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21 agosto 2011 7 21 /08 /agosto /2011 20:34

 

Artículo publicado en Suplemento Cultura, diario © La Capital, Mar del Plata, 21 de agosto de 2011.

 

 

 

http://literaturanordica.blogspot.es/img/Kier_trotta.jpg


Juan C. Sánchez Sottosanto 

 

A mediados de julio tuve el honor de presentar, junto al Dr. Pablo Andiñach, una traducción realizada por argentinos del librito Para un examen de sí mismo recomendado a este tiempo, del pensador danés Søren Kierkegaard (1813-1855). Realizamos el acto en la Biblioteca Kierkegaard y en la Iglesia Luterana Dinamarquesa, en el barrio porteño de San Telmo. Pero lo que sigue no será ni un anecdotario del evento, ni la reseña típica de un libro. Desde las opacas tapas de ese objeto recién salido de Editorial Trotta, una de las más prestigiosas de España, trataremos de hallar espejos y ángulos diversos para mirarnos. Las tan mentadas paradojas de Kierkegaard dan pie a ese oxímoron.

Hablemos de traducciones: Hay ocasiones en que celebrar la traducción de un clásico añejo es más gratificante que la edición de un libro modernísimo. Y más si se trata de Kierkegaard. Y más si se trata de esforzados argentinos tratando, con pobres medios, de darnos un resultado de prístina belleza. Y más si ese libro se traduce por primera vez al castellano, aunque hayan pasado exactamente 160 años desde su original danés. Es que hasta los canónicos nos llegan con retraso. Kierkegaard no ha tenido demasiada suerte en nuestro idioma, pese a los pioneros esfuerzos de Miguel de Unamuno por vulgarizarlo. En primer lugar, la danesa es una lengua relativamente exótica, para la cual no siempre ha habido traductores idóneos y empapados en el pensamiento nada fácil de este caballero de Copenhague. En segundo lugar, desde los esfuerzos de Ortega y Gasset en adelante, se cometió uno de los pecados capitales de la traducción (y lo mismo sucedió con Andersen), a saber, la retraducción; sus obras nos llegaban a través del inglés, del alemán o del italiano. En tercer lugar, se creyeron como más representativos algunos títulos (Temor y temblor, Concepto de la angustia, La enfermedad mortal del hombre), que fueron los únicos leídos (y a veces maldecidos) en las academias de habla hispánica. Como veremos, se trató de un error, un error nacido de un juego bastante socarrón del propio escritor. Por último, vergonzosamente aún carecemos de sus Obras Completas en español: las tenemos de Platón, de Kant, de Spinoza, de un largo etcétera, pero no de nuestro amigo. Editorial Trotta está tratando de subsanar esa laguna; este librito es el segundo realizado por este equipo de argentinos. El primero fue El instante, editado en 2006.

Conozco personalmente el raro cenáculo que lo conforma; lo dirige Andrés Albertsen, líder de la iglesia dinamarquesa en la Argentina, y lo secunda un interesante conglomerado de filósofos, feministas, psicoanalistas, creyentes y ateos, ¡kierkegaardeanos y hasta antikierkegaardeanos! El resultado ha sido una prosa espléndida, un juego de cercanías y lejanías con ese genio de las brumas, literales y metafóricas.

Hablemos de Kierkegaard: Pero no demasiado, que no nos alcanza el espacio. Y no nos pidan sistematizaciones en un pensador que huyó de ellas como de la peste. Aquí entramos en un primer juegos de espejos: los profesores de filosofía siempre tratan de hallar un sistema o al menos un resumen dividido en ítems. Con Kierkegaard eso es imposible. Hoy se están “descubriendo” cosas que siempre estuvieron a la vista, como en cierto famoso cuento de Edgar Poe. Por ejemplo: como un Pessoa avant-la-lèttre, nuestro buen amigo traveseó con los heterónimos y el ortónimo; y sus heterónimos discuten entre sí, lo cual ya nos habla de cuánta atención debemos prestar a todo intento de reduccionismo y de lectura exclusiva de sus libros más divulgados en español, que son precisamente los seudónimos. Con su propio nombre firmó los textos más radicales, como éste que acaba de editarse, donde su voz se oye más fluida, menos críptica, más intimista pero también más intimidatoria para aquellos a quienes combatía: los hegelianos, y, sobre todo, las jerarquías eclesiásticas que, según él, habían creado una cristiandad diabólica y aburguesada en sustitución de un cristianismo responsable hasta la médula para consigo mismo y para con el prójimo – y ni que hablar para con Dios. Porque –oh segundo descubrimiento–, Kierkegaard, aunque los manuales nos sigan diciendo que fue un filósofo y un escritor de prosa poética exquisita (cosas irrefutables), es, ante todo, un teólogo, aunque él hubiera desechado esa palabra para sustituirla por algún sintagma como el de “cristiano en búsqueda”. La teología hoy puede sonarnos a anacronismo, a papeles con olor a herrumbre y chamusquina. Pero pensemos solamente en los “influidos” por nuestro caballero: Freud, Lacan, Heidegger, Sartre, Camus, Beauvoir, Kafka, Borges, Unamuno, Pío Baroja… ¡Y el cine! No se puede concebir a Dreyer, a Ingmar Bergman (que lo misturaba exquisitamente con Nietzsche), a Tarkovsky, a Lars von Trier sin nuestro Søren de fondo. En este listado azaroso e incompleto hay un denominador común: son o ateos o agnósticos. ¿Nos imaginamos a un Woody Allen influido por Maimónides o a un Antonioni por San Agustín? ¿Qué es lo que este torturado admirador de Sócrates, San Pablo, Lutero y, sobre todo, Jesucristo, logró para ser el último teólogo de occidente capaz de entrometerse en el pensamiento, en las letras y en las artes “de este mundo”? 

Hablemos de nosotros: Gran parte del librito se centra en la exégesis de un pasaje del Nuevo Testamento, más específicamente, la Epístola de Santiago. Un hombre pasa frente al espejo –metáfora en este caso de la palabra divina– y en vez de mirarse a sí mismo mira al espejo. Kierkegaard se extiende: ese hombre se cree seguro de sí mismo con su silla eclesial de los domingos, con su confort burgués, con la comodidad, con el escapismo. Es incapaz de mirarse y ver la enorme responsabilidad que como hombre porta sobre sus hombros. No piensa en la muerte y se consuela con un paraíso casi asegurado. No trabaja sobre sí. No es un individuo, sino un eslabón anónimo de una masa amorfa y alienante que lo despoja de su ser. No se enfrenta a la angustia, no entiende que ésta es un capital sagrado que hay que hurgar hasta el abismo insondable para, sólo entonces, ser hombre (y cristiano) en sentido pleno. Porque la angustia –anticipándose a Freud– no debe ser huida sino laborada en pos de nuestra plenitud. Sólo en esa labor ingente la libertad que nos fue otorgada moldea nuestra esencia precedida por nuestra existencia.

Pocos pensadores han exigido más de nosotros que Kierkegaard. Pocos pueden seguir constituyéndose, como él, en un espejo para nuestras miserias y nuestros arrastramientos por un status quo falso y que nos pervierte. Y ni el ateo más militante y avinagrado ha logrado una crítica tan feroz del cristianismo, y haciéndolo de yapa desde adentro y desde las fibras más íntimas. El tiempo ha pasado pero no la actualidad de nuestro autor. Bienvenidos sean libros como este, espejos inexorables, bienhechores del hombre que no se resigna a ser una cosa más entre las cosas.

 

 

 

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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Ensayos
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  • : El blog de Juan Carlos Sánchez Sottosanto
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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional. Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".

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