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18 enero 2010 1 18 /01 /enero /2010 00:59




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Escrito en colaboración con Ana Lía Vilgré La Madrid

 

 

En un número del diario dolorense La Patria del año 1878 aparecía el siguiente anuncio: “Los gauchos. Cuentos y costumbres de estos habitantes de las pampas de Buenos As. Obra escrita en verso por Manuel F. Lángara. Se vende en el almacén Dolores, Perú y Uruguay, precio 20 pesos- Quedan pocos ejemplares”.

Estos ejemplares que ofrecía La Patria, editados en Buenos Aires por la “Sociedad Anónima de Tip., Lit. y Fundición de Tipos a vapor. Calle Belgrano 189” en 1878, hoy están prácticamente desaparecidos. En 1943, el folklorista y etnógrafo dolorense Ismael Moya[1] realizó una edición facsimilar, prologada y anotada por él mismo, a partir de un ejemplar de Raúl A. Eliçagaray, que en su estancia “La Cautiva” había reunido una biblioteca especializada en asuntos históricos y folklóricos. Esta edición también fue limitada: solamente 250 ejemplares numerados, de modo que también se ha convertido en una rareza de bibliófilos. Fue realizada por la casa editora Librería Cervantes, perteneciente a Julio Suárez. Para este estudio hemos tenido acceso al ejemplar 150.[2]

Nos ubicamos en el año 1878, es decir en el apogeo de la literatura gauchesca. En 1866 Estanislao del Campo publicaba el Fausto. El año 1872 fue especialmente fecundo: José Hernández entregaba El gaucho Martín Fierro; el uruguayo Antonio D. Lussich publicaba Los tres gauchos orientales e Hilario Ascasubi editaba la versión definitiva de Paulino Lucero, Aniceto el Gallo y Santos Vega o los Mellizos de la Flor. En 1873 Lussich publica El matrero Luciano Santos, al mismo tiempo que se suceden constantes reediciones del Martín Fierro. Falta un año solamente para la publicación de La vuelta de Martín Fierro.

¿Quién fue Lángara? Son pocos los datos que poseemos.[3] Moya nos informa: “Los discípulos de tales maestros [los grandes poetas gauchescos] fueron numerosos y ahí quedan diarios, revistas y colecciones poéticas para comprobarlo. Esta vocación (...) por la literatura gauchesca, sedujo también a muchos españoles que, maravillosamente adaptados al ambiente bonaerense, fueron psicológicamente gauchos. Tal es el caso de Manuel F. Lángara, vasco de letras, que anduvo por estancias y poblados adentrándose en el aprecio de los hombres con las sonoras claves de sus versos criollos. Pocos antecedentes exactos se tienen de este poeta. Don Justo P. Sáenz, hijo, me informa que según don Manuel C. Reguera, que falleció en 1936 a los 83 años de edad, Lángara era un vasco que se acriolló. A través de sus versos se advierte que conocía mucho al pueblo de Dolores, que en esa época vivía su edad de oro espiritual. También cita la estancia de Iturralde, el cerro de La Plata, las comarcas del Quequén, Carhué y Mar Chiquita, que con seguridad fueron recorridas por él en vaya a saber qué largas andanzas”.[4] Aportes posteriores del escritor azuleño Alberto Sarramone nos lo hacen afincado en Azul y el cercano Chillar.

 

El libro es una miscelánea de textos diversos que podemos clasificar así:

1.   Romances de relativa extensión: El baile (cuatro partes), La pulpería (tres partes), El amor y el interés, El desertor (tres partes).

2.   Romances breves: Una pavada, Una locura, Un asesinato impune, Tal para cual, Copia de la carta escrita por el gaucho Pajalarga declarando sus amores a Eduvigis Tarambana, Las demandas de Marica, El gaucho en la iglesia y dos Epigramas.

3.   Una obra de teatro en verso, titulada Los gauchos argentinos. Drama en un prólogo y dos actos.

 

En cuanto al aspecto formal, la estructura elegida es la del romance: versos octosílabos con rima asonante en los pares y libre en los impares, aunque no siempre se mantiene fiel, optando a veces por rimas consonantes con combinaciones diversas. En ocasiones esta fluctuación se percibe dentro de un mismo texto.

En los casos 1. y 2. la narración de los hechos mayormente se desenvuelve a través de diálogos, estando los interlocutores indicados por raya de diálogo o bien especificados al margen del texto. La forma dialogada ya había sido elegida por Hidalgo (Diálogos de Jacinto y Chano) y retomada parcialmente por Ascasubi, del Campo y Hernández (por ejemplo en el diálogo entre Martín Fierro y el Moreno), pero Lángara, a diferencia de los anteriores, generalmente hace intervenir más de dos dialogantes. En el caso de El amor y el interés incluso dos figuras alegóricas participan de la misma.

Con mucha naturalidad hace uso del lenguaje culto en los aspectos narrativos del texto, mientras que los personajes dialogan con las formas dialectales de los gauchos del sur, aunque Moya recrimina: “A veces, en medio de una misma composición de tono payadoresco ha deslizado formas cultas no usadas por nuestro hombre de la campaña”.[5]

La acción se introduce rápidamente, sólo en casos excepcionales se hace una introducción como presentación de ambiente. La siguiente destaca por su valor descriptivo:

 

No muy lejos de Dolores

Y de una laguna al lado

Hay un rancho de unas veinte

O treinta varas de largo.

Arriba del mojinete

Que al palenque está mirando,

Una banderita blanca

Ondea fija en un palo.

Y sujeto en la pared

De una puerta sobre el marco

Está un letrero que dice:

“Pulpería del milagro”.

Entremos á ver lo que hay

En este almacen estraño:

En la pieza principal

Que es la pieza del despacho

Se vén sobre los estantes

Y de la pared colgados

Los artículos que forman

El capital del Milagro.

Víveres, lozas, botellas

Cuchillos, hojas y jarros

Azadores y sartenes

Hachas, tenazas y clavos,

Medicinas y otras drogas

Géneros, ropas, calzados,

Botonaduras de plata,

Estribos, aperos, lazos

Y otra multitud de objetos

Heterogeneos y raros

Que completan el surtido

De estos bazares de campo.

Un mostrador defendido

Por un espeso enrejado

Al negociante separa

De todos sus parroquianos,

Detrás de él el dependiente

Que todavia es muchacho,

A los marchantes despacha

Y cobra lo despachado,

En tanto que su patron

Con gesto sombrío y ágrio

En un borrador apunta

Lo que le llevan fiado”[6]

 

El ejemplo anterior muestra uno de los ambientes preferidos del autor: la pulpería. Sabe recrear también otros ámbitos interiores: ranchos, iglesias de campaña, juzgados de paz, estancias. El cuadro costumbrista es creado a partir de una inclinación hacia la minuciosidad del detalle:

 

La pieza que para el baile

Doña Leonor ha arreglado,

Es un estrecho cuartujo

(...)

Los muebles de este aposento

Son mas sencillos y escasos

Que los que usara el más pobre

De todos los espartanos.

Una mesita que ostenta

Un tapete hecho con diarios,

Contiene media docena

De botellas y de frascos,

Dos vasitos y una copa

Y un atado de cigarros,

Diez sillas que á los vecinos

Pidió prestadas Sayago,

Eran para las Señoras

Los asientos destinados

(...)

De la pared cuelga un cuadro

Que representa á San Juan

Con su corderito al lado;[7]

Y en torno de él aparecen

Con alfileres clavados

Tres dibujos del Mosquito[8]

Extravagantes y raros.

(...)

Y en tres botellas vacias

Que sirven de candelabros,

Tres velas que luz y cebo

Derraman dentro del cuarto[9].

 

Llama la atención la ausencia de ambientes exteriores; la única excepción la constituye la introducción a El desertor, y aún allí no hay presentación directa de la pampa, como en la mayoría de los poetas gauchescos. Se limita a una extensa y no muy lograda descripción del amanecer y el despertar de la naturaleza.[10] Lángara prefiere refugiarse en festivas interioridades. Y esa mirada es más la de un testigo asombrado que la de un protagonista de esa realidad. Describe todo aquello que otro obviaría por formar parte de su entorno cotidiano, y al mismo tiempo parece desconocer las realidades de la pampa pura.

El momento histórico es el contemporáneo a Lángara, con la excepción del drama, como después veremos.

El gaucho es presentado desprovisto del carácter heroico que presenta en otros autores (el prototipo mostrado en El Desertor merece un análisis por separado). El atributo de masculinidad y el modelo patriarcal lo revisten de autoridad absoluta dentro del seno de su entorno. En El Baile, Sayago puede detener el tumulto general con la palabra y el gesto, y más tarde, con una sola orden dar cierre a la fiesta.[11]

Puede ser un oportunista político:

 

Yó mi voto le hé de dar

Al que me dé para botas.[12]

 

Y también un pícaro cuando se trata de mujeres merecedoras:

 

Decia un predicador

A la grey que le escuchaba:

Ustedes son mis ovejas

Y yó el pastor que las guarda.

Tendió el gaucho al oir esto

Por el templo una mirada

Y viendo que en el habia

Muchas y lindas muchachas,

Dijo entre sí suspirando

A la vez que las miraba:

“A malhaya fuera yó

Carnero de esta majada!” [13]

 

Estos gauchos son previos al Picardía y al Viejo Vizcacha de José Hernández; pero ya muestran algunos de sus rasgos: Lángara los anticipa.

En general, la ética de estos personajes es hedonista, el respeto es puramente formal, ninguna virtud es exaltada y las autoridades políticas, judiciales y clericales no influyen en sus vidas; más bien son objeto de chacota.

Es totalmente pragmático; puede burlarse de un cura [14]porque:

 

(...) usté tampoco sabe

A pesar de ser tan viejo,

Tirar las bolas á un potro

Ni echarle un pial á un ternero. [15]

 

Y en la alegoría El amor y el interés, ambos luchan y el interés triunfa.[16]

A la imagen tradicional de un gaucho con códigos de honor, Lángara contrapone la de un individuo que puede ser “inhumano”, ensañarse con el caído “hasta verle sucumbir” porque pocas veces se hermanan la valentía y la clemencia. El gaucho puede ser “Sagaz y artero en la lucha / Pero no siempre leal”, “sin escrúpulo” y condicionado “Por las máximas viciosas / De una mala educacion”. [17]

No se describe su vestimenta ni su apariencia física en contraposición con el detallismo que muestra en la descripción de interiores.

La mujer misma es mostrada en un rol totalmente desenfadado: en Tal para cual, Pepa Balija confunde el himeneo con el meneo, y está muy dispuesta a encargarse del segundo, aunque haya un cura presente. [18] En La demanda de Marica, el personaje no tiene reparos en exigirle al Alcalde el desagravio al honor dudosamente mancillado por un pretendiente que ahora la descarta por loca.[19]

Paradójicamente (siendo Lángara extranjero), al igual que en el Martín Fierro, el inmigrante es motivo de burla por ignorar las costumbres vernáculas. En Una pavada, un gallego recién llegado cree poder amasar fortuna rápidamente cuidando unos pavos; pero los pavos resultan ser avestruces y la tarea se complica.[20]

Como ya hemos ido señalando, el humor juega un rol más que importante; y si bien el humor aparece en toda la poesía gauchesca, en Lángara es fundamental. Es su motivo para escribir, y lo utiliza en todos sus matices: desde la ironía sutil hasta el tono desopilante. De hecho, cuando quiere hablarnos con seriedad, su mensaje se torna descolorido y superficial.

Un ejemplo de esto se ve cuando introduce la temática social. El Desertor reproduce la historia de Martín Fierro, que era un destino más que común entre los gauchos de la época: el personaje es arbitrariamente enrolado en la milicia de fronteras, lamenta su próspero pasado perdido, su mujer se ha visto obligada a irse con otro hombre, y él se enfrenta a la autoridad y toma la decisión de desertar. La dependencia con el texto hernandiano es por momentos literal:

 

      Y solo hallé una tapera

Llena de cardos y ortigas. [21]

 

La obra dramática Los gauchos argentinos, pese a tratarse de una pieza ingenua y mediocre, merece un tratamiento aparte en vista del contexto histórico en el que fue creada.

Para eso debemos hacer una breve reseña histórica de nuestro teatro nacional. Sabemos que a fines del siglo XVIII el virrey Vertiz y Salcedo se convirtió en el patrocinador del Teatro de la Ranchería (1783), primitivo edificio posteriormente incendiado.

Paralelamente surgen las dos vertientes del arte dramático: la culta y la popular.

La primera nace de la mano de Manuel de Lavardén, que en 1789 estrena Siripo, tragedia típicamente neoclásica de la que sólo se conservan fragmentos, pero que posee el mérito de introducir un tema zonal, basado en un episodio de La Argentina de Ruy Díaz de Guzmán.   

La segunda vertiente está representada por la anónima El amor de la estanciera, que leve y humorísticamente se apropia del personaje y del lenguaje del gaucho.

Ya en tiempos de la emancipación, ambas vertientes continúan: Juan Cruz Varela crea tragedias de corte clasicista, pero el pueblo prefiere obras como Las bodas de Chivico y Pancha.

Durante el período rosista, el teatro resiste en el destierro, y del genio de Juan Bautista Alberdi surge una obra como El gigante Amapolas, que muchos han visto como precursora del teatro español del esperpento o del teatro inglés del absurdo.[22]

El teatro reflorece a fines del siglo XIX, con protagonistas gauchescos surgidos en el circo de los Podestá, que adaptaron personajes de los folletines de Eduardo Gutiérrez (Juan Moreira, Hormiga Negra) o propulsaron obras dramáticas originales, como las de Martiniano Leguizamón.[23]                                                                                     

 

       Ignoramos si la obra de Lángara fue alguna vez representada, pero en él parecen converger las dos vertientes. Utiliza, al modo de Lavardén y Varela, el lenguaje culto, y elitistamente, deja el lenguaje gauchesco sólo en boca de los personajes de menor rango social: capataces y peones.

El momento histórico es el de las postrimerías de la dictadura rosista e inmediatamente después de Caseros. El ambiente es rural y se desarrolla en algún lugar indefinido de la campaña del sur de Buenos Aires.

El conflicto está dado por el enfrentamiento entre unitarios y federales, que es visto como una continuación de la lucha entre patriotas y realistas por el tema de la antinomia libertad-opresión. Uno de los personajes, don Julián, ha peleado contra los españoles en las batallas de Salta y Tucumán, y ahora sus hijos enfrentan a Rosas. Son víctimas del desposeimiento y de la traición por parte de Quinteros, que juega el rol de antagonista.

El término gaucho elegido para el título es utilizado como sinónimo de patriota y defensor de la libertad, aunque en esta oportunidad los personajes no sean gauchos tipo sino estancieros cultos y pudientes. Esta confusión se debe sin duda al carácter foráneo de Lángara… o a que para entonces el gaucho pasaba a ser un mito más que una presencia física.

La obra presenta elementos románticos, como la imagen de la naturaleza hostil y enemiga del hombre, el tema de la fatalidad, y los ideales de libertad contrapuestos a los regímenes despóticos.

La obra, sin embargo, tiene un final feliz, acorde al carácter risueño del autor. Nadie muere, Rosas es derrotado, los esposos se reencuentran, el traidor es castigado y las posesiones perdidas son recuperadas.

La obra adolece de falta de dramatismo y de escasa profundidad, justamente porque es ambiciosa y Lángara halla la frescura en otra clase de temas.

Son los temas cotidianos y sencillos los que abordó con fortuna y hoy podemos releer con placer.

Acotación final: sabemos cuán azarosas o interesadas pueden ser las razones para que una obra entre o no en el canon. Esta ha quedado totalmente al margen, desgraciadamente. Rabelais menor de nuestras pampas, inicia, sin quererlo y sin saberlo ni él ni las instituciones canonizantes, esa veta de humor que, tiempo después, se consolidará en nuestras letras.

 

                                                             

 

                                                                                               



[1] Ismael Moya nació el 2 de diciembre de 1900 y se doctoró en Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires. Dedicó su vida al estudio del folklore nacional y a la recopilación de textos orales, tradiciones y costumbres. Resultado de su trabajo de campo y su investigación bibliográfica  fueron sus libros: Orígenes del teatro y la novela argentinos; Adivinanzas tradicionales; El arte de los payadores; Romancero; Refranero; Didáctica del folklore; El americanismo en el teatro; Aves mágicas; Mitos, supersticiones y leyendas en el folklore argentino y americano; Ricardo Rojas. Murió en Buenos Aires en 1981.

[2] Pertenece a la biblioteca que dejara el Profesor Cesar Vilgré La Madrid, y el ejemplar fue encuadernado en cuero por Carlos A. Avendaño.

[3] En la Historia de la Literatura Argentina, dirigida por Rafael Alberto Arrieta y editada en seis volúmenes por la Casa Peuser entre los años 1958 y 1960, el libro de Lángara aparece citado como fuente bibliográfica dentro de la monografía Folklore literario y literatura folklórica, de Augusto Raúl Cortázar, vol. V, p. 231 y n, 244, 268n, 269n, 271 y n, 273n, 277n; pero no se aportan datos biográficos ni literarios, y la edición usada es la de Moya. Lángara es literalmente obviado en la Historia de la Literatura Argentina editada por el Centro Editor de América Latina, 1968-76.

[4] Moya, prólogo a Lángara: op. cit., s.p.

[5] Idem

[6] Lángara: op. cit., La Pulpería, p.13. Hemos respetado la ortografía original.

[7] Describe una lámina típica de la época, el San Juan Bautista niño abrazando a un cordero.

[8] Periódico satírico ilustrado, caracterizado por presentar caricaturas políticas a doble página.

[9] Lángara: op. cit., El Baile, p. 3-4.

[10] Lángara: op. cit., p. 35 y ss.

[11] Lángara: op, cit., p. 9-10.

[12] Lángara: op, cit., p. 12.

[13] Lángara: op, cit., p. 47.

[14] A modo de curiosidad, aunque es poco probable que Lángara se basara en personajes reales para sus textos, que por entonces servía como sacerdote en Dolores Luis Alejandro Duteil.

[15] Lángara: op. cit., p. 25.

[16] Lángara: op. cit., p. 28-32.

[17] Lángara: op. cit., p. 19.

[18] Lángara: op. cit., p. 26.

[19] Lángara: op. cit., p. 32-5.

[20] Lángara: op. cit., p. 10-11.

[21] Lángara: op. cit., p. 35-47.

 

[22] Véase Luis Ordaz, prólogo a El teatro argentino. 1. Desde los orígenes hasta Caseros, editado por Centro Editor de América Latina, 1979. P. I-VI.,

[23] Véase Luis Ordaz, prólogo a El teatro argentino. 2. Desde Caseros al zarzuelismo criollo, editado por Centro Editor de América Latina, 1980. P. I-VI.

 


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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Ensayos
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Comentarios

alicia 01/22/2014 21:03

Muy buena nota! Me gustaría poder leer el libro.

Juan Carlos Sánchez Sottosanto 01/22/2014 23:48



Hola Alicia. Gracias por el comentario. Lamentablemente, como queda dicho, tanto el original como el facsímil es hoy una rareza de bibliófilos. Yo mismo no lo poseo, lamentablemente, trabajé
sobre un ejemplar de un amigo. Saludos!!!



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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
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