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10 enero 2014 5 10 /01 /enero /2014 20:58

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“¿Con quién podré comparar esta generación? Se parece a los chiquillos que, sentados en las plazas, se gritan unos a otros: ‘Os hemos tocado la flauta / y no habéis bailado; / os hemos entonado endechas / y no os habéis lamentado’. Porque resulta que vino Juan [el Bautista], que ni come ni bebe, y dicen que está endemoniado. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: ‘Ahí tenéis un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores’”

                                        Mateo 11:16-19

 

En el ensayo anterior nos hemos centrado en las múltiples expectativas –mesiánicas, apocalípticas, cristológicas, sociales, guerreras y de todo tipo- que la aparentemente insignificante figura de Isabel/Rosa de Lima pudo suscitar en el Orbis Novus del XVII y de buena parte del XVIII. Fue, para usar la terminología laclausiana, un “significante vacío” en el cual todos depositaron sus anhelos y expectativas, desde el Papa y el Rey de las Españas hasta las castas ínfimas, pasando por teólogos ortodoxos y heterodoxos, elites y clases medias. También apuntamos algunas claves para ese desbordamiento ingente: Rosa respondía a los cánones de lo que una sociedad esperaba de una santa, que no eran otra cosa que el flagelamiento, visiones que no contradijeran dogmas ni jerarquías, es decir, una vida que se amoldara al status quo verticalista y machista, tanto en los ámbitos civiles como eclesiásticos. Pero no todas las mujeres estaban dispuestas a estos moldes asfixiantes, aunque mucha aspiraran a la santidad o al menos a una vida iluminada desde dentro; a veces lograban conjugarlo con las rutinas normales de la Iglesia (misas, donativos, cofradías y beaterios, uso asiduo de los Sacramentos); otras buscaban sendas propias, por lo cual eran automáticamente tachadas de “alumbradas”, ubicuo vocablo nacido en la primera España de los Austrias y que, con sus bemoles –contra muchos historiadores que lo ciñen a fenómeno propio del XVI- llegó a los umbrales del XIX. Pudo tomar en la península la forma del “molinosismo” y en el Orbis Novus variaciones propias y a veces sincréticas. Pero en el XVII colonial habita un cúmulo de experiencias de este tipo, femeninas en su mayor parte, pero apoyadas muchas veces por sus propios confesores, que las instan a escribir sus vicisitudes místicas. Como nunca también, la imprenta limeña (y otras del vasto virreinato) produce centenares de hagiografías, de personajes muertos apenas unos años atrás, e inclusive vivos. Llama la atención que este desborde fue muchas veces tolerado por la Inquisición, que entre otros atributos tenía el de censurar, incautar y quemar “libros peligrosos”. Muchos de los biografiados –la mayoría- fueron prontamente olvidados, y jamás pasaron a integrar el anhelado santoral católico.

Agreguemos otros factores de no menor importancia. Los siglos XVI y XVII, desde el discurso médico y teológico, conocen un repuntar misógino del que no se libran figuras tan sensibles como las de Fray Luis de León o Joan Lluís Vives. La mujer es una cloaca, una sentina, más carne que espíritu, fuente de todo pecado y corrupción, cuya única misión es procreativa; el sexo no debe ser disfrutado, porque equivaldría a simple fornicatio inclusive dentro del matrimonio. En su momento, hasta el arte renacentista se decanta por las figuras masculinas, mientras que el barroco católico elige las consabidas Vírgenes y, como hemos dicho, multiplica la moda de las Inmaculadas. A las figuras  paganas se les da cuerpos gruesos y abultados; las santas son necesariamente demacradas. Pero paradójicamente, como ha demostrado el investigador francés André Vauchez, se acrecienta el número de canonizaciones femeninas. Mientras que en el primer milenio de historia cristiana las santas solo ocupan menos del 18%, a partir del XIII los porcentajes aumentan considerablemente, poniendo así un ejemplo a las mujeres para llevar vidas “esforçadas” que abatieran su “natural” carnalidad. Claro que estas santas –pongamos a Teresa de Ávila como ejemplo- tienen que autoconsiderarse en sus escritos poco menos que estúpidas para no atraerse incomodidades; incomodidades como las que sí sufrió la notabilísima intelectual novohispana Sor Juan Inés de la Cruz, que por supuesto nunca pasó a santoral alguno. Y todavía se espera más de ellas. Luisa Melgarejo, limeña, letrada, de buena posición económica, amiga íntima de Rosa de Lima, visionaria ella misma, resultó en sus testimonios una pieza fundamental para las canonizaciones de Rosa o Francisco Solano, en tanto retardó el del Arzobispo Toribio de Mogrovejo, fuertemente misionista y reformista, pero a quien ella vio padeciendo indeciblemente en el purgatorio. Amiga de los jesuitas y candidata a santa ella misma, la Inquisición no dejó de perseguirla. Primero, porque durante muchos años vivió “amancebada” con un miembro de las elites (incluso Rector de la Universidad de San Marcos) sin que hubiera impedimentos de clase; compelida a casarse, su marido fue objeto de burlas por ser el co-autor de un panegírico en verso de las virtudes de las mujeres, “rephutando las que algunos philósophos decretaron” –cosa que ponía en duda su “virilidad”-, y, más tarde, porque ni siquiera tenía a mano los papeles de Luisa, sino que estaban en poder de sus confesores. Este amor sincero pero fuera de los parámetros establecidos no hacía ningún favor a la candidata a santa, pese a que esta no se desviara de la ortodoxia en materia religiosa. Tampoco el que fuera, como dijo un Inquisidor, “bien comida y bien bebida, el rostro hermoso y lleno, que no denotaua penitencia”. Como ironiza el investigador peruano Fernando Iwasaki, “definitivamente a las místicas les iba la decrepitud, la escualidez y las llagas supuradas –signos todos de heroicas virtudes”. Aunque Luisa fue finalmente sobreseída, tengamos en cuenta los trasfondos apuntados para la historia que a continuación intentaremos detallar: la de Ángela Carranza, ésta ya en la segunda mitad del XVII.

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De Ángela Carranza, o Carrança, más conocida como Ángela de Dios, escritora prolífica por excelencia, no conservamos un solo papel autógrafo, ni una sola página completa: ella, que estuvo a punto de ver en vida la edición impresa de su vasta Opera Omnia en varios volúmenes. Sólo conservamos citas y paráfrasis, sospechosos de recorte y manipulación, como que provienen de sus enemigos. Tampoco un mísero retrato suyo, aunque abundosos fueron en Lima y rincones lejanos del virreinato. Por eso es que detallaremos las fuentes secundarias, engorrosa tarea que hemos evitado otras veces pero que aquí se hace imprescindible, dada la ignorancia en la que permanece su figura, incluido en el suelo que la vio nacer. Ellas son la Relacion sumaria de la causa de Angela Carranza y demas reos, que salieron en el Auto de la Fé celebrado en la ciudad de Lima, Corte de Perú, á 20 de Diciembre de 1694, cuya relacion la escribe el Dr. D. José del Hoyo, Contador y Abogado de presos, reproducida por el militar y polígrafo peruano Manuel de Odriozola (1804-1889) en el séptimo tomo de su Colección de documentos literarios del Perú (1875); los Anales de la Inquisición de Lima, escritos y reescritos por Ricardo Palma (1833-1919) entre 1863 y 1897, y luego incorporados a sus famosas Tradiciones peruanas; y la siempre imprescindible y tan usada por nosotros Historia del Tribunal de la Inquisición de Lima (1569-1820) del chileno José Toribio Medina, del que ya hemos hablado en otra ocasión: usamos la reedición de 1956, prologada por Marcel Bataillon. Dentro del ámbito rioplatense, citemos el ensayo de Juan María Gutiérrez (1809-1878) Un proceso célebre: las herejías de la beata Ángela Carranza, natural de Córdoba del Tucumán, apenas un resumen despectivo del documento exhumado por Odriozola, y que seguimos por una antología s/f dentro de la célebre colección “Grandes Escritores Argentinos”, que dirigiera Alberto Palcos a principios del XX; y menciones ocasionales de Sarmiento (1811-1888) en sus célebres Recuerdos de provincia, y del español por un tiempo afincado en la Argentina Daniel Granada (1847-1929), en la Reseña histórico-descriptiva de antiguas y modernas supersticiones en el Río de la Plata (1896; sigo la bella edición de Kraft, 1959). Agreguemos el invalorable trabajo aún inédito Ángela Carranza, ejemplo de nada, del poeta e investigador Ramón Minieri, que me lo proporcionó con una generosidad desudada en estos tiempos; Minieri cita a su vez investigaciones de archivo y de estudios de género de Alejandro Moyano Aliaga y de Rocío Quispe Agnoli, respectivamente. Agradecido directa o indirectamente a ellos, asumo, por supuesto, la responsabilidad por mis conclusiones.

Valga lo dicho en nuestro ensayo sobre Fray Francisco de la Cruz: aquí no intentaremos patologizar al personaje, ni achacarle ficcionalizaciones ni mucho menos embustes e hipocresías. Una mujer que resistió hasta la tortura sus creencias, no puede menos que imponernos respeto, y debe ser insertada en la amplia gama de experiencias religiosas que desde William James, Jung, Eliade y tantos otros sabemos que existen sobre este planeta. Y agrego: que en las citas textuales siempre he preferido la ortografía de cada época, pero esta vez no podré ser uniforme; la relación de 1694, por ejemplo, está mediada por la ortografía del XIX que le impone Odriozola.

*

angela6.jpgAún no ha aparecido el acta bautismal de Ángela Carranza, pero sabemos que nació por 1541 en Córdoba de la Nueva Andalucía, también llamada Córdoba del Tucumán, y hoy simplemente Córdoba, capital de la provincia homónima de la República Argentina. Aclaremos el nomenclador toponímico, porque se ha prestado a confusiones. Córdoba de la Nueva Andalucía es el nombre que le impone su fundador, el Adelantado sevillano Jerónimo Luis de Cabrera (circa 1520-1574), el 6 de julio de 1573, en flagrante desobediencia al Virrey Toledo, del Perú, que otras órdenes le había dado, y en posible honor a su esposa, que era natural de la Córdoba hispánica. La ciudad quedaba dentro de una zona de límites difusos, la Tucumanía, como podían serlo la Pampa, el Chaco, la Patagonia o la provincia Paraguaria, otras de las regiones en que cartógrafos y cronistas dividieron lo que hoy es territorio argentino, y que por lo general no coinciden con las volubles divisiones administrativas bajo los dos virreinatos, del Perú y del Río de la Plata. Como Córdoba también pasó a depender de la Diócesis del Tucumán, también se le dio, pues, ese segundo nombre, Córdoba del Tucumán. Algunas fuentes (como Ricardo Palma) tratan a Ángela de tucumana, siendo San Miguel de Tucumán una ciudad bien distante (y distinta) de Córdoba.

Cuando Ángela era niña, Córdoba no pasaba de 400 casas, y los “vecinos” con derecho a integrar el Cabildo, de unos cien. Hacia 1622 se había instalado la “Aduana Seca”, que controlaba el comercio entre Buenos Aires y la actual Bolivia. La muchacha pudo tratar con esos arrieros de mulas y comerciantes que portaban noticias de uno y otro Océano. No llegó a ver los inicios de la construcción de la Catedral ni el establecimiento de la Universidad, primera (y por mucho tiempo, única) del actual territorio argentino, pero evidentemente conoció a D. Ignacio Duarte y Quirós, que puede considerarse su creador.

Citamos a Minieri in extenso para referirnos a su primera historia:

Su padre, don Alonso de Carranza y Mudarra, no tenía parentela en estas tierras; llegó desde Madrid (donde había nacido en 1613) vistiendo el hábito de los caballeros de Santiago. En Córdoba contrajo matrimonio con doña Petronila de Luna y Cárdenas, de una estirpe patricia y prócer (…). Del matrimonio nacieron dos hijas, Antonia y Ángela. Pocos años después de estos nacimientos, don Alonso se fue a España, y nunca regresó. (…)

En el secular follaje de los archivos, la ausencia casi total de algo o alguien reviste cierto significado.  Tal sucede con Alonso de Carranza y Mudarra en la Córdoba de su tiempo. (…) Nuestro don Alonso no figura en la lista de vecinos, ni en los registros notariales,  ni siquiera como testigo de alguna operación. No parece que haya intervenido en una transacción, se haya visto envuelto en un litigio por motivos fútiles o graves, haya merecido una mención en ningún papel.  Su paso por Córdoba parece haber sido fugaz, oscuro, y sin relación con los grupos dirigentes. Cuando don Alonso de Carranza y Mudarra se va definitivamente  a Madrid, está sellando una ausencia con una partida. Estos datos escasos y la carencia de otros,  nos permiten imaginar una familia poco integrada a “la parte más sana y principal” de la ciudad. En un ámbito social en que la figura paterna, los títulos y los bienes del jefe de familia eran una carta decisiva para participar en el juego social, las hermanas Carranza y Mudarra carecen de habilitación para ese juego. No es poca desventaja. La falta de dote, para una mujer de aquellos tiempos, hacía imposible conseguir un buen marido o una buena colocación en un convento. Pero por otra parte, las chicas eran hijas de un Caballero de Santiago y de una dama de apellido; las convenciones les vedaban aceptar papeles subalternos en ese medio al que pertenecían. Su situación nos propone un interrogante: cómo hicieron para sobrevivir por sus propios medios, sin desmedro del buen nombre y la adscripción a su “grupo de referencia”. 

 

De nuestro lado, adelantamos que Ángela “reencontró” más tarde a su padre, y en un diálogo digno de ser analizado por Herr Sigmund. En cuanto a los medios económicos, Minieri cita otro documento cordobés. El teniente de gobernador Francisco de Vera Moxica se hace presente en la casa del Capitán Roque González Freires y lo halla “muerto y pasado desta”, lo que se confirma bajo escribano. En su testamento dejaba como heredero universal al ya mentado Ignacio Duarte y Quirós, fundador de la proto-universidad, pero entre tantos artículos aparece este de sumo interés: “Item mando que de lo más bien parado de mis bienes se de a Doña Angela Carrança quinientos pesos en plata, y a su hermana doña Antonia otros quinientos pesos en plata por el amor, y voluntad que me han tenido”. En otras palabras, las hermanas Carranza se han desempeñado como cuidadoras de ancianos o de enfermos. Pero décadas más tarde, la Inquisición dirá que de esta etapa cordobesa,  “hemos sauido que la llamaban la Pastora y que en su casa viuían, entraban y salían forasteros, mercaderes y moços que frequentaban la casa por el desaogo de cantares y músicas de que usaba dicha Ángela”. De ser cierto, la coherencia en la actitud vital de nuestro personaje se mantendrá hasta el fin. El Santo Oficio escribirá varias veces a su comisionado en Córdoba, Fernando de Navarrete y Vela, para indagar en el pasado de la iluminada: si estuvo amancebada con el fraile franciscano Luis Ordóñez, si sabe de la amistad ilícita con Cristóbal de Laredo, si es cierto que cometió tres infanticidios (cosa que al parecer, jamás pudo demostrarse), si de niña padeció de “gota coral” (epilepsia)… Lo que hoy llamaríamos averiguación de antecedentes (y condena previa, más que presunción de inocencia).

De la etapa cordobesa sospechamos, también, múltiples lecturas. Aunque inquisidores y después historiadores han insistido en mostrarla como de escasas letras, no opinamos lo mismo. Sus visiones serán todo lo fantásticas que se quiera, pero de ellas se desprende un más que mínimo conocimiento de la Historia Sagrada, y de discusiones teológicas de las distintas órdenes religiosas; sabe quién es Tomás de Aquino y Duns Scoto, San Agustín e Ignacio de Loyola; y no le pifia demasiado en los conceptos básicos. En una de sus visiones se menciona incluso a Lope de Vega, y no duda en proclamarse admiradora del Quijote. Dado que en la requisa de su casa limeña no se hallaron libros, ni sagrados ni profanos, quizás debamos retrotraer su formación autodidacta al período en su terruño. Libros no faltaban en Córdoba, y no es necesario recurrir a los catálogos de las bibliotecas de entonces; alcanza con ver las fuentes que cita su estricto contemporáneo el poeta barroco cordobés Luis de Texeda y Guzmán, para darnos cuenta de que en esa aldea de tránsito no solo había devocionarios, sino literatura teológica y española clásica en abundancia.

Lo cierto es que los quinientos pesos recibidos podían servirle para alguna empresa masculina, y por lo tanto estrictamente vedada; no alcanzaban ni para hallar marido ni para entrar en convento. Podemos asegurar, entonces, que se va de Córdoba para siempre con veinte y pico de años, quizás en compañía de Cristóbal de Laredo, y con seguridad, de su hermana Antonia y su madre Petronila. Cruza los Andes, pasa a Chile, y en 1665 ya la hallamos en Lima. Enorme desafío geográfico para tres mujeres, que implicaba en aquellos tiempos un peregrinar de 3.600 kilómetros. Laredo no reaparece en su historia; de hecho, no será acusada de tener amantes en Lima, sino de ser propensa a lenguaje obsceno con los hombres y a algún manoseo a modo de broma. Unos pocos años después de su llegada, pudo ver los fastuosos homenajes, por la beatificación primero y la canonización después, de Rosa de Lima. Viste el hábito de las agustinas –el más infrecuente en Lima-, pero otra vez, contra la mayoría de los historiadores, debemos afirmar que no se constituye en “beata” propiamente dicha. Las beatas asumían ciertos votos y formaban como cofradías, los beaterios, con más libertades que los conventos. Ángela no lleva siquiera esta imposición social, sino que actúa en solitario; de hecho, reniega de los beaterios y los hace objeto de acervas críticas.

Grosso modo, podemos decir que el apogeo y el declin & fall de Ángela coincide con cinco papados que van de Clemente X a Inocencio XII; el reinado de Carlos II, último de los Austria; ocho virreyes del Perú, desde Diego de Benavides y de la Cueva, Conde de Santisteban del Puerto, hasta Melchor Portocarrero Lasso de la Vega, Conde de la Monclova; y varios inquisidores, aunque la palabra final la tenga uno solo, Francisco Varela (1692-1702), por muerte de los restantes: extraño tribunal de unicato.

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angela3.jpgUn par de años tras su llegada a Lima, la ciudad entera empieza a verla como receptora de favores divinos especiales y taumaturga. Se hará vox populi su método de cura por globulillos de cristal. La fama crece rápidamente. De creerle a los inquisidores, no fue solamente la plebe la fascinada por sus visiones y milagros: virreyes, arzobispos, frailes y sacerdotes, familias linajudas van tras ella: “hacía felices solo el comunicarla”. Su figura trasciende las cuadrículas de la Ciudad de los Reyes, y expande su aura por todo el Virreinato. Se le piden favores desde los lugares más insólitos. Algunos de sus objetos llegan a Europa, inclusive a Roma. Deja de llamarse Ángela Carranza y adopta el apelativo sacro de Ángela de Dios. Volveremos sobre el tema de los objetos curadores.

No es hasta 1673 que se decide a poner por escrito sus visiones, raptos, revelaciones y críticas al sistema. Emprende una suerte de diario, que se cerrará recién en 1688, cuando la calesa verde del Santo Oficio la aprese. En ese ínterin, redacta, según Varela, “copiosos escritos en materia teológica; en quince años, escribió quince libros, compuestos de quinientos y quarenta y tres cuadernos, con más de siete mil y quinientas foxas”, en letra minúscula y apretadísima; si esas “foxas” eran de tamaño in folio como presumiblemente se sospecha, podemos darnos una idea de la desmesurada labor escriturística de la iluminada. Como las grafías variaban, constó enseguida que no todo era de su puño y letra, sino que participaron varios amanuenses, a saber, sus confesores, por lo general agustinos. Terminarían también encarcelados al menos tres de ellos: el doctor Ignacio Ixar y los frailes José de Prado y Agustín Román. Ixar incluso había renunciado a un ascenso, consultando a Ángela, quien lo conminó a seguir en su parroquia en contacto con el pueblo. Sin embargo ellos, ¡teólogos profesionales!, fueron liberados pronto, como varones virtuosos simplemente engañados. En cuanto a los “cuadernos”, veremos luego cuál fue su destino.

Trataremos de colegir, a partir de las paráfrasis que nos restan, las ideas de Ángela. Adelantamos que nuevamente no estamos de acuerdo con la mayoría de los historiadores, y mucho menos con los inquisidores. Todos parecen coincidir en que sus escritos son una sumatoria de disparates sin ton ni son, inconexos, blasfematorios; nosotros, por el contrario, no vacilamos en hablar de una coherencia absoluta que recorre su cosmovisión, y tampoco en  endilgarle una teología propia, original y de sistematización plausible. No contando con los originales, por supuesto, debemos atenernos a la palabra de sus detractores; pero en esa palabra, que todo lo defenestra y retaza, seguimos hallando líneas conductoras. ¿Que muchas veces se contradijo? Léase a San Agustín, Tomás de Aquino, Lutero, al propio Pablo, y veremos si no hallamos contradicciones por doquier. ¿Que el habla es popular, y sensitiva más que especulativa la concepción? Léanse las páginas del Antiguo Testamento, aún incontaminadas de la ratio helénica; las parábolas de Jesús; las visiones del Apocalipsis. El Yavista, redactor de los mitos más bellos del Génesis, no hubiera entendido una coma de las sutilezas escolásticas. Recurramos al axioma borgiano de la teología como “rama de la literatura fantástica” y se nos facilitarán las cosas.

Descompondremos, pues, las ideas de Ángela en tres grandes ítems: 1) su visión teológico-antropológica general; 2) su mariología, tan original, y verdadera obsesión suya ante la indefinición interminable del Misterio Inmaculista; 3) su lectura socio-teológico-política. Agreguemos que, hasta donde sabemos, ningún teólogo profesional se ha dignado en preocuparse por nuestra cordobesa. Séannos perdonadas nuestras muchas impericias.

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angela4.jpgComo un siglo después el místico sueco Emanuel Swedenborg (1688-1772), Ángela podía recorrer el cielo y la tierra y el infierno, y también el purgatorio, que el severo protestante escandinavo desconocía. Pero ese universo cuatripartito es poroso y pregnante, a nivel espacio y tiempo. Siglos antes que Cortázar, Ángela puede en el presente hacer cosas del pasado, y pasar de un mundo a otro sin dificultades, o esos mundo pueden irrumpir de golpe y porrazo en su habitación y llevarla volando a la Roma del presente o al río Jordán del pretérito. Sus experiencias son a veces las típicas de un trance chamánico: su espíritu abandona el cuerpo y comienza a ascender; conoce también la ubicuidad y la mutación instantánea del espacio geográfico. Sin embargo, no es esto todavía lo esencial de la teología vivencial de Ángela.

Para nuestra visionaria, no existe diferencia alguna entre el homo ludens y el homo religiosus; y a esa imagen del hombre corresponde las de las personas de la Trinidad, María, los santos, y Lucifer y los demonios mismos. Podemos tachar de naïfs buena parte de sus contemplaciones; pero están en un todo acorde con lo que la agustina es en su propia vida: alguien que ama cantar y bailar por encima de todas las cosas, sea en Córdoba o en los salones más copetudos de Lima o en sus calles misérrimas. Esa actitud báquica, tan criticada por los inquisidores, es la que a muchas personas convence de su aura de santidad. La “cándida” Ángela baila y retoza para su Dios y para alegrar a los hombres; no se flagela ante un ecce homo. Más bien, detesta la ascética y, aunque en un principio finge cumplir con ciertas penitencias, no dudará en decirle a cierto clérigo “que mas la buscaba el Señor á ella que ella al Señor; y que con los ejercicios que comenzó se había quedado; y que el Señor la mandó comiese bien, y durmiese bien, y así dormía siete horas”. Y así es en la vida real: asiste a banquetes cuando la invitan, come buena carne y bebe buen vino, regatea en el mercado y espera que, como elegida de Dios, los regalos abunden. Engorda y no le importa; sigue bailando con su gordura a cuestas; incluso en las cárceles inquisitoriales chillará por buena comida y no perderá su robustez.

La carnavalesca, tan bien estudiada por Bakhtin, irrumpe en la vida terrena y ultraterrena con fuerza incontenible. Sólo que no es una irrupción momentánea, como en el año sacro medieval; lo rabelesiano inunda cielos y tierra las 24 horas de cada día del año. Se tiñe de humor y de erotismo, de ternura y de chocarrería. Ángela, encendida por el amor divino, sale desnuda por las calles a buscar estanques y arroyos donde refrescarse; no duda de que esos lugares serán luego, gracias a la santificación de su cuerpo, incluso femenino y fofo, sitios de curaciones masivas. No teme defecar en las calles –cosa común en el XVII en Lima y en París y en la Cochinchina-, pero le agrega la nota procaz que escandaliza a los pacatos: “Para qué me dio Dios este culo?”. Señores: el culo es creación divina, ergo, ¡también es sagrado! Hace un hoyo en el piso y orina; dirá luego que las aguas han llegado hasta el infierno y torturado a algunos demonios maldicientes. Lo profano se viste de sagrado con naturalidad que asombra.

Así en la tierra como en el cielo. Ángela cuenta con un ángel protector, Laurel Áureo, que no es otro que el que protegió a David en sus batallas. Pero le será poco necesario, porque todo el Empíreo la tiene bajo su amparo especial. Dejaremos para más adelante la específica relación que entabla con Santa Ana y San Joaquín, cuando tratemos de su teoría sobre la Inmaculada. Ahora permitámonos reírnos con ella (y no de ella), tal como el propio Cristo supo hacerlo a carcajadas. Debemos espigar entre tantos pasajes que la Inquisición ha salvado.

“Un día de San Juan (dice) salieron los Ángeles á danzar con ella, y que danzó con tanta destreza, que en cada golpe quedaba [sic] con los piés retumbaba un gran trueno en el infierno”. En otra oportunidad juega a las escondidas: “se llegó ella por un lado, haciendo señal á los circunstantes, no avisasen al Señor: y por detrás le puso una Corona, y dijo el Señor: Quién es? Y cuando la vió se sonrió”. El ascético Bautista se complace en peinarla: “Dice que San Juan Bautista estaba en una ocasion aliñándola y que reparó el Señor en el modo de aliñarla y dijo: Mira como la aliña? cosa de Juan; y que la Vírgen Santísima, que solo las mujeres saben aliñar, y no San Juan”. Ángela juguetea con San Pedro y le quita las llaves; lo trata de cabeza dura y de analfabeto; el Señor lo confirma: por esa razón murió cabeza abajo. No tiene en alta estima a Sansón: ¿acaso al derribar el templo no se ha suicidado él mismo? (agudeza que teólogos de más enjundia discutieron por siglos). San Miguel Arcángel la saluda con un “muy buenos dias tenga usted”. Ángela rompe la unión hipostática trinitaria: se sienta en la silla del Hijo unas veces, en las del Espíritu Santo otras, o en la de la Trinidad entera, devenida en Cuatridad. Cristo acostumbra a darle muy seguido “pellizquitos” en el hombro, a modo de reto o cortesía; sobre todo cuando Ángela se siente pecadora: entonces el Señor le asegura que ella conserva la inocencia de una niña de tres años.

La unio mystica toma formas encantadoras. Jesús le dice: “Tu estas injerta conmigo; y como estamos injertos, mis palabras salen por tu boca”. Y más bellamente (y preguntándonos si detrás de la extraña conjugación no está ya in nuce el voseo rioplatense): “Tu sois mi espejo; yo tu espejo; tu sois mi lunar en mi cara, yo tu lunar de tu cara”. Pero Cristo suele propasarse y le requiere besos en la boca; ella le pone coto y duermen juntos castamente. En otra oportunidad, ella tiene sed y el Señor le da agua directamente de su boca. Pero Ángela también es celosa; un día lo ve paseando con otra iluminada por un pajonal, y rabiosa lo prende fuego, dejando a ambos medio chamuscados; le espeta: “yo me voi al purgatorio á sacar almas, y desquitarme asi de los celos que me dais, y he de sacar cuantas pudiere y pasar al infierno á sacar de allí las que están depositadas”. Baja al purgatorio y saca ánimas de a miles; allí reencuentra al abandónico padre de su infancia. “Salga Padre del purgatorio, y vayase á la gloria”. Don Alonso Carranza y Mudarras le responde: “No es tiempo hasta que tu mueras”.

Porque es de saber que Ángela saca almas del purgatorio sin necesidad de misas ni de indulgencias; el infierno también es temporal, allí hay posibilidades de arrepentimiento, y nuestra cordobesa libera a los conversos. Más aún, como mil trescientos años antes Orígenes de Alejandría, ella cree a su modo que debería haber una salvación universal, la apokatástasis de la escuela alejandrina. Pero tal optimismo no le va a Cristo, quien sin embargo la deja andar por los Avernos como por su casa. Cielos e infierno con Ángela tienen fiesta asegurada.

En una visión, juega con el Niño Jesús en las aguas del Jordán; en el Portal de Belén, remplaza a la ajetreada Virgen y toma al bebé en sus brazos. Baila con los pastores y el bebé “peresce” de risa en la cuna. Cristo y ella se disputan la teta de la Madre; de a sorbitos se la van pasando uno al otro, y ríen. Juegan ¡al carnaval! en el cielo; Jesús le tira pomitos de agua y ella corre a las risotadas, mientras los ángeles se suman haciéndole burlas con cintas y pañuelos. Bailan juntos. En una ocasión repara que es “Quaresma”, etapa aburrida si las hay en el calendario cristiano. “La respondió el Señor; pareceme muy bien, danza. Y (…) los Angeles la vistieron con un vestido de la Vírgen de color aceituna bordado, y se puso á bailar con los Angeles, y se volvió á sentar, y mientras templaban los instrumentos, se quedó arrobada”.

No menos sucede en el infierno, donde Luzbel la recibe y ella bromea con los demonios, aunque manteniéndolos a raya. Cuando se propasan, Ángela es capaz de romperle una pierna al propio Satán, quien debe esperar pacientemente a que ella lo cure –cosa que por supuesto realiza, tiempo al tiempo. Los diablos no mienten y saben mucho de materias teológicas; con ellos también hay sabrosas pláticas. Pero –como un Dante barroco-, descubre que en el infierno hay sacerdotes y monjas y obispos; muchos demonios visten el hábito dominico (ya veremos la razón de esta fobia contra los hijos de Domingo de Guzmán), y otros usan  una ridícula sotana a media pierna. Ángela decide poner un poco de orden en el pandemónium y organiza un coro de música sacra que ensaya y canta dos veces por semana. Claro que los sumisos coreutas deciden vengarse de vez en cuando, y se aparecen para tentarla. “A que vienes puta, a atormentarnos!” es lo más suave que le dicen. El demonio se la aparece en forma de clérigo o de frutero cuando anda por la calle, y le da sueños monstruosos. “Y añadió que el demonio durmiendo la puso á parir y que pujando paria perritos, y la decia la partera infernal, mira quien eres, que aun no pares criaturas, sino perros”. Claro que las pantagruélicas represalias de la “santa” no se hacían esperar y el infierno temblaba para retornar pronto a la risa… la eterna risa de Ángela Carranza.

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angela2.jpgEl lenguaje de Ángela es coloquial y llano; y así por ella hablan la Deidad y sus suburbios. El antropomorfismo de Cristo, santos y demonios, salta a la vista; nace de la religiosidad popular, pero también de tanta iconografía ingenua que pulula en España y las Américas, de tantos catecismos que, como los de los jesuitas, trataban de poner ante los sentidos de los indios y de las clases bajas las realidades celestes. Ella, miembro de una élite decadente, condesciende a la plaza de mercado. Pero también el Yavista nos muestra en el Génesis a Dios tomando el fresquito en el Edén, o parloteando con Adán, o estallando en ira.

Simple no es sinónimo de sencillo. En el tema de la Inmaculada Concepción, Ángela crea un sistema propio donde la alta fantasía y la especulación se aúnan a un grado increíble. Original y “heterodoxo”, se inserta en una de las grandes obsesiones del XVII, como ya hemos dicho en nuestro ensayo anterior. La mariología, en Gonzalo Tenorio, rozaba con la escatología; así será también en nuestra criolla. Todos esperaban la postergadísima definición del dogma con una impaciencia que hoy no podríamos concebir. Pero, paradójicamente, en el armado de Ángela la Virgen pasa a un segundo o tercer plano; la mariología es cristológica ante todo, impondrá nuevos protagonistas y hasta reformulará abruptamente el misterio eucarístico.

Tenemos que dar algunos antecedentes históricos, que a su vez nos explicarán, por ejemplo, el odio de Ángela por los dominicos y su aprecio por los agustinos. María, un personaje bíblico bastante insignificante, fue fuente de arduas disputas en los primeros siglos del cristianismo, hasta lograr ser declarada no solo madre del Jesús humano, sino Theotókos, Madre de Dios. No nos detendremos en el culto exuberante que recibió en las Iglesias de Oriente: pensemos solamente en los infinitos iconos marianos provenientes de las comunidades griegas y rusas. En Occidente el problema fue más arduo desde que San Agustín, contra pelagianos y gnósticos, plantea el dogma del Pecado Original transmitido a modo de mácula o mancha desde Adán a toda la humanidad, e implícitamente a María. Sin embargo, fue él mismo quien intentó dar una solución al problema al afirmar que ese pecado alcanzaba hasta a los santos, “excepto la Virgen María, de la cual no quiero, por el honor debido al Señor, suscitar cuestión alguna cuando se trata de pecado”; pero no fue más allá en la teorización de cómo se habría salvado María de la “mácula”.

La gran disputa surge en los siglos clásicos de la Escolástica, es decir, los que van desde el comienzo del segundo milenio hasta el 1400 aproximadamente. La fiesta de la Inmaculada Concepción se establece, pero a modo popular, tolerado, sin dogma de por medio. Los excesos de la misma hacen que un marianista como San Bernardo luche por su prohibición. Pero no será hasta la formación de las dos Escuelas –la de París y la de Oxford- cuando la trifulca se acalore. Para la primera, representada nada menos que por San Alberto Magno, Santo Tomás de Aquino y San Buenaventura, María es partícipe del pecado original; Dios pudo santificar su feto o darle un renacimiento pre-nacimiento (!), pero fue concebida con mácula. La segunda, representada sobre todo por Duns Scoto, hace que María sea concebida sin pecado gracias a los méritos posteriores de Cristo… un anacronismo no imposible de sostener con mil silogismos teológicos. La disputa, con tan grandes exponentes, seguirá por mucho tiempo, aunque el XVII sea el siglo por excelencia, por ejemplo, de la iconografía de las Inmaculadas: Rubens, Murillo, Velásquez, Alonso Cano, Antolínez y un largo etcétera donde abundan los plásticos españoles y portugueses. Los apuros nacen, entre otras razones, por el agigantamiento del anti-marianismo protestante. Y agreguemos: entre los mayores inmaculistas estaban los agustinos; entre los anti-inmaculistas, los dominicos: Alberto Magno y Tomás de Aquino habían salido de sus filas. El dogma no se formalizará hasta la Bula Ineffabilis Deus de Pío IX… decretada el 8 de diciembre de 1854.

Entendemos entonces las filias y las fobias de Ángela para con las distintas órdenes. Porqué, una supuesta “yletrada” como ella, dialoga a sus anchas en el cielo con Duns Scoto. E intenta salvar, con todo, al Doctor Angélico: “Se le habia aparecido Santo Tomás de Aquino, quien le dijo, que él había defendido el Misterio de la Concepcion, y que los que despues quisieron defender lo contrario, borraron sus escritos y falsearon sus libros en aquella parte, en que defendia la opinion piadosa”.

Pero vayamos ahora a la ardua explicación que nos da Ángela del Misterio Inmaculista, la parte que más estupor e inquina produjo entre los inquisidores. Es una lástima tener que resumir justamente el ítem del que más detalles nos han quedado; pero hagámoslo en mor de brevedad. Repitamos la paradoja: María pasa a un lugar secundario; en primer plano quedan sus padres, Santa Ana y San Joaquín, y Cristo. Tenemos que adaptarnos, por supuesto, a su estilo coloquial y antropomorfista, fantástico y táctil pese a la especulación que entraña y que, como intentaremos demostrar luego, hunde sus raíces en algo más que su supuesta “locura”.

He aquí los personajes del drama: Santa Ana

… fue muy hermosa, ni muy alta ni pequeña, algo metida en carnes, el rostro redondo, la tez muy blanca y lustrosa sin arrugas, la nariz proporcionada, las cejas tendidas y crespas, del color del cabello que era taheño, befa de lábios, las manos muy blancas y aderezadas con sortijas, y andaba siempre bien vestida, porque era rica, teniendo en su casa mucha abundancia, y gran gobierno. Su edad no era mucha; con que se adornaba con perlas y otros ricos ornatos y tambien se rociaba, y lababa con aguas olorosas, gobernando sus criadas que eran honestas y virtuosas, y todo esto no lo hacia por mal fin, porque nunca tuvo mal pensamiento, que como deseaba casarse, se aliñaba; y era muy casera no admitiendo visitas de mujeres, ni de hombres, y vivia con algunas parientas que tenia de las puertas á dentro. Y naturalmente se inclinaba á San Joaquin, y dicho santo era alto, robusto, rostro lleno, nariz grande, boca befa, rosado, tosco de facciones, con quien casó Señora Santa Ana. Y aunque era viejo San Joaquin no le tuvo asco porque era aseado y se vestia bien, y se miraban como padre é hija, teniendo la cama á parte, con frecuente oración, creciendo los deseos de tener un hijo, y no lo conseguian.

Expulsados del Templo por ser estériles, se dedican a la oración y Dios finalmente responde. Un ángel se le aparece a Ana y le anuncia que tendrán una hija, que será la Madre de Dios. Desciende el Espíritu Santo y quita al matrimonio el pecado original, reconstruyéndolos como a nuevas creaturas, en pureza e inocencia tales las de Adán y Eva antes de la Caída. Joaquín se convierte en segundo Adán, y Ana en segunda Eva. Otro ángel los lleva al Paraíso y los mismos árboles y Enoc y Elías se inclinan en obediencia; el santo deviene en Cabeza de la humanidad, y Ana, en Cabeza de los Ángeles. Treinta y tres días después, el Arcángel Miguel les trae el fruto del Árbol de la Vida, que no es otro que un melocotón, y el Arcángel Gabriel, agua del río Jordán; son amasados ambos dos y deglutidos de a mitades por la feliz pareja. En esa mezcla está entreverado nada menos que Jesucristo en carne y sangre, en una Comunión más potente que la de la hostia; comen de otro fruto con virtudes afrodisíacas y copulan en los umbrales del cielo. Allí se produce la verdadera Encarnación, y la deificación de Ana y Joaquín. Termina la era de la Ley o del Antiguo Testamento, y Joaquín es nombrado Sumo Sacerdote de la ley de la Gracia. Ambos recuperan la virginidad y son bautizados por el Espíritu Santo en el Jordán; por lo tanto, engendrado ya Jesucristo, éste también es bautizado dentro del vientre, siendo el bautismo posterior, el realizado por San Juan Bautista, una suerte de confirmación: como los niños que son bautizados en la infancia y confirmados en la pre-adolescencia. Reconquistan la juventud adánica, se impregnan de olores fragantes y pierden la capacidad de excrementar. Milagrosamente, María comienza a crecer en el seno de Ana junto con Jesús.

Ana pare a las criaturas en el cielo: a Jesús primero y a María después. Los ángeles adoran y cantan el Incarnatus est. Joaquín celebra la primera Misa bajo la ley de Gratia. Jesús y María maman de los pechos de Ana; María resulta ser preexistente tanto como el Verbo.

Presentada Ana en el Templo para la purificación ritual, muere Joaquín y Jesús se trasvasa, como de un cáliz a otro, al seno de María. El verdadero nacimiento del Señor, pues, se da en los cielos, del seno de Ana, ante la vista del Padre y de los Ángeles; el segundo se realiza en la tierra, meramente para la contemplación humana. Muerta Ana, se reúne con Joaquín, y ambos poseen las mismas prerrogativas que la Trinidad; más aún, forman otra Trinidad junto a María. Y en la tierra forman una Cuatridad Jesús, María, Ana y Joaquín, presentes todos en el pan eucarístico, y no solamente Jesucristo. San José ocupa un rol mínimo; es apenas el mayordomo (no el esposo) de María, jamás quedó libre del Pecado Original, y al tener celos del embarazo de María, pecó mortalmente, tal como Pedro al negar a Cristo por tres veces. En otra variante de los cuadernos, María –preexistente- es la que libera a Joaquín y Ana de la mácula adánica. Ana es un carácter fuerte y Joaquín, un anciano apacible; María hereda la bonhomía de éste. Cuando Cristo muere, María muere literalmente y resucita junto con Él; también resucitan Ana y Joaquín, llevados inmediatamente a la gloria, pero presentes en el fuego del Pentecostés. ¿Por qué Jesús en la cruz le entrega su Madre al Apóstol Juan (Juan 19:26, 27)? Porque María será la principal testigo de Su resurrección, pero como es mujer, necesita el aval social, masculino, para ser creída.

Si el lector ha llegado hasta este punto con una perplejidad mayor que la estándar, imagínese cuál sería la de los atrabiliarios inquisidores. O la del pobre trujimán que escribe estas líneas cuando se enfrentó por primera vez a los enrevesados documentos del Santo Oficio. Pero después de un tiempo, y superando el goce puramente fantástico que la historia puede suscitarnos, se nos impone una ratio que atraviesa, nuevamente coherente, las en apariencia locas y locuaces visiones de la cordobesa.

1) El dogma inmaculista seguía sin definición, y tardaría dos siglos más en concretizarse; si examináramos todas las hipótesis que se barajaron desde San Agustín hasta el XIX, nos hallaríamos con disparates prolíficos y promiscuos, sólo que dichos en la jerga profesional de los teólogos.

2) Ángela salva de una manera radical la Concepción; retrotrae una generación atrás, a la de los abuelos de Jesús, la ausencia de mácula necesaria para su nacimiento “puro”; Cristo es cuatro veces puro: por sí mismo, por su “madre” María y por sus padres/abuelos liberados del pecado original de manera milagrosa.

3) Ángela, aunque en apariencia da un papel secundario a María, salva su pureza introduciendo el tema de la preexistencia santa; mutando mutandis, es lo que hizo el Evangelio de Juan con respecto a Cristo: el Verbo es preexistente, en tanto en Marcos Jesús es todavía humano, demasiado humano, y en Mateo y Lucas sólo es puro desde su concepción, no antes.

4) Ángela salva, por medio del doble nacimiento, la gloria de su Amado; no parece complacerle el mero comienzo en un pesebre: antes nació en el cielo, de padres inmaculados, y nacerá otra vez en la tierra, de una madre/hermana no menos inmaculada.

5) Ángela brinda un papel preponderante a las de su sexo, deificando a Ana y a María; en la eucaristía ahora cuadríptica, hay dos mujeres y dos hombres: con ello rescata la atávica necesidad de un eterno femenino presente en lo sagrado, y por medio de Ana retorna casi al matriarcado de las viejas sociedades regidas por una Gran Diosa Madre.

6) Al hacer de Cristo el verdadero santificador de sus padres/abuelos, ¿no está Ángela quizás folklorizando y haciendo tangibles la posición de Duns Scoto y de la Escolástica Oxoniense, que purificaban a María por los méritos posteriores de Cristo en Su sacrificio? Tal vez es sutilizar demasiado, pero el debate medieval seguía en el aire en pleno XVII, y ya dijimos que la criolla ve al beato escocés en sus paseos por el cielo. Por otra parte, en la hermenéutica católica de esos siglos (y casi diríamos: hasta el Concilio Vaticano II), Cristo es una figura ya presente en el propio Antiguo Testamento: se lo identifica con uno de los tres ángeles que hablan con Abraham (Génesis 18), con el ángel que guía a Moisés y a los israelitas en la salida de Egipto (Éxodo 14), con el que se le aparece a Josué (Josué 5:13-15) y un largo etcétera. Cristofanías avant-la-lettre; Ángela solo suma una más, la que hará posible su irrupción definitiva en este mundo.

7) Ángela participa en una larga contradicción del catolicismo, no solucionada por el Vaticano hasta el día de hoy. Santa Ana y San Joaquín brillan por su ausencia en la Biblia, y sus nombres han sido tomados de los evangelios apócrifos, es decir, de aquellos que la propia Iglesia rechazó de su canon como no inspirados. Y sin embargo los supuestos abuelos de Jesús siguen figurando en el calendario sagrado, mientras que otras figuras exóticas, como San Jorge el matador de dragones, han sido eliminadas. Ahora bien, toda una serie de esos apócrifos (conocidos como “de la Natividad”) nacieron de la piedad popular de los primeros siglos, y aunque expulsados del canon, fueron tolerados como material de edificación de las clases bajas, y se instalaron en el imaginario popular, en la iconografía, en los himnos. El más importante de ellos es el Protoevangelio de Santiago (original griego del siglo III, aprox.), donde Ana y Joaquín son figuras centrales; el relato de la hermosura de Ana y la personalidad de Joaquín, de la esterilidad y la expulsión del Templo, están tomados indirectamente de este libro y no de la imaginación desbordada de la cordobesa (Prot. Sant. caps. 1-4). El Evangelio del Pseudo-Mateo (pastiche latino, siglo VI) también contiene materia sobre los abuelos. No afirmamos que Ángela los leyera (si circulaban, lo hacían en latín, y en ediciones eruditas), pero impregnaban fuertemente la devoción popular a través de devocionarios, libros piadosos, estampas y pinturas. De ellos debió beber el germen primero de su sistema, al que agregó, como es posible, una versión decantada de la Escuela Oxoniense, y una concepción original, si es que en algún momento no se descubren otras fuentes posibles.

Como es previsible en XVII limeño, el Inmaculismo va ligado en Ángela a la escatología. Se hace retratar por sus admiradores como mujer o ángel del Apocalipsis que impone finalmente el sagrado Misterio. También especula sobre el fin del mundo: pasarán hasta éste tantos años como desde la Creación hasta la definición del dogma de la Inmaculada.

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Nos queda examinar lo que hemos llamado, de un modo muy laxo, la concepción socio-político-teológica de Ángela. Lamentablemente tenemos datos apenas esbozados, pero pueden permitirnos un panorama que resumiríamos así: el despecho que siente por todo lo institucional; con Weber, podemos identificarla como al típico profeta que se enfrenta a la jerarquía hierocrática.

En primer término, no siente gran respeto por el Papa ni por el Colegio Cardenalicio. La razón principal, nuevamente, es la postergación infinita del dogma de la Inmaculada. “Afirma (…) que con la caña de la escoba despertaria al Pontífice y Cardenales, dandoles golpes en las cabezas para que definiesen el Misterio; y que ella enseñaria al Pontifice el A, B, C”. En sus viajes chamánicos, Ángela visita frecuentemente Roma para apurarlos, despierta al Papa, le explica los detalles del dogma. Pero el mitrado no hace caso: ¿cómo no brindarle unas tundas de vez en cuando?

Luego, tampoco le simpatizan los monarcas hispánicos; no han quedado fragmentos sobre Carlos II, pero en otros parece hablarnos sobre Felipe IV y su satirismo crónico: los reyes “se dedican a desflorar doncellas”. (Dicho sea de paso, aunque hoy la investigación ha dado otras pistas, uno de los inquisidores, después obispo de Huamanga y arzobispo de Charcas, había sido Cristóbal de Castilla y Zamora, posible bastardo de Felipe IV).

En las propias palabras de la Inquisición, “Dios le revelaba las muchas almas que se han condenado de todos estados, asi de esta ciudad como de otras partes del mundo, expresando sus nombres y gravisimos delitos que cometieron (…), sin exceptuar Pontífices, Reyes, Vireyes, Tribunal del Santo Oficio, Reales Audiencias, Arzobispos, Obispos, Cabildos, Eclesiásticos, Sagradas Religiones [i. e., órdenes religiosas], Monasterios de Monjas, como tambien de otras personas particulares de esta ciudad, tratándolas de simoniacas” y un largo etcétera. Es decir, toda la gama de las autoridades civiles y eclesiásticas merecen su despecho; el status quo le importa un bledo. Salvo los agustinos y en menor proporción los jesuitas, las órdenes le merecen toda su reprobación, con los dominicos en el culmen de su desprecio. Conventos y beaterios son solo el reducto de mujeres insatisfechas y chismosas.

Puesto que ella misma es una iluminada, el orbe religioso dado se deshace transformado en profano, y viceversa. Los sacerdotes no le inspiran respeto, salvo sus confesores; sabe que muchos de ellos actúan sin vocación, que se duermen mientras dan misa, que se distraen en sus oraciones. Aunque asiste a los oficios, no lo considera imprescindible; se escapa durante los sermones, que considera soporíferos. Toma la eucaristía, y analizamos que erige una compleja teoría en torno a ella; pero considera innecesaria la confesión auricular: prefiere las pláticas vis-a-vis con sus amigos agustinos. Ya vimos que la ascética no es lo suyo, y no practica los ejercicios ni ignacianos ni de orden alguna. El mundo académico también le es superfluo: ¿qué le importan “Doctores, Licenciados y Bachilleres” si ella misma ha sido declarada Doctora en los cielos, superior a Teresa y a la Monja de Ágreda? Los “teologillos” valen tanto como los fruteros del mercado a la hora de mostrarnos al verdadero Dios; a muchos ya les está esperando el Infierno por su soberbia. ¡Llega a decir que el propio Mahoma tenía más “letras” que ellos!

Se opone a que la Iglesia cobre por bautizos, entierros e indulgencias: los que lo hacen son peores que los “ingleses piratas”; después de todo, una de sus mayores labores es la de sacar ánimas del Purgatorio, gratuitamente. Rechaza el divorcio, pero no per se; cree que una pareja que llega a ese deseo, jamás ha sido un verdadero matrimonio unido por Dios: culpables son los contrayentes, los padrinos y hasta el cura que los casó. Del mismo modo, las segundas nupcias de personas mayores: si no hay actividad sexual, ¿para qué casarse? Posiblemente aquí haya una crítica solapada al tema de los entuertos que venían después por cuestiones de herencia.

Ángela goza del roce con las elites y de los convites en las mansiones de las grandes familias; tiene ínfulas de ser descendiente de la Casa Real de Castilla. Pero es en las acciones donde vemos su profundo apego a los más desheredados. Desea que, a su muerte, sea declarada “Patrona de los mineros”, la clase más sufriente, la de los trabajadores desahuciados por excelencia en una esclavitud apenas embozada detrás de leyes y cédulas reales. Ya la compensarían aportando plata para su culto e imágenes. Ella, que ha sido declarada Madre en los cielos, decide serlo también sobre la tierra; adopta como hijo a un indiecito, que también participa de arrobos y visiones. La Inquisición asimismo estará a punto de aprehenderlo, pero felizmente se toma las de Villadiego a tiempo.

angela5.pngPero donde más resaltó la capacidad antidiscriminatoria de nuestra criolla fue en el sonado caso de Nicolás de Ayllón (1632-1677; algunas fuentes dan erróneamente 1710 como fecha de su deceso). Nicolás era indio, hijo de cacique moche, y había nacido con el apellido Puycón en Llampallec (actual Lambayeque); allí se estableció la doctrina franciscana de Chiclayo. Fray Juan de Ayllón fue uno de los principales doctrineros, y Nicolás quedó bajo su tutela y adoptó su apellido. Con él se trasladó a Lima, intentó la vida conventual, pero luego se convirtió en simple laico, tomando el oficio de sastre. Se hizo fervoroso devoto de la Inmaculada, y comenzó su larga labor de caridad: en los hospitales de indios, y, ya casado con la mestiza Jacinta Montoya, fundó una casa con oratorio… para el sostenimiento de españolas empobrecidas. Llevó una vida ascética dedicada a los pobres, y tras morir en olor de santidad, se le hizo un funeral apoteótico y comenzó a dar pábulo al culto popular. Su viuda, que ahora se hacía llamar María Jacinta de la Santísima Trinidad, comenzó a gestionar el proceso de beatificación, con el apoyo del Arzobispo y la previsible oposición de la Inquisición, que ya vimos que hasta a Rosa se había opuesto y mucho menos quería negros e indios en el Empíreo. Con todo, el trámite se inició, y la principal testigo, como antaño Luisa Melgarejo para Rosa o Francisco Solano, fue Ángela, quien vio a Nicolás junto a Jesucristo, sacando ánimas del Purgatorio, y con la misma gloria del Rey David. En 1684 el jesuita Bernardo Sartolo, catedrático de Artes en el Colegio de Santiago, publicó en Madrid el libro Vida admirable y mverte prodigiosa de Nicolàs de Aillòn y con renombre más glorioso Nicolàs de Dios, natvral de Chiclayo en las Indias del Perv, con licencia eclesiástica y donde se recogía el testimonio de Ángela. El libro incluso conoció una reedición en 1689. Hemos dado con el mismo y el testimonio:

Vna gran sierva del Señor, cuya virtud està muy acreditada, assi por la sinceridad con que la professa, como por el Padre espiritual que la guía, que es de los mas señalados en espiritu, prudencia, y juyzio acerca de la direccion de almas, fue la primera à quien comunicò Dios la noticia de la gloria adonde caminava Nicolàs, porque la tiempo en que se acercava á su dichosa muerte, y estava ya para entregar su espiritu, viò los Angeles Santos, que estavan en el ayre, assistiendole y acompañandole dulcemente en aquella hora, y como esperando con ansias, que se desprendiesse aquella pura alma de la carcel del cuerpo para bolar con ella à la patria celestial. Viò assimismo que el demonio estava a la puerta del aposento, pretendiendo entrar en èl para vencer, si pudiesse, en aquel conflicto de la muerte, à quien no avia podido rendir en la vida; pero los Angeles le salian al encuentro, y le embargavan el passo, reprimiendo su ossadia, y malignidad, sin permitirle, que entrasse adonde ellos estavan, ni que turbasse la paz y tranquilidad con que moria el siervo de Dios, y compañero suyo Nicolàs. En acabando de dar el postrero aliento viò à su alma felicissim

a vestida de gloria, y de inmortalidad, ataviada con un ropage blanco, y hermoso, y coronada con una guirnalda de bellas flores, que traìa sobre su cabeça, la qual para hazer su entrada mas triunfante en aquella celestial Gerusalen, se passò primero por el Purgatorio, no para padecer en èl, sino para aliviar à algunas almas que padecian (…) Entrò à posseer un grado muy alto, y elevado. Assi lo entendiò esta misma persona, mirando al Siervo de Dios Nicolàs en un lugar muy levantado, y vezino del trono Magestuoso de Christo nuestro Salvador, y semejante en los resplandores de su gloria à otros muchos Santos, en cuya compañia se hallava, de los quales era uno el Santo Profeta, y Rey David…         

Nos interesa acotar, 1) que hasta donde sabemos, este es el único testimonio escrito sobre Ángela procedente de la península, aunque no se la mencione por nombre; 2) la alta estima en que se la tenía como “sierva” de Dios; 3) que la criolla es la única que se atreve a dar “pruebas” del tránsito celestial del indio, mientras que los otros testigos solo aducen milagros de conversión, curaciones o hallazgos de esclavos y de objetos.

Pero al llegar a Lima, el libro fue prohibido e incautado inmediatamente por el Tribunal, junto con el expediente arzobispal de la beatificación. Aunque en 1711 –ya muertos Ángela y el Inquisidor Varela- llegaron Cartas Apostólicas solicitando el expediente: Roma seguía interesada en Nicolás. El Santo Oficio mintió descaradamente: dichos papeles jamás habían estado en su poder… Y Nicolás nunca fue canonizado.

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Tan famosas como sus visiones, fueron las capacidades taumatúrgicas de Ángela, basadas en la magia simpática de los objetos. Por supuesto que más tarde, en las indagaciones inquisitoriales, salieron a la luz los múltiples casos fallidos, pero en tanto toda la ciudad de Lima, y aún ciudades lejanas (“hasta Roma”), se llenaron de los globulillos de Ángela, casi su marca de identidad, y de rosarios, espadas, dagas, cencerro, velas y demás objetos bendecidos. El fervor popular llegó a puntos insólitos: se recogían y guardaban como reliquias las uñas que se recortaba, sus muelas podridas, los pañuelos ensangrentados cuando sufría alguna herida, sus zapatos viejos, sus enaguas, mechones de pelo, harapos descartados… Muchos hasta encargaban cajitas de plata del Potosí como relicarios para esas menudencias.

Los globulillos eran recogidos directamente en el cielo; y eran tanto que hasta el propio Cristo se hartó un día de bendecirlas y le dijo si “esto es cosa de fruteras?”. La Inquisición apuntó que “para acreditar mas su engaño decia, que la bendicion de cuentas y rosarios no se hacia frecuentemente, sino en dias señalados, y festividades de Nuestra Señora de la Vírgen María, y de algunos santos, y que según los dias de su bendicion eran las gracias y prerrogativas que tenian, diciendo: que las cuentas benditas en dia de San Gerónimo tenian virtudes para convertir infieles, las de San Francisco y San Juan de Dios, para la Providencia, las de San José, para guardar castidad, las de San Nicolás, para llagas y heridas, las de Santa Teresa, para tener oracion, las de San Ignacio de Loyola, para ahuyentar al Demonio, las de San Miguel, para que no entren ladrones en casa, las de San Juan, contra la peste, rayos, gotacoral, mal de corazon, y para mujeres de parto, las de Señora Santa Ana, tenian muchas gracias é indulgencias para la hora de la muerte, las de San Agustin, para tener mucha luz y fe, las de San Andres para restaurar el juicio perdido”. Nótense estos detalles: los atributos que Ángela da a estos santos no siempre coinciden con los habituales en el imaginario católico, erudito o popular; y no aparece Santo Domingo ni ningún dominico. En otras oportunidades, las cuentas, usadas en el lecho de muerte, servían para ahorrar años en el Purgatorio u obviarlo completamente. Y hasta llegó a usarlas para sanar una hemorragia del propio Jesús…

Al presente podemos considerar estas prácticas como supersticiosas o dignas de un curandero charlatán; sabemos así mismo que, con variaciones tenues o adaptadas a los nuevos tiempos, continúan hasta hoy incluso entre miembros fieles de cualquiera de las grandes religiones universalistas. Pero retrotrayéndonos a la América hispánica (o lusitana) del XVII, eran un fenómeno harto común, desde las elites a las clases bajas, mezclando supuestos objetos de santos y de personas vivas que la misma sociedad “canonizaba” (i.e., las reliquias de Ángela son más un producto de Lima que de la propia Ángela); junto a ellos convivían los idolillos y amuletos indígenas, y los fetiches africanos, algunos de ellos traídos por los esclavos desde el mismísimo continente negro, como recientes investigaciones han demostrado. Las “reliquias” y cuentas de Ángela, pese a los respingos inquisitoriales, hunden sus raíces en la religiosidad católica, que en vano había intentado frenar esa praxis en pleno Medioevo (IV Concilio Lateranense), y más recientemente en Trento, tras las acusaciones de “idolatría” formuladas por Erasmo, el protestantismo y muchos teólogos romanos reformistas. Pero el breve freno duró muy poco, recrudeciendo en el XVII tanto en España y Portugal como en sus colonias ultramarinas. Y digámoslo de una buena vez, bajo la vista gorda de los propios clérigos, cuando no eran ellos mismos asiduos coleccionistas. Del mismo cuño son otras prácticas de Ángela, como la videncia, la curación a distancia, la bilocación o ubicuidad, o la emulación de experiencias de santos populares: la criolla recibirá los estigmas como San Francisco,  predicará a los peces como San Antonio de Padua, llenará el mundo de azucenas como de rosas Santa Rosa de Lima…

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El resto de la historia es previsiblemente triste. Será detenida por la calesa verde (y noctámbula) de la Inquisición en 1588; tiene casi 50 años y, para los parámetros de la época, es casi una anciana: en el siglo XVII, la expectativa de vida variaba entre 25 y 44 años según las regiones. Ricardo Palma brinda una tradición oral, en apariencia fútil, como causal de su detención:

En el Mapa, curioso periódico que por los años de 1843 publicó en Lima el cronista Córdova y Urrutia, hemos leído que la Carranza iba, en un día lluvioso, por la calle del Rastro, y que por cuestión de acera tuvo reyerta con un fraile francisco. Este cogió a la beata de un brazo y la hizo caer sobre el lodo de la calle; pero tan influyente y respetada era Ángela, que la sociedad limeña se conmovió por el ultraje inferido a la predilecta beata y el pobre fraile purgó su pecado de irascibilidad con dos meses de encierro en la cárcel del convento. El reverendo era vengativo, y cuando se vio en libertad se echó a espiar a la beata, y tanto hurgó, que a la postre adquirió pruebas de que la Carranza no era santa, sino grandísima pecadora. Pertrechado con ellas, fuése el fraile a la Inquisición e hizo denuncia de forma.

Las cuestiones de “acera” eran todo un tema en los lodazales de la América colonial. Pero lo más probable es que el Santo Oficio la tuviera en la mira desde antaño, y de ser cierta la anécdota, solo sirviera como detonante de una “crónica de una muerte anunciada”. Seis largos años permanecería Ángela en prisión, a lo largo de los cuales se secuestraron los cuadernos con sus 7500 “foxas”, se detuvo momentáneamente a sus confesores y amanuenses, se reunieron las evidencias en su contra (testigos de sus obscenidades, de sus curas y videncias fallidas), se averiguaron sus antecedentes de “pecadora”, y se fueron incautando, so pena de excomunión y destrucción de las viviendas de sus dueños, todas la cuentas, rosarios y demás objetos bendecidos por la cordobesa, así como sus “reliquias”. También los retratos múltiples donde aparecía en sus arrobos o con simbologías marianas o apocalípticas. Al final del juicio, la Inquisición tenía una gran habitación repleta, claro sinónimo de la piedad popular de esa sociedad que se negaba a dejar de seguir configurando santos. Antes de la detención, un reputado y rico señor se había ofrecido a aportar la friolera de tres mil pesos fuertes para la impresión de los escritos.

No nos detendremos en los insoportables detalles de la lenta e implacable burocracia inquisitorial, ni en los interrogatorios ni en las torturas. Sabemos que el caso ocupó 11.000 páginas apretadas, que José Toribio Medina todavía pudo ver, en el XIX, en la aldea vallisoletana de Simancas; hoy solo resta un resumen de 100 páginas en el Archivo Histórico Nacional de Madrid, además de la relación del Dr. José del Hoyo. Los procesos estaban estandarizados y cualquiera puede reconstruirlos con la múltiple bibliografía que en torno a esta institución ha brotado. De hecho, ya hemos hecho buen uso de esos materiales, lamentablemente los únicos que se aproximan a lo que llamaríamos una fuente “primaria”. Lo que nos interesa es que ni las visiones ni revelaciones de la presa cesaron, ni, por un tiempo, su risa socarrona, su buen apetito y sus buenas horas de sueño. No aceptó comulgar, ni confesarse, ni pidió libros devotos. En uno de sus viajes chamánicos, se salió de las cárceles, apareció en la Catedral de Lima, y el propio San Pedro le dio la eucaristía. Antes de una sesión de tortura, se le apareció la Virgen con el niño en brazos, y lo depositó en su seno por más de una hora. Salió de esta experiencia “con una alegria interior muy grande, y por algun tiempo, como deseando elevarse el espiritu á modo de humo, sintiendo en su cuerpo, como á quien le hormiguea, ó hace cosquillas, y que se hallaba como medio borracha, con deseos de cantar y bailar”. Seguía siendo la de siempre. En otra oportunidad entran en la celda Cristo y María, y le prometen venganzas infernales a los denunciantes, despreciadores de sus globulillos, anatemizadores del revelado Misterio de Santa Ana y San Joaquín, y a los propios inquisidores. A lo último se fue quedando sorda; también halló explicación para esto: ya no podía escuchar bien los sonidos de la tierra porque Dios le había concedido descifrar la música de las “espheras”, que la aturdían todo el tiempo; la criolla lograba lo que Pitágoras había teorizado pero jamás alcanzado…

Pero no hay cuerpo que se resista demasiado al potro, ni ánima que guste probar la quemazón en vida. Ángela abjuró finalmente: era junio de 1694, y simplemente se atuvo a reconocer que el Tribunal (tribunal de uno solo, a estas fechas) y el Fiscal tenían razón en todo lo que se les antojase. Fue condenada a salir en Auto público de fe, en forma de penitente, vela verde en sus manos (símbolo de la esperanza de recuperar la Gracia), escuchar la lectura de sus crímenes, abjurar de vehementi, y permanecer reclusa en un monasterio a designar por cuatro años, comulgar al menos tres veces al año, no usar el hábito de agustina ni ser llamada Ángela de Dios, confesarse únicamente con clérigos que el Tribunal dispusiera, y no tocar papel ni pluma de por vida, so pena de relapsa. Tampoco podía regresar a su Córdoba natal, ni mucho menos viajar a Madrid (!), la capital del Imperio.

*

Un Auto de Fe era un espectáculo de masas, y debía ser cuidadosamente preparado; pero las cosas no salieron del todo bien. Programado para el 20 de diciembre de ese 1694, pudiera ser que no cumpliera con las expectativas de algunos (no habría ningún quemado, y los seis reos que acompañarían a Ángela eran casos menores), o por el contrario, que el odio que la Inquisición se había ganado se contrapusiera con la devoción que muchos limeños aún guardasen por su “santa”. Lo cierto es que a las dos de la madrugada de ese día, “sin saberse quien ni qué personas, con poco temor de Dios y de sus almas”, se produjo un incendio intencional en el edificio inquisitorial, que Varela intentó apagar en vano; fue necesario tocar a rebato las campanas de una iglesia vecina. Frailes, vecinos y la guardia del Virrey lograron sofocarlo. Realizado el Auto, el juez Varela apuntó por escrito la alegría de Lima al verse librada de semejante ponzoña; pero por la versión de Ricardo Palma nos enteramos que, al salir el coche con la rea, se produjo un tumulto que resultó en numerosos heridos: enfrentamiento en el que cabe sospechar dos bandos, uno partidario de un linchamiento, y otro de la liberación. La ceremonia resultó interminable: la sola lectura de la sentencia con los antecedentes duró seis horas, turnándose cuatro lectores ante un público granado encabezado por el “muy piadoso” Virrey Portacarrero; en el texto no faltaban reproducciones ad literam de obscenidades y otras yerbas: imaginémonos a las damas escondidas detrás de los abanicos para disimular la risa, el rubor o el aburrimiento. Todos los cuadernos y copias extractadas de ellos fueron quemados íntegros, perdiéndose para siempre; más tarde se haría lo mismo con los retratos, globulillos y reliquias, que en total sumaban “dos millones” de objetos. Por la noche, los muchachitos se entretuvieron quemando muñecos de paja que representaban a la condenada.

Nada sabemos del destino final de Ángela. Palma nuevamente recoge una tradición oral, según la cual “un mes después fué trasladada Ángela a un beaterio, donde es fama que murió más loca de lo que había vivido en sus buenos tiempo de escritora teóloga”. Lo del beaterio contradice la condena, que indica un monasterio como destino. En cuanto al diagnóstico… ahorrémonoslo. Preferimos imaginarla en deleites secretos, arropada por su “Señora Santa Ana”, la Virgen y Cristo, fuere en figura de niño o de delicado amante. Robando papel y pluma, o trazando invisibles grafitos en la celda de su senectud.

La existencia post mortem de nuestra escritora es difícil de reconstruir; según Palma, aún en sus tiempos (segunda mitad del XIX), su nombre había llegado “dando tema a multitud de consejas y sirviendo a las madres para asustar con él a sus pequeñuelos”. Algo de cierto debe haber, porque cuando el argentino Sarmiento escribe en el exilio chileno sus Recuerdos de provincia (1850) aún no habían salido a la luz los documentos exhumados por Odriozola y Medina; pero los datos biográficos que traza de la iluminada son bastante exactos: debió tener a la vista la Relacion…del Doctor del Hoyo en su original de 1695. Sin embargo, como sabiamente demuestra Ramón Minieri, el relato sarmientino cubre intereses domésticos más que historiográficos:

La selección de ciertos rasgos y no otros para trazar la semblanza, así como la ironía del texto del sanjuanino, pueden explicarse atendiendo a la intención que preside este libro suyo del exilio: la crítica a Rosas y los caudillos, a la Argentina “bárbara” que ellos representan. El verdugo de la Confederación, señala Sarmiento acto seguido, procede del mismo modo que otrora lo hacía la Inquisición. A falta de verdaderos herejes, el Santo Oficio indiano los simulaba: perseguía, y en la persecución misma fabricaba, esta heterodoxia útil de las risibles beatas;  de igual modo el rosismo, no teniendo unitarios para ejecutar, se encarniza con Camila O’Gorman, su hijo y su amante “para hacerlos matar como a perros, a fin de refrescar de cuando en cuando el terror adormecido por la abyecta sumisión de los pueblos envilecidos. El despotismo brutal nunca ha inventado nada de nuevo.”

En el famoso ideologema “civilización i barbarie”, Inquisición y rea serían la cara y cruz de un atávico salvajismo. Los testimonios posteriores de Gutiérrez y Granada, ya están del todo atravesados por el Positivismo, para el cual Ángela solo puede ser el fruto degenerado de irracionalismos indignos de toda conmiseración, o una patología para poner bajo la lente del higienismo, la frenología, el lombrosianismo, esas versiones “médicas” del panóptico foucaultiano.

*

Debemos poner fin a este ensayo, que se ha prolongado demasiado en comparación con los anteriores; la razón es algo obvia: Ángela, pese a la fama que gozó en vida, hoy está en los arrabales de la historia, e incluso más allá, en ese campo abierto que es casi tierra ignota. Quisimos, modestamente, sacarla de ese olvido y sin el exotismo con que lo hicieron nuestros predecesores del XIX. Hemos tratado de brindarle un contexto y demostrar que no es un producto exógeno de la sociedad de su tiempo. Comparte con ella la obsesión mariana, la apocalíptica, la visionaria. Está rodeada de muchísimas otras mujeres, más o menos condenadas al olvido como ella, tanto en la península Ibérica como en el Orbis Novus colonial que va del Río Bravo al Biobío y el Plata. No es, ni mucho menos, un producto ex nihilo, sino la expresión radical de una catolicidad popular de la que se han apoderado las mujeres del XVII, toleradas muchas de ellas, perseguidas otras en tanto cuestionadoras de un status quo esencialmente masculino, vertical y jerarquizado, que Ángela se ha atrevido a quebrar totalmente y a horizontalizar, constituyéndose ella misma en un microcosmos con pretensiones de centralidad. Contra la flagelante y sumisa religiosidad de Rosa, la cordobesa levanta una carnavalesca, una visión dionisíaca del mundo, donde funden fronteras lo sagrado y lo profano. Una religión de la alegría y de la risa, del canto y del baile, pero que también es capaz de una especulación sistematizable, pese a la fragmentación estigmatizante que quisieran enrostrarle sus enemigos. Es esa religión que por su fuerza intrínseca –contra las liturgias vacías, las rutinas agobiantes, el acento puesto en el dolor y el sufrimiento como santificadores, las jerarquías en continua disputa- atrae a élites y masas, cada una con sus desasosiegos propios, la que las máquinas de disciplinamiento y control no podrán soportar, reduciéndola vía el ridículo, el hostigamiento, la destrucción literal (i.e., de los escritos) y todos los engranajes del armazón inquisitorial.

El Orbis Novus se nos muestra así no solo como un territorio simbólico de grandes esperanzas –Nueva Iglesia, Nuevo Israel, Nueva Encarnación del Verbo- sino también de disputas, donde los eslabones más débiles terminan pagando las contradicciones de las ficcionalizaciones surgidas en el poder, pero escapadas muchas veces de su égida.  

 

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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Ensayos
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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
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