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3 febrero 2014 1 03 /02 /febrero /2014 03:38

 

 

 

 

… honraremos también anualmente el brillante triunfo que Jesús sacramentado ha obtenido de la herejía. Esta con ocasión de esta festividad sagrada se despecha y se acoje al partido de una vergonzosa fuga, como lo hace la tiranía con motivo de esta festividad cívica, el blasfemo Lutero...

Padre Pedro Ignacio de Castro Barros, Oración patriótica... (1815)

 

Con este ensayo, necesariamente extenso, retornamos al carácter panorámico con que iniciamos nuestra incursión en imaginarios alternativos del Orbis Novus, y dejamos momentáneamente de lado los “análisis de caso” que dedicamos a personajes como Fray Francisco de la Cruz, Rosa de Lima y sus exóticos panegiristas, y Ángela Carranza. Aclaramos que no intentaremos una historia completa y estructurada del fenómeno del protestantismo y sus representaciones en la América colonial, cosa que huye a nuestros intereses y capacidades; más bien, esta será una suerte de amplia miscelánea que, en algunos instantes, escapará de los límites geográfico-temporales del orbe indiano. Con todo, creemos necesario trazar una suerte de hoja de ruta para que el lector no se pierda en este presunto laberinto.

Nuestro ensayo partirá de la propia España, en un racconto de aquellos fenómenos que, en sentido laxo o strictu sensu, podemos hablar de “protestantismo” o “reforma” en los siglos XVI y principios del XVII. Indagaremos luego si algunos de esos fenómenos pasaron al Orbis Novus, y qué discursos e imaginarios se tejieron en la era colonial, especialmente respecto a la figura de Lutero. Seguiremos con una breve historia de experiencias comunales protestantes que se dieron en el ámbito de lo que hoy llamamos América Latina –efímeras en todos los casos- pero que alimentaron fobias y temores en los territorios colonizados por España. Vendrá luego el accionar inquisitorial; nos detendremos en la extraña legislación que obligaba a los piratas “herejes” a ser juzgados por este tribunal eclesiástico y no por los fueros reales, y más tarde nos centraremos en dos casos paradigmáticos, el de Salcedo y el de Francisco Moyen, para analizar continuidades y discontinuidades en la acción del Santo Oficio con protestantes ocasionales o sospechosos de serlo, y también algunos casos “menores” que van de uno a otro, es decir, del XVI al XVIII.

Deberemos analizar el cambio que se produce bajo los Borbones y su humillación ante Inglaterra, que necesariamente trae como consecuencia, a través del comercio británico, que el protestantismo ya no sea tan rara avis en lo que va del XVIII; intentaremos una hipótesis personal en lo que atañe al grado de tolerancia en dos grandes áreas que llamaremos “del Pacífico” (territorios andinos) y “del Atlántico” (actuales Brasil, Uruguay y Argentina). Haremos una rápida incursión en la figura de Blanco-White, injustamente olvidada hoy, y que mucho tuvo que ver con la ideología independentista de América del Sur. Por último, antes de las conclusiones, nos centraremos, sin dejar de lado otras áreas, en el específico caso rioplatense, y en las luchas entre el conservadurismo católico y el liberalismo de algunos sectores políticos, a la hora de permitir o no, o hasta de promover, el arribo de inmigración protestante con su derecho a culto. A modo de epílogo, rastrearemos algunas miradas protestantes sobre el orbe católico-indiano.

Como se ve, el abanico es amplio y ambicioso. Culminado este ensayo, respiraremos aliviados y diremos, como un viejo (¡pero escéptico!) calvinista: Soli Deo gloria.

 

I

monasterio

 

En 1839, Don Luis de Usoz y Río (1805-1865), después de una preparatio de lecturas de folletos y de la Biblia misma en sus lenguas originales, se convertía inopinadamente al cuaquerismo. Aunque nacido en Chuquisaca, actual Bolivia, donde su padre era Oidor, se formó primeramente en Madrid. Fue un hombre culto, doctorado en Derecho y Jurisprudencia, y con estudios que hoy llamaríamos de posgrado en Bolonia; leía a la perfección el hebreo y el griego clásico (además de varias lenguas vivas), en tiempos en que España  había olvidado esos saberes casi por completo. Poseía una riqueza rayana en la opulencia, a la que sumaba la dote de su esposa; ya antes había sido bibliófilo, aunque en su primera juventud había “pecado” de volterianismo. El resto de su vida, pasada entre España e Inglaterra, y estableciendo contacto con libreros y bibliotecas de toda Europa, se le fue invirtiendo esa fortuna en una empresa que, a nivel económico al menos, ningún beneficio le reportaría: recolectando, adquiriendo o copiando, e imprimiendo, en impecables ediciones de donosa tipografía –España también era un desastre en los progresos y estética del ars typographica- una invaluable colección de textos del protestantismo español del XVI y XVII, caídos totalmente en el olvido, cuando no en ejemplares únicos salvados de las hogueras, o en traducciones que había que revertir al perdido original hispánico. La llamó España Reformada, encargándose él mismo, con algunos colaboradores británicos, de los prólogos, notas, variantes y revisión de pruebas. A su muerte la empresa quedaba en manos alemanas, pero abría terreno, ad fontes, para un pasado que aún hoy no ha sido del todo inquirido.

Era lógico que, en las postrimerías del XIX y en la primera mitad del XX –en realidad, hasta el Concilio Vaticano II- el tema suscitara en los eruditos, o la indiferencia, o acaloradas disputas entre católicos defenestradores de ese pasado y protestantes apologistas que deseaban crear un martirologio propio. En 1851 Adolfo de Castro y Rossi publicó una pionera Historia de los protestantes españoles y de su persecución por Felipe II. Unas décadas después de la muerte de Usoz, surgía el primer (y todavía imprescindible) clásico al respecto, de Marcelino Menéndez y Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles, con amplia sección dedicada a la Reforma; la ideología de nuestro polígrafo es maligna, pero  es una auténtica mina de datos el amigo Marcelino, quien a su vez, como buen esteta, no puede negar los encantos de algunos libros producidos en una época que coincide con el Siglo de Oro del idioma. Otro clásico vendría en 1937, con continuos aditamentos hasta los ’60, Erasmo y España, del gran hispanista francés Marcel Bataillon; debemos agregar los trabajos de Américo Castro, y otros producidos en ámbitos académicos británicos y teutónicos. Hoy las aguas se han calmado, y las disputas de interpretación no pasan de inocuas trifulcas universitarias. Algunas cosas tienen carácter de cuasi-certezas; otras restan por dilucidar.

*

ref2.jpgAlgo que embarró el tema, de manera previsible y con largas consecuencias historiográficas, fue el pánico que el drama de Wittemberg y Worms produjo en el aparato punitivo español, real e inquisitorial: cayeron en la misma bolsa (o en la misma hoguera, con idénticos epítetos) los herederos del erasmismo, otrora considerado perfectamente ortodoxo; formas de espiritualidad interior propiamente española, reunidos a veces con el genérico término de “alumbradas”; y protestantes propiamente dichos, signatarios de las doctrinas de Lutero, Melanchton o Calvino, que fueron los menos, y con actuación conspicua –por motivos obvios- fuera de España. Eran, como decía Teresa de Ávila (¡ella misma sospechada!), “tiempos recios”; y cabe también el adagio que Borges inserta en uno de sus cuentos: “Las herejías que debemos temer son las que pueden confundirse con la ortodoxia”. Sin embargo, pese a esta horrible confusión que, no lo olvidemos, pagaron con sus vidas seres de carne y hueso, podemos hacernos cargo de ella de modo positivo y hablar de una “reforma” o “protestantismo” more español, que sólo en un segmento mínimo, pero sumamente interesante, conecta con las rebeliones nórdicas. Porque, no lo olvidemos, toda Europa ansiaba un cambio en el Papado y sus inicuos tentáculos, sin que ello implicara una ruptura con Roma; más aún, podemos decir que el cisma de Lutero fue un producto más de Roma que del ex dominico, pero una vez producido, indetenible, como indetenibles fueron los cismas internos en eso que hoy simplificamos con el nombre de “protestantismo”.


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Américo Castro ha exhumado textos peninsulares de los siglos XV e incluso XIV que, de no saber de dónde proceden, creeríamos se trata de versiones de parágrafos de Lutero a un castellano arcaico: justificación por fe, valor de las Escrituras contra la traditio, nulidad de las obras exteriores. Menéndez y Pelayo resucitó a Pedro de Osma (m. 1480) que negó la confesión auricular, el purgatorio y el valor de las indulgencias como un teutón avant-la-lettre. Pero en los comienzos del XVI, es el propio Cardenal Cisneros el que intenta un cambio radical –aunque de tibia respuestas a largo plazo- en el clero seglar y conventual, funda la Universidad de Alcalá de Henares, da énfasis al biblismo y a las lenguas originales de las Escrituras (tiene que importar helenistas; hebraístas ya los había entre los muchos conversos), culminando en la magna Políglota Complutense, obra empero elitista y sin versión “romanceada”, como tampoco la tendrá ese otro monumento, ya bajo Felipe II, la Políglota regia o de Amberes, dirigida por el gran Arias Montano.

Pero el germen bíblico ya había sido inoculado, y llegará a pandemia con la lectura de los libros de Erasmo, verdadero suceso del XVI ibérico, verdadera proliferación de traducciones, paráfrasis, imitaciones y reediciones, al punto de inusitados best-sellers. El maestro de Rotterdam, que nunca pisó España y hasta la menospreció en un principio (“país de semitas”), fue allí leído más que en cualquier otro rincón del Viejo Continente. Su moral sencilla, su énfasis en los Evangelios, su crítica a las pomposidades hueras y al cristianismo de mero nombre, su búsqueda de una espiritualidad interior plausibles al noble y al campesino, sus adagios fáciles de retener, en fin, su buen humor, llenaron la península y después el Orbis Novus; damas y caballeros, laicos y sacerdotes, tenían el Enquiridión como libro de cabecera. Erasmo atraviesa el siglo y llega hasta el Cervantes del Quijote y de Los trabajos de Pérsiles y Sigismunda. Pero a mitad de esa centuria, luteranismo mediante y la aparente indefinición del holandés por jugarse por bando alguno (en realidad, deseo de unión de la cristiandad, y fría opción por el catolicismo en su senectud), el ortodoxo de otrora se convirtió en sospechoso, y de sospechoso en hereje, y de hereje en maldito, prohibidos sus libros por el Index y quemados en hogueras públicas. Con la consecuente y enorme consternación de erasmistas hispanos, desde un Joan Lluís Vives o los hermanos Valdés y tantos otros, que eligieron el camino del exilio. O de los que se quedaron y que, entreverados con el misticismo “alumbradista”, la pagaron con prisión y/o muerte. Y el apelativo de “herejes” y “luteranos”.

Hecha esta distinción, hoy podemos hablar de “protestantes” españoles que bebieron en Erasmo y en la propia tradición española sin necesidad de leer un solo opúsculo de Lutero o de Calvino. Allí entrarían Alfonso de Valdés, con su Diálogo de Mercurio y Charonte, y sobre todo su hermano Juan, humanista y místico que hallaría su refugio en Nápoles en una suerte de amor platónico con la princesa de Gonzaga; redactor de obras maestras de la espiritualidad, él sí quizás leyó a Lutero, pero sabiéndolo reciclar de un modo originalísimo: Diálogo de doctrina christiana; Alphabeto Christiano; traducciones y comentarios a Mateo y la Primera Epístola a los Corintios; y el famoso Diálogo de la lengua, verdadera joya que, después de Nebrija, indaga en las posibilidades del castellano como lengua de cultura con un contundente “sí”, como antaño il Dante en Italia con su De vulgari eloquentia.

También estarían en ese grupo el “doctor Egidio” (Juan Gil), místico de la justificación por fe, quemado post-mortem; el “doctor Constantino” (Constantino Ponce de la Fuente), muerto en prisión y quemado en estatua, famoso por sus sermones admonitorios y su espiritualidad vs. exterioridad , e incluso el Arzobispo de Toledo y Padre Conciliar en Trento, Fray Bartolomé de Carranza, perseguido por su archienemigo Melchor Cano, que vivió décadas en prisión y que recién en pleno siglo XX fue reivindicado como católico “puro” por el erudito Ignacio Tellechea Idígoras.

Se ha hablado y discutido mucho sobre una suerte de dos grandes “escuelas” protestantes en la península: Valladolid y Sevilla. Deberíamos hablar más bien de focos de irradiación, y con disímiles características. El grupo vallisoletano, con figuras como Carlos de Seso y Agustín y María de Cazalla, se compone de algunos nobles y, sobre todo, de judíos conversos. Su despertar nace en la lectura de las obras valdesianas, y conjugan erasmismo postrero con experiencias de iluminación interior. El final es trágico. El ambiente sevillano es harto más complejo, porque allí se aglutinan desde eruditos renovadores, como Egidio y Constantino, hasta las formas más populares y dionisíacas del alumbradismo; supercherías nacidas en los estratos más bajos del islam, el catolicismo y el judaísmo diluidos, hasta un erasmismo sui generis; y es cuna de luteranos y calvinistas propiamente dichos. Esa Sevilla pluralista y multiforme será horrorosamente decapitada, hasta la pérdida misma de la memoria de tan rica y proteica identidad. Quizás haya habido otros focos, pero recordemos que la Inquisición tiene en esas ciudades dos de sus más importantes tribunales; i.e., son sitios especiales para una punición directa y una documentación que sobreviva. 

Otro de los interrogantes que ha producido el protestantismo español, sea lo que entendamos por éste, es porqué parecen mayoría los judíos conversos, o de generaciones de reciente cristianización, los que militan dentro de sus filas. Hay varias respuestas posibles.

1) El protestantismo, en todas sus variantes, no solo es un cristianismo cristocéntrico, sino bibliocéntrico, hasta proclive a degenerar en la bibliolatría. El judaísmo es “el Pueblo del Libro” por excelencia, como tan bien lo caracterizó Mahoma; por siglos, la Torá ha sido su verdadera patria, íntima y viajera como ese pueblo trotamundos a la fuerza. La revalorización de las Escrituras, inclusive del hebreo por sobre el latín, puede ser un factor determinante.

2) Los inicuos estatutos que rigieron en España para los de “sangre impura” y los convirtieron en ciudadanos de ínfima categoría, quedaban abolidos en la lectura de San Pablo, tan cara a Erasmo y a Lutero. Según Gálatas 3:26, “ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer; ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”. Los escalafones quedaban derogados. Más aún, Romanos 11 les decía que los propios judíos seguían siendo el pueblo elegido de Dios, mientras que los gentiles (goiim) eran solo un “injerto” de olivo silvestre en el verdadero olivo de Israel. Al final de los tiempos, cristianos y judíos se reconciliarían.

3) Mientras que el hijodalgo típico menospreciaba el trabajo manual, el judío nunca había tenido esos prejuicios, sino más bien contribuido a las técnicas agrarias, médicas, ópticas, etc., pese al vilipendioso cliché de “usurero”. El protestantismo “santificaba” el trabajo, en esa “ascética intramundana” que Weber vio como uno de los factores claves del primer capitalismo. Más aún, Américo Castro intentó demostrar que muchos de esos conversos, luego protestantes, nacieron de la Orden de los Jerónimos –volveremos sobre el Convento de San Isidoro del Campo, de Sevilla-, donde el biblismo y el trabajo ya formaban parte de sus características, contrario a otras órdenes dedicadas a la contemplación, la mendicidad o la caza de brujas.

Sin embargo, aún aunadas, estas hipótesis son insuficientes para una explicación completa. Después de todo, gran parte de la espiritualidad católica hispánica del XV y del XVI está también en manos de descendientes de judíos, sin que el protestantismo les haya resultado tentación alguna; pero es de remarcar que muchos “ortodoxos”, incluso luego canonizados, sufrieron no solo por no ser “cristianos viejos”, sino también por desarrollar sendas místicas o ascéticas que inmediatamente los tornaban sospechosos de “herejía”.

*

 

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Nos resta indagar en la máxima contribución del protestantismo español, protestantismo éste sí strictu sensu, de raíces en su mayor parte sevillanas pero desarrolladas fuera de la península. Nos referimos a las traducciones bíblicas.

No es que no hubieran existido intentos previos. Alfonso el Sabio mandó traducir casi la Biblia entera desde el latín y la insertó en su Grande e general estoria. Se la conoce como Biblia Alfonsina (1260-80). Manuscritos escurialenses muestran que existieron otras versiones, totales o parciales, incluso prealfonsinas. En el siglo XV se producen varias traducciones judías, por lo tanto limitadas a lo que los cristianos llaman “Antiguo Testamento”; así la patrocinada por Alfonso V de Aragón, la vertida por Moisés Arragel (1433, editada en el XX como Biblia del Alba); la del “Rabino Salomón” (1420). Pero por su carácter manuscrito, su difusión fue mínima, limitada a las élites. En 1533 se edita al fin una traslación judía, la Biblia de Ferrara, con un falso pie de imprenta que aseguraba las licencias inquisitoriales; fue reeditada varias veces en Amberes, para la vasta judería hispano-holandesa. Es un verdadero monumento, no del castellano, sino del sefaradí; existe una reedición crítica moderna. Amplia difusión manuscrita medieval hubo también de versiones al catalán; la de Bonifacio Ferrer (Biblia Valenciana) llegó a la imprenta en 1478 (¡auroras de las prensas ibéricas!) y nuevamente en 1515; pero la posterior fobia anti biblias romanceadas consiguió que no se conservara un solo ejemplar, salvo una hoja suelta. En portugués, además de la rica tradición medieval, existieron versiones parciales a comienzos del XVI, pero habría que esperar al XVII para una traducción completa, la Ferreira de Almeida, protestante. En euskera, un Nuevo Testamento realizado por calvinistas representa el segundo libro impreso en esa lengua; pero biblias completas saldrían recién en el XIX.

Pero regresemos a nuestros traductores protestantes del XVI y a algunas premisas básicas:

1) Todas las ramas del protestantismo se basan en el apotegma luterano de la Sola Scriptura; no hay protestantismo sin Biblia, mientras que el catolicismo prescindía (y puede seguir prescindiendo salvo en algunos sectores) de una lectura bíblica continua, meditada y no mediada por la tradición.

2) El protestantismo desprecia la Vulgata latina, no por el esfuerzo que para San Jerónimo supuso en su tiempo, sino por ser la única (en especial tras el Concilio de Trento) aceptada como canónica en el orbe católico, pero imperfecta e inaccesible a los legos; se regresa, pues, a las fuentes hebreas, arameas y griegas, y más tarde se expulsará del Antiguo Testamento como apócrifos a aquellos libros no aceptados por la tradición judía (son los que las biblias católicas llaman “deuterocanónicos”).

3) El protestantismo considera que la Biblia debe estar al alcance de todos y no de una élite; por lo tanto, promueve la alfabetización general, y la traducción a las lenguas vernáculas (“romanceadas”, que dirían en la España de entonces) en el lenguaje más claro posible aunque con pérdida mínima de la literalidad; como respuesta, Roma deja de tolerar, como en el Medioevo, las traslaciones, considerándolas perniciosas y violadoras de su propia autoridad como intérprete y expositora de los libros sagrados. Una biblia en vernáculo es sinónimo de herejía.

4) El protestantismo hace un impresionante uso del invento de Gutenberg, que le viene de perillas (¿habría sido posible Reforma sin imprenta?); multiplica las ediciones y las abarata; reserva para los lugares de culto los formatos suntuosos y promueve las típicas biblias estéticamente ascéticas que por siglos serían su símbolo; intenta el proselitismo buscando traducir a la mayor cantidad de lenguas vivas.

Con estos parámetros, no es raro que el Siglo de Oro del español lo sea también de las traducciones sagradas, aunque allende los Pirineos. Versiones católicas parciales, como las de Fray Luis de León (magníficos Libro de Job y Cantar de los Cantares, con su comento), Fray Luis de Granada (evangelios y epístolas de la liturgia) o del postrero Francisco de Quevedo (Lamentaciones de Jeremías) permanecieron inéditas por siglos. No así la de los fugitivos y obsesos protestantes.

enzinas2.gifFue mérito del trotamundos y amigo de Bucer y Melanchton, humanista, traductor también de Plutarco, Tito Livio, Mosco, Josefo y Luciano, Francisco de Enzinas (1518-1552), imprimir en Amberes el primer Nvevo Testamento de nuestro Redemptor y Saluador Iesv Christo, traduzido de Griego en lengua Castellana, por Françisco de Enzinas, dedicado a la Cesarea Magestad (1543) y, según sus memorias, entregárselo en mano al mismísimo Carlos V. Obra de buen conocedor del griego y del castellano, tendiente a la literalidad, con notas escuetas.

El segundo se lo debemos al Doctor Juan Pérez de Pineda (circa 1500-1567), cordobés de origen pero sevillano de formación; es en Sevilla donde llega a ser Rector del Colegio de Doctrina, traba amistad con Egidio y Constantino, y se convierte al protestantismo; huye a Ginebra antes de la gran persecución de 1559, y allí edita, con falso pie de imprenta veneciano, algunas obras de Valdés y su Testamento Nuevo de nuestro Senor y Salvador Iesu-Christo. Nueva y fielmente traduzido del original Griego en romance Castellano (1556). No lleva su nombre, y sabemos que es suyo por referencias posteriores de Cipriano de Valera. Con relación al de Enzinas, implica un retroceso; es más bien un trabajo de refundición de la obra de Enzinas y de los trabajos parciales valdesianos. No así su versión de los Salmos, dedicada a la Reina de Hungría, hermana de Carlos V: Los Psalmos de David con sus sumarios en que se declara con breuedad lo contenido en cada psalmo, agora nueua y fielmente traduzidos en romançe Castellano por el doctor Iuan Perez, conforme ala verdad dela lengua Sancta (1557). Menéndez y Pelayo comentó: “La traducción es hermosa como lengua; no la hay mejor de los Psalmos en prosa castellana. Ni muy libre ni muy rastrera, sin afectaciones de hebraísmo ni locuciones exóticas, más bien literal que parafrástica, pero libre de supersticioso rabinismo, está escrita en lenguaje puro, correcto, claro, y de gran lozanía y hermosura”. Lo mismo dice de su Prefacio y de su prosa en general, pero atrabiliariamente se acuerda de que está ante un protestante y agrega: “¿Quién no escribía bien en ese glorioso siglo?”. Tenemos a la vista una edición argentina de 1951, y podemos sumarnos al juicio del polígrafo. Quizás sólo Luis Alonso Schökel los haya superado en el XX, desde una perspectiva estético-literaria. Los salmos se dejan leer con facilidad; el traductor sabe hacer vibrar todas las cuerdas de la lira hebrea, tan pasional y de acordes tan vastos y disímiles, en un español digno de Fray Luis y Garcilaso. Es lamentable lo poco que se conoce esta versión. Bella también es su Epístola consolatoria, dedicada a los deudos de la gran masacre de protestantes producida en Sevilla en 1559-60; en esa redada había caído Julianillo Hernández, introductor y distribuidor de su Nuevo Testamento en España, escondidos en toneles. El resto, son opúsculos menores.

Existen noticias, reales o apócrifas no sabemos, de otros Nuevos Testamentos romanceados del XVI. Pero, o se trata de reediciones y refundiciones de los de Enzinas y Pérez de Pineda, o lamentablemente no han llegado hasta nosotros. Sin embargo, llega el momento del clímax con la edición de la Biblia completa, en 1569 primero y en revisión de 1602 después, ambas de innegable calidad literaria, y destinadas a crear una tradición que perdura hasta hoy. Echemos un vistazo sobre sus autores, que apenas separados por unas décadas, nos muestra personalidades harto diferentes.

  casiodoro_de_reina.jpgCasiodoro de Reina (o Reyna), nacido en una aldea de Badajoz por 1520, pero sevillano por adopción, de sangre “impura”, ingresó de joven en la Orden de los Jerónimos (ya vimos la hipótesis de Américo Castro sobre la misma), y residió en el Monasterio de San Isidoro del Campo, Sevilla. Fue este un verdadero semillero de protestantes; se dedicó, como el pobre Julianillo, a la distribución de los Nuevos Testamentos de Pérez de Pineda; pero al desatarse la cacería, huyó a tiempo: en 1557 lo hallamos en Ginebra. En el prefacio de su Biblia, Reina se define como “catholico”, pero en el sentido etimológico de la palabra: un universalista; y también, un irénico. La autocracia calvinista le sentó mal. Poco tiempo atrás había sido allí ejecutado su compatriota Miguel Servet, quizás el heterodoxo más interesante de la historia peninsular; recordado sobre todo por el descubrimiento de la circulación de la sangre (que paradójicamente se inserta en un tratado místico), en su tiempo hizo escándalo su antitrinitarismo y final panteísmo. Ni Calvino ni Ginebra eran hospitalarios con protestantes que no fueran estrictamente “de los suyos”; de hecho, imitaban y hasta perfeccionaban la Inquisición hispánica: los “tiempos recios” teresianos eran cosa de la Europa toda. Reina abandonó Ginebra y llegó a considerarla una “segunda Roma”. Sintió simpatía por los anabaptistas pacíficos, ecuánimemente odiados por católicos, luteranos, calvinistas y zwinglianos. Nunca halló su lugar en el mundo. En Inglaterra la reina Isabel le permitió ser pastor de una comunidad de españoles exiliados, con la condición de convertirse al anglicanismo; allí inicia su magna traducción, que le llevaría doce años de afanes y disgustos. También redacta un sospechoso Catecismo con  ideas que hoy podríamos llamar ecuménicas. Ya antes había trasladado un texto francés sobre los herejes, que propugnaba la no violencia contra cualquier disidencia religiosa: Reina regresaba así a las viejas fuentes de Septimio Severo y San Martín de Tours, horrorizados testigos de la baja antigüedad del primer suplicio de un “heresiarca”, el lusitano Prisciliano. Lo haría otra vez en Fráncfort, al escribir sobre los pobres y los perseguidos. Por algo era amigo de Antonio del Corro, sevillano y también ex jerónimo, filocalvinista pero autor de uno de los primeros libros sobre la tolerancia, tolerancia que no sólo incluía a los odiados “papistas” sino a los judíos y a los turcos. Tal postura, en una época de urticantes sectarismos, lo tornó sospechoso; acusado de sodomía, Reina huyó a Amberes, donde demostró el carácter difamatorio de los cargos. El resto fue deambular por Holanda, Francia y Alemania, donde se hizo cargo de otro pastorado, esta vez luterano. Su salud era endeble y temía morirse sin lograr la edición de su Biblia; había quedado un legado económico para la tal, dejado por Pérez de Pineda. Pero el impresor falleció a medio camino y en quiebra; fue necesaria una colecta para que al fin, en septiembre de 1569, la Biblia saliera completa en casi 3000 ejemplares, sin contar las reediciones siguientes que no alteran en nada el texto.

Se la conoce como Biblia del Oso, por un grabado que muestra a dicho animal comiendo la miel de la sabiduría de la Palabra de Dios, tal como reza uno de los Proverbios de Salomón. Pero el nombre oficial es La Biblia, que es, los Sacros Libros del Viejo y Nuevo Testamento. Trasladada en Español. No figura su nombre, sino sus  iniciales C. R. El prólogo (Amonestacion del interprete de los Sacros Libros al Lector…) es nuevamente un modelo de mesura y equilibrio, junto con el deseo de ver a la Iglesia nuevamente unida y en paz, sin guerras ni excomuniones mutuas que tanto van contra la “charidad” predicada. Se inicia con las clásicas razones protestantes para poner la Biblia en lengua vulgar. Continúa con su método. Es modesto: sabe que sus anhelos han sido mayores que su preparación y erudición; de ahí la necesidad de esta expositio. Ha dejado de lado la Vulgata aunque sin dejar de consultarla; se ha basado ante todo en el texto hebreo y en la Biblia de Sanctes Pagnino (1470-1541), dominico italiano, que, aunque en latín, no es una revisión de la Vulgata sino una traducción literalísima, palabra por palabra, del texto hebreo, a modo de ayuda para el aprendizaje de esa lengua (años después, cosa similar realizaría el hebraísta hispano Arias Montano). También venera (y critica) la Biblia de Ferrara; sabe de su tendencia judaizante, pero también de su literalidad y méritos. Se lamenta no haber llegado a usar la Versión Siríaca, editada ese mismo año; en compensación, se ha valido de versiones a otras lenguas y de comentarios. Llenará los márgenes del texto con notas, no interpretativas, sino de variantes textuales o de otras posibilidades de traducción. Justifica la traslación del Tetragrama como Iehoua (Jehová; hoy la forma aceptada es Yahveh), y de la inclusión de palabras de poco uso o hasta neologismos para mejor verter la verdad hebraica; muchos de esos vocablos, como reptil o escultura, se han hecho hasta hoy harto comunes. Propone, finalmente, que en el futuro próximo las traducciones no sean la laboriosa obra de un solo individuo, sino de una docena, elegidos por Sínodos nacionales que a su vez se encarguen de su impresión, baratura y distribución.

Como muchas versiones protestantes de la primera hora, Reina no expulsa ni pone aparte a los “apócrifos”, sino que los entrevera con el resto; incluso incluye libros que hoy no figuran ni en el canon judío ni en el reformado ni en el católico: Oración de Manasés, III y IV Esdras. Coloca resúmenes al comienzo de los capítulos y usa una tipografía distinta para palabras ausentes en las lenguas originales pero necesarias en español. Es un trabajo honrado, ciclópeo, bello, verdadero monumento de los Siglos de Oro del español. Reina muere en Fráncfort en 1594; su hijo Marco continúa con las labores teológicas.

cipriano_de_valera.jpgCipriano (también Cypriano o Zipriano) de Valera (1532-1602) es harina de otro costal. También de Badajoz, también sevillano de adopción, también ex jerónimo de San Isidoro del Campo, también exiliado. Pero ni universalista ni irénico ni tolerante; es ya un fanático calvinista, que sin embargo puede adosarse con tranquilidad a otras denominaciones; un libelista procaz, que, contra Reina y del Corro, no teme caer en la infamia de reproducir chismes sin fundamentos y, con tal de atacar al Papado, contar las cosas más inverosímiles como ciertas, desde la leyenda de la Papisa Juana, orgías de sangre siglo tras siglo, Papas que todo lo logran por su pacto con el Diablo y las artes mágicas. Es un Quevedo del protestantismo. En imitación de la Epístola consolatoria de Pérez de Pineda, escribe una carta a los cautivos de Berbería, que no deja claro si son los literales o una metáfora de la España católica. Critica con sinceridad la conquista de América en lo que tiene de sangriento; es un traductor fecundo, pero en lo que respecta a su Biblia, es –digámoslo claramente- grandísimo mentiroso. No es ella su obra maestra, contra todo lo que se ha dicho, sino su versión de la opera magna de Calvino, la medulosa e infinita   Institutio Christianae Religionis, que Valera imprime en 1597 como Institución de la religión Christiana, compuesta en quatro libros y dividida en capítulos. Por Juan Calvino. Y ahora nueuamente traduzida en Romance Castellano. Por Cypriano de Valera…: un libraco de 1100 páginas, y por mucho tiempo única traslación española de este texto fundamental de la historia del cristianismo.

Reina dijo haber usado doce años de su vida en su Biblia y le creemos; Valera dizque que veinte en la revisión y no le creemos. Se editó en 1602, poco antes de su muerte; se la conoce como Biblia del Cántaro, nuevamente por una imagen del frontispicio. Su título completo es La Biblia. Que es, los Sacros Libros del Vieio y Nuevo Testamento. Segunda edicion. Revista y conferida con los textos Hebreos y Griegos y con diversas translaciones. Por Cypriano de Valera. Esta signatura traería innumerables confusiones hasta el XIX, llevando al olvido la labor original de Reina.

La Biblia de Valera está precedida por una Exhortacion al Christiano Lector que no carece de interés, como documento de época y por los datos que aporta. Se inicia con una nueva formulación protestante sobre los beneficios de la lectura bíblica en lengua vulgar; a las citas de rigor de las Escrituras agrega de la Patrística: San Juan Crisóstomo y San Jerónimo. No ahorra embistes contra el actual catolicismo: ellos son adversarios, ignorantes, herramientas de Satanás al querer prohibir la Escritura; Escritura que en la antigüedad pudo verterse al gótico, al armenio, al etiópico, y más recientemente, al árabe para la conversión de los moros españoles. Tampoco contra la escolástica, la filosofía y bellas letras paganas en general: actitud típica del calvinismo finisecular. Hace un interesante repaso sobre las actividades bíblicas de la España del XVI: la Políglota de Cisneros y la de Arias Montano, a quien estima y llama condiscípulo, insinuando (con razón) que es un cuasi luterano. Pero es que en España, agrega, la ignorancia es tal que hasta corre un refrán sobre los que algo saben de libros sacros: “Es tan docto que està en peligro de ser Lutherano”. Menciona obras de las que ya hemos dado cuenta: la versión catalana, la de Ferrara, los Nuevos Testamentos de Enzinas y Pérez de Pineda, la Biblia de Reina. A los dos últimos los ha conocido, así como al pobre mártir Julianillo. Insta a los Reyes a seguir el ejemplo de monarcas y emperadores de antaño, apegados a la lectura cotidiana de la Divina Palabra; muchos de esos casos caen dentro de lo legendario. Da nuevas razones para el uso de “Jehová” y arremete largamente contra los “libros apócrifos”; esta es otra señal del cambio de los tiempos: los primeros Reformadores poco se habían interesado en el tema. Por último agrega cuál ha sido su trabajo de revisión: agregar más notas; remplazar algunos pocos arcaísmos; colocar en sitio aparte los apócrifos; pulir la versión de los Proverbios. Y sin embargo termina con un treno de su larga y ardua y esforzada y solitaria labor de dos décadas…

Con Valera termina la edad áurea (y sangrienta) del protestantismo clásico español.

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Antes de terminar esta sección, me permitiré algunos excursos.

1) Se insiste en la rareza bibliográfica de estas Biblias, y hasta se pone en duda algunas cifras de sus primeras ediciones: 2600 ejemplares la Biblia del Oso, unos 7000 la del Cántaro. Los editores estadounidenses de la edición crítica de la Biblia de Ferrara aseguran que solo quedan 6 ejemplares de ella en el mundo, y los enumeran. Ahora bien, en una sola biblioteca teológica de Buenos Aires he visto tres ejemplares de la Biblia del Oso, uno de la del Cántaro y uno de la de Ferrara. He tenido el placer de mirarlas con estos mis propios y ávidos ojitos; sé que existen en mi país más ejemplares, incluso otra Biblia de Ferrara. La edición susodicha no incluye estos dos volúmenes ferrareses en su listado.

2) Es imposible estudiar la historia de la literatura inglesa sin tener en cuenta las Biblia de Tyndale (1530, y revisiones con otros nombres) y, sobre todo, la King James Bible o Standard Bible (1611); de Shakespeare hasta Eliot, influyeron en giros, poesía, imaginarios. Lo mismo la literatura germánica con su Lutherbibel (1534), que es casi el libro fundacional del alemán moderno; una vez más, no se podría entender a Kant, Hegel, Goethe, Nietzsche, ni siquiera a Engels y Marx, sin esta obra que los atraviesa. Es decir, estas biblias forman parte del “canon” de sus lenguas respectivas, y son consideradas como joyas imprescindibles. Nada de eso sucede en español (ni, agreguemos, en italiano con su Diodati, ni en portugués con su Ferreira de Almeida), siendo que Reina y Valera dejan un monumento tan digno como las que mencionamos supra. Se entiende que lo tal suceda en un país católico-céntrico, pero es hora de revisar premisas a treinta años del fin del franquismo y la posterior secularización. Es cierto que ambas pueden consultarse online y que se han hecho ediciones facsimilares, pero estas a cuenta de las Sociedades Bíblicas, en tiradas reducidas y a precios exorbitantes. Lo que se necesita son ediciones críticas y accesibles, y en lo posible, no dependientes de denominaciones religiosas; con las herramientas filológicas y de las teorías literarias que se quiera elegir. Ninguna de las editoriales y colecciones que, digámoslo así, determinan el canon español (Cátedra; Castalia; etc.), han siquiera producido antologías. Y vamos más lejos aún: no han entrado allí autores protestantes ni sospechosos de serlo. La única excepción es el Diálogo de la lengua de Juan de Valdés, por su temática foránea a lo religioso. Pero mientras en esas ediciones figuran obras de espiritualidad como las de Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz, Fray Luis, los autos sacramentales de Calderón, etc., no existe un solo tratado de Valdés, Pérez de Pineda o Reina, que en nada desmedran en estilo y profundidad a los “ortodoxos”. Se reedita por su valor arqueológico La Diana de Jorge de Montemayor, origen de la novela pastoril renacentista, pero se omite su poesía religiosa, espléndida por cierto, y hasta introductoria de una novedad como el verso blanco (metrado pero sin rima), por razón de su luterana insistencia en la “justiçia [justificación] por fé”. El único intento que conocemos de una biblioteca semejante a la del viejo Usoz, se produjo en la Argentina, editorial La Aurora, por los años ’40 y ’50; y ya está agotadísima.

3) Lo dicho anteriormente parece desmentirse cuando vemos que, desde el siglo XIX hasta hoy, las biblias Reina-Valera se han vendido por miles de millones, superando al Quijote y hasta a las novelas rosa de Corín Tellado. Pero estamos hablando de dos cosas distintas; se trata de revisiones continuas que ya nada tienen que ver con el original. Que sepamos, ha habido cinco oficiales, es decir, hechas por las Sociedades Bíblicas: 1862, 1909, 1960, 1995 (ésta, un fracaso editorial ya retirado de la venta) y 2011 (Reina Valera Contemporánea), de las cuales las de 1909 y 1960 siguen siendo las más populares; y otras efectuadas por grupos religiosos particulares (bautistas, mormones, adventistas). Si tomamos las últimas revisiones, apenas si reconoceremos un eco de un eco de un eco de la Biblia del Oso. Éticamente, es inentendible la postura de las Sociedades Bíblicas: esas biblias ya no cargan con el valor literario de antaño, ni con el científico de hoy. Son un pastiche entre lo popular y lo arcaico; y, no queriendo dejar de lado las raíces, se basan en los textos hebreos y griegos de nuestros pobres jerónimos, cuando la biblística ha progresado a pasos agigantados en cuestión de descubrimientos de manuscritos y elaboración de textos maestros, depurados y críticos, de las lenguas originales. Sí es entendible desde una perspectiva puramente comercial, que al mismo tiempo conoce al dedillo uno de los apotegmas de la fenomenología de las religiones: el homo religiosus es conservador, se resiste a los cambios, prefiere leer un texto que siempre ha considerado sagrado en una fraseología que también se ha convertido en sagrada. Muchos grupos evangélicos, de raíces ¡norteamericanas!, creen que suReina-Valerales cayó del cielo en castellano, como a Moisés las tablas del Decálogo. Una versión cultual distinta les suena a blasfemia. Pero en síntesis: cuando hoy hablamos de biblias Reina-Valera estamos tratando con una tradición mediada por revisiones y la bibliolatría supersticiosa, no del trabajo de nuestros buenos amigos Casiodoro y Cipriano.

 

II

Intentaremos ahora ver qué pasaba al respecto en el Orbis Novus, es decir, si existen huellas de una presencia “protestante” more español en el Nuevo Continente, sea en la variante filoerasmista o en la reformada propiamente dicha; dejaremos de lado el fenómeno “alumbradista”, que consideramos haber tratado con suficiente amplitud.

Hay crueles paradojas en la historia. Erasmo, que tenía buenos amigos españoles, como los hermanos Valdés, o hasta íntimos, como Joan Lluís Vives, en su Opera Omnia apenas si dedicó unos párrafos al Orbis Novus, contrario a otros humanistas como Sir Thomas More, cuya Utopía se desarrolla en las cercanías de América. En una de sus obras de senectud, el Ecclesiastes, anhela que el furor de su época se sublime en una predicación sencilla a los “bárbaros” de estas tierras antaño ignotas. Lutero, Calvino, Zwinglio, están demasiado ocupados en sus guerras, externas e internas, como para inquietarse por América; por el momento les alcanza con no perder sus territorios, y el proselitismo llega solamente a Escandinavia. La lucha es por la búsqueda de una identidad en Europa. Del otro lado, una impresionante cantidad del oro extirpado a las Indias Occidentales será utilizado sin rédito alguno en las interminables guerras religiosas de Carlos V y Felipe II, siempre en déficit, siempre ignorando una economía de producción que los inserte en los albores del capitalismo. Millares de indígenas fueron masacrados para que sus posesiones se invirtieran en las masacres de allende, todas en nombre del Dios judeo-cristiano.

Sin embargo, con Bataillon podemos asegurar que, indirectamente, Erasmo ocupó un lugar privilegiado en la primera hora de la evangelización de América; fue hasta un factor positivo, si por esto entendemos una atenuación del rigor. Y su lectura y persistencia fue mucho más tolerada que en la península, inclusive cuando ya se había prohibido toda su obra. El porqué es bastante fácil de explicar.

El Erasmo de la conquista es un autor de moda, como ya dijimos. Hablando de los conquistadores, Bataillon nos dice: “Los aventureros, poco o nada ‘latinos’, suelen ser hombres de pocos libros: pero libros, por lo mismo, escogidos y queridos”. Y en los listados Erasmo aparece vez tras vez. Por ejemplo, en el testamento conmovedor de Diego Méndez de Segura, el que salvó a Colón navegando 300 leguas en canoa; deja a su hijo diez libros, cinco de ellos del filósofo de Rotterdam. El Adelantado Don Pedro de Mendoza (1487-1537), primer fundador de Buenos Aires (1536) y, por cierto, no muy piadoso en lo que se colige de sus acciones, deja un Virgilio, una Biblia latina destrozada, y los Apotegmas de Erasmo encuadernados en cuero. Muchos otros ejemplos podrían aducirse. Inclusive por 1533, en Veracruz, México, se comienza un comercio librero donde abundan los erasmos.

Pero más importante es ver las razones de los primeros evangelizadores, los más concienzudos, para leer y llevar a la práctica los textos erasmistas:

1) El deseo erasmiano de una renovación o refundación de la cristiandad halla un terreno fértil en el Orbis Novus como posibilidad de Nova Ecclesia, aunque, como ya hemos visto en otros ensayos, se le adicionaran conceptos apocalípticos ausentes en el holandés.

2) Los evangelizadores más interesantes han abandonado plácidas vidas conventuales y poseen el espíritu, paulino y erasmiano, de una predicación sencilla, eficaz e intrépida, que bien saben puede llevarlos al “martirio”.

3) Los indígenas son vistos como seres débiles pero básicamente “buenos”, “puros”, donde la caridad cristiana, pilar básico de la teología erasmista, puede obrar milagros.

4) Erasmo, aunque siga auto-reconociéndose como “católico”, es partidario de un credo muy simple para el “vulgo”, pero íntimo y despojado del culto a los santos y a María. Los evangelizadores más perspicaces intuyen que conceptos abstractos more escolásticos son inútiles en su catequización, y que la proliferación de vírgenes y santos puede ser confundida con el politeísmo de los “ydólatras”, o hasta servir para que viejos dioses tomen el ropaje de santos nuevos. Perspicacia confirmada hasta hoy, en los sincretismos riquísimos que pueden hallarse en México, Perú, Bolivia, Brasil, Cuba…

5) Erasmo, antes que Lutero, y aunque realizador del primer Nuevo Testamento griego en un texto crítico, es defensor de la traducción bíblica a las lenguas vernáculas. Los evangelizadores dirimen entre imponer el español o aprender las lenguas indígenas ellos mismos: optan, la mayoría, por lo segundo. Se redactan e imprimen catecismos, leccionarios, devocionarios, en lenguas amerindias; se traducen fragmentos de los Evangelios y de los Salmos, y se intenta hacer lo mismo con el Nuevo Testamento completo, cosa que queda terminantemente prohibida por la Suprema Inquisición sevillana en 1567. Sin embargo, han sobrevivido esas traducciones parciales (o hay constancia de que existieron) en idiomas como el náhuatl, el quiché, el cakchimel, el quechua, el aimara, el guaraní…

Juan-de-Zumarraga.jpgUn verdadero fan de Erasmo es nada menos que Juan de Zumárraga (1468-1548), obispo y luego primer arzobispo de México, y fundador de su Universidad. No solo lee y relee al filósofo, sino que lo utiliza con asiduidad en sus propios escritos, como en las Doctrina breve muy provechosa de las cosas que pertenecen a la fe católica y a la cristiandad en estilo llano para común inteligencia  y Doctrina breve para la enseñanza de los indios, de 1543. Allí parafrasea el Paraclesis erasmiano adecuándolo a la Nueva España: “Desearia yo por cierto que cualquier mujercilla leyese el Evangelio y las Epístolas de San Pablo… Pluguiese a Dios que estuviesen traducidas en todas las lenguas de todos los del mundo, para que no solamente las leyesen los indios, pero aun otras naciones bárbaras leer y conocer, porque no hay dubda sino que el primer escalón para la cristiandad es conocella en alguna manera”. En España eso ya hubiera sido considerado luteranismo puro. Más aún, imprime con escasas variantes los opúsculos del “Doctor Constantino”, a quien ya hemos visto quemado en Sevilla por su erasmismo radical cuasi luterano, o mejor dicho, por su doctrina del dogma mínimo e interior, que Zumárraga veía de perillas para indios, negros y pueblo en general. El Arzobispo detesta la “paganización” de las fiestas, y prohíbe el boato, oneroso para los de su grey, del Corpus Christi. In articulo mortis, lega su vasta biblioteca erasmiana, que incluye versiones en romance y las Obras Completas en latín, para el hospital de caridad, y solaz y sana devoción de desahuciados y convalecientes.

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La afinidad proto-americana con el erasmismo queda demostrada en la tolerancia que se tiene con sus libros, y aún con los defensores de sus aspectos más controvertidos para el catolicismo, cuando Erasmo ya ha sido totalmente prohibido y su producción arde en las hogueras peninsulares. De hecho, son rarísimos los procesos de la primitiva Inquisición (en manos de obispos, y no dependiendo aún de la Suprema sevillana) por estos menesteres. A partir de 1564 los libreros se ven obligados a entregar sus ejemplares erasmianos, y alguno hasta aduce que sus compradores más fieles son los obispos; pero no son perseguidos. Las obras permanecen en bibliotecas conventuales y universitarias. En la entonces lejana y pobrísima región del Río de la Plata, se hallan libros de Erasmo en diversos monasterios, como ya lo demostró el historiador argentino Guillermo Furlong SJ, y no han dejado de confirmarlo nuevos estudios sobre bibliotecas coloniales. Aunque aún resta un trabajo de fondo sobre su influencia no solo aquí sino en Sudamérica en general, comparable con los realizados en México y el Caribe.

Bataillon menciona unos tres casos de juicios, que terminaron sin mayores consecuencias, al menos en comparación con lo que vendría después. El más simpático es el de Lázaro Bejarano, un simple laico casado, que había sido gobernador de Curaçao y hasta predicador de indígenas a falta de sacerdotes, y su defensor en la línea de Fray Bartolomé de las Casas. En 1558 fue denunciado por el cabildo por “luterano”, mote que, como veremos, serviría de comodín para explicar cualquier cosa; tenía de cómplice a un mercedario, Fray Diego Ramírez. Pero, explica Bataillon,

… el luteranismo de que se les acusa es erasmismo neto. Se burlaban Bejarano y el mercedario Ramírez de la veneración de las reliquias, de la devoción ignorante que consiste en rezar a los santos el padrenuestro y el avemaría, de prácticas supersticiosas como “la bendición de las candelas y cerros de lino y hierros de Santa Catalina”. Pero el mayor delito que se atribuye al “casado” en muchas formas es su actitud frente a la enseñanza y predicación corriente del cristianismo; despreciar la teología escolástica, mucho burlarse de los predicadores profesionales, abogar por la lectura de la Biblia en lengua vulgar, la interpretación privada de la Escritura, la predicación desligada del sacerdocio. Decía “que San Pablo no se entendió hasta que vino Erasmo y escribió”. Como lector que era de la Paraclesis, opinaba que “la Sagrada Escritura debe andar en romance para que todos la lean y entiendan, así ignorantes como sabios”, incluso “el pastor y la viejecita”; que “para entender la Sagrada Escritura no se curen de ver doctores ni seguir expositores, sino que lean el texto, que Dios alumbrará la verdad”; “que un su amigo que solamente oyó gramática y no sabe otra cosa, que es el mejor teólogo que acá ha pasado”, y cuando le preguntan si su amigo ha oído Artes y Teología, contesta que “tampoco la oyeron los Apóstoles de Cristo, que nunca anduvieron en escuela…”

 

Unas décadas después, hubiera sido torturado y hasta quemado; por esas fechas, sólo se le exige que deje de leer libros prohibidos y contribuya con 150 pesos para obras pías. Su fraile amigo es reenviado a España.

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martin-lutero.jpg

 

Pero los “tiempos recios” teresianos llegan al Orbis Novus, aunque con retraso. En 1569 se instaura la Inquisición oficial, en Nueva España y Perú. Como dijimos en otro ensayo, sus fines eran varios, pero puntuales: “aberraciones” sexuales (bigamia, “solicitación”) y, sobre todo, disfunciones religiosas. Persecución de criptojudíos, criptomusulmanes, alumbradistas y “herejes” luteranos. Verdadera obsesión esta última que no coincidirá con la realidad americana, y por lo tanto habrá que manipular para que bajo ese nomenclador puedan cobijarse fenómenos de los más disímiles. La Inquisición avisaba sobre “la secta de Martin Lutero y sus sequaces y de los otros hereges condenados por la yglesia” y obligaba a la denuncia “si saben que alguna o algunas personas hayan tenido libros de la secta y opiniones del dicho Martin Lutero (…) o biblias en romance o otros qualesquiera libros de los reprobados por las censuras y catálogos dados y publicados por el santo oficio de la Inquisicion, y si saben que algunas personas no cumpliendo lo que son obligados han dejado de decir y manifestar lo que saben o que hayan dicho y persuadido a otras personas que no viniesen a decir y manifestar lo que sabian tocante al santo oficio” se les amenaza con severísimos castigos que incluyen la incautación total de los bienes.

¿Cómo identificar a un luterano? Seguimos la transcripción hecha por Ricardo Palma:

 

 

Item, os mandamos que nos denunciéis si algunas personas han dicho o creído que la secta de Martín Lutero es buena, o hayan creído y aprobado alguna opinión suya, como decir que no es necesario confesarse con un sacerdote. - O que el Papa y los ministros del altar no tienen poder para absolver pecados. - O que en la hostia consagrada no está el verdadero cuerpo de Jesucristo, y que no se ha de rogar a los santos. - O que no hay purgatorio y que en las iglesias no debe haber imágenes de santos. - O que no hay necesidad de rezar por los difuntos y que basta la fe con el bautismo para salvarse. - O que el Papa no tiene poder para dar indulgencias, perdones ni bulas. - O que hayan dicho que no debe haber frailes ni monjas. - O que hayan dicho que no ordenó ni instituyó Dios las comunidades religiosas. - O que mejor y más perfecto estado es el de los casados que el eclesiástico. - Y que no hay fiesta más que los domingos y que no es pecado comer carne en Cuaresma. (…) Item, os mandamos que nos aviséis si habéis oído decir o sabéis que alguna persona tenga Biblias en romance (…), obras de Martín Lutero (…) u otros herejes...

 

 

 

Como vemos, hay una síntesis bastante exacta de algunas ideas luteranas, en especial las más chocantes al imaginario católico (habría que matizar la parte de la eucaristía, en que la posición de Lutero está más cercana a la católica que a la calvinista). Y dos obsesiones básicas que no cambiarán del XVI al XIX: Lutero mismo; las biblias romanceadas.

¿Existió realmente en el Orbis Novus un “peligro” luterano? Podemos responder con un rotundo NO. Pero Lutero opera como sinécdoque, la parte por el todo. Es el hereje por antonomasia, el despertador, real o imaginario, de todos los desastres de la cristiandad. Lo cierto es que los inquisidores no estaban demasiado interesados o preparados en hacer distingos, aunque en  sus vastos territorios de actuación los luteranos “reales” hayan casi brillado por su ausencia. A nivel estrictamente religioso (ya nos ocuparemos de una imagen algo pormenorizada de cómo fue percibido el ex fraile en América), las denominaciones que más se cruzaban en el nuevo continente eran otras. Sabemos, por ejemplo, que a fines del XVI entró por el Río de la Plata un “baptista

” (¿anabaptista, menonita?), es decir, de algún grupúsculo integrante de la hoy llamada “Reforma radical”, nacida en las clases bajas de Alemania y odiada y perseguida por luteranos y calvinistas por igual. Sin embargo, será tachado de “luterano”. En el propio continente, como veremos luego, existieron varios intentos de enclave colonial procedentes de Holanda, Suiza y otras naciones, pero en su mayoría se trata de calvinistas, y no todos interesados en el proselitismo. Los mismos piratas, que como dijimos, eran juzgados por la Inquisición y no por los fueros civiles, además de no ser modelos de piedad religiosa alguna, procedían generalmente de iglesias anglicanas o calvinistas. Muchos exiliados franceses eran hugonotes. Cuando llega el Mayflower y se fundan las dichosas trece colonias en los actuales Estados Unidos, son disidentes del anglicanismo: puritanos, presbiterianos, mucho más tarde metodistas, menonitas, amish... ninguno de ellos de procedencia luterana. Los comerciantes que, antes del obligado “liberalismo” borbónico, se atreven a pisar las costas, son británicos anglicanos u holandeses calvinistas. Los mismos “alumbrados” de estirpe española, o el molinosismo quietista del siglo XVII, serán confundidos fácilmente con ese epíteto, así como los últimos erasmistas. En las actas que, en ensayos anteriores, hemos examinado –casos Fray Francisco de la Cruz y Ángela Carranza, separados por un siglo-, inevitablemente Lutero aparece como padre máximo de todos los heresiarcas, incluidos estos fenómenos puramente vernáculos. Se llega al extremo de relacionar luteranismo con judaísmo. En parte tiene razón la ironía sarmientina expuesta en sus Recuerdos de provincia: a falta de herejes reales, había que inventarlos.

La otra obsesión: las biblias en romance. Obsesión negativa por supuesto, ya que había sido un viejo leit motiv positivo de múltiples grupos que soñaban recurrentemente con el regreso a las fuentes evangélicas puestas a disposición de todos: así valdenses, lolardos, los primeros franciscanos, los fraticelli en el bajo medioevo. Obsesión de Erasmo, y de los erasmianos y de los católicos todavía considerados “ortodoxos” incluso en la propia España pre-tridentina, antes del clímax luterano. Pero Lutero produce tal quiebre, y Trento tal acción de repulsa, que la Biblia, salvo la latina, salvo la Vulgata y en la revisión clementina (por el Papa Clemente VIII; la anterior, la sixtina, realizada bajo Sixto V, fue quemada y prohibida), pasa a ser, en el imaginario católico, y en América en particular, un libro “herético”, “luterano”, protestante básicamente; y esto hasta buena parte del siglo XX pese a algunos tímidos intentos de los ilustrados católicos del XVIII. De ahí que en el Orbis Novus las Escrituras queden relegadas al clero, y dentro de éste, al más letrado o curioso, y no sin peligro. Que el resurgimiento escolástico retrase los avances del biblismo y apenas si se utilicen los obligados pasajes (“evangelio”, “epístola”) de la liturgia e incluso se los omita; o paráfrasis cuasi infantiles en los sermones.

¿Circularon biblias en romance en la América colonial? La pregunta es apasionante, pero los estudios sobre el protestantismo en dicho período están aún en pañales. Sin embargo, no faltan indicios. “En su tiempo (1601), D. Nicolás de Añasco, deán de la Iglesia de Santo Domingo, quemó en la plaza de la ciudad 300 Biblias en romance, glosadas conforme a la secta de Lutero y de otros impíos; que las halló andando visitando el arzobispado en nombre del arzobispo. Significa profusión de ejemplares de la Biblia de Casiodoro de Reina” (Gil González  Dávila, cit. por Deiros, Historia del Cristianismo en América Latina). Trescientos ejemplares es una suma más que interesante para la fecha, y concentrados en una sola arquidiócesis. Y todavía no había salido a la luz la revisión de Valera, la Biblia del Cántaro. Falta un trabajo de fondo sobre Sudamérica; y el Plata en particular: un acceso de entrada desguarnecido y fácil, por donde ciertamente sí fluyeron múltiples libros “impíos”, de los que vez tras vez hallamos quejas en las actas inquisitoriales. Hemos creído hallar una paráfrasis de la Biblia del Oso en un texto tan tardío como el manuscrito de prosa y verso del cordobés-argentino Luis de Texeda y Guzmán (fines del siglo XVII), específicamente de Lucas 2. Tal tema requeriría una investigación aparte; pero de probarse la hipótesis, significaría que la labor de los ex jerónimos de Sevilla llegó a una aldea misérrima que, vaya paradoja, era tildada de “Nueva Andalucía”...

Hay otros indicios aislados en la primera hora; Matías Salado, del que hablaremos luego, poseía un Nuevo Testamento en francés. Puede que, vía Brasil, también hayan entrado ejemplares. Se mencionan en las actas del Santo Oficio, aunque aisladamente, “biblias de las prohibidas”, aunque sin indicios de si en romance o las latinas puestas en el Index. De los tiempos previos o inmediatos a las Independencias trataremos después. Pero lo cierto es que no podemos negar el trabajo “eficaz” de los inquisidores. Porque la manía fue mucho más allá de la Biblia: llegó a libros religiosos perfectamente ortodoxos pero en castellano, por contener citas bíblicas; a libros de doctrina católica sobre la Gracia, puesto que la gratia parecía haberse convertido en patrimonio luterano; a libros de apologética antiluterana, en latín o en español, originales o traducidos, porque contenían demasiados datos sobre la doctrina que se atacaba: así el Lutero convicto de Galibert, como a fines del XVIII reprochaba en carta anónima al tribunal el fraile (¡también jerónimo!) Diego Cisneros. Este mismo ironizaba sobre el anatema contra los compendios de Historia Sagrada:

La regla quinta de este expurgatorio de 1747 decía así: “Como la experiencia ha enseñado que de permitirse la sagrada biblia en lengua vulgar, se sigue más daño que provecho; se prohíbe la biblia con todas sus partes, y asimismo los sumarios y compendios, aunque sean historiales de la misma biblia”. ¡Válgame Dios, Señor Illmo! ¿Tan borrada de nuestros corazones quería la Inquisición estuviese la palabra de Dios, y cuánto concierne a ella, que nos prohíbe hasta los compendios historiales? La Inquisición que nos permite la Historia de los doce pares, la de Estevanillo González, y otras semejantes que se reimprimen a cada paso; nos prohíbe la de David, de Tobías, de Judit y de Ester, con otras tan tiernas y edificantes de los libros sagrados. ¿En qué han pecado los hechos que Dios tuvo a bien revelar a su Iglesia? ¡Ah! Vuelvo a preguntar: ¿a qué clase de cristianos pertenecen los Inquisidores?

 

Y por supuesto, caían en la redada libros de autores protestantes aunque su materia nada tuviera que ver con lo religioso, como las del jurisconsulto calvinista Charles Du Moulin.

En síntesis, podemos concluir que, con la decadencia, natural o forzada, del erasmismo, la Biblia pasó a tener un lugar mínimo en la cotidianidad colonial, salvo casos puntuales, y dentro de estos, muy pocos de carácter protestante en sentido estricto. De hablar de un resurgir filo-bíblico, tenemos que irnos a finales del XVIII y al XIX, que a su vez es acechado por el escepticismo liberal. Y que ninguna relación guarda con ese “protestantismo” de cuño ibérico del XVI, sea en su versión de catolicismo erasmizante o de reformadores más radicales.

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En el 2008, tras un arduo período de investigación, la erudita mexicana Alicia Mayer editó su magnífico libro Lutero en el Paraíso. La Nueva España en el espejo del reformador alemán (FCE-UNAM). El título es irónicamente paradojal; el Paraíso retoma el motivo, ya colombino, del hallazgo del Edén por estos rumbos, y luego la utopía de una Nueva Iglesia no corrompida como la de la destrozada europea. En realidad, como era previsible, Lutero será, a nivel teológico, confinado al infierno católico del México colonial. “Espejo” remite a la alteridad con que ese ámbito absorbe y deforma negativamente el rostro del germano. El libro abarca tres siglos de imaginarios que van desde el mitologema Lutero-Cortés (véase nuestro primer ensayo) hasta los albores de la Independencia mexicana, con las consecuentes transformaciones que impone el paso de los tiempos. 

La investigadora ha indagado en una amplia variedad de fuentes: conquistadores y Cronistas de Indias; sermones, crónicas y cronicones; actas inquisitoriales y poesía colonial; obras de autores espirituales y de teólogos impugnadores de “herejías”; y, lo más llamativo al menos para nosotros, una iconografía, en especial mariológica, con la inevitable presencia de la guadalupana. En una síntesis que ella misma traza, la autora reconoce que de Lutero “no circuló su obra ni fue leída de primera mano”; el propósito de su investigación “era estudiar la idea y la imagen que este ámbito nuestro creó en torno al reformador alemán”. Y resume:

La forma en que los españoles que se establecieron en estas tierras y luego sus descendientes, los criollos, se definieron a sí mismos contra los valores del protestantismo y frente a Europa como mundo escindido por el cisma. Los criollos se sintieron con el deber filial de sanar una vieja herida espiritual e histórica que la Reforma causó a España, quien se proclamó campeona de la fe católica, sobre todo bajo el reinado de Felipe II.

La religión católica con su conjunto preciso de conceptos, prácticas, ritos y creencias fue uno de los medios para buscar una identidad propia y llenar de sentido la 'patria criolla'. El énfasis en la práctica de los sacramentos, el culto mariano, la veneración a los santos e imágenes, las indulgencias, reliquias, procesiones, el valor de la Iglesia como intermediaria y las manifestaciones de religiosidad colectiva, es decir, todos los elementos defendidos por la Contrarreforma se desplegaron contra el mundo protestante que los rechazaba. La herejía era por ello inaceptable y negarla se convirtió en parte constitutiva del ser novohispano (…)

Al ver la idea luterana desde México, se comprende mejor el desarrollo ideológico de este mundo; uno que siente ser elegido de Dios, que construye para sí un “paraíso” cristiano, que desea hacer patente la santidad de su tierra, que quiere demostrar que no tiene fisuras en el orden espiritual; un entorno en el que el catolicismo romano parece representar una gran fuerza cohesiva. Lutero simbolizó todo lo que era digno de rechazo, de desprecio, pues así le sirvió a los novohispanos para espejar sus virtudes cristianas.

 

La iconografía suele mostrar a Lutero (y a veces a otros reformadores) con un rictus doloroso –y rostros que en nada se parecen a los famosos grabados de época, como los de Durero- retorciéndose en el infierno, o aplastados por la Virgen de Guadalupe, remplazando  a la serpiente tradicional. Con el correr del tiempo, y en especial en el XVIII, son los sermones la fuente privilegiada como espéculo del devenir, mostrando a Lutero como “precursor de nuevas filosofías”. Con el estallido de las revoluciones, estadounidense primero, francesa luego y finalmente vernácula (1810), “muchos clérigos harían de Lutero el responsable de haber formulado mucho tiempo antes ideas que, con el paso de los años, derivarían en errores que, según opinaban, socavarían los cimientos de la Iglesia. Se siguió repitiendo el infamante estereotipo de Lutero relacionándolo ahora con los próceres del movimiento insurgente, en una disparatada metamorfosis” (citas textuales están tomadas del resumen de la propia autora en AHIg 15 [2006]). Agregamos de nuestra parte que casi un siglo después, un Menéndez y Pelayo, en sus Heterodoxos, insistía aún en ver enciclopedismo y ciclo de revoluciones burguesas y liberales como nacidas de la libere interpretatio nacida con el factum de Wittemberg.

Lamentablemente, no existe ni por asomo un estudio semejante para el área sudamericana, y los acercamientos parciales se centran, obviamente, en el área andina, más específicamente peruana, alto-peruana (actual Bolivia) y quiteña.  Sospechamos que la pauperización mayor al respecto se da en el Río de la Plata, producto que marcha desde las viejas lides tradicionales clericales vs. liberales (siglo XIX hasta el Concilio Vaticano II), hasta el indiferentismo académico de la universidad actual, que poca atención ha prestado al tema en las  laicas, y en las católicas recién se está iniciando una mirada menos sectaria sobre la otrora idealizada América hispánico-católica. Esto vale para Argentina, Uruguay y tal vez también Chile y Paraguay. Y, por supuesto, no nos corresponde a nosotros llenar este enorme vacío, aunque la lectura directa de documentos, sermones, algunos textos literarios, primeros periódicos, etc., nos deja lugar a ciertas intuiciones que hasta presuntuosamente nos atreveremos a llamar “hipótesis” que en algún momento habrá que ampliar, revisar, o hasta refutar. La enorme documentación, desde Cartagena de Indias al Plata, édita e inédita, queda en un enorme porcentaje fuera de nuestras posibilidades. Ídem, la iconografía. Tenemos estudios excelentes, por ejemplo, sobre la historia de las “escuelas” artísticas coloniales y sobre motivos como lo “ángeles arcabuceros” o las Inmaculadas criollas. Pero ningún relevamiento, que sepamos, de la presencia de Lutero, como tan vívida surge en la imaginería guadalupana. Claro que la Virgen de Guadalupe alcanzó un valor cultual que no poseyó ninguna advocación mariana sureña, salvo la mariolagización de Rosa de Lima. Y sin embargo a ésta, muy estudiada por cierto, podemos verla con los fetiches típicos  de la Contrarreforma, pero no pisoteando al “hereje”.

Intuimos, sin embargo, que el proceso sudamericano corrió por cauces bastante paralelos a los trazados por Mayer para la historia novohispana. Lutero sirve de espejo de lo que el Orbis Novus sureñono quiere ser.

Aparece ya en los primeros teólogos y Cronistas de Indias, pero no existe una “teoría de la compensación” que involucre a algún personaje ilustre, como sucede con Cortés en México. En primer lugar, porque estos ámbitos son conquistados algo después, y por lo tanto pierden ese mágico encanto de las falsas cronologías que se pueden trazar entre el vencedor de Tenochtitlán y Lutero; y Pizarro y Almagro son, además, cuasi rebeldes que actúan por motivos propios, analfabeto el primero, y ambos engarzados luego en una guerra civil que hasta produce el temor de una secesión peruano-española. Sus figuras no llegan a la del “héroe” cristiano. La que más se acerca a este prototipo es el Valdivia de La Araucana de Alonso de Ercilla, quien paradójicamente deja también una conmovedora imagen del indio. Sin embargo, de manera ocasional, el “hereje” no deja de ser mencionado en las crónicas de Cieza de León, el Inca Garcilaso, cronistas anónimos o hasta el inefable escritor mestizo Guamán Poma de Ayala. Lutero opera como sinónimo de “lo maldito”, del Diablo mismo, casi sin encarnadura humana.

Pero es con la consolidación del aparato virreinal –burocracia, castas, explotación minera, sistemas de punición- bajo los Austrias, que el nombre del “hereje” opera, no solo a nivel religioso como la sinécdoque de la que hablamos más arriba, sino también en un plano que hoy llamaríamos “secular”. Si holandeses y británicos asolan las costas americanas, es porque son “luteranos”. En la fluctuante política de alianzas que Austrias y Borbones trazan en esos tres siglos de dominación, “luteranos” pueden serlo los ingleses o los franceses, los portugueses-brasileños, y ni hablar de los Países Bajos cuando caen de la égida hispánica. El término se inserta en una “dialéctica de la injuria”, para utilizar la categoría de Didier Eribon. En el XVIII, las mismas rencillas inter-católicas se ven contaminadas con el término. Los romanistas se lo endilgan a los regalistas y viceversa; los galicanos o “jansenistas” a los centralistas; jesuitas y anti-jesuitas, antes y después del cierre de la Compañía, hacen uso y abuso del vocablo. Cuando la Inquisición va perdiendo su poder y los libros empiezan a circular con mayor fluidez, se ve en las nuevas filosofías, como sucede en México según Mayer, ramas postreras de la mala simiente de “Lutero”. “Luteranas”, “heréticas”, “ateas” y hasta “judaicas” (¡los términos son perfectamente intercambiables!) son la Enciclopedia de Diderot y D'Alambert, las obras de Rousseau, Voltaire, y las de autores hoy semiolvidados, pero que hicieron furor en su momento: Volney (Las ruinas de Palmira) y el Abate Raynal (Historia filosófica y política de los establecimientos y del comercio de los europeos en las dos Indias). Un rencor persistente brota cuando los “luteranos” Alexander Von Humboldt y William Robertson (Historia de América, 1777) describen las costumbres “decadentes” o “indolentes” de los criollos. En las rebeliones indígenas, Túpac Amaru II escribe que encomenderos, visitadores y hasta parte del clero, son peores que los “lutheranos y otros hereges”.

Si bajo los Austrias Lutero es el destructor diabólico de la “cristiandad”, bajo los Borbones es el descompaginador del orbe todo, de las ideas indetenibles, de las revoluciones, de ese mundo que ya está entrando, dejándolos afuera, en lo que hoy llamamos el primer capitalismo industrial y la consolidación definitiva de la burguesía. 

Los desastres de la España bajo los Bonaparte y las consiguientes búsquedas americanas de la independencia, sorprenden al clero en medio de su propia crisis, reflejo de la eclesiástico-española misma, que viene gestándose desde la segunda mitad del XVIII: el regalismo borbónico (“jansenista”, “galicano”) y la oportunidad de una mayor autonomía episcopal contra los centralistas partidarios de la sacralidad del Papado; el surgimiento de una “ilustración católica” versus el tomismo recalcitrante impermeable a cualquier adelanto de los saberes; los nuevos conceptos seculares de soberanía versus el verticalismo de modelo feudal. “Lutero” no puede desvanecerse ante tamaño sismo, sino cobrar un nuevo aliento de malignidad afinada a los tiempos. Y una vez más, servirá a ambos bandos: al clero pro-español (“godo”, “chapetón”, “gachupín”) y al pro-independencia, y a los sub-bandos internos. Para unos, Napoleón es el Anticristo y el nuevo Lutero; la autonomía americana no es otra cosa que un cisma, una herejía, como lo fueron las revoluciones de las colonias norteamericanas y la francesa; es un escindirse de la España Sagrada y de la Roma que por mucho tiempo no reconocerá esas subversiones contra la natural depositaria del patronazgo ni querrá cederlo a las nuevas y endebles “republiquetas”. No sin cierta dosis de buena perspicacia, algunos entienden que es un mero cambiar de amo, del español al británico, que tantos intereses económicos deposita en estas rebeliones; y por lo tanto, irse de un catolicismo sufriente en la hora de su passio a la abierta herejía “luterana” de la hija de Albión. Pero mayores son las contradicciones del clero independentista.

Éste debe justificar de algún modo la ruptura, pero es difícil utilizar las teorías que más facilitarían su trabajo: las de los jesuitas, que en algún momento habían avalado una rebelión popular y hasta un tiranicidio. Claro que el contexto de producción de esas consignas era otro: permitir a súbditos católicos del XVII bajo príncipes protestantes una revuelta y un regreso a la “verdadera” grey. Y los jesuitas estaban prohibidos, aquí y en la China. Muchos optaron, entonces, por un regreso a los orígenes, al in ille tempore: España no tenía derecho alguno sobre América; se resucitaban los argumentos de Bartolomé de las Casas, y se mostraban las masacres de la conquista como argumento para deshacerse del viejo soberano. Más aún, invirtieron las fórmulas providencialistas de antaño: si en el XVI América había sido una “compensación” por el cisma europeo, a comienzos del XIX la Reforma Protestante podía verse como un castigo por los desastres de la Conquista. Pero ese mismo clero insistía en los nuevos peligros: que el libre comercio introdujera la semilla protestante; que Gran Bretaña llenara de herejes el continente; que la Iglesia se rompiera junto con los gritos libertarios; y sobre todo, ¡horror de los horrores!, que las nuevas constituciones permitieran la libertad de cultos. Volveremos sobre el tema.

 

 

(continúa)

 

 

Nota bene: La fotografía "Monasterio a la luz" (Monasterio de San Isidoro del Campo, Sevilla) ha dido tomada exclusivamente para este ensayo por © Sofía Serra Giráldez

 

 

 

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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Ensayos
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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
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