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12 julio 2010 1 12 /07 /julio /2010 04:43

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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a todo escribidor que no teme a sus demonios

 

 

 

 


 

La paradoja de una escritura vuelta en contra de sí misma viene de larga data. Un pasaje del Fedro platónico (274 C ss.) ya ha sobrevenido en un clásico al respecto. Jaeger lo sintetiza y explica así:

 

No por el hecho de ser [la escritura] una invención genial debe considerarse como grata a Dios. El mito de la invención del arte de la escritura, es decir, de los signos escritos, por el dios egipcio Toth, sirve para esclarecer esto. Cuando el dios acudió con su nuevo descubrimiento a Thamos de Tebas, jactándose de brindar al hombre, con él, un recurso salvador para su memoria y, por tanto, para su saber, Thamos le contestó que la invención de la escritura serviría, por el contrario, para descuidar la memoria y llevar el olvido a las almas, pues el hombre se confiaría a lo escrito, en vez de grabar el recuerdo vivo en sus propias almas. Y de este modo se cultivaría una falsa sabiduría en vez de un verdadero saber.

 

¿Por qué Platón condescendió, sin embargo, a la palabra escrita? Quizás la respuesta esté en la Carta VII que se le atribuye, donde explica que lo más importante de su doctrina no ha quedado en sus textos sino en sus conversaciones y clases; de ahí la famosa discusión posterior sobre una doctrina platónica esotérica que se habría perdido. Otra explicación podría darse en lo formal; Platón opta, no por el arduo tratado, sino por el diálogo, un diálogo no para ser representando a la manera del arte trágico de sus contemporáneos, sino quizás como mímesis de las “aladas palabras” según la feliz expresión de Homero. Por último, una tercera posibilidad se da en el final del propio Fedro: la verdadera escritura queda en el alma, la otra servirá para que algunos la entiendan y otros no, y sea necesario entonces un mediador, un vicario; respuesta que es casi una resignación y una extravagancia de la libertad creadora al mismo tiempo.

 

Muchos han seguido esta huella del Fedro platónico; me viene a la mente el poema de César Vallejo donde, enumerando un sucedáneo de miserias humanas, el poeta se pregunta cómo escribir un poema después de esa visión, poema por cierto que es el que plasma esas preguntas.

Pero es a un texto menos conocido sobre el que quiero llamar la atención. Primero, porque este texto no solo es escritura sino que alguna vez fue Escritura, así, con mayúscula, y de una forma u otra influyó en los tres monoteísmos, es decir, en aquellas religiones que el Corán, tan nítidamente, ha llamado “Pueblos del Libro”.

 

*

 

El Henoc “canónico” del Antiguo Testamento apenas si ocupa cuatro versos en el capítulo 5 del Génesis; por ellos nos enteramos que fue el único justo entre sus contemporáneos, que vivió “solamente” 365 años y que Dios lo tomó, no se dice bien cómo, aunque después se explicaría como un arrebato o una ascensión a los cielos. Su mención precede a los no menos enigmáticos versículos iniciales del capítulo 6, mal conservados en hebreo, donde se habla de “hijos de Dios” que copulan con “hijas de los hombres” y dan a luz o conviven con gigantes, nefilim, que llenan de maldad la tierra y hacen necesaria la intervención de la ira de Dios a través del Diluvio. Evidentemente, en ambos casos los redactores del Pentateuco contaron con fuentes tanto mesopotámicas como cananeas que trataron de podar y asimilar al monoteísmo yavista. No es difícil intuir tras la edad de Henoc un mito solar, ni tras los “hijos de Dios” a seres celestiales que, contra el deseo de Dios, se mezclan en algo más que camaradería con los humanos. Posteriormente, el relato será la base de la creencia en ángeles caídos y en la construcción de toda una “ciencia” de la demonología.

Fue justamente lo escueto y quizás censurado del relato, lo en blanco de los espacios, aquello que despertó la fantasía febril de escritores posteriores, que situamos entre el siglo II a.C. y el VII d.C. aproximadamente, constructores de todo un ciclo de relatos sobre Henoc y del que han sobrevivido varios libros. Así, se habla de un 1º de Henoc o Henoc Etíope, de un o Henoc Eslavo, de un Henoc Hebreo, de un Copto y de un Arameo, este último muy fragmentario hallado entre los manuscritos del Mar Muerto y que parece ser una versión primitiva del etíope. Es que las designaciones de Henoc etíope, eslavo, etc., no responden a las lenguas originales en que fueron escritos sino sencillamente a aquellas en que se conservaron en versiones más o menos íntegras. De todos ellos, el Henoc Etíope es el que más interesa para conocer el pensamiento judío contemporáneo no solo al cierre del Antiguo Testamento sino al surgente cristianismo, sobre el que mucho influyó.

Tal como nos ha llegado hoy, los eruditos no han tardado en descubrir cosmovisiones y pasajes contradictorios dentro del propio texto, y una suerte de débacle en su ordenamiento. Es, por cierto, una unificación bastante artificial de varios documentos previos, algunos muy antiguos. No es este el lugar para hablar de esos estratos. A grandes rasgos, el Henoc Etíope es un claro expositor de la literatura apocalíptica surgida en Israel como fruto de la crisis del profetismo clásico y del advenimiento de una serie de catástrofes que no solo pusieron sobre el tapete de la duda muchos supuestos de la teología previa sino que trataron de dar un consuelo inmediato, proclamando bastante transparentemente que los imperios que sucesivamente dominaban al pueblo judío serían aniquilados por la intervención divina y mesiánica. Al mismo tiempo, amplió el relato breve del Génesis con infinitos detalles sobre la maldad de los ángeles caídos, el diluvio, visiones astronómicas de Henoc, previsiones del futuro. El texto gozó de mucho éxito; rondó los suburbios del canon y fue tenido a veces por sagrado tanto dentro del judaísmo como del cristianismo; fue citado como Escritura inspirada no solo por los primitivos Padres de la Iglesia sino que se lo encuentra parafraseado en varios puntos del Nuevo Testamento, y citado textualmente en la breve Epístola de Judas. Con el tiempo, fue cuasi execrado y olvidado; sólo la Iglesia Etíope lo siguió considerando venerable y lo conservó en su idioma. Luego se hallarían algunos fragmentos en griego y, como queda dicho, en arameo, gracias a los monjes esenios de Qumrán.

ethiopia_art01.jpgYa indicamos que, fruto del ensamblaje, el libro no desconoce las contradicciones. A su protagonista se le conceden libros celestiales y se le hace escribir sus visiones. Inopinadamente, también se le dice que la escritura es un arte que los demonios enseñaron a los hombres. Esto va más allá de toda crítica a la civilización a la que los textos que hoy conservamos en el canon bíblico se habían atrevido. Así, por ejemplo, en el relato sobre Caín (Génesis 4) nos enteramos que es a esta raza maldita que le debemos la agricultura (contra el nomadismo primitivo), la construcción de la primera ciudad, la metalurgia y la consiguiente invención de las armas. Pero nada se nos dice de la escritura, no hay relato etiológico alguno sobre ella. En el tardío Eclesiastés, el autor se lamenta de que el aumento del conocimiento aumente el sufrimiento, y cierra hablando sobre lo fatigoso que es leer o acumular demasiados libros. Pero nada más.

Quizás el pasaje cobre más sentido si dejamos de lado un lugar común bastante extendido. Para muchos hoy, la Biblia explica el origen del mal y, por lo tanto, la teodicea, con la famosa caída de Adán y Eva. Es cierto que dicho mito, puesto casi al principio del texto bíblico, pareciera ser la explicación; la verdad es otra. Muchos escritores bíblicos posiblemente ni siquiera conocieron el relato; la pareja original apenas si reaparece en las muchas páginas de la Biblia Hebrea, lo cual al menos es señal de indiferencia. Le debemos a San Agustín y a su mala lectura de un pasaje de San Pablo (Romanos 5:12) el dogma del pecado original. El judaísmo y aún el cristianismo primitivo se permitieron otras alternativas.

En Henoc no hay mención alguna de un pecado original; aunque Adán y Eva aparecen, lo suyo es solo desobediencia, pero su pecado no se transmite a su progenie. La causa del mal es sobrehumana; los ángeles caídos al tiempo del diluvio, puestos bajo las órdenes de un tal Semyaza, producen una suerte de contaminación, una impureza nacida de la mezcla y de la revelación de secretos a los hombres. Entre estos secretos que al hombre no le corresponde saber y que los ángeles han introducido, ocupa un lugar de privilegio la escritura.

El capítulo 69 del Henoc Etíope da un nomenclador de los ángeles caídos y sus funciones:

 

El cuarto se llama Penemué: éste mostró a los hijos de los hombres lo amargo y lo dulce, y todos los arcanos de su sabiduría. Él enseñó a los hombres la escritura con tinta y papel, a causa de lo cual son muchos los que se extravían desde siempre y hasta siempre, hasta este día. Pues los hombres no fueron creados para semejante cosa: con tinta y papel fortificar su fe. Pues no fue creado el hombre sino como los ángeles, para permanecer justos y puros, y la muerte que todo aniquila no los hubiera alcanzado; sin embargo, a causa de ese saber suyo perecen y por esta fuerza son consumidos.

 

Texto sorprendente: conocemos la muerte porque conocemos los arcanos de la escritura. Y ¡vaya!, la escritura en nada sirve para fortificar la fe...

El judeocristianismo no puede prescindir de la noción de una revelación, de un canon; a la Biblia Hebrea, los judíos agregaron una “ley oral” que fue necesariamente puesta por escrito en la Misná y la Guemará, conformando ambos el Talmud. Los cristianos se han debatido sobre si la tradición debe agregarse al canon como fuente inspirada; sabemos de la radicalización de Lutero al respecto: sola fides, sola scriptura. Un par semántico que el autor de Henoc habría negado rotundamente. Pero que el propio autor no pudo no dejar de poner por escrito.

Los relatos del libro de Henoc pulularon infiltrados en los escritores cristianos primitivos, que llegaron a considerarlo como Escritura. Bajo el nombre de Idris, Henoc forma parte en el Corán de los grandes profetas del Islam, religión logocéntrica por excelencia.

Como venganza secreta de Alguien o de algunos, ese carácter sagrado se esfumó y el libro estuvo a punto de perderse, salvo en la periférica lengua de los etíopes.

El absurdo de una Escritura contra la Escritura era una paradoja digna de un dios tan extraño como cualquier otro. Pero era humanamente insoportable. Hoy sabemos de ese texto y de los demonios que crearon el mal en forma de escritura sólo a través de ediciones disponibles a pocos.

Con todo, desde siempre, los demonios interiores nos siguen dictando fonemas y morfemas, nos siguen obligando a hilvanar líneas y sintagmas y poemas, o textos prescindibles, como este que ahora finaliza.

 

 

Algunas fuentes utilizadas

 

Biblia de Jerusalén. Nueva edición revisada y aumentada. Bilbao: Desclée de Brower, 1998.

Borges, Jorge Luis: Borges, oral. En: Obras Completas IV. Buenos Aires: Emecé, 1996.

Díez Macho, Alejandro: Apócrifos del Antiguo Testamento. Tomo I: Introducción general. Madrid: Ediciones Cristiandad, 1984.

Díez Macho, Alejandro (ed.): Apócrifos del Antiguo Testamento. Tomo IV: Ciclo de Henoc. Madrid: Ediciones Cristiandad, 1984.

Frazer, Sir James: El folklore en el Antiguo Testamento. México: Fondo de Cultura Económica, 2004.

Graves, Robert; Patai, Raphael: Los mitos hebreos. Madrid: Alianza Editorial, 2007.

Jaeger, Werner: Paideia: los ideales de la cultura griega. México: Fondo de Cultura Económica, 2002.

Nestle-Aland (eds.): Greek-English New Testament. Stuttgart: Deutsche Bibelgesellschaft, 1998.

Platón: El banquete. Fedón. Fedro. Trad. de Luis Gil. Barcelona: Orbis, 1983.

Vallejo, César: Obra poética completa. Ed. de Enrique Ballon Aguirre. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1985.

Vernet, Juan (ed.): El Corán. Buenos Aires: Debolsillo, 2004.

 

 

 

Imágenes: Manuscrito del siglo XV del Henoc Etíope; una muestra de arte etíope medieval.

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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Ensayos
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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
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