
Todos los días a las trece horas
tomo el llavero con sus treinta llaves
y uno a uno despierto a los armarios,
y a los sueños dormidos, y al polvillo.
Itinero los ojos por los rótulos parcos
que organizan el mundo en tan solo unos metros;
la tabla CDU no hace del cosmos
un orden sino apenas un azar numerado.
Después vendrán los otros entreabriendo las puertas,
y algunos anaqueles conocerán el sismo.
Las manos gastarán el papel ya gastado.
Las almas darán vida a las palabras muertas.
Mañana o trasmañana devolverán los libros;
los libros son muy púdicos; no cuentan los secretos
a su guardián, del viaje por las calles cansadas,
por las mochilas hartas, por los lechos nocturnos.
Se ignoran entre sí; y a mí mismo me ignoran:
los amo y no me aman; apenas son mis cómplices.
Sin rencor de los ritos, como pájaros mustios,
esperan el minuto de correr los cerrojos.
Me despido y quién sabe si clavan su mirada
a mi espalda; me marcho desandando los pasos.
Sus sueños despertados en los encuentros íntimos
me restan tan vedados como cualquier misterio.
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