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29 diciembre 2013 7 29 /12 /diciembre /2013 22:37

 

 rosa3.jpg

 


Unos años después de que se enfriaran las calcinadas cenizas del quijotesco Fray Francisco de la Cruz, nacía en Lima, Año del Señor 1586, la niña Isabel Flores de Oliva. El padre era puertorriqueño y la madre, criolla limeña; aunque ya veremos que no faltó quien reivindicara otras raíces étnicas. No eran pobres de solemnidad, pero tampoco ricos; por eso, cuando Isabel se convirtió en bella niña primero y bella adolescente después, de una belleza que se hizo proverbial en la Lima que pisaba lerda el siglo XVII, no fue extraño que el padre quisiera sacar partido y acomodarla, vía matrimonio, en algún estrato superior de las castas virreinales. Pero la joven se opuso tajantemente. Estaba obsesionada por una imagen espeluznante del Ecce homo que había en la casa, y decidió seguir su camino. Se arruinó cara y brazos con pimienta y lejía, para que ya nadie se fijara en su belleza. Quedaba la salida del convento. Pero los conventos eran instituciones que reflejaban las susodichas castas, especialmente las más altas; no había lugar para Isabel.

Sin negar las vocaciones auténticas, los conventos eran repositorios (o morideros) de mujeres que no hallaban marido digno. Los de las clases más altas permitían que las monjas entraran a costas de entregar una dote más que interesante; a cambio, se les permitía tener esclavas, sirvientas, lujos, salidas, con tal de que se ocuparan de rezar por Lima y el virreinato y las Españas todas, a modo de usufructuarias del Espíritu. En las clases medias y bajas, las monjas entraban en monasterios más modestos, realizaban tareas manuales para autosostenimiento, o dependían de cofradías que garantizaran su supervivencia. En unas y otras, se cocían habas. Habían las que se flagelaban hasta el punto de morir de gangrena, hasta las que, amparadas en su riqueza, llevaban la dolce vita dejando sus hábitos por vestimentas “escandalosas”, paseando por Lima en bonitos carruajes, invitando a sus cuartos privados a la flor y nata de los caballeros, o haciendo vox populi sus amantazgos. Medraban la peleas y conflictos de poder internos, que llegaban a los mamporros, el agua hirviendo, o la intervención de sus huestes de esclavas, que a la postre solían ser las únicas castigadas. De vez en cuando el Demonio las tentaba y conventos enteros eran “poseídos”. La Inquisición había prohibido la coca como elemento ritual, aunque no prosperó un intento de interdicto contra la yerba mate, prontamente explotada por los jesuitas del Paraguay. Pero la yerba mate (o yerba paraguaya, o té del Paraguay, como se le decía entonces) se popularizó en los actuales territorios argentino, paraguayo, uruguayo, sur brasileño y oeste boliviano, nunca en Lima, donde era un elemento exótico. Unas monjas limeñas que tomaron de ella fueron poseídas por el Diablo del pernicioso yuyo, hasta que un inquisidor, más racionalista que otros, se valió de unas zurras para convencerlas de que no había posesión alguna.

Isabel no tenía dote para convento alguno, así que se integró al vasto círculo de beatas, que podían o no hacer votos, y seguían viviendo en sus casas particulares o en beaterios paupérrimos, y recorrer las calles sin restricción ninguna. En los últimos años, Isabel vistió el hábito terciario de las dominicas. Hizo de su casa su propio santuario, y reunió en torno suyo a otras contemplativas, que pronto se consideraron sus seguidoras y discípulas. Isabel maltrató su cuerpo hasta un grado increíble; en una Semana Santa, para revivir la Pasión, intentó llegar a los 5000 latigazos. Padres y confesor se oponían a este extremismo. Fue en vano. Se hizo hacer una corona de cordel y metal para imitar la de espinas del ecce homo, pero no le fue suficiente. Entonces se hizo otra, de plata con clavos afilados, que escondió bajo su velo. En secreto, se los incrustaba o se golpeaba contra la pared. Un día se interpuso entre su padre y su hermano, que habían llegado a las manos, y fue ella la que recibió la trompada en las sienes. Comenzó a desangrarse y se reveló su secreto. El confesor la amonestó severamente, pero ante los ruegos, le permitió seguir llevando la corona, sólo que con las puntas de los clavos mochas. De todas formas siguieron los porrazos, las jaquecas, el cilicio oculto. Tuvo visiones, pero no ignoraba el peligro que eso implicaba ante la Inquisición. Por eso las narraba como si fueran simples sueños, pero en los sueños Cristo, la Virgen y los ángeles eran recurrentes. El confesor anotaba; creía en ella y no se dejaba engañar por su guardia anti-inquisitorial.

El lector se habrá percatado de que nuestra Isabel no es otra que la llegó a ser conocida como Santa Rosa de Lima. Rosa de Santa María fue el nombre religioso que se impuso a pedido de su madre y los clérigos. Más allá de lo que hemos narrado y de los desposorios de que hablaremos luego, su vida parece casi carecer de interés. O más bien, no se diferencia mucho de la de otras beatas, de la península y de las Américas. A su muerte, se vio pronto que la biografía carecía de cimas; las leyendas hagiográficas se hicieron pertinentes entonces. Había sido tentada por Satán, y vencídolo rotundamente. Detenido con su sola presencia las invasiones de piratas holandeses, que quedaron yertos cuando se interpuso ante las imágenes de la Catedral. Más aún, provocado tormentas para que sequías y piratas se esfumasen (hasta el día de hoy, en el Cono Sur una tormenta cíclica que se produce por agosto y septiembre sigue siendo llamada “de Santa Rosa”).

   El Domingo de Ramos de 1617, en la Capilla del Rosario (Templo de Santo Domingo de Lima) Rosa no recibió la palma de rigor para la procesión. Enseguida pensó que era un castigo divino por alguna ofensa cometida. Bañada en lágrimas, se arrodilló rezando ante la Virgen del Rosario, hasta que sintió que el Niño que la Virgen portaba le decía: “Rosa de Mi Corazón, yo te quiero por Esposa”. Ella respondió, arrobada: “Aquí tienes, Señor, a tu humilde esclava”. Luego de estos Desposorios, Rosa aumentó sus mortificaciones y deseos, no ya de la unio mystica habitual, sino de la celestial y definitiva. Enfermó y murió unos meses más tarde, en agosto de ese 1617, en casa de unos ricos admiradores. Tenía 31 años.

Inmediatamente se encargó a Angelino Medoro, un artista italiano que de Sevilla pasó a las Indias, que retratara el rostro del cadáver. El cuadro y los restos de la iluminada fueron a parar al altar mayor del Templo de Santo Domingo, de donde la Inquisición, que nunca la había visto con buenos ojos, mandó sacarlos; también tuvo que recoger las reliquias desparramadas. Pero la devoción fue inmediata. Enseguida se atestiguaron milagros, presentes y pasados. Cojos, ciegos, posesos, estériles, todos eran curados; los objetos y los esclavos perdidos eran recuperados con solo mentar su nombre. Indios y negros se sumaron a la devoción. Mientras la Inquisición perseguía hasta el grado de tortura a muchas de las beatas amigas de Rosa por “alumbradas”, “diabólicas” y hasta “lutheranas”, paralelamente comenzaban los trámites para la canonización. Se necesitaba urgentemente una santa sudamericana, una suerte de contrapeso a la Virgen de Guadalupe de México, que suscitaba allí al norte devociones y milagros extraordinarios, para envidia del virreinato sureño. Copacabana (actual Bolivia) tenía su santuario, pero traía más problemas que beneficios. Volveremos sobre el tema.

Comenzó a proliferar la literatura en torno a Rosa. Llegó a escribirse un poema más largo que la Ilíada y, por supuesto, mucho más aburrido. Valga el ejemplo del poco conocido Luis de Texeda y Guzmán (1604-1680), nacido y muerto en Córdoba, actual Argentina, por entonces misérrima aldea. Un Don Juan en su primera etapa, un santurrón en la segunda, es el único poeta barroco de estas latitudes. Dejó una larga obra manuscrita, Libro de varios tratados y noticias, donde alterna prosa y verso. Fue descubierto a fines del XIX. Allí reseña con bastante exactitud del episodio de la corona de clavos, y le dedica a Rosa uno de sus más bellos poemas, el soneto

Nace en prouincia verde, y espinosa,

tierrno cogollo, apenas engendrado

entre las Rossas, (sol es ya del Prado)

crepusculo de olor, Rayo de Rossa.

De los llantos del Alba, apenas goza,

quando es del dueño singular cuydado

temiendo se le tronche, o Rudo arado

o se le aje, mano Artificiossa=,

mas ya qe. del cayrel desaprissiona

la virgen oja previniendo engaños,

la corta y pone en su Guirnalda, o, zona.

Assi esta virgen tierrna en verdes años

corto su Autor, y puso en su corona;

O, Bien anticipados desengaños.

 

Y la redondilla

Oy la America se goza

de ver trocada en estrella

Luziente del cielo y Bella

La que en sus campos fue Rossa.

 

El proceso de canonización de Rosa de Lima fue exprés, al menos en comparación con otros santos americanos. Piénsese en San Martín de Porres (1579-1639), también limeño, amigo de los humildes, y de yapa con el don de la ubicuidad: podía estar en Lima, México, África, China y Japón, todito al mismo tiempo. Pero era negro, serio inconveniente, y hubo que esperar a 1962 y al Pontificado del poco racista Juan XXIII para ser elevado a los altares oficiales, que en los clandestinos ya estaba hacía tiempo. San Juan Macías debió esperar a Pablo VI. El arzobispo Toribio de Mogrovejo y San Francisco Solano, que encantaba a bichos peligrosos y a hordas indígenas con su violín, tuvieron más suerte: principios del XVIII. Pero Rosa les ganó a todos, y la Inquisición debió morderse la lengua y preparar los dientes para otras víctimas. Fue beatificada en 1668 y canonizada en 1671. Y declarada patrona no solo de Lima sino de todo lo que hoy conocemos como América Latina y Filipinas. Declaración casi profética: la flagelante Rosa admiradora del Ecce homo nos legó manojos de espinas y clavos y regueros de sangre en las sienes y el cuerpo todo del malhadado continente.

*

rosa4.jpgClaro que no lo entendió así la sociedad del Orbis Novus ni mucho menos. La anodina vida de Rosa se torna apasionante precisamente post mortem. Un mundo de apocalipticismos, iconografías, astrologías, milenarismos y concepciones sociopolíticas se desata inopinadamente en los siglos XVII y XVIII en torno a su figura. Si en otros ensayos hemos visto el fervor religioso y mesianista conque fue recibido por España y los primeros teólogos y misioneros el factum de América, ahora veremos cómo la euforia se torna mestiza, nace en América misma para volcarse hacia el mundo,  en una suerte de orgullosa devolución o de usurera soberbia. Se acendraba, momentáneamente más sólida pero menos radical, la prematura utopía del pobre Fray Francisco de la Cruz.

  Agreguemos que estos estudios son relativamente recientes, y el adalid de ellos es el investigador peruano Ramón Mujica Pinilla (chapeau!!!), a quien seguiremos en líneas generales (Rosa Limensis: mística, política e iconografía en torno a la Patrona de América, y varios artículos complementarios).

*

Aún en vida, Rosa entró en contacto con un extraño personaje, el médico seglar doctor Juan del Castillo (1557-1636), toledano de origen, que servía a la Inquisición sin librarse de su vigilancia. Ya en 1611 comenzó a escribir un comentario de las Moradas de Santa Teresa de Ávila, que nunca llegó a publicar, dada su visible heterodoxia. Más tarde fue conocido por sus visiones y profecías, llegando a creer que había hallado la clave para la interpretación del Apocalipsis y demás textos proféticos bíblicos. Estuvo tres días junto a Rosa; en ellos intentó convencerla de que ella, una “rústica” casi iletrada, había realizado y consumado el proceso completo de la ascesis mística: la penitencia o purgación, la iluminación vía oración, y el Desposorio Místico, la transformación del alma en el Amado. Inclusive las prolongadas melancolías de la joven no eran otra cosa que el purgatorio en vida, ya que ella pasaría por vía directa al Paraíso. Del Castillo creía que Rosa jamás perdió la pureza bautismal, ni había cometido pecado venial o mortal alguno: había sido “endiosada” en vida. Pero fue más allá, en el proceso póstumo: en esa comunión de Rosa no había diferencia con la que Dios Padre mantiene con el Verbo Eterno, entrando así en los intrincados senderos de la trinitología. Era una predestinada, una “muy grande figura de Cristo”, y de ella hablaban ya varios pasajes de los Salmos y los Proverbios de Salomón. Al morir, había calcado los pasos de la Pasión del Cristo; era semeja al propio Hijo de Dios. Basado en Amalrico de Bena (siglo XIII), a su vez discípulo de Joaquín de Fiore, Del Castillo pudo pensar que la Encarnación no necesariamente se produjo una vez y para siempre, sino que podía ser múltiple, en especial al aproximarse la Era del Espíritu anunciada por Fiore. Quizás Rosa también había sido el Verbo Encarnado, destinado a llevar a la humanidad a la perfección.

Más extrañas para nosotros, pero no para la época, son las disquisiciones astrológicas que se trazaron en torno a la figura de la limeña. Como queda dicho en otro ensayo, la Iglesia perseguía la nigromancia, pero no le quitaba el estatus de episteme a la astrología. En muchos casos, la avalaba con fervor.

Para entender un poco mejor lo que sigue, tenemos que remontarnos a un mito de la antigüedad clásica y helenística, el de Astrea. Hija de Zeus y de Temis (la Justicia) y hermana del Pudor o Pudicitia, moró entre los hombres durante la Edad de Oro y las siguientes, según Ovidio (Metamorfosis I, 149s), y fue la última en abandonarlos en la Edad de Hierro, para convertirse en la constelación de Virgo (= la Virgen). Pero los versos que más perduraron en torno a su figura son los de Virgilio, en la famosa Égloga IV, que profetiza el regreso de los siglos áureos o saturnios.

iam redit et Virgo, redeunt Saturnia regna,

iam noua progenies caelo demittitur alto.

tu modo nascenti puero, quo férrea primum

desine ac toto surget gens aurea mundo,

casta faue Lucina: tuus iam regnat Apollo. (6-10)

 

… ya aun la Virgen, los reinos de Saturno retornan,

ya una nueva progenie del alto cielo baja.

Tú a este niño que nace, por quien la raza férrea

concluirá y surgirá la de oro en todo el mundo,

casta Lucina, ampáralo: ya reina ahora tu Apolo.

                          (trad. de Pablo Ingberg)

 

La Virgen virgiliana no es otra, por supuesto, que la Astrea helénica. Y es bien sabido el destino que sufrió esta égloga: leída en clave mesiánico-cristiana desde la Patrística, el niño no era otra cosa que Cristo, y Virgo, la Virgen María. Y en un plano más heterodoxo, el regreso de Astrea/Virgo sólo podía significar una renovación del orbe cristiano.

rosa5.jpgVolvamos ahora a Rosa de Lima. El mesianismo imperial que había fructificado con Carlos V (véase nuestro primer ensayo), se renueva inopinadamente con Felipe IV. Pese a la visible decadencia hispánica, el rey vuelve a congestionar sobre sí las esperanzas, y se profetiza a diestra y siniestra el retorno de Astrea. El siglo XVII español se llena de menciones a esta diosa: tan solo Calderón la hace casi protagonista de 13 de sus dramas. Cuando Rosa es beatificada, los beneficios caen sobre Carlos II. Cito in extenso a Mujica Pinillo:

Ya desde el primer sermón que dio a conocer la vida milagrosa de Santa Rosa al publicarse en Lima la bula de su beatificación en 1669, se potenciaron las consecuencias políticas de su culto. Lo predicó el dominico cusqueño Juan de Isturrizaga, calificador del Santo Oficio de Lima, no sin antes dedicárselo a Carlos II y resaltar la trascendencia que tenía este suceso para la monarquía hispana. Había que darle al César lo que era del César y a Dios lo que era de Dios. Reconocer la santidad de la virgen peruana era conmemorar la famosa donación” de Indias que en 1493 el papa Alejandro VI (1431-1503) hiciera a los Reyes Católicos. A unas 4900 leguas de España Carlos II ya contaba con más de 7000 templos y 600 conventos, sin considerar las ermitas y los hospitales. Y por ello, al ofrecerle a Dios la Rosa de Indias, el rey cumplía con restituirle su “prenda más querida”. Pero Isturrizaga va más lejos. Le dice a Carlos II que, por ser el “joven León coronado” de España y tener “visos de Cordero en la edad más sencilla”, estaba emparentado con esta “Paloma Indiana” que desde el Perú volaba hasta España para coronarlo y posarse en sus manos reales. Los méritos de esta virgen vaticinaban tiempos de renovación imperial y la conversión total de los naturales. Rosa anuncia “en las Indias la más vistosa Primavera de virtudes” porque “en el Zodiaco colocaron los Astrólogos el Signo de la Virgen entre el de León, y de Libra, para dar à entender (como lo advierte Francisco Ripa lib. 2. de la historia Natural, cap. 4.) que la virtud, si assiste à los Principes, es la que los inclina à que rijan con acierto, y justicia las Monarquías”. Fray Juan de Isturrizaga le asegura a Carlos II que en el momento de su muerte “passo Rosa à mejor vida, y colocose en el Cielo quando el Sol, saliendo del Signo del Leon, entra en el Signo de Virgen; agora esta Virgen dichosa, y pura buelve à carearse con V. M. para ser feliz presagio de que ha de assistirle siempre, intercediendo con Dios [...] en los felices progressos de su Reynado León formidable, que ponga grima à las fieras y à los enemigos de la Fè, y el que como arbitro de los Principes mantenga el mundo suspenso en iguales valanças y govierne los innumerables Pueblos que en toda la redondez del mundo le estan sugetos con justicia, y paz, imitando en la virtud las purezas desta Virgen esclarecida”.

 

El buen fraile no es inocente: Carlos II porta el signo zodiacal de Leo (= León), pero la verdadera intercesora es una americana, Virgo, Rosa de Lima. Entre los signos de Leo y Virgo se encuentra la estrella Justitia, que ahora representa el anhelo, quizás, de una menor discriminación entre los españoles peninsulares y los americanos. El signo de Libra (= la Balanza) fue aquel bajo el que se fundó Roma, que con Augusto unió a Oriente y Occidente. Lo mismo debe suceder con los Habsburgo: equilibrar sus dones entre el Viejo Continente y el Orbis Novus. Y Rosa corona el águila imperial porque sólo a partir de ella hay una nueva creación o alborada en la parte ultramarina de España: ella pone fin a la “gentilidad”, la noche oscura de la idolatría indígena. El propio Clemente X, al canonizarla, habló del “fuego de su caridad” que derretiría el largo invierno del imperio del Demonio sobre los aborígenes.

¿Pero por qué la identificación de Rosa con Astrea/Virgo? La clave está en la fecha de su muerte, acaecida entre el 23 y el 24 de agosto, donde, según nuestro fraile, “es limite en que se rozan los signos de Leon, y de la Virgen”. O como narró otro de sus biógrafos:

… que luego que oyó que le traian el convite Eucarístico, retocado el rostro de color rosado, como aurora resplandeciente se bañó de hermosura y sin poder detener los raudales y avenidas del gozo que anegaba su espíritu, se suspendió en éxtasis, y que en aquella misma ocasion de haberse incorporado las luces del divino Sol, con la aurora de Rosa llegó su confesor el Maestro Lorensana á la cama, y acordándose de los maravillosos efectos que como Sol divino obrara en la vírgen este vivífico Sacramento, la exhortó brevemente diciendo, que era el tiempo de gozar mas suavemente de su calor y luces, pues aquel mismo dia de Agosto el Sol material pasa en el Zodiaco del signo de Leon al de Vírgo, y el Sol Eucaristico que es verdaderamente Augusto, había venido á hacer la última visita á la vírgen llenándole su alma y cuerpo de resplandores, y á la verdad estaba entre la enfermedad y la muerte, como entre el signo de Leon y de Libra, pues aquel como Leon había quebrantado todos los huesos, y esta había de pesar como en balanzas gran golpe de glorias para comunicárselas.

 

El Sol no podía ser otro que el propio Cristo, según la expresión “sol de la justicia” que hallamos en Malaquías 4:2, aunque no faltó quien lo identificara con María, “luz de los apóstoles”, o con la propia Rosa.

Pero la cosa no quedó allí; así como se hizo una interpretación astrológica de su muerte, el nacimiento se vistió de mariología. Todo comenzó con el testimonio de la propia madre de Rosa en el proceso de beatificación. La niña contaba tres meses cuando “les paresció que estava el rostro y cabeza metida en una Rossa grande de un color muy encendido y que aquello fue con un repente, sin pensar y que luego desapareció aquella Rossa quedando el rostro muy hermoso y mas lindo de lo que otras vezes le avía visto”.

La iconografía se apoderó muy pronto de este relato. Recordemos que en el XVII estamos en el auge de la “Inmaculada” como motivo pictórico y respuesta de la espiritualidad de Trento. La concepción sin mancha de María era una concepción vieja, que muchas rispideces había producido en los primeros siglos del cristianismo, pero en Trento será fomentada, entre otras cosas, contra el “anti-marianismo” protestante; sin embargo, el dogma no llegó a ser oficial hasta 1854.   

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En este XVII, pues, las Inmaculadas sobreabundan. No fue difícil traspasar, con ligeros cambios, los atributos de María, la Astrea/Virgo por excelencia, a Rosa de Lima. Por ejemplo, un grabado popular representaba a Santa Ana en una cama, las cortinas levantadas, dos criadas detrás, y otras tres mujeres arrodilladas lavando a María niña, y una cuarta calentando un paño, más un ángel de rodillas. Anónimos pintores cusqueños modificaron la escena: Santa Ana deviene en la madre de Rosa, la tina se convierte en la cuna donde el rostro de la niña se transfigura, permanecen las criadas, y la que calienta el paño está vestida con una llikla o manta indígena, con una mosca posada en su hombro. El insecto representa a la gentilidad, a la condición india de la moza. Este es solo un ejemplo, En el Perú de los siglos XVII y XVIII se reciclan Inmaculadas y Dolorosas como “santarrosas” por docenas, y hasta se le aplican a la Rosa limensis pasajes completos, bíblicos o devocionales, de los antaño exclusivos de la Rosa Mystica. A la limeña se le adjudica hasta la capacidad de producir milagros aún antes de su nacimiento: la batalla de Lepanto contra el Turco (1571) fue una victoria suya… pese a que faltaban quince años para su gestación. Era la Virgen del Apocalipsis XII, que pisaba la medialuna otomana.

Tampoco fue difícil trazar comparaciones y retruécanos con la popularísima Virgen de Guadalupe de la Nueva España, que según la leyenda se había manifestado a los indios primeramente, y ante la incredulidad de las autoridades, uno de ellos, por mandato de María, recogió rosas que ante el asombro general se convirtieron en la imagen guadalupana, hasta el punto de creerse que ese era el único retrato auténtico de la Madre. A decir verdad, muchos mexicanos asumieron el culto de Rosa con tanto o más fervor que los peruanos. Pero no tardó en señalarse que la mariofanía novohispana era solo un anticipo de Rosa, que así alcanzaba el sello de perfección. A ello respondieron los mexicanos que el milagro de transfiguración en la cuna de la niña Rosa había sido breve y efímero, mientras que la Virgen de Guadalupe perduraba en su “autorretrato” auténtico desde hacía dos siglos. Los peruanos podían alegar que Rosa era una santa ratificada por Roma, mientras que la Guadalupana era tolerada, pero sus milagros y apariciones jamás se habían convertido en “oficiales” desde la Silla Apostólica. Con todo, las dos figuras tendieron a fundirse a veces, a tomar una los atributos de otra y viceversa. La conciencia criolla (y anti-peninsular) podía más que las rencillas inter-virreinales.

¿Llegó esta marianización de Rosa, Virgo/Astrea, “Aurora de las Yndias”, a un punto de simbiosis completa? No para los severos teólogos; ¿pero qué decir de la devoción popular? Intúyalo el lector.

*

Pero el culmen de las lecturas en torno a Rosa lo dio Gonzalo Tenorio, simpático fraile cuya vasta obra permanece aún lamentablemente inédita. Dejemos ahora que sea el historiador chileno Mario Góngora (Estudios sobre la historia colonial de Hispanoamérica) el que nos lo presente.

Eguiluz (1959) ha publicado un informe de un franciscano, nacido en la diócesis de Quito, Gonzalo Tenorio (nacido en 1602 y muerto después de 1675), cuyas voluminosas obras no publicadas son un ejemplo de milenarismo con un sesgo especialmente americano. Tenorio no pudo publicar un libro en España, y atribuyó las objeciones a su obra por parte de los teólogos peninsulares, al desprecio que sentían hacia los nativos americanos. ‘Me gustaría saber’, afirma, ‘cuándo comenzó este odio que los españoles sienten por aquellos que ellos llaman indianos, cuando todos tenemos el mismo origen… y los americanos no contradicen las doctrinas de los españoles; han recibido estas doctrinas de ellos; más bien, iluminan lo que han recibido mediante desarrollos admirables y sólidamente fundados’. Desde su punto de vista, España era la nueva Israel, gracias a su ortodoxia y devoción, pero recientemente había demostrado también debilidad; los ataques de los herejes a las costas de América, la declinación del comercio y de las flotas, la avaricia y el despliegue ostentoso de los criollos, los feudos al interior de los conventos, y los ministros carentes de méritos del gobierno español, todas éstas eran manifestaciones de un castigo divino. En todo caso, esto no afectaba la vocación divina de España, la que consistiría al fin de los tiempos en anunciar ‘el Evangelio del Reino’. El Reino de Cristo, Paradisus restitutus, no sería gobernado por Él directamente; Él lo haría a través de un Monarca universal, el Rey de España, y del Papa, quienes se establecerían ambos en las Indias después de ser expulsados de Europa por los herejes. La misión mesiánica de España, por tanto, está en las Indias. Lo que significa que Tenorio estaba aplicando a España y a las Indias las profecías del Pseudo-Metodio relativas al Rey Mesiánico y otras doctrinas milenaristas, que en su mente estaban estrechamente vinculadas con la devoción al dogma de la Inmaculada Concepción. Su obra contiene, entremezclada con sus ideas principales, interesantes especulaciones respecto a las primeras predicaciones del Evangelio por Santo Tomás, la conquista y purificación de las Indias, entre otras.

Agreguemos algunos datos y rectifiquemos otros. Más que del Pseudo-Metodio, nuestro quiteño depende, en cuanto al paso de la Iglesia a las Indias, de teorías como las de Las Casas y Meneses, llevadas a la máxima radicalidad por Fray Francisco de la Cruz unas décadas antes de su nacimiento. Y de las visiones del beato portugués Amadeu da Silva (1431-1482), cuya esotérica obra Apocalypsis Nova intentó en vano reeditar. Por otra parte, recordemos lo dicho sobre la Inmaculada: era moda postridentina, pero no dogma oficial. Que el veredicto se retardara hizo creer a Tenorio que los teólogos que lo debatían no debían hacerlo más, porque el dogma llegaría recién después de la muerte del Anticristo. Con Eva se había perdido el Paraíso, con María Inmaculada se lo restituiría y comenzaría el Milenio, la séptima edad del mundo. Tenorio escribió 16 tomos en torno a ella, al Apocalipsis y al Nuevo Mundo, y proyectó otros muchos que la Parca le impidió concretar. Sólo vio éditas dos obritas… y una de ellas, un sermón en torno a Rosa de Lima (1670). Para su conocimiento volvemos a depender del inevitable Mujica Pinilla.

Tenorio había conocido a la familia de Rosa, a sus confesores, amigos, y al inefable médico Del Castillo, del que ya hemos hablado. Plantea la cuestión de la santidad en América como si de cinco flores hablase: estaban los primeros predicadores españoles; los malos españoles que hicieron vida santa en América; los españoles nacidos en América (criollos) plenos en virtudes; los indios puros que de la idolatría habían pasado a la vera fe; y los mestizos, hijos de españoles e indias. Lo sorprendente es que ubique a Rosa entre los últimos: Deste genero fue N. Rosa, pues sus abuelos Paternos fueron nacidos en España, y los maternos fueron puros Indios, de los nueuamente conuertidos”. No se sabe, hasta hoy, cuánta verdad hay en esto; pero valga el uso histórico-teológico que Tenorio hará de esta Rosa mistura de españoles e indios. La clave está en el Desposorio Místico, signo de alianza de Dios con su nuevo Pueblo Elegido.

Tenorio, en su sermón, hace monologar al propio Dios:

Si yo de los Varones que tengo Beatificables en las Indias nueuamente reducidas à mi Fé, dispongo se Beatifique primero alguno de los Angeles que embié à publicar mi Euangelio, que fueron primero que Rosa [...], diràn que a esso me motiua el cariño que tengo à los Españoles, por ser los primeros que plantaron mi Fé en aquella Iglesia [...]: lo mismo diràn si Beatifico alguno en su origen puramente Español, aun que sea nacido alla. Si a vno de los Iustos puramente Indios, diran que he trasladado mi Fé, ò el afecto que miro à la Religion de España a las Indias, como parece lo tengo amenaçado [...]. Pues no quiero (dize Dios) en esta nueua conuersion trasladar mi Iglesia, ni mi Fé de España, que es mucho lo que la quiero; si, la pretendo dilatar [...], assi en mi Rosa quiero yo honrar Indios, y Españoles, pues Beatificada Rosa primero, por lo que tiene de sus abuelos Paternos Españoles, queda ilustrada España, y assi lo ha reconocido en las fiestas de todas sus Iglesias, y Ciudades [...]; por ser nacida en las Indias, quedan honrados los Varones ilustres [los criollos] de aquel Nueuo Mundo, y por lo que tiene Rosa de India, y descendiente de Idolatra, segun sus abuelos maternos, tambien se condecoran los Indios Iustos, y los Gentiles de aquel Pais con firmes pronosticos de su conuersion [...], pues en ella son todos participantes de su dicha.

 

Pero avanza más y más. Siguiendo al Beato Amadeu da Silva, ve en la Encarnación de Dios el primer Desposorio Místico. El segundo se produce en América a través de la limeña; el Orbis Novus, postergado de la Gracia divina por 5000 años, último continente en conocer a Cristo, es ahora el escenario de ese “decente tálamo” donde el Esposo toma a Rosa por Amada. Así se restituye para América el “siglo de Adán”, enmendando el pecado original y domeñando a la propia naturaleza. Solo se puede esperar que los idólatras se conviertan y salven en masa. ¿No se mostraba, a través del libro de los Hechos de los Apóstoles, que en el cristianismo primitivo eran mayoría los salvos y poquísimos los cristianos apóstatas? Así, en este suelo el cristianismo, gracias a Rosa, se haría pleno de millones de santificados, y minoría serían los pertinaces en las artes del Diablo. Con Rosa, la Iglesia alcanzaba la perfección; lo había demostrado en su muerte, al trasmutar su rostro por el del propio Cristo.

El sacerdote con orígenes indígenas Juan de Espinosa y Medrano (1629-1682) continuaría la línea trazada por Gonzalo Tenorio, y no temería en ver a Lima como una segunda Roma. De hecho, la Biblia entera parecía apuntar unilateralmente a la santa americana.

Solo por Rosa se escriviò este Evangelio. Començò la Iglesia en Iudea, sembròse la predicacion Evangelica, semilla tenue en doze hombres, que esparcida por el mundo, creció por casi mil y quinientos años, propagando sus ramos por el Asia, Africa, y Europa [...]. Pensavamos, que avia ocupado todo el Orbe [...]. Pues no le canten la gala, à Rosa con el Evangelio de las Virgines [...]. Que esse es para honrar à las Santas: El de oy le canta la Iglesia para honrarse ella con Rosa; oy se califica de arbol con aver estendido sus ramos à nuestro Pais, y aver brotado esta Flor, que es toda vna cosecha de frutos [...]. Exemplar, idea, y dechado de toda la perfeccion Evangelica [...]. Què dezis, Virrey de Dios [el Papa]? Què dezis, Organo de el Espiritu Santo? De todas las perfecciones, que cifra el Evangelio, es Rosa la Idea, el Arcatypo? De Todas: Totius. Tantas llegan à caver en vna Virgen Peruana? (Criolla, que dezis?) (…) Con esse patrocinio compita Lima con Roma, que acà tenemos nuestra Rosa (…) Lima le darà Rosa que equivalga, emule, y contrapese à essas dos mas inclytas Cabeças del Christianismo [San Pedro y San Pablo]: con sólo Rosa blasonarà el Perú tanto como todo el Mundo con sus Apostoles.

 

rosa1.jpgEl orgullo criollo por su santa no conoce límites. Se la asocia a Astrea, Virgo, María, Cristo; se la hace superior a los apóstoles y responsable de la inminente venida del Reino de los Cielos; se multiplican los templos y conventos bajo su advocación; crecen las loas; la iconografía colonial se desborda, toda cargada de símbolos sugerentes, hasta portando el mundo, como un nuevo Atlas vigilando su equilibrio antes del Apocalipsis. Cuando ocurren terremotos, se los ve como castigo divino; se ruega a Rosa, quien intercede y los detiene. Es amada por igual por blancos, negros, indios, mestizos y mulatos, elites y pobrerío. Su culto se extiende desde México hasta el Plata. A fines del XVII el cacique de Jauja, Jerónimo Lorenzo Limaya, propone crear una orden guerrera con descendientes de los Incas y de los reyes aztecas que lleve el nombre de la santa; por supuesto, el pedido es denegado. Pero será inevitable que en el largo período de rebeliones indígenas que va de 1750 a 1780, de Juan Atahualpa a Túpac Amaru II y Túpac Katari, las huestes alzadas invoquen a la Rosa, tornándola una santa andina, belicosa, profética, que incita a la guerra contra el régimen borbónico. Infunde, pues, un nacionalismo avant-la-lettre que culminará en el XIX con las guerras de independencia. El viajero británico William Bennet Stevenson (1787-circa 1830), que vivió largos años en Sudamérica, dejó atestiguado en su Historical and descriptive narrative of twenty years’ residence in South America, containing travels in Arauco, Chile, Perú and Colombia, with an account of the revolutions, its rise, progress and results (1825) que los indios creían en una supuesta profecía de la santa: España perdería su poder, y el Inca regresaría para restaurar el Tahuantinsuyo. Quizás una variante del mito del Inkarrí, que analizaremos en otro lugar.

*

Es hora de abandonar nuestras fuentes e intentar, tímidamente, la ardua labor de esbozar conclusiones, provisorias como siempre. La primera pregunta que se nos presenta es: ¿cómo pudo un personaje que en vida parece ser tan pueril, despertar esa ola de fervores y lecturas desmesuradas? ¿Cómo pudo la recoleta flagelante devenir en Astrea, Virgo, María, Cristo, predestinada por los astros, Patrona de América, encarnación del Verbo, profeta, precursora del Milenio, santificadora de las Indias, mayor que Pedro y Pablo, guerrera, indigenista, etc., etc.? Si recorremos el XVII y los principios del XVIII virreinales, nos encontraremos con otras figuras en apariencia harto más interesantes, iluminados, alumbrados, visionarios escritores de ambos sexos; allí están Luisa Melgarejo, discípula de la propia Rosa, o Ángela Carranza, nacida en actual territorio argentino, que llenó miles de folios con sus experiencias místicas. De ellas nos ocuparemos en otro ensayo, pero adelantemos por ahora que ambas se salvaron por un pelo de sufrir el mismo destino que Fray Francisco de la Cruz: morir achicharradas, y no precisamente en arrobos celestiales.  

Intentemos una primera conclusión desde una perspectiva de género. Pese a no librarse de las sospechas inquisitoriales, Isabel/Rosa responde en un todo a lo que se espera de una mujer “santa” tras el Concilio de Trento. No hace alarde de sus visiones y experiencias, que son pacientemente recogidas por los miembros de su círculo. Utiliza la autohumillación como herramienta, vapulea su propia belleza física (fuente de “pecado”), se flagela, es casta e impoluta. No cae en los amancebamientos típicos de otras mujeres visionarias. Cumple con el rol impuesto: la mujer como un ser inferior, que puede alcanzar la beatitud en la virginidad y en el rezo continuo por la comunidad en la que vive. Es casi iletrada, apenas deja dibujos de corazones traspasados de flechas. Ese cuasi analfabetismo también es lo que se espera de una mujer; Luisa Melgarejo o Ángela Carranza padecen casi de lo que hoy se llama hipergrafía, el impulso irresistible de escribir. Pero cuando menos se escribe, más femenina se es en el XVII –aparte de no dejar huellas palpables para la Inquisición. Recordemos el caso de la genial Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695), lectora y escritora infatigable, admiradora y sabia en todas las artes y ciencias de su tiempo, latinista, helenista, geómetra, poeta, filósofa; pese a no salirse jamás de la ortodoxia, ni interesarse por el mundo indígena, se las vio negras con su afán de lectora y bibliófila; una de sus últimas y tremendas decisiones fue la de destruir su biblioteca y dejarse morir atendiendo a los apestados. Pero Sor Juana es recordada por su crítica acerva al machismo y el status quo  patriarcalista; nada de eso hace Rosa, que los acepta como cosa dada y se adapta a las jerarquías terrenas en tanto pueda indagar las celestiales. Sin duda hubiera sido la primera en sorprenderse al saber las connotaciones en torno a su figura que sucederían a su muerte; posiblemente le hubieran resultado ininteligibles.

Porque lo que la sociedad limeña en particular y la hispánica en general realiza es proyectar sobre este personaje casi neutro sus propias aspiraciones, fracasos, deseos, ideologías y esperanzas. Así como existe el caper emissarius o chivo expiatorio que carga sobre sus hombros los malestares de la comunidad toda, aunque él mismo sea inocente, también sucede el caso inverso: el chivo víctima de los deseos recónditos de miles de personas, y que a su muerte, devenido en mythos, asume los fantasmas que pululan en los múltiples estratos de una sociedad heterogénea, prestando su figura como síntesis unificadora o al menos sumamente adaptable a cada casta.

Rosa es funcional a los Habsburgo: una santa americana implica que su labor conquistadora y “cristianizadora” ha sido coronada con el éxito. Los afirma en los oscuros derechos que las bulas pontificias les han dado sobre el Orbis  Novus. Los santifica contra la “leyenda negra” que ha surgido en las potencias enemigas, lectoras de Fray Bartolomé de las Casas. Refuerza la supuesta unidad de su Imperio. No sucede lo mismo tras la Guerra de Sucesión y el ascenso de los Borbones, porque el panorama americano ya está llegando a un clima de intolerancia anti-peninsular que explotará muy pronto.

Rosa es funcional al Papado, que ve así reforzado su presencia en las Indias, y legitimado su propio actuar en las bulas de otorgamiento a España. La acción del evangelio ha dado sus frutos en las tierras más tardías para su siembra. Rosa cumple con el desiderátum de Trento, y amalgama con su culto la catolicidad de ultramar, siempre vista en peligro no solo por la “idolatría” indígena sino por los espectros de la penetración protestante.

Pero, sobre todo, Rosa es funcional a la sociedad mestiza, que reclamaba con urgencia una presencia numinosa en sus propias tierras. La Virgen guadalupana creaba envidias entre los dos virreinatos; y quedaba muy lejana. Una experiencia parecida a la novohispana se daba en Copacabana, actual Bolivia, donde la Virgen se había aparecido a los “paganos” y fue milagrosamente tallada en madera y revestida en oro por el indio aimara Francisco Tito Yupanqui (1550-1616). Incluso el mismísimo Pedro Calderón de la Barca, que nunca pisó las Indias, le dedicó una obra de senectud, La aurora en Copacabana, llena de anacronismos, romances y figuras abstractas more los autos sacramentales. Pero al propio Calderón no se le escapó que la Virgen fue erigida en un antiguo santuario indígena (las “guacas”) dedicado a las deidades sidéreas. Si en México la Guadalupana escondía a la diosa Kenotzin, el rigor eclesiástico logró un orden punitivo contra el sincretismo, cosa imposible en el Alto Perú. Hasta el día de hoy, la fiesta de la Virgen de Copacabana es un espectáculo más indígena que católico, esplendoroso y bello, que suele culminar en borracheras y orgías rituales como hace siglos. Lo mismo puede decirse de la negra Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, en Cuba, que apenas si esconde a la diosa yoruba Òşun. Y agreguemos que el santuario de Copacabana queda a casi 4000 metros sobre el nivel del mar. El mal de altura detiene hasta a los más pertinaces; imaginemos a las beatas limeñas en procesión hacia allí…

Rosa vino, pues, a llenar esos vacíos. Pensemos solamente en los protagonistas de esta historia: puertorriqueño su padre, quizás indígenas sus abuelos maternos, limeña ella misma, toledano acriollado el doctor Del Castillo, quiteño Don Gonzalo Tenorio, cusqueño  fray Juan de Isturrizaga, indígena el cura  Juan de Espinosa y Medrano… Estamos ante una sociedad de castas, injusta, cruel, pero que ya empieza a tener conciencia de sí misma, y a ver al peninsular como un eterno aprovechador digno de odio o al menos de desconfianza. Si unas generaciones antes habían sido Las Casas, Meneses, Motolinía, Mendieta y el resto de los “doce apóstoles” novohispanos los personajes portadores de utopías y de destinos mesiánicos y providencialistas, ahora el relevo lo toman los propios criollos, y ya en un camino sin retorno. Contra tantos historiadores, sostenemos que los milenarismos y las visiones de un Orbis Novus partícipe de una elección divina particular y anticipación de una escatología que incluye el traspaso de la Iglesia a las Indias o el advenimiento del Milenio y del Juicio Final, no cesaron en el siglo XVI, sino que se adaptaron a las nuevas circunstancias, variando solamente los protagonistas y su etnicidad. El fenómeno, mutando mutandis, continúa hasta la era independentista, y más allá aún.

La Rosa limeña carga con los deseos de un protagonismo americano en la historia del mundo, e incluso con la noción de Pueblo Elegido, que otras veces hemos comparado con las raíces calvinistas del “destino manifiesto” norteamericano. Será el liberalismo del XIX el que ponga coto a esas pretensiones, mientras que Estados Unidos logrará una simbiosis única de secularidad y religión.

 

Rosa es, en fin, el símbolo de una sociedad ya mestiza, que será resucitado en la guerra y en la paz, en el Génesis y en el Apocalipsis, con una capacidad de adaptación y renuevo que un personaje más carismático y tangible quizás nunca hubiera conseguido.  

 


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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Ensayos
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Comentarios

John Tordillo 01/10/2014 05:20

Excelente , excelente el artìculo .Muchas gracias.

Juan Carlos Sánchez Sottosanto 01/10/2014 05:30



Gracias, John!!! si el tema te interesa, los artículos anteriores van formando como una saga, que seguirá durante unos cuantos ensayos más.


Un abrazo


Juan Carlos



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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
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