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28 febrero 2014 5 28 /02 /febrero /2014 02:49

 

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III

 

 Si en las experiencias protestantes de la América colonial esperamos hallar historias más edificantes que las del orden indiano católico, postridentino y tomista, difícilmente tengamos éxito, salvo excepciones, que en todas partes las hay. La pulla aún no concluida entre las apologéticas y hagiografías de ambos bandos, o la supuesta humanidad de la conquista protestante de la América Anglosajona vs. la barbarie, la “leyenda negra” y el artefacto inquisitorial de la ibérica, se derrumba enseguida incluso con la mera anécdota: sírvannos de ejemplos los juicios a las brujas de Salem, el aberrante tráfico negrero, una conquista y colonización de los pueblos originarios tan malhadadas como las hispánicas o lusitanas. Ya tendremos ocasión de ver en detalle algunos ejemplos.

  Pero vamos al grano y veamos cómo encararemos esta unidad.

 Se ha dicho que en América Latina el protestantismo es un fenómeno “exógeno” y minoritario, puesto que nace en experiencias de trasplante o misión, de Europa primero y Estados Unidos después. Stricto sensu ello es verdad; en sentido laxo, toda experiencia cristiana en América es exógena, protestante en el norte y católica en centro-sur, puesto que existieron, y perviven (y vaya que perviven), las religiosidades amerindias; como también las forzosamente importadas espiritualidades africanas. Pero dado el hecho del reparto, pacífico o violento, del continente entre diversas potencias, nos atendremos a ese preconcepto de lo “exógeno”, recordando que los intentos protestantes de cuño español ya fueron abortados en la propia península y en los albores de la conquista del Orbis Novus, como bien hemos visto. Dejaremos para otras secciones: posibles experiencias “protestantes” más vernáculas, según se desprenden de juicios inquisitoriales del XVI al XVIII; y el caso de los piratas caídos en las redes del Santo Oficio. Entonces, nuestros límites deberían ser: territorios que hoy consideramos “latinoamericanos”; tempus colonial; experiencias exógenas a las ibéricas. Pero los consideramos insuficientes.

En primer lugar, ¿qué es “Latinoamérica”? Una invención académica francesa del siglo XIX para meter cómodamente en la misma bolsa todo lo que no fuera anglosajón e imperialista more los Estados Unidos. Una invención que no tiene en cuenta la predominancia de matrices indígenas o africanas, en algunos casos tan amplias que, mestización de por medio, forman mayoría en comparación con supuestos descendientes de Virgilio u Ovidio. Incluso el término se ha ensanchado para recoger territorios no colonizados por Iberia sino por Holanda, Gran Bretaña, como las tantas Islas-Estados del Caribe, o Surinam, Guyana, Belice… Contrariamente, un territorio francófono como el Quebec difícilmente sea considerado “latinoamericano”, y Groenlandia, esa gran excluida de la historia del Orbis Novus, queda sin nomenclador alguno. Por lo tanto, nuestro racconto será amplio, e incluirá las de territorios más “exóticos” o difíciles de encasillar, como los usurpados a sitios considerados ibéricos o más tarde, a las repúblicas independizadas: casos de las Guayanas, tantas islas del Caribe, la "Honduras Brotánica".... En cuanto a lo temporal, comenzamos con el siglo XVI, pero no necesariamente nos detendremos en 1810, cuando comienzan las guerras independentistas, dado que resta un largo plazo para que desde esa fecha se constituyan los Estados-Nación propiamente dichos y con las endebleces que sabemos. Nuestro límite deberían ser las políticas liberales del XIX que, en muchos casos, promoverán la tolerancia de cultos e inclusive la inmigración protestante; período que también coincide, a grandes rasgos, con el auge del misionerismo evangélico, británico primero, yanqui después; pero en ocasiones iremos más lejos, es decir, más cerca de nuestros días. La bibliografía será vasta, pero reconocemos la deuda con el clásico de Jean Pierre Bastian, Historia del Protestantismo en América Latina (1990), bella síntesis, bello hilo de Ariadna del que sin embargo nos permitiremos apartarnos muchas veces. Nos centraremos también, por mero capricho lúdico, en algunas fuentes primarias exquisitas, como la relación Viaje a las tierras del Brasil de Jean de Léry.

   *

A − La Colonia Welser

 

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Paradójicamente, debemos la primera experiencia “protestante” –si así puede llamársele- al endeudado crónico Carlos V. Dejemos la privilegiada palabra a nuestro común amigo Fray Bartolomé de las Casas para ver los resultados:

En el año de mil e quinientos e veinte y seis, con engaños y persuasiones dañosas que se hicieron al Rey nuestro señor, como siempre se ha trabajado de le encubrir la verdad de los daños y perdiciones que Dios y las ánimas y su estado rescibían en aquellas Indias, dió e concedió un gran reino, mucho mayor que toda España, que es el de Venezuela, con la gobernación e jurisdición total, a los mercaderes de Alemania, con cierta capitulación e concierto o asiento que con ellos se hizo. Estos, entrados con trecientos hombres o más en aquellas tierras, hallaron aquellas gentes mansísimas ovejas, como y mucho más que los otros las suelen hallar en todas las partes de las Indias antes que les hagan daño los españoles. Entraron en ellas, más pienso, sin comparación, cruelmente que ninguno de los otros tiranos que hemos dicho, e más irracional e furiosamente que crudelísimos tigres y que rabiosos lobos y leones. Porque con mayor ansia y ceguedad rabiosa de avaricia y, más exquisitas maneras e industrias para haber y robar plata y oro que todos los de antes, pospuesto todo temor a Dios y al rey e vergüenza de las gentes, olvidados que eran hombres mortales, como más libertados, poseyendo toda la jurisdicción de la tierra, tuvieron.

Han asolado, destruído y despoblado estos demonios encarnados más de cuatrocientas leguas de tierras felicísimas, y en ellas grandes y admirables provincias, valles de cuarenta leguas, regiones amenísimas, poblaciones muy grandes, riquísimas de gentes y oro. Han muerto y despedazado totalmente grandes y diversas naciones, muchas lenguas que no han dejado persona que las hable, si no son algunos que se habrán metido en las cavernas y entrañas de la tierra huyendo de tan extraño e pestilencial cuchillo. Más han muerto y destruído y echado a los infiernos de aquellas innocentes generaciones, por estrañas y varias y nuevas maneras de cruel iniquidad e impiedad (a lo que creo) de cuatro y cinco cuentos de ánimas; e hoy, en este día, no cesan actualmente de las echar. De infinitas e inmensas injusticias, insultos y estragos que han hecho e hoy hacen, quiero decir tres o cuatro no más, por los cuales se podrán juzgar los que, para efectuar las grandes destruiciones y despoblaciones que arriba decimos, pueden haber hecho.

Prendieron al señor supremo de toda aquella provincia sin causa ninguna, más de por sacalle oro dándole tormentos; soltóse y huyó, e fuése a los montes y alborotóse, e amedrentóse toda la gente de la tierra, escondiéndose por los montes y breñas; hacen entradas los españoles contra ellos para irlos a buscar; hállanlos; hacen crueles matanzas, e todos los que toman a vida véndenlos en públicas almonedas por esclavos. En muchas provincias, y en todas donde quiera que llegaban, antes que prendiesen al universal señor, los salían a rescibir con cantares y bailes e con muchos presentes de oro en gran cantidad; el pago que les daban, por sembrar su temor en toda aquella tierra, hacíalos meter a espada e hacerlos pedazos.

Una vez, saliéndoles a rescibir de la manera dicha, hace el capitán, alemán tirano, meter en una gran casa de paja mucha cantidad de gente y hácelos hacer pedazos. Y porque la casa tenía unas vigas en lo alto, subiéronse en ellas mucha gente huyendo de las sangrientas manos de aquellos hombres o bestias sin piedad y de sus espadas: mandó el infernal hombre pegar fuego a la casa, donde todos los que quedaron fueron quemados vivos. Despoblóse por esta causa gran número de pueblos, huyéndose toda la gente por las montañas, donde pensaban salvarse.

Llegaron a otra gran providencia, en los confines de la provincia e reino de Sancta Marta; hallaron los indios en sus casas, en sus pueblos y haciendas, pacíficos e ocupados. Estuvieron mucho tiempo con ellos comiéndoles sus haciendas e los indios sirviéndoles como si las vidas y salvación les hobieran de dar, e sufriéndoles sus continuas opresiones e importunidades ordinarias, que son intolerables, y que come más un tragón español en un día que bastaría para un mes en una casa donde haya diez personas de indios. Diéronles en este tiempo mucha suma de oro, de su propia voluntad, con otras innumerables buenas obras que les hicieron. Al cabo que ya se quisieron los tiranos ir, acordaron de pagarles las posadas por esta manera. Mandó el tirano alemán, gobernador (y también, a lo que creemos, hereje, porque ni oía misa ni la dejaba de oír a muchos, con otros indicios de luterano que se le conoscieron), que prendiesen a todos los indios con sus mujeres e hijos que pudieron, e métenlos en un corral grande o cerca de palos que para ellos se hizo, e hízoles saber que el que quisiese salir y ser libre que se había de rescatar de voluntad del inicuo gobernador, dando tanto oro por sí e tanto por su mujer e por cada hijo. Y por más los apretar mandó que no les metiesen alguna comida hasta que les trujesen el oro que les pedía por su rescate. Enviaron muchos a sus casas por oro y rescatábanse según podían; soltábamos e íbanse a sus labranzas y casas a hacer su comida: enviaba el tirano ciertos ladrones salteadores españoles que tornasen a prender los tristes indios rescatados una vez; traíanlos al corral, dábanles el tormento de la hambre y sed hasta que otra vez se rescatasen. Hobo destos muchos que dos o tres veces fueron presos y rescatados; otros que no podían ni tenían tanto, porque le habían dado todo el oro que poseían, los dejó en el corral perecer hasta que murieron de hambre.

Desta dejó perdida y asolada y despoblada una provincia riquísima de gente y oro que tiene un valle de cuarenta leguas, y en ella quemó pueblo que tenía mil casas.

Acordó este tirano infernal de ir la tierra dentro, con codicia e ansia de descubrir por aquella parte el infierno del Perú. Para este infelice viaje llevó él y los demás infinitos indios cargados con cargas de tres y cuatro arrobas, ensartados en cadenas. Cansábase alguno o desmayaba de hambre y del trabajo e flaqueza. Cortábanle luego la cabeza por la collera de la cadena, por no pararse a desensartar los otros que iban en los colleras de más afuera, e caía la cabeza a una parte y el cuerpo a otra e repartían la carga de éste sobre las que llevaban los otros. Decir las provincias que asoló, las ciudades e lugares que quemó, porque son todas las casas de paja; las gentes que mató, las crueldades que en particulares matanzas que hizo perpetró en este camino, no es cosa creíble, pero espantable y verdadera. Fueron por allí después, por aquellos caminos, otros tiranos que sucedieron de la mesma Venezuela, e otros de la provincia de Sancta Marta, con la mesma sancta intención de descubrir aquella casa sancta del oro del Perú, y hallaron toda la tierra más de docientas leguas tan quemada y despoblada y desierta, siendo poblatísima e felicísima como es dicho, que ellos mesmos, aunque tiranos e crueles, se admiraron y espantaron de ver el rastro por donde aquél había ido, de tan lamentable perdición.

Todas estas cosas están probadas con muchos testigos por el fiscal del Consejo de las Indias, e la probanza está en el mesmo Consejo, e nunca quemaron vivos a ningunos destos tan nefandos tiranos. (…) Y aun esto no saben averiguar, ni hacer, ni encarecer como deben, porque si hiciesen lo que deben a Dios y al rey hallarían que los dichos tiranos alemanes más han robado al rey de tres millones de castellanos de oro. Porque aquellas provincias de Venezuela, con las que más han estragado, asolado y despoblado más de cuatrocientas leguas (como dije), es la tierra más rica y más próspera de oro y era de población que hay en el mundo. Y más renta le han estorbado y echado a perder, que tuvieran los reyes de España de aquel reino, de dos millones, en diez y seis años que ha que los tiranos enemigos de Dios y del rey las comenzaron a destruir. Y estos daños, de aquí a la fin del mundo no hay esperanza de ser recobrados, si no hiciese Dios por milagro resuscitar tantos cuentos de ánimas muertas. Estos son los daños temporales del rey: sería bien considerar qué tales y qué tantos son los daños, deshonras, blasfemias, infamias de Dios y de su ley, y con qué se recompensarán tan innumerables ánimas como están ardiendo en los infiernos por la codicia e inhumanidad de aquestos tiranos animales o alemanes.

Con sólo esto quiero su infidelidad e ferocidad concluir: que desde que en la tierra entraron hasta hoy, conviene a saber, estos diez y seis años, han enviado muchos navíos cargados e llenos de indios por la mar a vender a Sancta Marta e a la isla Española e Jamaica y la isla de Sant Juan por esclavos, más de un cuento de indios, e hoy en este día los envían, año de mil e quinientos e cuarenta y dos, viendo y disimulando el Audiencia real de la isla Española, antes favoresciéndolo, como todas las otras infinitas tiranías e perdiciones (que se han hecho en toda aquella costa de tierra firme, que son más de cuatrocientas leguas que han estado e hoy están estas de Venezuela y Sancta Marta debajo de su jurisdición) que pudieran estorbar e remediar. Todos estos indios no ha habido más causa para los hacer esclavos de sola perversa, ciega e obstinada voluntad, por cumplir con su insaciable codicia de dineros de aquellos avarísimos tiranos como todos los otros siempre en todas las Indias han hecho, tomando aquellos corderos y ovejas de sus casas e a sus mujeres e hijos por las maneras crueles y nefarias ya dichas, y echarles el hierro del rey para venderlos por esclavos.

 

Por el estilo podemos colegir pronto que se trata de un parágrafo de la celebérrima Brevísima relacion de la destruición de las Indias. Lamentablemente, aunque sepamos que el buen sevillano tiende a la hipérbole, y a veces hasta lo inaudito, en este caso no exagera; así lo muestran otros cronistas, sospechables por su anti-luteranismo, pero también la documentación salvada en España y la de la propia colonia. Sólo que el Rey no fue tan inocente como querría Las Casas (o su fino olfato para la realpolitik). Los Welser estaban entonces entre los principales y más ricos banqueros del XVI, y eran los salvadores y extorsionadores natos del Emperador. En 1526, Carlos V se casó con Isabel y recurrió a ellos para sufragar los gastos; ni lentos ni perezosos, le pidieron Venezuela, famosa por su supuesto oro. El rey accedió; los banqueros traspasaron los derechos a Ambrosio Alfinger y Georg Ehinger en 1528. El primero fue gobernador de la colonia, y vicegobernador Nikolaus Federmann; muchos de los inmigrantes también eran alemanes, y reclutados en Augsburgo, una ciudad recién traspasada al luteranismo por decisión de su Príncipe. Sabemos que, antes de los edictos de tolerancia, la regla de oro era: el príncipe es de una religión, todos sus súbditos se convierten a la misma; el que no, al exilio o algo peor. En otros casos, la actitud era más flexible; si estos alemanes, pues, eran luteranos, lo eran de barniz y por imposición posiblemente. Continúa hasta hoy la discusión sobre la religiosidad de estos colonos, si es que poseían religiosidad alguna. Muchos aducen que al embarcarse en San Lúcar debieron presentar certificados de buenos católicos, pero un certificado nada dice, y más si los recién convertidos podían responder un formulario sobre una religión que les había sido familiar hasta muy poco tiempo atrás. Quedan indicios del anticatolicismo de algunos miembros. También, de las luchas interminables entre germanos y españoles, fuere por motivos religiosos, “nacionalistas” o idiosincráticos. Aunque legalmente seguía perteneciendo a la corona española, se la llamó Klein-Venedig (“pequeña [!] Venecia”), y en su momento de clímax alcanzó casi la totalidad del actual territorio venezolano −salvo el sur, correspondiente a la Amazonía-, y una pequeña zona lindante de la hoy Colombia; pero los afanes expansionistas se dirigieron también en la búsqueda del mítico Eldorado, el Caribe, y los actuales Panamá y Nicaragua. Los intereses se centraron en la explotación de minas, expropiación de tesoros indígenas, y tráfico de naturales pese a la prohibición vigente desde los Reyes Católicos; se calcula que se superó el millón de individuos puestos a la venta en los propios mercados españoles, bajo la vista gorda de, o soborno de por medio a, Audiencias y demás autoridades. No hubo intento alguno de proselitismo, ni católico ni luterano; las masacres fueron cosa corriente, y un indio llegó a envenenar en represalia a Alfinger. Internas civiles de hispanos y teutones, enfermedades tropicales…, y la Parca hizo el resto. Los pocos sobrevivientes, como Nikolaus Federmann, que fue uno de los cofundadores de Bogotá y en España publicó su Bella y agradable narración del primer viaje de Nicolás Federman, el joven de Ulm, terminaron enjuiciados, no solo por la Corona, sino por la Banca Welser: ambas habían sido ecuánimemente estafadas por estos aventureros, luteranos o católicos, pero en el fondo más nefastos que los peores demonios que los indios del Orinoco y adyacencias hubieran podido urdir en sus vastas mitologías. La experiencia había durado de 1528 a 1546.

*

B − Hugonotes en Río de Janeiro

 

Muestran los salvajes su caridad natural regalándose mutuamente con productos de caza, peces, frutas y otros bienes del país; aprecian tanto esa virtud que morirían de vergüenza si viesen al vecino sufrir la falta de algo que ellos poseen; y con la misma liberalidad tratan a sus aliados. (…) Viéndonos horriblemente arañados de espinos, nos mostraron enorme compasión, ellos, a quienes llamamos bárbaros, pero bien diferentes de nuestros hipócritas de piedad formalista que para la consolación de los afligidos sólo usan palabras estúpidas. (…) Es difícil enumerar todo lo que hicieron para servirnos; se puede decir, en suma, que hicieron lo que San Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, relata que realizaron los bárbaros de la isla de Malta con San Pablo y sus compañeros escapados del naufragio. (…) Muchas veces me he lamentado de no haberme quedado a vivir con los salvajes, en los cuales, como demostré, observé más franqueza que en muchos nobles nuestros con rótulo de cristianos.

 

Estas palabras no pertenecen ni a una trama de ficción ni a un manifiesto indigenista; tampoco a un ferviente discípulo de Las Casas. Se engarzan dentro de una historia que permanece entre las más apasionantes y desconocidas (con la posible salvedad del ámbito brasileño) de la colonización de América. Historia de una experiencia breve y efímera, pero que involucró nada menos que al rey de Francia y a Juan Calvino; que posee como protagonista a un vicealmirante contradictorio, cruel, paroxístico, digno de una de esas inolvidables novelas de mar de un Melville, un Jack  London o un Joseph Conrad; que fue relatada ya en su propia época por plumas privilegiadas, entre las cuales honraremos a la de Jean de Léry (1534-1611), empenumbrado hoy, pero autor de un libro inolvidable cuando se lo ha leído, y portador de una prosa tersa y segura casi digna de un Montaigne. Historia que ha merecido una novela con su premio Goncourt (Rouge Brésil, de Jean-Christophe Rufin, 2001), pero que aún espera su película, como ya la tuvo la experiencia jesuítico-guaranítica en The Mission de Roland Joffé. ¡Ah, si este tema fuera encarado por un Werner Herzog, por ejemplo…!

p09.jpgPasemos a repasar las fuentes primarias en las que nos hemos basado, además de las secundarias de rigor. Son relativamente abundantes, y permiten un cuadro bastante certero a la hora de fijar el relato; es lamentable que la mayoría de ellas carezcan de traducción castellana, así que nos hemos valido de las versiones originales, francesas siempre, y ayudado con traducciones brasileñas, que con sus notas críticas e introducciones, amén del aligeramiento de las frases interminables y los períodos infinitos del francés del XVI, nos han sido de inestimable salvaguarda. Enumerémoslas. De André Thevet (1516-1590), fraile franciscano y cosmógrafo oficial de la corona francesa, parágrafos de su Cosmographie Universelle (1575) y, sobre todo, Les singularitez de la France antarctique, autrement nommee Amerique, & de plusieurs terres et isles decouvertes de nostre temps (1558); nos hemos aprovechado también de la traducción al portugués de Eugênio Amado, As singularidades da França Antártica. Los saberes de Thevet han sido denostados y rehabilitados; fue relativamente breve su estancia en Brasil, pero pudo recoger muchos datos, aunque no siempre de primera mano ni siempre fiables; en cuanto a la experiencia hugonota, además de sus prejuicios entendibles, miente descaradamente, ya que la simple cronología nos demuestra que nunca se cruzó con los enviados de Calvino. De Jean Crespin (1520-1572), abogado, impresor y escritor calvinista, su voluminosa  Histoire des martyrs (1554-64), un martirologio protestante que va de los pre-reformados a sus propios tiempos; hemos tenido a la vista una reedición de 1885, y también las traducciones al portugués de Domingos Ribeiro y al español de Gonzalo Báez-Camargo, del episodio específico de Río (Los mártires de Río de Janeiro). De Jean de Léry, protagonista de los hechos y luego pastor calvinista, su brillante Histoire d'un voyage fait en la terre du Brésil, autrement dit Amérique (1578 y ss.); hemos consultado una edición de 1600, la clásica de Paul Gaffarel (1880), y la traducción con notas críticas de Sérgio Milliet y Plínio Ayrosa, Viagem à terra do Brasil. Verdadero best-seller de su tiempo, mereció múltiples reediciones y traducciones, como atrapante libro de viajes que era; otras geografías exóticas y nuevos viajeros lo relegaron al olvido, hasta su resurrección en el XX, con las reivindicaciones de un Claude Lévi-Strauss (Tristes trópicos) o un Michel de Certeau (La escritura de la historia); suyo es el párrafo con que iniciamos esta sección. De Juan Calvino se puede espigar en los volúmenes de su Correspondencia. Existen además numerosos opúsculos de muchos participantes de la aventura, cargados de odio y apologética, pero que nos ayudan a recrear el ambiente de época. Agregamos que, salvo en el caso de Báez-Camargo, las traducciones de citas textuales o las paráfrasis nos pertenecen. Hemos optado, como en el caso de los brasileños, por aligerar a veces la densa prosa de ese entonces.

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La Francia del XVI está totalmente atravesada por ese fenómeno político, social, económico y no solamente teológico que ha pasado a los manuales como las Guerres de religion. No es nuestro propósito analizarlas aquí; sírvanos apenas situarnos en el reinado de Enrique II (1547-1559), heredero de la fobia antiprotestante de su padre Francisco I, en un período en que se consolidan, desde la nobleza al bajo pueblo, el Partido Hugonote (la etimología del término dado a los calvinistas galos sigue en discusión) y la Liga Católica. Sin embargo, la política religiosa de Enrique también supo fluctuar entre la quemazón de “herejes” y una relativa tolerancia según sus conveniencias del momento. Calvino ya ha logrado la huida y la instauración de su férrea teocracia en Ginebra, adonde llegan muchos fugitivos (como nuestro Jean de Léry, hijo de un zapatero y luego estudiante de teología), pero Francia es un polvorín que estallará con toda su fuerza reprimida unas décadas después.

p06.jpgEs aquí donde entra en juego la compleja figura de Nicolas Durand de Villegagnon (1510-1571), abogado, militar, marino, gran lector, humanista casi en sus saberes, metido a teólogo con veleidades que asombran al menos avispado. Bretón de origen, en su vida de estudiante universitario fue compañero del jovencísimo Calvino, con quien mantendría luego correspondencia. Sin embargo, entró en la Orden de San Juan de Jerusalén y fue nombrado Caballero de Malta, no impidiéndole esto el entremezclar lecturas bíblicas, patrísticas y escolásticas con las de los Reformadores; el misterio de su conciencia religiosa sigue sin develársenos: cuánto de sinceridad existió al tomar diversos partidos, cuánto de lucha íntima propia de una época escindida por crisis e iracundias de fe. Si no pudo resolverlos en su fuero íntimo, la lamentable consecuencia fue la crueldad para con su prójimo, católico hoy, calvinista mañana. Como un Quijote o una Bovary de la teología, devino aventurero además de trasegador libresco, pero sin la bonhomía del primero ni el hastío de la segunda.

Villegagnon participó en importantes empresas militares de su tiempo; combatió en varias oportunidades a los “turcos” (designación entonces de cualquier musulmán): en Argelia bajo Carlos V, en Malta, Trípoli, Hungría y el Piamonte bajo la égida francesa. Con barcos de galeras logró la hazaña increíble de entrar en las islas británicas por el norte, socorrer a los escoceses y secuestrar a María Estuardo, que Enrique II buscaba como consorte para su hijo Francisco, en una efímera unificación de las coronas. Dejó algunas relaciones sobre estos acontecimientos, que lo hicieron digno del ascenso a Vicealmirante de las Fuerzas de Bretaña. En 1555 llegó el acontecimiento más importante de su vida, cuyos orígenes siguen confusos. Su superior, el Almirante y noble Gaspard II de Coligny (1519-1572), adherido a los hugonotes, logró la venia del rey para fundar una colonia francesa en el Brasil, país de donde llegaban informes fantásticos junto con el comercio del famoso palo-brasil, utilizado en ebanistería, construcción de instrumentos musicales y, sobre todo, indelebles tinturas. Se sabía que esas tierras, por bula papal, pertenecían por derecho a Portugal; pero éste no había emprendido una colonización sistemática aún al modo de los españoles, sino más bien fundado factorías para el comercio de esa madera, otros productos regionales y esclavos. Las fuentes se contradicen; para algunas, Villegagnon convenció de la aventura a su superior; para otras, fue Coligny quien, además de un interés económico, vio la oportunidad de crear una Francia ultramarina que sirviera de refugio a sus correligionarios. Como fuere, Coligny jamás pisó el Orbis Novus, y Enrique II vislumbró la coyuntura de una colonia redituable y una posible manera de sacarse a los hugonotes de encima sin tener que gastar en fogatas que únicamente reencendían los ánimos ya suficientemente caldeados. El territorio se llamaría “Francia Antártica”; no nos riamos al pensar en tal nombre para una zona tropical capaz de los 50ºC. Antártico significaba entonces simplemente meridional o sureño. Lo cierto es que nuestro bretón se conformó con la erección del Fort Coligny, en circunstancias que ya expondremos.  

p07.jpgVillegagnon se dedicó a reclutar hugonotes con mil promesas de libertad y tolerancia; también recogió artesanos hábiles, simples mercenarios, marineros variopintos, una suerte de guardia de corps escocesa, y ninguna mujer. Y ningún ministro religioso de denominación alguna, pese al entusiasmo de Calvino. Resulta increíble cómo nuestro Reformador, de olfato tan fino, se dejó engatusar dos veces por su ex camarada. Sí llevó niños para que aprendieran la lengua de los “salvajes”. Partió con dos grandes navíos y arribó a América en octubre de 1555. Eligió la Bahía de Guanabara, donde hoy se yergue Río de Janeiro; había sido descubierta por los portugueses un 1º de enero (janeiro) de 1502, pero no había factorías sino bastante lejos. Pese a que en el continente fue bien recibido por los indios tupinambás (preferimos la denominación brasileña a las castellanizaciones), etnia costera perteneciente al gran tronco tupí-guaraní, que les ofrecieron alimentos y hospitalidad por el mero hecho de ser franceses (odiaban exquisitamente a los portugueses hasta el punto de incluirlos en su dieta gastronómica), y que en la bahía desembocaban muchos ríos de agua dulce, Villegagnon eligió una isla árida y desierta, con aguas salobres cuando no putrefactas, y comenzó a erigir un interminable fuerte de piedras, sometiendo a tarea de esclavos no solamente a los propiamente dichos (africanos e indios enemigos comprados a los tupinambás), sino a los supuestos colonos y a su propio círculo íntimo. Las rebeliones no se hicieron esperar, pero fueron aplastadas inmediatamente, creciendo los temores persecutorios de nuestro Vicealmirante hasta un punto obsesivo en el cuidado de las armas y en la creación de mazmorras y salas de tortura, un uso abusivo de cepos, grilletes y castigos corporales, y un racionamiento avaro de la comida que no condecía con la abundancia de caza, pesca y harina de mandioca que los indios donaban generosamente o intercambiaban por bagatelas. Villegagnon ejerció un poder absoluto sobre cuerpos desnutridos y enfermos, teniendo el “paraíso” colombino casi a su disposición; trazó hábilmente una red de espionajes y contraespionajes que por mucho tiempo pudo manejar a piacere. Su fuerte fue también objeto de caprichos: un día mandaba demoler lo que había conllevado sudores, para iniciar una nueva empresa. Envió indiecitos prisioneros como pajes para el rey de Francia, pero no se molestó en proselitismo alguno; llegó a ser cruel con las tribus a las que casi debía su subsistencia: la paciencia de los tupinambás, conocidos ante todo por su antropofagia, fue casi infinita. A falta de clero, se erigió en predicador laico, en sermoneador ad hoc, con un rigorismo coincidente con su praxis. Quería arremeter contra los “vicios” de los marineros y del bajo pueblo; hay que reconocer que asumía en su propia carne ese ascetismo extremo. Por un tiempo su “asesor” teológico fue un tal Jean Cointac, estudiante de la Sorbona; tampoco despreció los consejos del ya mencionado franciscano y cosmógrafo André Thevet, en su breve visita. Pero a mediados de 1556 envió una carta a Ginebra, a Calvino y su consistorio, pidiéndoles ministros reformados, prometiendo plantar una iglesia que fuera casi un calco de la suiza, para evitar los vicios y propagar la verdadera fe entre sus propios colonos y los “bárbaros”; se reconoció a sí mismo como alguien que ya no podía encargarse de los quehaceres religiosos, lo que por otra parte era casi una usurpación. Necesitaba teólogos virtuosos que pusieran orden, pero también artesanos y mujeres casaderas para asentar la colonia de una manera digna. Se mostró como un protestante convencido y humilde. Calvino y compañía le creyeron. Más aún, vieron allí la infalible mano de Dios capaz de extender su accionar en tierras tan lejanas. Dos pastores capaces fueron los asignados para esta cuasi réplica de los tiempos apostólicos: Pierre Richer, de unos 50 años (1506-1580), y Guillaume Chartier, nacido hacia 1525 y por ende unos veinte años más joven. Los acompañaban múltiples artesanos y trabajadores calvinistas, algunos bastante avezados en teología, como nuestro entonces estudiante Jean de Léry. También su mecenas, Philippe de Corguilleray, seigneur Du Pont, hugonote exiliado.  El viaje fue arduo y peligroso; los marinos, hijos de una época donde la piratería era cosa cotidiana, asaltaron y desvalijaron barcos, y dejaron inhumanamente a la deriva y sin alimentos a unos pobres portugueses; nuestros ginebrinos recibían así una triste propedéutica para cosas peores. Arribaron a Fort Coligny a comienzos de 1557. La carta que Villegagnon dirigió a Calvino entonces rezumaba de exultación y gratitud; la realidad era muy otra.

p04.jpgLa popular frase de que “la realidad supera a la ficción” no puede ser más pertinente en este caso. Imaginémonos una isla tórrida, donde se pasa hambre, calor y sed, donde se está rodeado de indios caníbales y portugueses al acecho, e inclusive del cercano continente con sus selvas exuberantes y sus tribus en perpetua disputa. En ese escenario, un grupo de europeos trasplantados, disputan sobre la Biblia, la transustanciación, el celibato, las minucias del ritual eucarístico, y mechan sus diatribas con citas de San Agustín, San Cipriano, San Clemente Alejandrino, Tertuliano, los credos de Nicea y Calcedonia, los escolásticos y los reformadores, en un extravagante mundo paralelo en el que se empecinan en vivir. Porque lo extravagante o exótico es para ellos ese mundo frondoso e incógnito que tienen a escasos metros. Así fue la experiencia hugonota en la Bahía de Guanabara tras la llegada de los pastores.

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Las palabras de recibimiento no pudieron ser más alentadoras: “En cuanto a mí, desde hace mucho y de todo corazón desee tal cosa y os recibo de enorme buen grado, tanto que aspiro a que nuestra iglesia sea la más reformada de todas. Quiero que los vicios sean reprimidos, y el lujo del vestuario condenado, y que se remueva de nuestro medio todo cuanto pueda perjudicar el servicio a Dios”. Minutos antes no había escatimado las salvas de artillería ni los fuegos de artificio. “Señor Dios, te doy las gracias por haberme enviado lo que tanto tiempo vengo anhelantemente rogando (…) Mi intención es crear un refugio para los fieles perseguidos en Francia, España o cualquier otro país de allende, a fin de que, sin temer a rey, emperador ni ningún otro potentado, puedan servir a Dios con pureza conforme a su voluntad”. Se reunió a la comunidad, y el pastor Richer oró y dirigió el canto del Salmo 27: “Pedí al Señor una sola cosa, que aún reclamaré, que es poder habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida”. Villegagnon rezaba compungidamente.

Pero ese mismo día los recién llegados descubrieron las condiciones de vida: poco alimento, basado en harina de mandioca, y un agua en estado pésimo. Y al siguiente, flacos y molidos como estaban tras el largo viaje, fueron puestos a picar piedras y cargar tierra desde la madrugada hasta la noche; Richer momentáneamente no se amilanó, e instó a los suyos a laborar con alegría. No se dejó de organizar el culto: oraciones públicas todas las noches después del trabajo, dos predicaciones el domingo turnándose los ministros, y los sacramentos dados de acuerdo a la iglesia reformada. Se impondría la disciplina eclesiástica a los pecadores, y se celebraría la Cena del Señor una vez al mes. La primera se realizó el 21 de marzo de ese 1577. No empezó bajo buenos augurios.

Richer predicó su sermón, continuamente interrumpido por disquisiciones o controversias del ahora desplazado Jean Cointac. Siguió la confesión de fe de los presentes; de creerle a Léry, la de Villegagnon valió por un sermón en sí mismo, y de los largos. Espetó una sarta de desahogos, declaraciones y jaculatorias, pero no dejó de desplazar sus dudas en cuanto a la transustanciación, consustanciación o mero símbolo del pan y del vino. Luego llegó un momento humillante para Jean Cointac, que para participar de la eucaristía debió abjurar de todo posible pasado “papista” o “romanista”, como se decía entonces. Un espíritu de discordia se instaló enseguida para no irse jamás.

Villegagnon comenzó a discutir el tema de la eucaristía de una manera obsesiva. A su modo, tenía una confusión entre la postura católica y la de las iglesias de la Reforma. Sabemos que el arco varía de una confesión a otra: desde el pan y el vino convertidos en carne y sangre real de Cristo y de su misma sustancia en la romanista, hasta la de ser meros símbolos en el calvinismo, pan y vino que representan o significan sin transformarse en nada, y sólo santificados por la mano del ministro ordenado. Las posiciones luteranas y zwinglianas pueden considerarse intermedias. Pero Villegagnon quería conciliar todas las posiciones; en realidad, estaba aferrado a su pasado y no se conformaba con símbolos sino con la misteriosa metamorfosis eucarística more católico. También disputó por qué no se le agregaba agua al vino, como algunos Padres habían enseñado, ya que en el momento de la lanza en el costado, de Cristo había manado sangre y agua. Porqué en los bautismos se usaba solamente agua y no óleos, saliva y otros aditamentos. Cuando se realizaron las primeras bodas con las mujeres traídas a bordo, ni las nupcias dejaron de sufrir estorbo. Luego de uno de los casamientos, Villegagnon comenzó a los gritos con el mentado tema del bautismo, y si hasta unas horas atrás se llenaba la boca con elogios a Calvino como el mayor doctor de todos los tiempos, ahora hablaba pestes de la nueva “secta”. Se intercambiaron injurias, y volaron como flechas citas de la Biblia y de Padres griegos y latinos en ambas direcciones. Villegagnon aseguró que ya no asistiría a los cultos, y que despacharía al otro pastor, Chartier, en el primer barco que pudiese, con una serie de puntos sobre la Cena y el Bautismo que deberían ser respondidos por la propia Ginebra y no por estos mequetrefes recién llegados. Cumplió con su palabra y Chartier fue remitido, aunque lamentablemente no quedan huellas de su misión. Que hubiera sido inútil de todos modos: en la cena de Pentecostés, el Vicealmirante renegó de Calvino y lo declaró formalmente hereje; restringió las prédicas a media hora y finalmente las prohibió del todo.      

 Algo que sorprende es la fuerte represión sexual que Villegagnon impuso en la colonia y, repitámoslo, incluso en su propio cuerpo. Represión que llamó la atención (y compasión) de los mismos calvinistas, paradoja notable si se tiene en cuenta su rigorismo ya proverbial. El Vicealmirante no perdonaba las incursiones en el continente con propósitos eróticos; llegó a castigarlos con cepos, torturas y ayunos interminables que pusieron al borde de la muerte a los “pecadores”, salvados muchas veces por la intercesión de los ministros o sus allegados. A una india esclava que “provocó” deseos sexuales se le derramó tocino hirviendo dentro de su ano. De esos maltratos no se salvaban indios, ni negros, ni blancos; prohibió el mestizaje como un nazi avant-la-lettre. Salvo los pocos casamientos efectuados con las mujeres de la segunda expedición, Fort Coligny devino en un reducto de obligados célibes; Villegagnon mismo jamás se casó. Vigilaba la escapatoria de la sodomía, y en un caso comprobado entre marineros, uno de ellos buscó refugio entre los calvinistas, tremendamente asustado y arrepentido al punto de buscar suicidarse por ahorcamiento o ahogo; nuevamente, los ginebrinos lo salvaron.

Las disputas eucarísticas llegaron a los propios reformados: las reservas de harina de trigo y de vino cesaron. Unos creyeron que había que dejar de celebrarla, puesto que Cristo la había instituido pura y exclusivamente con esos elementos; otros, más realistas, adujeron que Judea era Judea y Brasil, Brasil. De vivir Cristo en Brasil, hubiera utilizado pan de mandioca y las bebidas del lugar. Triunfó la posición menos conservadora, pero fue la última Cena celebrada en el fuerte; en octubre, fueron expulsados a tierra firme, entre los “salvajes”. Al fin de cuentas, por el momento, fue una liberación. Por lo menos para Jean de Léry, quien residió un año con los tupinambás sin dejar de extrañarlos en su regreso a Europa.

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Mucho se ha escrito y discutido sobre el libro y la propia persona de Léry. Se ha visto en él desde un proto-etnógrafo nutrido de especial sensibilidad, hasta un prejuicioso calvinista anclado en la rigidez de su dogma; como el idealizador del salvaje y creador del prototipo del bon sauvage rousoniano (sabemos que sí influyó en el famoso ensayo de Montaigne sobre los caníbales), hasta un mero colonialista que demoniza al otro. Un viajero despistado o un científico sagaz. Nosotros, felices lectores de Léry, afirmamos: ni lo uno ni lo otro. Caeremos hasta en el lugar común: no pidamos peras al olmo; pero si el olmo da, dentro de su condición de olmo, un follaje algo diferente al resto de los olmos, parémonos a contemplarlo, porque toda excepción vale la pena. Léry es hijo de su tiempo, es calvinista del XVI y no antropólogo del XX; cae en contradicciones como cualquier hijo de vecino, ve diablos y ángeles en sus buenos amigos, y a nivel metafórico quizás no se equivoque; no puede (¿por qué tenía que hacerlo?) renunciar a sus dogmas, pero es lo suficientemente humano como para que la alteridad no lo deje indiferente. Nacido en 1536, hoy sería considerado casi un adolescente cuando su experiencia. El Léry que estudia teología en Ginebra no será el mismo después de un año de convivencia con los tupinambás; debería ser una perogrullada que esa transformación se diera, pero muchos en el mundo han sido de aquellos que lo ven todo sin ver absolutamente nada. ¿Que todo lo compara con lo europeo? Y bien, ¿qué otro espejo tenía disponible? Y conste que en ese juego de espejos es Europa la que queda pésimamente parada.

Como “etnógrafo”, Léry quizás sólo tiene un parangón en el orbe hispánico: el franciscano Bernardino de Sahagún y su magna obra bilingüe (náhuatl-español) Historia general de las cosas de la Nueva España. Pero nuestro fraile dedicó décadas al estudio, se rodeó de sabios aztecas, hizo un rastrillaje metódico, utilizó “informantes clave” como siglos después instauraría Malinowski en el terreno de la antropología; y trabajó con una civilización sofisticada aunque en decadencia. A la postre, pese al arduo esfuerzo, la imagen que se forma Sahagún de sus estudiados resta mucho de ser positiva. Su obra sería censurada (¡un fraile dedicándose más a las costumbres idólatras que a la catequesis!) y editada decentemente recién en el XX. Léry estuvo menos de un año, manejándose con intérpretes, hasta que logró manejar la lengua (su breve vocabulario tupinambá, con las debidas transliteraciones desde el francés del XVI, se ha revelado a los estudiosos como rigurosamente exacto); no evitó las crudezas cuando eran necesarias, pero sin recargar las tintas. Lamentablemente, sus prejuicios lo mantuvieron distante de los que más información en cuestiones religiosas podían suministrarle: chamanes y sacerdotes, a los que previsiblemente consideró farsantes o posesos por el Diablo. Pero lo observó todo minuciosamente, y estructuró sus conclusiones en una dialéctica sencilla: 1) repugnancia inicial; 2) comparación con costumbres europeas; 3) justificación de las costumbres indígenas, incluso de las más aberrantes. Veamos algunos ejemplos de los muchos que la obra nos proporciona.

Jean de Léry observa que hombres, mujeres y niños por igual, andan completamente desnudos; sólo los más viejos se tapan el pene. Se depilan minuciosamente hasta las pestañas, se tatúan, se pintan para diversas ocasiones, se hacen horadaciones en los labios y en las orejas; algunos hombres aceptan vestimentas europeas, pero sólo como diversión. Pueden ponerse chaqueta y seguir con los genitales y las nalgas al aire; las mujeres ni eso, porque les estorbaría en sus labores domésticas y en los ¡12 baños! que toman por día; porque estos salvajes, contra la leyenda europea, son verdaderos ejemplos de manía por la higiene: en sus cuerpos, en sus casas, en sus modos de defecación. Ahora bien. Contra lo esperable, la desnudez no aumenta la lujuria ni la concupiscencia; las familias se estructuran patriarcalmente y hasta se tolera la poligamia, pero la vida no es orgía perpetua. Nuevamente contra la leyenda europea, Léry comprueba que jamás copulan en público. Viven su desnudez con naturalidad que asombra. El prurito calvinista le sale de repente: Adán y Eva, tras pecar, ocultaron sus vergüenzas; estos salvajes ciertamente son pecadores y deberían seguir el ejemplo de los primeros padres. ¿Y entonces? Léry la hace fácil: en Europa abundan los afeites, los perfumes, las modas inmodestas; eso es mucho peor, más hipócrita, que la desnudez de los indios. En Europa rebosarán las ropas, pero sobreabunda el vicio; y en cuestiones de higiene, ¿para qué hablar de las atestadas e inmundas urbes en progreso?

Se asquea cuando ve cómo se fabrica la bebida alcohólica por excelencia, el cauim: larga masticación de plantas, salivación y escupitajos (método harto común en América, como la chicha de las zonas andinas y patagónicas) para la posterior fermentación. Las borracheras duran tres días seguidos. Ahora bien, ¿cómo se fabrican los más exquisitos vinos europeos? Pisando la uva con pies no muy limpios, o hasta con zapatos embarrados. Y las borracheras, lejos de ser manifestaciones periódicas, son para muchos una cuestión cotidiana.

Léry intuye la división del trabajo, las relaciones familiares, las solidaridades de clanes y de aldeas, el sistema de alianzas, la magnífica hospitalidad mutua, el cuidado del vecino y hasta del extraño, como lo es él mismo. Marcha a la guerra contra los enemigos de sus anfitriones, aunque acota que sólo tiró algunos arcabuzazos al aire. Ve en ella odios ancestrales, escaramuzas para vengar a los “padres”. Los prisioneros (que en realidad poseen diferencias étnicas ínfimas) toman su papel con estoicismo. Saben que serán comidos, pero que de estar del bando de los vencedores harían exactamente lo mismo. Son alimentados y bien tratados, y hasta se les dan “esposas” con las que mantienen relaciones. Hasta que llega el día del banquete, las fogatas y enseres son hábilmente preparados, y los que van a ser sacrificados asumen la muerte (y el ser almorzados) con suma naturalidad. Las “viudas” lloran a moco tendido, pero después eligen las mejores porciones de sus “maridos”. Léry nos aclara, por las dudas, que nunca probó carne humana, para tristeza de sus amigos. Pero lo observa todo; no le cabe duda que esto es demoníaco. Y sin embargo…, este juego de dos bandos donde las reglas son conocidas y aceptadas de antemano, ¿no es mejor que la barbarie europea, la inseguridad ante las guerras perpetuas e imprevisibles, y para colmo realizadas todas en nombre de Cristo? ¿No ha presenciado escenas de antropofagia real en las ciudades sitiadas por el hambre en las Guerras de religión? La explotación a los pobres, ¿no es una forma lenta y sutil de canibalismo? Al menos los salvajes no dicen conocer al verdadero y único Dios…

La curiosidad de Léry es ingente: lo observa todo, ríos, cuadrúpedos, reptiles, pájaros, peces, plantas. Cándidamente confiesa que siempre desconfió de los naturalistas antiguos como Plinio, pero esta realidad supera a Plinio y a todo lo esperado. Compara sus conclusiones con las del cronista López de Gomara, a quien ha leído directamente en español. Se esfuerza en el aprendizaje de la lengua; hace transcripciones en pentagrama de las distintas melodías que recoge: son el monumento más antiguo de la musicología amerindia. Lucha por entender la religión de sus anfitriones; no parece haber dios alguno, aunque bien que se cuidan del espíritu maligno y creen en la vida de ultratumba: paraíso de guerreros, e infierno de tribus enemigas y de portugueses. Si hay inmortalidad y hay Mal, necesariamente tiene que existir una Deidad. Léry trata de imponer la suya, pero con escaso éxito: los indios se detienen a escucharlo por horas, como es su educada costumbre, y alguno hasta apunta que los “antiguos” creían en un dios único. Como tantos otros cronistas y religiosos, Léry sospecha que alguno de los apóstoles debió andar por allí; Nicéforo cuenta que San Mateo predicó a los caníbales. ¿No estará él mismo sobre las huellas del evangelista? Pero con gran decepción comprueba que sus prosélitos tienen vida efímera, que al día siguiente pueden alentar la guerra y esperar con ansias el próximo banquete antropofágico. Intenta con los niños, por los que siente una gran ternura que le es correspondida: son graciosísimos. Lamenta el poco tiempo que tuvo para esa catequesis.

Léry fluctúa; pueblo diabólico, pueblo quizás descendiente del maldecido Cam o del no menos maldecido Canaán. Pero pueblo que, desde ese capítulo-clímax que es el XVIII, demuestra con su caridad, amor al prójimo, cuidado hospitalario hasta el dar la vida por sus amigos o desconocidos, ser mejor que los europeos. Diablo incluido y poca “luz natural”, son mil veces preferibles a los habitantes de ese continente corrompido que se autoproclama cristiano. Léry llega a ser profundamente amado por los tupinambás; nuestro buen calvinista les corresponde. Cuando los abandona, sabe que el momento más crucial de su vida queda atrás; sabe que no olvidará –y posiblemente no será olvidado- por sus amigos antropófagos. Como en el tango, “se le pianta un lagrimón”. Si el frígido Dios fraguado en Ginebra sonrió en alguna vez primera, debió hacerlo al ver a Su siervo Jean de Léry despedirse de los amables caníbales…

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No todos los calvinistas tuvieron la capacidad de adaptación al medio de Jean de Léry, de esa “epifanía” salvaje como la ha llamado Michel de Certeau; muchos languidecían en la costa en espera de un navío que los rescatara de ese infierno. La oportunidad llegó con un viejo y destartalado barco que transportaba palo-brasil. Para ese entonces, Villegagnon estaba en la cima de su paroxismo; por cuestiones fútiles castigaba a amigos de toda la vida, remplazaba mayordomos, los restituía a sus cargos; veía conspiraciones por todas partes, cuando quizás las tales eran ya imposibles, dada la degradación física y mental de los colonos. Al capitán del navío y al pastor Richer les costó mucho conseguir el permiso para el embarque de los calvinistas del continente. Concedido al fin, Richer, Du Pont, Léry y el resto dijeron adiós al malhadado fuerte, pero a las pocas leguas una fuerte tempestad casi los condujo al naufragio. Cuatro de ellos, para aligerar la carga, y sin tener idea alguna de navegación, fueron arrojados a un esquife; famélicos, arribaron otra vez a las costas, bajo el cuidado de los tupinambás. Se llamaban Jean de Bordel, Matthieu Vermeil, Pierre Bourdon y André la Fon. Ninguno era teólogo de profesión, y apenas habían logrado salvar una Biblia. Villegagnon vengó su furia en ellos; en el estado calamitoso en que estaban, les obligó a redactar una declaración de fe, nuevamente centrada en el bautismo, la eucaristía y el celibato eclesiástico. Hicieron la tarea lo mejor que pudieron, sin bibliografía a mano, y exhaustos: 17 puntos justificados con pasajes bíblicos o Padres de la Iglesia. No hicieron concesiones sobre la transustanciación ni el dichoso vino rebajado ni los óleos del bautismo. Fueron arrastrados hasta el fuerte; uno de ellos ni siquiera podía caminar. Se los encerró en las mazmorras y se les pidió abjuración; no la hubo, salvo por parte de André la Fon, pobre zapatero que apenas si tenía letras y que podía ser útil tras la muerte del último de su oficio en la isla. Los otros tres, fueron llevados uno a uno a la punta de un peñasco, estrangulados y arrojados al mar; se sospecha que uno inclusive ni pasó por el estrangulamiento. Se los considera los primeros mártires protestantes en tierra americana (“protomártires”); en las actas de Jean de Crespin se reproducen sus ampulosas declaraciones, sus oraciones previas, sus confortamientos mutuos. La verdad debió ser menos cargada de clichés, pero no menos cruel.

En tanto, el navío pasó por mil vicisitudes y, contra toda esperanza, arribó a las costas de Bretaña en un cuasi naufragio; Richer, Du Pont, Léry y los demás eran piel y huesos, cadáveres humanos consumidos por el hambre, la sed y el escorbuto. Pero lograron reponerse.

Villegagnon cambió en tanto su política sexual, e impuso el mestizaje; abandonó el fuerte en 1558, justo antes de ser atacado por las fuerzas portuguesas del nuevo Gobernador General, Mem de Sá. El fuerte resistió un tiempo, y parte de su contingente huyó al continente, donde se reorganizó, aliado con los indios. Estácio de Sá fundaba en tanto la actual Río de Janeiro (1565), llegaban los jesuitas y se preparaba la batalla final contra los resistentes de tierra firme. Estos fueron finalmente exterminados en 1567, salvo algunos descendientes mestizos que se aindiaron e introdujeron la particular erre francesa en la lengua tupinambá. La Francia Antártica, la Ginebra del Orbis Novus, ponía fin a su sino trágico y como efecto de repulsa incitó a Portugal a prestar más atención a una colonización y administración no solamente basada en factorías.

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Juan Calvino murió en Ginebra en 1564, dejando a Teodoro Beza como su heredero espiritual y político.

Villegagnon siguió con sus obsesiones religiosas. Participó con ímpetu en las Guerras de religión, del lado católico ahora. Fue herido gravemente en el sitio de Ruan en 1562, pero se repuso. En 1567 fue nombrado Gobernador de Sens. Murió en 1571.

Coligny permaneció calvinista hasta el fin; fue asesinado alevosamente por el bando católico en 1572, en circunstancias aún no esclarecidas.

Jean de Léry terminó sus estudios de teología y fue ordenado pastor. Regresó a Francia y se salvó por un pelo de la Masacre de Saint-Barthélemy (1572), refugiándose en Sancerre, también sitiada por los católicos. Allí contempló escenas de hambruna, peste y antropofagia peores que las de Brasil. La ciudad capituló tras 220 días de asedio; Léry volcó esta historia en su otra gran producción literaria, Histoire mémorable du siège de Sancerre (1574). Murió en la Suiza protestante en 1613, a la entonces provecta edad de 77 años, famoso mundialmente por su libro del viaje a Brasil.

Pierre Richer fue adquiriendo los visos de un calvinista fanático; publicó un violento libelo contra Villegagnon, y se opuso a los primeros intentos de edictos de tolerancia; murió en 1580.

Ese mismo año, Michel de Montaigne publicaba los dos primeros volúmenes de sus Ensayos; en el libro I, capítulo XXXI, “De los caníbales”, rememoraba la experiencia de la Francia Antártica, y rendía un homenaje tácito a Jean de Léry:

Y el caso es que estimo, volviendo al tema anterior [los indios de América], que nada bárbaro o salvaje hay en aquella nación, según lo que me han contado, sino que cada cual considera bárbaro lo que no pertenece a sus costumbres. Ciertamente parece que no tenemos más punto de vista sobre la verdad y la razón que el modelo y la idea de las opiniones y usos del país en que estamos. Allí está siempre la religión perfecta, el gobierno perfecto, la práctica perfecta y acabada de todo. Tan salvajes son como los frutos a los que llamamos salvajes por haberlos producido la naturaleza por sí misma y en su normal evolución: cuando en verdad, mejor haríamos en llamar salvajes a los que hemos alterado con nuestras artes, desviándolos del orden común. En aquellos están vivas y vigorosas las auténticas cualidades (…) No hay razón para que lo artificial supere a nuestra grande y poderosa madre naturaleza. Hemos recargado tanto la belleza y riqueza de sus obras con nuestros inventos, que la hemos asfixiado por completo.

 

Y en 1955 Claude Lévy-Strauss publica sus Tristes trópicos. No escatimará elogios para el joven calvinista. Relata su llegada a Guanabara: “Camino por la avenida Rio Branco, donde antaño se levantaban las aldeas tupinambá, pero en mi bolsillo tengo a Jean de Léry, breviario del etnólogo…”

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C – Hugonotes en La Florida

 

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Esta experiencia se relaciona íntimamente con la anterior, al menos en sus orígenes: la necesidad de los hugonotes franceses de hallar “su lugar en el mundo” y de huir de las masacres, presentes y por venir. Pero resultó más efímera que la de la “Francia Antártica”, y no menos cruenta.

Nuevamente fue Coligny, a quien ya hemos visto en la sección anterior, el ideólogo de las expediciones. La Florida, actual territorio estadounidense, pertenecía por derecho a España, pero por varias razones aún no había sido colonizada; descubierta ya a fines del XV (se la creyó primeramente una isla), se sigue discutiendo la razón de su nombre: si por ser avistada en Domingo de Resurrección o Pascua Florida, si por su floresta exuberante, si por creerse que allí estaba Juvencia, la fuente de la eterna juventud. Fue visitada por marinos de la talla de Ponce de León, los hermanos Pinzón, Juan Díaz de Solís, Vespucio, Sebastián Caboto, Álvar Núñez Cabeza de Vaca… Pero los atropellos realizados con los indios y su venta ilegal como esclavos hicieron que España postergara la conquista efectiva por las armas, y probara la espiritual; esta también fracasó miserablemente, pese a constituirse hasta una Diócesis sin feligrés alguno. A mediados del XVI, era prácticamente tierra de nadie. En 1562, pues, Coligny comienza  a estimular expediciones. Ese año, el capitán hugonote Jean Ribault toma posesión del territorio en nombre del rey Carlos IX, y funda Cha

rlesfort; en 1564, René de Laudonnière asienta el Fuerte Carolina.

Ribault regresa a Francia en búsqueda de refuerzos y de colonos; ha logrado en tanto asentar alianzas con las tribus potanas, satuwiras y tacaruru, y deja en su lugar a un tal Albert, oficial suyo. Oficial que hace desastres; ante la escasez de víveres entra al pillaje de las tribus, perdiendo valiosos aliados; también se conquista la animadversión de los suyos, que se rebelan y lo asesinan. La guerra civil en el fuerte termina en la masacre mutua de los bandos, la peste y la antropofagia. Únicamente un navío negrero, a cargo del bucanero John Hawkins, en algún momento les deja algo de alimento. No mucho mejor le va a Ribault: halla a Francia en medio de la guerra civil, y él mismo es arrestado por hugonote; logra escapar a Inglaterra, e intenta convencer a la reina Isabel para que lo apoye. La soberana se interesa en la historia, quizás calculando una expedición en provecho propio. Pero será de nuevo Coligny el que bancará una nueva empresa, con seis naves y seiscientos efectivos, entre marinos, artesanos y campesinos, y con Ribault a cargo. Desembarcan en agosto de 1565. Laudonnière ha regresado en tanto a Francia.

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Mas Felipe II ya había sido avisado; la suya sí que es una auténtica fobia antiprotestante.  Ni por asomo quiere que se repita en sus territorios la debacle que soportan sus pares franceses. Envía a Pedro Menéndez de Avilés (1519-1574), ya experto en luchas contra bucaneros, servicios personales al rey, y transporte de galeones de Perú y Nueva España. Ribault ancla y sale en busca del Fuerte Carolina, acechado por los españoles, que en tanto fundan San Agustín, hoy la población más antigua, con continuidad, de todo el territorio norteamericano. El ataque de Ribault a San Agustín se aborta en un naufragio previo. Menéndez de Avilés ataca al fin el Fuerte Carolina, y pasa la población a degüello general, “por lutheranos”, incluidos ancianos, enfermos, mujeres y niños. Sólo se salva una docena de personas que puede demostrar fehacientemente su catolicismo. Las tropas de Ribault sufren el mismo destino de degollina. Para 1567, el mar de sangre hugonota (se calcula unos 800 muertos) ha finalizado y Florida pasa a depender de la Capitanía de Cuba, con Menéndez de Avilés como Gobernador.

Laudonnière llega a Bristol y regresa a Francia; se salva de la Masacre de Saint-Barthélemy, pero muere en 1574; póstumamente se edita su Histoire notable de la Floride, contenant les trois voyages faits en icelles par des capitaines et pilotes français (1586). También se libra el gran pintor Jacques Le Moyne de Morgues (1533-1588), aunque sus pinturas se pierden en la quema del Fuerte Carolina. El editor Théodore de Brye, en base a reconstrucciones del propio Morgues o a falsificaciones suyas, las “reconstituyó” por medio de grabados y acuarelas. Póstumamente edita un libro de nuestro artista, Brevis narratio eorum quae in Florida Americai provincia Gallis acciderunt (1591), con espléndidas imágenes.

La experiencia en La Florida no solo fue efímera y sangrienta; no hubo intento alguno de evangelización, y no consta que hubiera ministros ordenados como en el caso de Guanabara. Estuvo signada por los disturbios internos, y el abuso de los indígenas que en un primer momento les habían recibido hospitalariamente. No hubo un Léry entre ellos, aunque la obrita de Le Moyne de Morgues no carece de interés, desde lo histórico, etnográfico y fito y zoogeográfico. Ha sido recientemente traducida al español como La colonia francesa de La Florida.

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D – Los holandeses en Brasil

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La actuación de los holandeses protestantes sobre las Américas (o, más específicamente, de ese estado confederado que dio en llamarse Provincias Unidas del Nederland, compuesto por Frisia, Groninga, Güeldres, Holanda, Overijssel, Utrecht y Zelanda, y que pervivió entre 1579 y 1795), perdura hasta hoy, pero las experiencias más interesantes son precisamente las ya difuntas, por la profunda diferencia que marcó con las espiritualidades monopólicas contemporáneas. Ese es el caso del “Brasil holandés”, tan poco estudiado todavía, al punto de que ni la propia historiografía protestante brasileña le ha prestado demasiada atención. El trabajo capital es  Igreja e estado no Brasil Holandês, 1630-1654, de Frans Leonard Schalkwijk, al que complementaremos con diversa bibliografía.

Una breve síntesis de la historia paralela de Holanda (usaremos esta convención castellana) puede iluminarnos la experiencia brasileña, que en cierto modo intentó ser un calco de esa extraña república, teocrática pero con “libertad de cultos”. Durante el siglo XVI los Países Bajos habían dependido de España, suscitándose entre dominador y dominado un odio acérrimo a nivel racial, nacional y religioso. Holanda manifestó un rápido interés por el protestantismo, además de poseer una de las comunidades judías más sólidas de Europa. La Inquisición española trató en vano de detener los avances sobre ese “su territorio”, al mismo tiempo que la burguesía y los banqueros holandeses terminaban a la postre siendo la salvación de la siempre endeudada corona, pero también los usufructuarios de las riquezas de las Indias. El reinado de Felipe II se tornó insoportable, y los intentos de convivencia religiosa, imposibles. La Unión de Arras y la de Utrecht aglutinaron a católicos y calvinistas respectivamente; en 1568 se comienza la Guerra de los Ochenta Años contra España, que finalizaría con la paz de Westfalia en 1648; pero ya en 1581 las provincias mayormente calvinistas habían logrado la independencia, nombrando primero rey a un príncipe francés de la casa de Anjou, y fijando finalmente un sistema confederado bajo un estatúder y un parlamento (los “Estados Generales”). Las provincias católicas mantuvieron por un tiempo su autonomía en el sur. Holanda se puso al frente por casi un siglo del capitalismo mercantilista, que industriosamente ya venía cultivando desde el bajo medioevo; no sólo progresó en las técnicas de la agricultura y la ganadería, y en las pequeñas industrias manufactureras, sino en el comercio ultramarino, que se plasmaría con la creación de la Compañía de las Indias Occidentales y la de las Orientales. Al mismo tiempo, se convirtió en el país con banca más importante, mientras florecían las artes, las tapicerías, las ciencias, la navegación, la especulación filosófica (fue un verdadero centro de atracción de pensadores extranjeros), y sus imprentas pasaban a ser la vanguardia del mundo. De ser cierta la tesis de Max Weber sobre la influencia de la ética protestante (santificación del trabajo; ascética intramundana) en el espíritu del capitalismo, Holanda es el ejemplo perfecto. Y se daba, en la maniquea Europa de ese entonces, el extraño fenómeno de ser una teocracia calvinista (Iglesia Reformada Holandesa) con tolerancia religiosa. Aclaremos este punto tan interesante.

Stricto sensu, no podemos hablar de “libertad de cultos” o de “conciencia”, o de “tolerancia” en el sentido que la filosofía política liberal dará a estos conceptos desde el XVIII en adelante: estos parten de apotegmas políticos, mientras que la ratio holandesa es básicamente teológica, anclada en el pensamiento de Calvino y en uno de sus principios más conocidos, a saber, la ineluctable predestinación del hombre, al bien o al mal, a la salvación o la perdición eternas, al cielo o al infierno. Esta creencia –tan inhumana en el fondo- tuvo como consecuencia lógica que el calvinista típico viera en el proselitismo una manera de hacer descubrir (o intuir, porque nunca se está seguro del todo) en el otro el destino prefijado desde la eternidad. Pero como precisamente ese destino ya está prefijado, no se puede salvar a quien Dios no ha decidido salvar; el predicador sólo puede despertar una chispa iluminadora de esa gracia o desgracia. Ergo, no sirve la interpretación agustiniana del pasaje bíblico “Oblígalos a entrar”; no sirve la conversión forzosa. Se deben respetar en la república normas políticas de convivencia, pero no se puede usar otra cosa que la persuasión para la prédica. Y el bien común se consigue con una avenencia más o menos pacífica de las distintas religiones. Oficialmente, Holanda no perseguirá ni a católicos ni a judíos ni a otros protestantes, ni siquiera a paganos, siempre y cuando no violen las leyes seculares. De ahí que se torne un reducto de los perseguidos: judíos sefaradíes, disidentes del anglicanismo, menonitas, incluso católicos maltratados en los principados luteranos. Que en el XVII holandés puedan convivir el racionalista Descartes, el judío panteísta Spinoza, el menonita Rembrandt, y multitud de intelectuales independientes. Más aún, en investigaciones recientes sobre la famosa excomunión de Spinoza  de la sinagoga (hérem), se ha visto un acto, no de judíos que expulsaran a un heterodoxo de entre los suyos, sino de judíos que acataban la legislación calvinista. Como antiguo pueblo elegido, se esperaba de ellos que fueran un testimonio vivo de la maldición divina hasta el fin de los tiempos, cuando se convertirían en masa (Romanos 11); y por lo tanto, que cumplieran con la Torá y las prácticas habituales. Ergo, que de entre ellos surgiera un postulador de Deus sive natura ponía más en peligro la paz de su propia comunidad ante el Estado que ante su propia ortodoxia.

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Independizada de España, Holanda se propuso una suerte de vendetta que al mismo tiempo beneficiara su economía en expansión. Ya a fines del XVI, en los albores de la independencia, recurrió a la piratería para atacar los galeones españoles y rapiñar en las costas. El área preferida fue el Caribe y Brasil. De paso, debemos recordar que este último dependía ahora nominalmente de España: tras la famosa muerte del rey Don Sebastián en las arenas magrebíes de Alcazarquivir (1578) y un breve interregno sucesorio, Felipe II de España pasó a ser su rey, y así sus dos sucesores, hasta la independencia en 1640. Portugal y España fueron aliados contra Holanda, en detrimento del imperialismo lusitano; Holanda respondió con la creación de la susodicha Compañía de Indias (1621) y una política de conquista en las Américas. En 1623 invadieron Bahía de San Salvador, pero un año después fueron desalojados. El apoderamiento de una flota española en Bahía de Matanzas, Cuba (1628) dio ímpetu a una reinversión, y se eligió nuevamente Brasil, pero esta vez más al norte, en Pernambuco. En 1630 conquistaron Recife y Olinde, asegurándose el dominio del Pernambuco; en 1634 habían llegado a Paraíba y Goiânia y en 1641 ocupaban casi todo el nordeste brasileño, aunque frágilmente. La experiencia duró 24 años y fue conocida como Nova Holanda o Nieuw Holland; se consolidó con la llegada del estatúder Johan Maurits van Nassau-Siegen, o João Maurício de Nassau-Siegen para los portugueses (1604-1679), un príncipe progresista, humanista per se, y mecenas de artistas, escritores, filósofos y científicos. La Nova Holanda, en su máximo esplendor, no pasó de los 100 000 habitantes, de los que un tercio eran portugueses, otro tercio esclavos negros, un sexto indígenas y un sexto menor, holandeses (no más de 15 000).

Nassau organizó la colonia, que devino en fructífera fuente de algodón y azúcar, y de productos tropicales como el ananá, a los que los europeos se aficionaron rápidamente. La mano de obra era africana, y no se explotó a los indígenas; sobre los negros pesaba la creencia de que eran herederos de la maldición bíblica de Noé a Cam, su supuesto antepasado (Génesis 9:18-27).

La Nova Holanda intentó ser un plagio de la vieja, aunque la promiscua geografía y las posibilidades desmintieran el intento. Se organizó en distritos confederados, con su epicentro en Recife; estaban a cargo de consejos municipales y rurales. Se crearon nada menos que 22 congregaciones reformadas, que fluctuaron entre el paroxismo religioso y la desidia formalista. Tres de ellas eran de indígenas, dado que el proselitismo, lento pero seguro, surtió efecto. La literatura religiosa y el culto mismo podían hacerse en holandés, portugués o tupí (recordemos la importancia protestante dada a las lenguas vernáculas), o hasta en dos o tres idiomas cuando las congregaciones eran mixtas. En Recife los anglicanos usaban el inglés, y los hugonotes el francés. Llegó a haber 50 pastores al mismo tiempo; se estableció un consistorio a la manera calvinista holandesa, que se reunía para tomar desde decisiones teológicas hasta puramente pragmáticas. No existía una autoridad individual que lo superase; las disposiciones más complejas debían sufragarse por unanimidad. Se realizaron 19 sesiones, más cuatro sínodos, entre 1636 y 1648. Como en Holanda, el proselitismo hacia negros, indios, judíos y católicos fue persuasivo, nunca violento; después de todo, la gracia predestinacionista era del Señor… Explícitamente el Reglamento de Gobierno afirmaba: “Será respetada la libertad de los españoles, portugueses y naturales de la tierra, ya sean papistas, ya sean judíos, no pudiendo ser molestados o sujetos a indagación en sus conciencias o en sus casas particulares, perturbarlos o causarles estorbo, so penas arbitrarias, o conforme a las circunstancias, ejemplares y rigurosos castigos”. Era una experiencia única en el contexto de la bárbara intolerancia del Orbis Novus: ¡llegar a castigar a un calvinista, miembro de la Iglesia oficial, por molestar a un católico, un judío o un indio por sus prácticas religiosas! Con ello no se dejaba de reglamentar las prerrogativas del culto estatal: cuidar “el establecimiento y ejercicio del culto público por medio de ministros; segundo, el orden seguido en la iglesia cristiana reformada de estas Provincias Unidas, la Palabra Santa de Dios y el ritual de unión aceptado por esas mismas provincias”. Dicho ritual era relativamente simple: lectura bíblica, cántico de salmos y otros himnos, confesión de pecados (no auricular, por supuesto), sermón y bendición final. Los pastores tenían “ayudantes” y “consoladores” que visitaban enfermos, hospitales, deudos, y auxiliaban en los velatorios, así como contribuían a la eliminación de la mendicidad por medio de la distribución de trabajos. En la praxis, no había una clara diferencia entre Estado e Iglesia, i.e, la Iglesia holandesa (los otros credos no entraban en juego); las reuniones eclesiales trataban asuntos políticos, y los consejos gubernamentales no se salvaban de la injerencia eclesiástica. En esto no había gran diferencia con la Holanda europea; sólo se acrecentaba al depender, de facto, Iglesia y Estado de la Compañía de Indias Occidentales.

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La tolerancia religiosa llegó a que si bien algunas iglesias católicas fueron recicladas como reformadas (eliminación de imágenes, mayor austeridad), el catolicismo siguió siendo el credo mayoritario. Inclusive se permitió la existencia de conventos y Órdenes religiosas; hubo fricciones, por supuesto, pero no demasiadas que pasaran de castaño oscuro. Tampoco los indígenas sufrieron persecución religiosa y, como en Holanda, la comunidad judía gozó de amplias libertades. Llegaron sefaradíes de los Países Bajos, o regresaron a su culto los “marranos” herederos de las expulsiones ibéricas. Construyeron su propia sinagoga, la Kahal Zur Israel (קהל צור ישראל, “Roca de Israel”), en pleno Recife, la primera (y por mucho tiempo, única) de América; el edificio se conserva hasta hoy como Monumento Histórico. Muchos negros e indígenas se convirtieron al calvinismo, y se propició el mestizaje de holandeses con indias conversas. Se trabajó primero sobre los indios que tenían algún conocimiento del cristianismo católico gracias a los portugueses; luego se amplió el radio de acción cuando los misioneros se afianzaron en el conocimiento de las lenguas nativas. Cuando los holandeses fueron expulsados y el territorio quedó en manos jesuitas, estos no dejaban de asombrarse al ver nativos que parecían nacidos en la Europa protestante, a los que la jerga reformada se les había pegado hasta el punto de las famosas diatribas anti romanistas o papistas; y la mayoría estaban alfabetizados y asaz poco dispuestos al paternalismo de los nuevos maestros. Claro que la tolerancia no se daba a la inversa: ¡ay del calvinista que se volviera idólatra como los indios, o judío, o “papista”!

Algunas normativas parecen increíblemente modernas, como las de urbanización, pavimentación e higiene públicas. Se cuidó lo que hoy llamaríamos ecosistema; se prohibió la caza y pesca de especies que iban disminuyendo, se limitó hasta la prohibición el comercio del palo-brasil dado que la tala indiscriminada mermaba los bosques, se dictaron edictos para la limpieza y protección de los ríos. Se construyó un observatorio astronómico, y se importaron artistas y científicos del Viejo Continente. Uno de los teólogos más importantes de la Holanda calvinista, Pietrus Gribius, se radicó en Recife; pero Nassau también atrajo al gran naturalista alemán Georg Markgraf (1611-1648), que dejó la primera cartografía confiable de esos territorios, varios volúmenes de historia natural y etnografía; muchos de sus descubrimientos botánicos y zoológicos serían utilizados un siglo después por Linneo. No solo se organizaron conciertos de música sacra, con coros y órgano incluidos, sino también profana, en el estallido del Primer Barroco. Pero todo dentro del marco ético calvinista, que al mismo tiempo prohibía juergas, prostitución, blasfemias, juego por dinero, duelos, profanación del domingo. Hubo una intensa labor de creación de escuelas, protección de huérfanos y viudas; el analfabetismo era casi desconocido. El libro de cabecera era por supuesto la Biblia; la Statenvertaling (“Biblia del Estado”) había sido completada en 1637, y era la oficial de los holandeses reformados; los portugueses disponían la del también calvinista Ferreira de Almeida, o al menos su Nuevo Testamento, traducido para el beneficio de las colonias portuguesas de Asia que habían pasado a manos holandesas (él mismo era un converso de la Iglesia Reformada de Holanda, sirviendo como pastor en la zona índica); los ingleses usarían la clásica King James Bible, y los franceses tendrían un más amplio espectro aún en el marco hugonote o ginebrino. No hubo una biblia en tupí, hasta donde se sabe, aunque sí traducciones fragmentarias para la catequesis y el culto. En la producción de literatura en lenguas indígenas, los jesuitas se llevan las palmas.

No existe consenso en cuanto al verdadero trato que recibieron los esclavos negros; más allá de la inhumanidad intrínseca de ese tráfico, ¿fueron los holandeses más benignos que sus pares españoles, portugueses o británicos? Algunos historiadores creen que la crueldad fue semejante a la de toda América; otros aducen que en esos 24 años las políticas al respecto variaron. Por último, no faltan los que creen que la benevolencia del trato fue una de las causas de la decadencia de la Nova Holanda, que sí o sí debía basarse en una economía esclavista para su supervivencia. Pero los negros, contrario al resto, no gozaban de libertad de cultos; más aún, los pertenecientes a otros credos que no fuera el calvinista debían acompañar a sus amos en sus liturgias. Los domingos no debían laborar, ni tampoco en los múltiples cultos semanales. Los amos holandeses estaban obligados a instruirlos en las Escrituras y catequizarlos. Y sin embargo, es sintomático que los pastores, en una suerte de mea culpa muy propia de su credo, vieran la caída de la Nova Holanda como una manifestación de la ira divina: “El Consejo se inclina a considerar que entre otras cosas Dios se muestra irritado porque en estas tierras no supimos tomar las medidas necesarias para que la existencia de Dios y de su hijo Jesucristo llegase a conocimiento de los negros, dado que el alma de estas pobres criaturas cuyo cuerpo empleamos en nuestro servicio debió haber sido arrebatada a la esclavitud del Diablo”. Quizás hoy podamos agregar otro matiz: la del esclavo citadino, que trabajaba a la par de su amo –amo que santificaba el trabajo y lo veía como bendición divina-, y la del rural, encargado de las rudas tareas en los algodonales e ingenios azucareros.

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El final de la historia, para variar, es trágico. Los portugueses, pese a la tolerancia religiosa, jamás se conformaron con la presencia de esos intrusos. La resistencia lusitana se inició en los primeros años de la colonización holandesa, y se fue acentuando con el tiempo. Entre 1630 y 1640, la mayor parte de las victorias fue holandesa, salvo en un nuevo intento de conquistar Salvador. Con la independencia portuguesa de España, lusitanos y holandeses firmaron un tratado de paz internacional, violado por ambas partes. En 1641, por ejemplo, estos últimos invaden São Luís, teniendo así acceso al río Marañón. Pero la verdadera decadencia se produce con el regreso de Nassau a Holanda, en 1644; ese mismo año se pierden los territorios recientemente ganados. En 1645 se produce la Insurrección Pernambucana o Guerra de la Luz Divina, en que un grupo de 18 líderes, portugueses o mestizos, emprenden una efectiva guerra de guerrillas. Muchos de ellos, más que por motivos patrióticos, fueron movido por la falta de paga que, como asalariados, recibían de los holandeses en la cosecha azucarera; crisis que se daba por primera vez, y que terminó en la derrota neerlandesa de Monte das Tambocas, y la pérdida de gran parte del nordeste brasileño. Las dos batallas de Guarapes (1648-9) fueron decisivas y pusieron a los portugueses en las puertas mismas de Recife, bastión holandés por excelencia. Con la toma del fuerte pentagonal de Frederick Hendrik, construido por orden de Nassau y llamado São Tiago das Cinco Pontas por los brasileños, la experiencia calvinista llegó a su fin (1654), aunque muchos ya habían abandonado las colonias desde el retorno de Nassau. En todas las batallas, el alma mater fue André Vidal de Negreiros (1606-1680), hasta el día de hoy reconocido como uno de los “héroes nacionales” de Brasil, como si se hablase de un Estado avant-la-lettre que sólo tiene en cuenta las experiencias lusitanas. Quizás la ausencia de una guerra de independencia Brasil-Portugal justifique estas reivindicaciones un tanto extrañas para los países de cuño hispánico, que solo construyen próceres independentistas e invariablemente anti-españoles.

Los holandeses capitularon, y en 1661 firmaron el Tratado de La Haya, por el cual renunciaba a cualquier pretensión sobre el nordeste brasileño. Brasil volvió al césaro-papismo portugués, y recién con el liberalismo de las postrimerías del XIX reconocería el principio de tolerancia. Para la mayoría de sus historiadores, la experiencia holandesa es como una página negra del pasado. O, mejor aún, la génesis del fuerte nacionalismo brasileño, en el que convergieron blancos, indios, negros y mestizos.

Portugal resarció a Holanda con unas 63 toneladas de oro; sin embargo, no logró continuar con la política capitalista del ex “invasor”, lo que retrasó considerablemente su economía aún casi medieval. La ausencia de una Inquisición lusitana que al menos “regulara” los castigos, hizo que los holandeses que no lograron escapar sucumbieran a linchamientos populares. Los indios adoctrinados fueron masacrados, o debieron pasar por una etapa de dolorosa reconversión. Los judíos también fueron víctimas de pogromos, aunque muchos regresaron a Holanda o se refugiaron en otras colonias neerlandesas, como las de América del Norte; otros debieron encriptar su religiosidad, como antaño. Varios de los monumentos holandeses fueron destruidos, y hoy solo quedan ruinas. Faltan aún trabajos etnográficos sobre la posible influencia –y perdurabilidad- de los holandeses en las etnias con las que trataron, y que existen todavía.

 

 

(continúa)


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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Ensayos
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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
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