel”.

2. -Un uso escatológico, muchas veces relacionado con el anterior, centrándose en los pasajes neotestamentarios sobre la conversión de los judíos como paso previo y necesario a la Segunda Venida de Cristo y el fin del mundo.

 3. -Un uso metafórico, alegórico o tipológico, una concordancia entre los sucesos de América y las experiencias del Israel veterotestamentario, viendo estas como concordancias o hasta tipos o profecías de aquellos.

 

 

Analizaremos estos leit motivs no sin antes echar un vistazo a una realidad mucho más tangible: la situación de los judíos (o criptojudíos, o sospechosos de serlo) en la América colonial.

*

Cuando un Francisco Ramos Mexía deba llamarse a silencio en 1821, será en el marco de un gobierno liberal que está reduciendo sensiblemente los poderes eclesiásticos. Paradójicamente, no será acusado de “protestante” sino por fomentar “prácticas judaicas”. Se sabía que guardaba el sábado en su residencia, y él mismo dejó un testimonio al respecto en su panfleto más importante. Porque en definitiva, el gobierno de turno estaba echando mano a una vieja prohibición, nacida en España y trasplantada a América, con una larga tradición de punición inquisitorial. Y la Inquisición había sido formalmente abolida en el Plata en 1813, unos ocho años antes de este “escándalo”... Las instituciones podían desaparecer, pero no la judeofobia; mucho menos podía permitirse un “retroceso” judaico al miembro de una familia cristiana que al instalarse en el Plata había demostrado su “limpieza de sangre” para poder acceder a los cargos públicos.

Por supuesto, unos siglos antes la situación hubiera terminado mucho más trágicamente; en el mejor de los casos, expropiación de bienes, humillaciones públicas, cárcel; en el peor, de no retractarse, la hoguera.

No nos compete trazar la larga historia de la relación de los judíos con los otros pueblos de la península ibérica. Sólo saber que esta había llegado a un punto álgido en el momento del descubrimiento del Nuevo Mundo; de los pogromos del siglo XIV se había pasado a una política de conversiones, que a su vez alimentaba el quehacer inquisitorial sobre los conversos, siempre sospechosos de seguir guardando sus antiguas prácticas religiosas. La expulsión de los judíos fue seguida en el XVI por los inicuos “estatutos de sangre”, que ponían variados impedimentos al acceso a cargos públicos y clericales a los que no pudieran demostrar ser “cristianos viejos”, “puros” por los cuatro costados.

En la práctica, era vox populi que nadie podía estar libre de mancha: ni el clero, ni la nobleza, ni la propia corona. De hecho, gran parte de la espiritualidad española parece haber sido marcada por esa herencia judía: una espiritualidad que, en los conversos sinceros, había tendido hacia el paulinismo, con su doctrina antidiscriminatoria de “ni judío ni griego, ni esclavo un libre”, sino un solo pueblo en Jesucristo (Gálatas 3:28). Más aún, Américo Castro llegó a postular que fueron esa clase de conversos los que posibilitaron una orden como la de los jerónimos, que postulaba una religión de la interioridad más que de la mera liturgia externa, y que no vacilaba en romper con el proverbial desprecio hacia los trabajos manuales que hijadalgo y otras órdenes religiosas compartían. En los jerónimos, de hecho, habrían hallado también una solución “ortodoxa” aquellos movimientos de la Europa medieval que vulgarmente llamamos “pre-reformados” (husitas, valdenses, beguinos, begardos) sin tener, por ende, que cortar con la Iglesia y sufrir las consecuencias. Pero tampoco sería casualidad que entre jerónimos con ascendencia judía, como los que moraban en el convento de San Isidoro de Sevilla, surgieran algunos de los que apoyaron decididamente la Reforma, debiendo huir de España para sobrevivir: son conspicuos los casos de los dos grandes traductores bíblicos, Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera.

Mucho más demostrable resulta el aporte de esos conversos al breve florecimiento bíblico que propulsó Cisneros y que luego extenderían los erasmistas. El redescubrimiento de las lenguas bíblicas, la edición de las dos Políglotas con sus textos hebreo y arameo (o “caldeo”, como se decía entonces), con la correspondiente exégesis rabínica que entraba junto con los tárgumes: nada de eso hubiera sido posible en España sin los conversos, desde un Nebrija hasta un Arias Montano. Tampoco el breve florecimiento de una hermenéutica de tipo judío sobre los textos sagrados, en competencia con la patrística y (sobre todo) la escolástica de rigor.

“Los cristianos nuevos venidos del judaísmo –sintetiza Bataillon casi al cierre de su clásico Erasmo y España- constituyeron un terreno de elección para las nuevas tendencias morales y místicas que la revolución espiritual del siglo XVI oponía al formalismo ceremonial, y que se encadenaban, pasando por encima de la Edad Media, por encima también de los orígenes cristianos, con la tradición de los salmos y del profetismo bíblico. Al mismo tiempo que la Inquisición vigilaba sobre los conversos sospechosos de judaizar en secreto, y castigaba cruelmente a oscuras familias culpables de abstenerse de carne de cerdo, o de mudar de ropa los sábados, toda una porción selecta de clérigos de origen judío estaba luchando ardientemente, con Erasmo, en contra del ‘judaísmo’ de las ceremonias y predicando la libertad cristiana y el ‘dejamiento’ a la inspiración divina”. Esa tendencia libertaria e iluminista sería, por supuesto, firmemente refutada por los tiempos postridentinos.

Pero también pasaría a América… con todo lo demás: judíos y cristianos nuevos que ilusamente buscaban hallar más libertad en esa vastedad aparentemente menos asfixiante que la península; y las inquisiciones novohispana y limeña que, como la del viejo mundo, los tenían en la mira tanto como a los moriscos, los “alumbrados” y los protestantes. De hecho, partir para el Nuevo Mundo requería un certificado de la “limpieza de sangre”; por no poseerlo, Cervantes murió en Madrid y no en las Indias.

isr2La ruta de los perseguidos varió; hasta hoy existen comunidades sefaradíes en el Magreb y en los Balcanes. La relativa tolerancia de Portugal también fue una alternativa, pero al unificarse con España bajo Felipe II se remprendió la fuga; muchos fueron a parar a Holanda –es famoso el caso de la familia Spinoza- y otros al Brasil, un territorio colonizado de manera harto diferente a la española, empezando por su tardía cronología. Pronto, en el imaginario de la América hispana, “portugués” casi llegó a ser sinónimo de judío. Era una evidente exageración, e incluso entre los criptojudíos portugueses se dio un proceso de secularización o de reducción de las prácticas ancestrales a un mínimum, que sin embargo alcanzaba para visibilizarlos pese al barniz cristiano: guardar el sábado, abstenerse de carne de cerdo y de morcillas, evitar ciertas prácticas tenidas por idolátricas.

Pero la Inquisición tenía previsto cómo “identificar” a un judío, y por supuesto instigaba a su delación. ¿Alguien guardaba el sábado o mejoraba sus ropas ese día? ¿Comía carne en los días prohibidos por la Iglesia? ¿Ayunaba el Día del Perdón o el ayuno de Ester? ¿Bebía el vino de un solo trago? ¿Creía que el Mesías aún no había venido? ¿Recitaba los salmos sin agregarles la fórmula trinitaria? La lista continuaba hasta un detallismo nauseabundo.

La persecución en Sudamérica se inició con la llegada misma del Tribunal, pero tuvo su clímax entre 1610 y 1630; en esta última década, alcanzó la talla de un auténtico pogromo. Centenares de familias limeñas fueron  delatadas, y la tortura hizo previsiblemente el resto: la multiplicación mayor de las delaciones, y el recomienzo del ciclo. Y por supuesto los portugueses, que casi habían monopolizado el comercio, fueron las víctimas principales, hasta el punto de sufrir la entera economía del vasto virreinato. Si había, además del religioso, un interés económico –incautación de bienes para el sostenimiento del propio Tribunal- , la movilidad del sistema mercantil y comercial frustró los propósitos. Pero en el ínterin, la pesada burocracia impuso penas que iban desde los azotes hasta la “relajación” al brazo secular, es decir, la hoguera, incluyendo las variantes de los “juicios cadavéricos” o de la quema en estatua para los fugitivos o muertos antes del veredicto. Y si bien los juicios menguaron por presiones de la propia corona, continuaron hasta bien entrado el XVIII, cuando las anomalías en el caso de Ana de Castro –también quemada- resultaron en que no se reincidiera en la implementación de la pena de muerte.

La mayoría de las víctimas procedía de los territorios que hoy corresponden al Perú y Ecuador; el área rioplatense suponía enormes distancias, y un carácter aldeano o rural que dificultaba la efectividad de las denuncias, frustradas por la huida, que incluso contaba con la complicidad eclesiástica y civil: el férreo monopolio económico de los Austrias lograba como contrapartida que el contrabando gozara de una legitimidad de facto que portugueses primero y británicos después supieron aprovechar muy bien. Eso no significa que las causas no existieran; en los archivos inquisitoriales superviven varios nombres de acusados por prácticas judaizantes provenientes de las áreas de Tucumán y Córdoba y, en mucha menor medida, Buenos Aires: Álvaro Núñez, Diego Núñez de Silva, Diego Pérez de Acosta, Juan Acuña de Noronha (santiagueño, quemado en la hoguera), Francisco Maldonado Silva (también quemado), Rodrigo López (exculpado), Manuel de Coyto (desterrado), Álvaro Rodríguez de Acevedo (que nunca compareció), Juan Rodríguez Estela…

Coincidentemente con esas décadas del XVII tan marcadas por la judeofobia, comienzan los reclamos por una Inquisición que pudiera instalarse en Buenos Aires, Córdoba, Tucumán o al menos Charcas. Las peticiones prosiguieron durante todo el XVIII pero ni siquiera con la creación del nuevo virreinato, ya en sus postrimerías, dieron efecto; los costos eran altos y la experiencia limeña demostraba que los frutos en metálico de las multas y expropiaciones eran exangües. Tampoco la instauración por parte de Portugal de la Colonia del Sacramento, en la otra costa del Plata y frente mismo a Buenos Aires, pudo brindar razones suficientes. No faltaron los rumores de que allí, con todo desparpajo, existía una sinagoga apenas encubierta. Lo cierto es que el contrabando creció, y sirvió, más que para “judaizar” al Plata como temía algún obispo pacato, para el comercio de libros y un flujo de ideas realmente asombroso; las élites letradas, pese a los Índices y los comisarios del Santo Oficio, podían leer todas las peligrosas novedades de Europa, desde Spinoza y Hobbes a los enciclopedistas, desde la pornografía hasta la propaganda anti jesuítica y pro jansenista. Los comisarios de la Inquisición o hacían la vista gorda o se volvían ellos mismos coleccionistas de libros prohibidos, como lo demuestran tantos inventarios de bibliotecas de la época.

*

Que los propios habitantes de América pudieran ser considerados descendientes de los israelitas puede resultarnos inverosímil si no fuera porque la discusión brota de los documentos, y no solamente, como quieren algunos historiadores, en los comienzos de la conquista. La discusión atraviesa toda la era colonial y se inserta en la independentista. Más aún, no es exclusiva de los españoles, ni siquiera de los cristianos. Cuando se toca este tema en los ámbitos hispánicos parece no tenerse en cuenta que el tema preocupó tanto a los teólogos y cronistas católicos del ámbito iberoamericano como a los protestantes del anglosajón; que también interesó a eruditos judíos; y que, de hecho, persiste en el imaginario de muchas comunidades religiosas de Estados Unidos con proyección actual sobre Latinoamérica. Por supuesto, no podemos profundizar en un campo tan vasto; pero sí trazar algunas líneas que nos expliquen un fenómeno en apariencia exótico.

Que la idea estuviera tan extendida, diacrónica y sincrónicamente, no implica que fuera universal. Pero el mismo hecho de que hubiera tantas impugnaciones, como la clásica del jesuita Joseph de Acosta, demuestra que había calado muy hondo en el imaginario de la época, desde las minorías letradas hasta el “vulgo”. El propio Bernal Díaz del Castillo comenta que era tema de conversación en los vivacs de las huestes de Cortés; y no eran precisamente huestes de eruditos...

Varios factores confluían en esta hipótesis. Por una parte, como queda dicho, la necesidad de salvar la unidad de la especie humana, y, por lo tanto, ligar a los indígenas con alguna genealogía aceptable. Esa unidad no sería cuestionada hasta fines del siglo XVII, con la teoría de los “preadamitas” (que sacó de quicio al padre Feijoo), y en el XVIII con el poligenismo. Pero era irrefutable desde una percepción medieval, inclusive matizada por el humanismo. Por otra parte, reaparecía tentadoramente el mito judeocristiano de las diez “tribus perdidas de Israel”, que analizaremos pronto. Y por último, si los indios eran descendientes de esas tribus, su conversión, ahora iniciada, alentaba la creencia de la cercanía de los tiempos escatológicos que, de acuerdo a San Pablo y todos los expositores, debía ser precedida por la conversión de “todo Israel” al cristianismo. El Génesis y el Apocalipsis colindaban.  

Tampoco la discusión era ajena a la judeofobia o la judeofilia;  y las intersecciones con la percepción positiva o negativa de los indígenas eran disímiles. Que los “indios” tuvieran orígenes judíos podía explicar el hecho de que hubieran alcanzado cierto grado innegable de civilización, que parecieran conservar mejor que otros pueblos rasgos de la “religión natural”, que sus sacrificios e incluso monumentos fueran una huella de instituciones otrora divinas. Pero también que fueran perezosos, díscolos, inobedientes al evangelio, sucios, desalmados. Se proyectaban sobre esa nueva realidad, en fin, los distintos prejuicios y percepciones que Europa había labrado sobre el Israel bíblico y los judíos posteriores, culpables de “deicidio”, meros testigos necesarios de las promesas divinas cumplidas o a cumplir muy pronto.

La unidad humana, pues, era una premisa obvia. Podían adoptarse algunas teorías fantásticas sobre la diversidad de la fauna; se podía recurrir a San Agustín y creer que Dios la había transportado personalmente, vía milagro, o que el hombre mismo había sido traído por los ángeles sujetándolos de los cabellos, como había sucedido con Habacuc según Daniel 14, 33 y ss. Pero mejor apelar a una mayor racionalidad dentro mismo de las fuentes tradicionales, aquellas que, paradójicamente, hasta el momento nada habían dicho en apariencia sobre hombres de allende el Océano…

Esas fuentes eran, por supuesto, los libros de la antigüedad latina, a la que venía a sumarse el redescubrimiento de la helénica. Podían agregarse relatos más tardíos, medievales diríamos hoy, pero no podía prescindirse de Adán y de Noé bajo ningún punto de vista.

Del horizonte clásico surgieron varias teorías: la Atlántida de Platón; las tierras más allá de Thule de Séneca; los grandes navegantes del Mediterráneo, como los cartaginenses  o sus ancestros fenicios. Incluso los antiguos íberos; esta hipótesis venía de perillas para consolidar los actuales derechos de posesión por parte de España: ¡era casi un rencuentro! Cuando en el XVII se ponen las semillas de la egiptología, el país del Nilo sirve de cuna también, y se intenta una comparación de los jeroglíficos con las pictografías americanas. El XVIII suma a monjes budistas; el XIX inclusive a antecesores arios…

 Sin meterse en las cuestiones sobre los orígenes, los indigenistas como Las Casas no dudaban en comparar las grandes civilizaciones de Mesoamérica o de los Andes con Grecia y Roma; aquellos que los consideraban “bárbaros” tenían a los caldeos, a los medos y a los persas; y por supuesto no escaseaban los que demostraran un desprecio absoluto.

La Biblia ampliaba las posibilidades; no faltó la resurrección de la ocurrencia de Colón sobre el Paraíso Terrenal. En el XVII, León Pinelo aprovechó la traducción del siríaco de las obras de San Efrén; allí podía leer que el Paraíso había estado en otro mundo, y Pinelo no vaciló en ubicarlo en la Amazonía. Hasta identificó los cuatro ríos que según el Génesis regaban el Edén: no eran otros que el Orinoco, el Cauca, el Amazonas y el Río de la Plata. Las grandes construcciones eran necesariamente antediluvianas; después del diluvio, pueblos inferiores sólo habían hecho uso de lo ya construido: la estupidez no hacía distingos entre nómades y sedentarios.

El tropos del Diluvio abría a su vez tres grandes abanicos, y los tres fueron explotados. Noé había tenido tres hijos, Sem, Cam y Jafet. Cam fue maldecido por su padre; no solo había dado origen a los negros de África sino a estos seres paralelamente salvajes. Por supuesto, esta conclusión servía políticamente a los partidarios de la esclavitud y de la inferioridad innata de los indios; la explotación quedaba justificada por el interdicto divino. Más irénicos, los partidarios de un origen jafético creían consecuentemente en la potencialidad de estos hombres para alcanzar un cristianismo tan refinado o aún mejor que el europeo. La dispersión producida en el episodio de la Torre de Babel se recomponía ahora en el lenguaje armónico de la fe.

*

Restaba Sem; de Sem provenía Israel; e Israel había perdido diez tribus que hasta el momento eran una severa incógnita. El nuevo continente podía despejarla.

Tenemos que remontarnos a los libros históricos del Antiguo Testamento. Israel había existido como una unidad ideal en los tiempos de David y Salomón, pero se había disuelto en dos reinos a la muerte del último: Judá e Israel, sur y norte, dos y diez tribus respectivamente. Pero el norte había sucumbido ante los asirios y sus habitantes llevados a un cautiverio del que nunca volvieron. Judá también sufrió un cautiverio posterior bajo los babilonios,  pero habían regresado a su tierra unas décadas después, reconstruido Jerusalén y su Templo, resistido a los Seléucidas bajo los Macabeos… ¿Dónde estaban las diez tribus restantes? Los profetas clásicos, como Ezequiel, anunciaron el regreso y la reunión de los dos tronos bajo un “hijo de David” que más tarde los cristianos, por supuesto, identificaron con Jesús. Pero aunque hoy, gracias a una crítica científica de los textos y a la arqueología, podamos sospechar que esas diez tribus o se asimilaron con otros pueblos o constituyeron la despreciada rama judía de los samaritanos, lo cierto es que tanto para judíos como cristianos las “diez tribus perdidas” se convirtieron en un misterio digno de mil especulaciones, y que sólo lograría resolverse del todo en los tiempos escatológicos.

Un texto, que siempre anduvo en los límites del canon, sirvió como herramienta para avalar que esas tribus no eran otra cosa que los indios de América. Estamos hablando del IV de Esdras, ya utilizado por Colón para elucubraciones varias. No conocemos más que su versión latina y otras traducciones; el original hebreo se ha perdido. Se trata de un libro del período tardío de la apocalíptica judía, es decir, de fines del primer siglo d. C., puesto bajo la “firma” del célebre escriba Esdras, anterior en unos cuatro siglos, en un recurso que hoy llamamos pseudoepigrafía pero que era habitual en la antigüedad,. El libro tuvo retoques cristianos, y los Padres de la Iglesia fluctuaron entre su uso y su impugnación. Lo cierto es que entró en la Vulgata latina y también en las traducciones protestantes tempranas; el Concilio de Trento terminó por declararlo no inspirado, pero lo relegó a un apéndice en las ediciones de la Biblia. Nunca perdió, pues, una suerte de ambigüedad como documento en el límite de lo sagrado y lo profano. Hasta los primeros versos de la misa de réquiem proceden del IV de Esdras. Y si muchos santos se habían servido de él, muchos nuevos pecadores no temieron seguir su camino.  

Un misterioso pasaje del libro (13:39-50) hablaba del destino de las diez tribus. “Esdras” ve al Mesías envuelto en una batalla escatológica, y luego arribar una gran multitud. El ángel le explica los orígenes de ésta.  

Y respecto a lo que viste que él reunió junto a sí a otra muchedumbre pacífica, éstas son las diez tribus que fueron hechas cautivas (llevándolas) fuera de su tierra en los días del rey Josías, a quienes llevó cautivas Salmanasar, rey de los asirios, y los llevó más allá del Río y fueron trasladadas a otra tierra. Pero ellos determinaron dejar la muchedumbre de los gentiles y marchar a una región ulterior donde nunca había habitado el género humano a fin de observar allí sus preceptos, que no habían observado en su país. Ellos entraron por las estrechas entradas del Éufrates. Pues el Altísimo les hizo signos y contuvo los manantiales del río mientras pasaron. Pues por aquella región había un largo camino, de un año y medio de viaje, y aquella región se llama Arzareth. Allí habitaron hasta el fin de los días.

Es obvio que el autor trabaja con materiales fantásticos, posiblemente no de su invención sino tradicionales: refunde textos previos, y esa refundición los hace confusos. Pero también susceptibles a interpretaciones tan fantásticas como el original. Las tribus perdidas hacen un viaje de año y medio; van a “otra tierra”, “región ulterior donde nunca había habitado el género humano”. ¿No cuajaba esto de maravillas con el Orbis Novus? La tierra se llamaba Arzareth; para los imaginativos del XVI, esos grafemas parecían muy similares a sus propias transliteraciones de toponimias náhuatles. La teoría de la Atlántida también se basaba en su parecido con el vocablo Aztlán. Quizás las tribus perdidas, abandonado el Éufrates, habían seguido por el norte de Asia y cruzado a América. Y había llegado la hora anunciada por los profetas: todo el viejo Israel volvía a su unidad.

Acaso también la del cumplimiento de un excitante anuncio de San Pablo. Una vez reunido todo Israel, cabía esperar lo que el apóstol de los gentiles anunciara como señal previa de la consumación de los siglos, en su Epístola a los Romanos: “No quiero que ignoréis, hermanos, este misterio, para que no presumáis de sabios: el endurecimiento parcial que ha padecido Israel durará hasta que entren todos los gentiles. De este modo, todo Israel se salvará (…) En cuanto al Evangelio, los israelitas son contrarios para vuestro bien; pero en cuanto a la elección, son amados en atención a sus antepasados. Que los dones y la vocación de Dios son irrevocables” (11:25 ss). El esquema paulino opera así: Israel ha rechazado, como colectivo, a Jesús como su Mesías; Dios ha dado entrada, entonces, a los no judíos (=gentiles, paganos) a su pueblo, pero el pacto con Israel sigue en pie. Al fin de los tiempos, cuando la gentilidad haya entrado o rechazado a Jesús de manera definitiva, Israel en masa se convertirá a Jesús. El Apocalipsis, con su visión en el capítulo 7 de las doce tribus reunidas en el monte Sion, parecía confirmarlo.

  La especulación de los lectores del IV de Esdras de los albores de la conquista se desarrollaba por estos cauces: los indios no eran otra cosa que las tribus perdidas de Israel; su conversión al cristianismo no significaba más que la primera parte de esa conversión total anunciada por Pablo; finalizada esta, el fin de este mundo estaba asegurado.

Por supuesto, no faltaron los muchos detractores. Y las razones no eran pequeñas, como bien argumentó el padre Acosta. El IV de Esdras no era canónico. Incluso de creerle, parecía evidente que los indios americanos no cumplían con la ley judaica de una manera estricta (de hecho, ni de manera laxa), contrario a lo que el texto auguraba. ¿Un pueblo tan conservador como el judío podía haberse “degradado” en las múltiples manifestaciones idolátricas de los indígenas? Así, como con las especulaciones de los “doce apóstoles” de la Nueva España, momentáneamente se echaba por la borda el deseo de ver en el hecho de América un signo escatológico.

Pero, tímida o abiertamente, la teoría del origen israelita de los americanos se hace presente en los textos de López de Gomara, Gerónimo de Mendieta, Diego de Landa, Diego Durán, Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán, el erudito francés Gilbert Génébrard (autor de una popular Cronografía), el cartógrafo flamenco Cornelius Wyfliet, Gregorio García, Diego Andrés Rocha y un largo etcétera. Insistimos: la cantidad de impugnadores –Acosta y Juan de Torquemada entre los más conspicuos- sólo demuestra lo arraigada que llegó a estar la tentadora hipótesis.

*

garcia.jpgMuy conocida fue la obra del dominico Gregorio García (m. 1627),  Origen de los indios de el Nuevo Mundo e Indias Occidentales, editada en 1607 y que mereció una segunda edición en 1729; una investigadora ha demostrado que esta última, llena de interpolaciones anónimas que sintetizan material nuevo del siglo precedente, sirvió también como elemento de legitimación a la joven dinastía borbónica tras la Guerra de Sucesión. Lo cierto es que la reedición posibilitó una continuidad de los mitos surgidos dos siglos antes. Curioso es que García, el más utilizado por los ávidos partidarios del origen judaico, en realidad aboga por un poblamiento múltiple. Su obra es una “silva de varia lección” donde también entran los atlantes, los camitas, los cartagineses, los íberos… García sopesa los pros y los contras de cada teoría pero termina por conciliar a todas. En realidad, García parece circunscribir el origen israelita al Perú; y el suyo es un auténtico manual de judeofobia. Como los judíos, los indios son narigones, tímidos, medrosos, ceremoniáticos, propensos a la idolatría y la desobediencia reiterada, ingratos, poco caritativos, avaros, usureros, incrédulos; en fin, cumplen con toda la galería de clichés de rigor que la Europa cristiana había acumulado sobre esos Shylocks de guetos y aljamas. El visible fracaso de la cristianización del Perú llena a García de un desprecio tal sobre sus neófitos que recarga las tintas hasta lo insoportable. Aprovecha la propia Biblia hebraica para mostrar que los continuos fracasos y desobediencias de Israel, anatemizados por Moisés y los profetas, se repiten en el orbe indígena. También cree descubrir resabios de algunas ceremonias e instituciones sagradas; ni siquiera rechaza el testimonio del IV de Esdras; sólo que, contra la letra de este, cree que los judíos de las diez tribus han degenerado tanto como los de las dos restantes.

Las capacidades de odio de Gregorio García son ciertamente ecuánimes. Y duraderas. En las postrimerías del XVIII, cuando las rebeliones tupamaristas inunden casi toda Sudamérica, no faltará la explicación racial: el historiador polaco-argentino Boleslao Lewin menciona al menos a dos clérigos ilustrados, el doctor Ildefonso José de Mina y fray Lorenzo Caballero, que adjudicarán la “barbarie” de la insurrección de los indios –ingratos, brutales, idólatras, poco firmes- , a su origen judío, “como se puede ver en la obra del padre García”…   

Menasseh_ben_Israel_1642.jpgMás extraño es que la hipótesis, aunque con matices diferentes, interesara también a un eminente sabio judío como el rabino Menasseh ben Israel (1604-1657), cuya obra Esperança de Israel fue un auténtico best seller del XVII, editado en español, latín e inglés. Descendiente de ibéricos, nacido en Madeira, desarrolló su obra en Ámsterdam, donde fue maestro de Spinoza y fundó la primera imprenta judía. Luchó toda su vida por conseguir la revocación del edicto de expulsión de los judíos de Inglaterra, y casi lo consiguió con Cromwell; creía que el advenimiento del Mesías estaba ligado a ese contra-decreto. El siglo XVII fue un verdadero hervidero de ideas mesiánicas en las juderías, que culminaron de manera desastrosa con el decepcionante “mesías” Shabtai Tzvi. No llegó a tanto nuestro rabino, pero, como en el caso cristiano, se interesó en América y su relación con las diez tribus perdidas. Obviamente, no necesitaba de San Pablo para su planteo escatológico; pero tampoco dudó estar viviendo en los últimos tiempos.

Menasseh parte de un relato que toma por fidedigno. Un comerciante judeo-portugués, Antonio de Montezinos, tomó contacto con los indios. Estos le confesaron que la opresión española era un castigo divino por haber oprimido ellos mismos a un pueblo justo. Intrigado, Montezinos indaga a los indios, que lo terminan llevando a unas comunidades que moran escondidas en la selva y que no son otra cosa que remanentes de las diez tribus perdidas de Israel. Los indios propiamente dichos son a su vez de origen tártaro; llegaron después y entablaron batalla con los hebreos, viéndose obligados éstos a aislarse en sitios recónditos hasta que llegue el tiempo de la entera restauración de la Casa de Israel. Tienen sinagogas, practican el sábado y la circuncisión. Menasseh va más allá del relato de Montezinos; no solo lo cree verídico, sino que también utiliza el IV de Esdras para explicar la llegada de los israelitas a América, su fidelidad a Moisés y la providencia divina que los mantiene encubiertos. Asimismo observa que ruinas como las de Tiawuanaku y otras similares pudieron ser antiguas sinagogas; que algunas costumbres judaicas han pasado a los “tártaros” devenidos en indios: algunos se circuncidan, otros guardan el día de reposo, otros el Jubileo, el mantenimiento de un fuego sagrado perpetuo, purificaciones rituales tras el parto, etc. Pero los verdaderos israelitas se esconden en los lugares más inaccesibles, como la Amazonía. No constituyen la totalidad de las diez tribus; algunas permanecen en Persia, otras yacen distribuidas por Abisinia, China, la India, Tartaria. A su debido tiempo, bajo guía divina, serán conducidas por el Mesías de Efraín (o de José) hacia la Tierra Santa. Pernoctarán en Egipto y Asiria, y el Mesías de Efraín será derrotado por Gog y Magog, entidades escatológicas que aparecen en el profeta Ezequiel. Pero las tribus se salvarán, y llegarán a Jerusalén poniéndose bajo la égida del Mesías de David (el doble o hasta triple Mesías es una concepción totalmente ortodoxa en el judaísmo tardío, presente ya en Qumrán y que reaparece en toda la literatura medieval, incluidos los Midrashim y los dos Talmudes).

El autor acumula pasaje sobre pasaje bíblico para demostrar sus asertos, de un modo que nos recuerda lo que hará, tiempo después, Lacunza. No cede a la tentación de fechar esa era futura de Restauración bajo el Mesías; pero ve en las persecuciones del presente, como las de la Inquisición, un cumplimiento de las últimas desdichas que el Deuteronomio y el Levítico adjudican al judaísmo de la diáspora, preludios de una dicha consecuente. Y en el hecho de que América haya sido descubierta, y con ella la última fracción de las tribus perdidas, intuye una señal clara de la voluntad divina de reunir por fin a todo Israel bajo el rey davídico prometido.

Esperança de Israel fue por supuesto prohibida por la Inquisición ibérica. Mennaseh no consiguió la revocación del edicto, pero la versión inglesa de su libro (The Hope of Israel) hizo furor entre eruditos y teólogos protestantes de ambos lados del Atlántico: una consecuencia ciertamente inesperada. En Gran Bretaña es Thomas Thorowgood el primero en entusiasmarse con la idea; su libro Jewes in America (1650) tendría una influencia perdurable que se extiende hasta el siglo XIX con Lord Kingsborough (1795-1837), un anticuario irlandés que gastó toda su fortuna en la exhumación y publicación en gran formato de códices mayas y aztecas, junto con el testimonio de los primeros teólogos y cronistas hispanos. La larga cadena tuvo sus previsibles detractores, pero los herederos más fervientes fueron algunos de los más ilustres colonos de New England, puritanos, cuáqueros y bautistas, muchos de ellos fervientes filosemitas, abolicionistas, partidarios de la tolerancia y de la separación Estado – Iglesia. A su modo, el mito de las diez tribus, nuevamente sustentado en el IV de Esdras y en supuestas concordancias lingüísticas y culturales entre israelitas e indios, favoreció el mito de un “Nuevo Israel” americano, donde se sumaban judíos “auténticos” (los indios) y los herederos de la teocracia calvinista. Tuvo partidarios tan ilustres como John Eliot, apóstol de lo algonquinos y fundador de comunidades indígenas cristianizadas que devinieron en auténticas ciudades;  Roger Williams, teórico de la tolerancia de todas los credos; Cotton Mather, que inclusive soñó con un panamericanismo avant-la-lettre, una Nueva Jerusalén situada en México capaz de reunir a indios, criollos, españoles y británicos, en fin, a todos los protagonistas del “Nuevo Mundo” en su sentido más amplio; y el mismo William Penn, el cuáquero perseguido que decidió fundar su propia colonia: Pensilvania.

El siglo que va, aproximadamente, de 1650 a 1750, está atravesado en la América Anglosajona por el mito de las diez tribus, en un novedoso entramado con el Apocalipsis puritano, que por ahora sueña más con una teocracia-civil (si vale el oxímoron) que con un Milenio escatológico. En las postrimerías del XVIII el mito se renueva de manos del historiador irlandés James Adair (1709-1783), que identifica en varias tribus norteamericanas elementos “judíos” e influye en el más grande teólogo de los futuros Estados Unidos, Jonathan Edwards.  Una pléyade menor llega hasta el XIX; Ethan Smith publica una miscelánea desprolija bajo el título de View of the Hebrews (1823), que parece ser la influencia más notoria sobre Joseph Smith (no hay parentesco entre ambos), el fundador del mormonismo.

JosephSmith.jpgSin embargo, el mito ha ido sufriendo distintas acomodaciones; si en un principio sirve para sustentar el principio de un pueblo nuevo, teocrático y pluri-religioso, luego se erige en arma de combate contra el liberalismo ilustrado de los Padres Fundadores en la era de la Independencia y de la Constitución. Y por último se degrada; a su modo, la versión que Joseph Smith da en su Book of Mormon se asemeja a la de Gregorio García en el ámbito hispánico. Para Smith, América ha sido poblada por familias procedentes de la dispersión de Babel o de los judíos: jareditas, nefitas y lamanitas. Cristo se les reveló también en el nuevo continente, pero cayeron en la apostasía; la maldición divina los mancilla y convierte en los “miserables” indios de la actualidad. La secta cuasi gnóstica que funda Smith y consolida Brigham Young se erige como el nuevo pueblo elegido, aunque con el correr del tiempo abandone su posición contracultural y se sume al “destino manifiesto” de los Estados Unidos en general. Pero hasta el día de hoy existen comunidades religiosas norteamericanas que creen a rajatablas en el origen judío de los indígenas; inclusive algunos pueblos originarios han aceptado este exótico mito fundacional. Más importante aún, el vínculo innegable que existe hoy entre los Estados Unidos y el moderno Israel tiene el apoyo explícito de numerosos grupos religiosos, de corte dispensacionalista y fundamentalista, que aunque olvidados de las tribus perdidas, ven en el regreso de Israel a su tierra como un signo positivo del fin de los tiempos y del advenimiento del Milenio. Es lo que ha dado en llamarse “sionismo cristiano”, una construcción teológico-política que no duda, hoy mismo, en ver el Islam y a la antigua URSS como un eje del mal a destruir para acelerar el Armagedón. Esta postura, contemporánea y extrema, sería ajena a nuestra investigación salvo por un importante detalle: paradójicamente, el irénico Lacunza, vía traducciones del siglo XIX, está en la raíz de muchas de estas creencias. Lacunza se interesó muy poco en el mito de las diez tribus perdidas, pero muchísimo en las profecías respecto a Israel y su conversión al cristianismo previa a la venida del Mesías “en gloria y majestad”. Y, como con Menasseh ben Israel un siglo antes, su libro hizo furor en el ámbito protestante, británico primero y norteamericano después.

Cerrando este acápite, podemos concluir provisoriamente que el tropo de Israel como mito de origen y escatológico al mismo tiempo, preocupó a ambas Américas, y que la nórdica bebió de los precedentes ibéricos, vía Gregorio García, el rabino Menasseh o Lacunza; que esa preocupación perdura en la religiosidad norteamericana, en tanto casi desapareció en la latinoamericana. Con una excepción: en el proselitismo eficaz que diversos grupos de raíz yanqui ejercen sobre la actual Latinoamérica, importando una escatología que en buena medida se ha entreverado con un designio político, imperial y despreciador de muchos –demasiados- de los más preciados valores humanos.

*

Pasemos ahora al no menos importante uso “metafórico” que de Israel se hizo en la América hispánica. Entrecomillamos metafórico, porque quizás el adjetivo no hubiera sido reconocido por la larga cadena de exégetas que acompañan los procesos indianos desde el XVI hasta el XIX. Estaban avalados, más bien, por las pautas hermenéuticas a las que la larga tradición medieval los había acostumbrado en su manejo de las Escrituras. Porque la Biblia podía aportarles diversos sustratos de interpretación, acomodables a distintos órdenes de esa praxis cotidiana que difícilmente soportaba un corte entre lo sagrado y lo profano. Un sustrato literal –la Biblia como historia fáctica- y uno espiritual, que a su vez soportaba las lecturas alegóricas, morales, anagógicas y acomodaticias, reactualizaban el texto y lo ponían al servicio de las justificaciones éticas y de los aconteceres del presente, que así también podía erigirse en continuidad de la historia o al menos en cumplimiento, paralelo, cara nueva de la moneda cuyo anverso ya estaba estipulado en las letras sagradas. Se buscaba en la Biblia un texto jurídico, adaptable a las variadas pretensiones de los regímenes de turno para sustentar su autoridad; e historias modélicas, que podían verse casi en calco en los nuevos ciclos del devenir. La cosa dicha por Dios de una vez y para siempre debía necesariamente abarcar el pasado y el futuro, pero también el presente.  

Es llamativo que el uso y abuso que la Teología latinoamericana de la Liberación hiciera del “paradigma del éxodo” –la opresión del pueblo, su liberación y paso por el desierto, su entrada en la Tierra Prometida- como esquema para representar la situación y el desiderátum de las mayorías vejadas, tuviera un largo historial de precedentes en la América colonial y en la independentista. Y que desde el XVI al XX se quisiera eludir el rostro menos amable de ese relato veterotestamentario reciclado: que a los relatos del éxodo y del desierto siguen, en el fabulario bíblico, el de la sangrienta conquista de la Tierra a manos de Josué, un relato atroz donde el oprimido se transmuta en opresor por mandato del mismo Dios salvífico…

No fue ciertamente el relato del éxodo y sus personajes el único utilizado para “leer” la historia de América; pero sin duda tuvo una persistencia en el tiempo del que carecieron otros tropos. Los “doce apóstoles” de la Nueva España con Motolinía no vacilaban en ver la cristianización de los indígenas como un paso de la opresión a la liberación. Opresores eran las viejas idolatrías, el demonio que las propugnaba, el imperio azteca que las sostenía; liberadores eran Hernán Cortés, los propios misioneros, el providencial rey castellano; la Tierra Prometida era ese cristianismo triunfante y ese cielo conquistado, al que pronto quizás seguirían un Fin de los Tiempos y la implantación de las dichosas edades escatológicas.

Pero este esquema fue bien pronto refutado por los hechos; una generación después se denunciaba el regreso de los indios a la idolatría como un retorno al Egipto faraónico del que con tantos sudores habían sido liberados. O, más grave aún, como en un enloquecido ajedrez, los protagonistas del relato cambiaban de escaques, y los opresores ya no eran el demonio de la idolatría o Moctezuma o Atahualpa sino los propios españoles. Así lo denunció previsiblemente Fray Bartolomé de las Casas, sin vacilar un anuncio sobre el castigo divino hacia este nuevo faraón de tez blanca y falso siervo de la Cruz, un castigo que no se detendría ni en la misma Casa Real si esta no actuaba a tiempo. Pero no fue una voz ni un ideologema aislado; con variaciones, se hicieron eco Juan de Valle, obispo de Popayán, el jurista Solárzano, el inefable mestizo Guamán Poma de Ayala (que no descartaba una liberación, al tiempo que se armaba de una paciencia estoica), y un largo etcétera.

Más aún, el paso del tiempo también sumó oprimidos a ese Israel en cautividad. Ahora también podían serlo los criollos, españoles de iure pero no de facto, ciudadanos de segunda categoría de un Imperio que tozudamente persistía en reclutar las élites indianas en sus oficinas peninsulares. El peligro de esta nueva hermenéutica era quién la formulaba; un indígena comparado con un israelita oprimido era una fórmula fuerte, pero que el propio indígena, salvo excepciones de evidente aculturamiento, entendería muy poco: las élites seguían siendo las formuladoras de relatos. Un criollo viéndose a sí mismo bajo una férula faraónica era un hecho subversivo; a la quejumbre podía continuar, de manera natural, la búsqueda de un Moisés liberador.

Tupac_amaru_execution.jpgEs en este uso criollo o por parte de un indígena de educación europea como Túpac Amaru II del motivo de Israel, donde cimbrean los investigadores a la hora de distinguir entre un mesianismo o un milenarismo “puros” y un motivo meramente político. Quizás la búsqueda de compartimentos estancos sea el equívoco prejuicio a la hora de indagar una sociedad donde lo secular y lo religioso estaban imbricados en una cosa dada, en un equilibrio delicado que todo cuestionador podía quebrantar peligrosamente, fuere un autoproclamado iluminado por gracia divina o un caudillo capaz de pulsar sabiamente las angustias y necesidades de su casta. Lo cierto es que la América como “nuevo Israel” que debía romper sus cadenas fue un argumento convincente y persistente, que hizo uso del precedente bíblico para experiencias donde no siempre primó la metáfora o la construcción comparativa, sino también el sentimiento de irrupción de algo totalmente nuevo, fuere a través de una revelación directa de la Divinidad o de una lectura interesada de los “signos de los tiempos”. El mito antropogenésico, el advenimiento del eón escatológico o el apresuramiento del télos por la vía de las armas, supieron de momentos de causa y efecto e incluso de una superposición que abandonó el mundillo de la especulación libresca para proponer proyectos, muchos de ellos de imposible factura y de sangriento final.

Túpac Amaru II no vaciló en compararse con un Moisés, un Josué o un David liberador; no estuvo solo. Una vez más, falta un estudio panamericanista. Basta escuchar los negro spirituals tradicionales para ver que los mismos anhelos de éxodo y liberación more Israel pululaban en las cabañas de los esclavos negros de los algodonales del sur norteamericano. Pero también el Israel liberado o a liberar está presente entre los negros de Haití, los comuneros de Paraguay y de Nueva Granada, los quilombos de Brasil.

castro.jpgDonde abundan los estudios concienzudos es en México, quizás por la obvia razón de que sus primeros amagos independentistas estuvieron en manos de sacerdotes del bajo clero como Hidalgo y Morelos, que no vacilaron en aunar criollos e indígenas en la metáfora del Israel oprimido por el faraón español o napoleónico. Y quizás donde más escasean sea en el Río de la Plata, donde sólo he hallado un historiador –Roberto Di Stéfano- interesado en el tema.

Y, sin embargo, basta con hurgar en los sermones populares o escritos más elitistas del clero argentino entre 1810 y 1830, para ver que Israel es un denominador común, pese a las facciones irreconciliables heredadas del XVIII entre papistas y jansenistas, ultramontanos y galicanos, romanistas y regalistas. El Deán Funes, Castro Barros, Ignacio Gorriti entre los más ilustres, o un laico como Ramos Mexía, ven en la Independencia no solo un nuevo éxodo, sino también un Nuevo Israel de un Nuevo Mundo cada vez, en apariencia, más alejado del viejo y obsoleto continente. Algunos –más de los pensados-, influidos por una lectura acomodaticia del texto de Lacunza (quien jamás habló de la emancipación americana) y pese a la prohibición papal que cae sobre el chileno, también perciben signos escatológicos. América es una nueva era que ha comenzado a manifestarse, y quizás la Segunda Venida de Cristo esté a las puertas.

Cierro, a modo de ejemplo, con un párrafo de Pedro Ignacio de Castro Barros, un sacerdote “conservador” que esto decía en el quinto aniversario de la revolución, en 1815:

Sí, amados compatriotas, aquel gran Dios, que en el día 25 del mes Adar del año 2543 de la creación del mundo, mandó a Aarón extender su misteriosa vara, símbolo del supremo gobierno sobre las aguas de Egipto, para libertar á los israelitas de la férrea dominación de Faraón y de los egipcios, y posesionarlos de la pingüe tierra de Palestina, prometida á sus antiguos padres Abraham, Isaac y Jacob, cuya libertad realizó entre otros prodigios con el alimento de un celestial maná, figura la más expresiva de la sagrada eucaristía; y que en el día 25 del mes Nisam, según la nomenclatura de los hebreos instituyó el adorable sacramento del altar (…) es el mismo que, en el día 25 de mayo del año de 1810 de la redención del mundo, mandó á nuestra valiente capital extender la vara de su gobierno sobre todas las provincias del virreinato, para libertarnos igualmente de nuestra dura esclavitud de 300 años, bajo el cetro férreo del rey de las Españas y de los españoles, y posesionarnos nuevamente de nuestra feraz América, quitada á nuestros padres por la voraz codicia de aquéllos.

 

Compartir este post

Repost 0
Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Ensayos
Comenta este artículo

Comentarios

Presentación

  • : El blog de Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • : Un blog para poesías propias, traducciones y ensayos
  • Contacto

Perfil

  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional. Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".

Páginas