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19 enero 2010 2 19 /01 /enero /2010 21:22

Sonetos, cuasi-sonetos, antisonetos, sones.

 

el-viajero-del-bosco.jpg



 

I

 

Y los cardos perdieron la avaricia

de liturgia; los cirios se apagaron

del lirio y del junquillo; se quedaron

sin teurgia los campos. La caricia

           de algún último dios resultó en vano.

Ya no es sacra la noche, profanada

de ausencia y de presencia de la nada.

El sol apenas ocre sobre el llano

           se niega a devolverme lo perdido.

¿Por qué debo hablar siempre con fantasmas?

¿Por qué el cauce se deviene en miasma?

¿Por qué un túmulo donde otrora un nido?

           Desamparados campos, sin un rastro

del aura de los rostros y los astros.

 

II

 

           Un dios en los confines se disuelve

y nos deja este mundo de cenizas.

Bajo el orbe lunar quedan las trizas.

El polvo al polvo y a la brasa vuelve.

           Así proclamo hoy. ¿Qué haré mañana,

si ayer proclamé que no creía,

y más atrás, ninguna acefalía

me privó de esperarTe en la lejana

           semilla de plegaria? Estamos solos,

y los dos nos creímos refugiados

en certeza de Dios, o que creado

por el Tú que no eres es todo el dolo

           de este mundo que en soñarte persiste

cuando Tú de soñarnos desististe.

 

III

 

           Breve bitácora en el breve viaje.

A los sitios que huí hoy me regreso.

Oh terca persistencia del exceso

de solaz del dolor. En mi equipaje

           he plegado un murmullo de recuerdos,

y una música leve me quisiera

traer, y resurrecto, yo me viera

en un paisaje que se penetra lerdo.

           Qué habrá tras la fragancia del aromo,

qué habrá en los fondos de los charcos,

qué habré en tantos ojos zarcos

que me asoman y a los que no me asomo.

           Misterio es regresar, no haber partido,

concéntrico argonauta del olvido.

 

IV

 

Olvidados que un día fuera el Otro

quien el encuentro fraguó, que sin cimientos

hoy sabemos, volvemos a encontrarnos y el nosotros

en pura nimiedad entretejemos.

           Nos restan fragmentos de los rostros,

excusas del morir, vanas palabras,

y ardemos en amores y en calumnias,

pero cuánta inocencia, pero cuánto de ingenuos

           trazamos al cruzarnos y rehallarnos

casi otros también, ya no nosotros

sino apéndices del ayer que fuimos.

           Y gastamos la tarde, desgastamos

las rocas del vocablo, y en la puerta,

no importa que día es hoy, yace el otoño.

 

V

 

           Sobre mis propias huellas me percibo

extranjero; ni al menos peregrino:

extranjero; y no son falsas las huellas

sino mis pasos hoy, y el hoy la vana

           ilusión de reflujo; calcifica

la arena lo que fue o pudo haber sido,

y la noche hace el resto; no hay Itaca,

ni siquiera hay Ulises, ni siquiera

           Telémaco; mi puñado de greda

cae en los surcos extraños, la belleza

se exilia en cierto otoño, una mañana

que reinventé hacia mí, que es toda clara.

           Oh abeja parmenídea que quisiera

en un zumbido eterno detenida.

 

VI

 

           Ellas labran la tierra que otrora

les fuera masacrada de cemento.

Ellas trazan los surcos, se acuclillan

casi en adoración, y la caléndula

           les responde con llanto de colores.

Es feraz esta tierra, y tras de cardos,

explotan los rosales y el eneldo.

La tierra hace olvidar, la hierba

           más humilde en Leteo transfigúrase.

Soledad y vejez saben de arrugas,

de muertos días, de excesivos días.

           Pero cuánto complace un paraíso

de rectángulo mínimo, casi un viaje

de bálsamo a los años malheridos.

 

VII

 

           Ya habiendo dicho todo, o repitiendo

las pequeñas hazañas de un pasado

que finge ser idilio en el hartazgo

del hoy – un hoy de previa periferia

           tan salobre, tan cruel, que se perdona

soñar con un sur de paraíso –

quizás en el sopor que da el estío

entornemos los ojos, descubriendo

           pese a todo el regusto de falacia.

Y entreabriendo los ojos, y cerrando

los labios, más que angustia, tedio o limbo,

           nos sintamos en el vacío, cómplices,

maniatados al pacto malherido

de la sacralidad que da el silencio.

 

VIII

 

           Ausencia, sólo ausencia, da certeza

de amor; emprendido ya el viaje,

el roce de los cuerpos se entreabre en vacío,

y el vacío da cuenta del amor que

           impide la poesía en la presencia.

Ausencia, sólo ausencia, da certeza

de la noche poblada, del despueblo

que los roces acéfalos impiden.

           No se puede hacer versos de la dicha.

Pude escribir raudales al no habido

amor, o al rostro esquivo sempiterno

que me dolió una vez. Ahora, amado,

           sólo ausencia despliega su halo

para encontrarte aquí, entre mis versos.

 

a Mario

 

IX

 

Las vidas construidas con esmero,

con casas de ajedrezados pisos,

con jardines de jazmín y alheña,

con niños ensuciando los pasillos,

           con esmero se quiebran cualquier día,

el día que destroza las sazones,

que mata al ajedrez y los jardines,

que repuebla de hormigas los jazmines,

           la alheña de vejez, que amortaja a los niños.

Las vidas construidas con esmero

dejan toda epopeya en viaje huero:

ni siquiera ascienden a tragedia.

           Y en resignación pliegan los biombos

sobre las manecillas invisibles.

 

X

 

           Isleña es mi sangre, un soterrado

archipiélago de sardos, de canarios,

de sicilianos; Teócrito y Virgilio

inventaron la imposible Arcadia

           de melifluos pastores, de siringas y faunos.

Viajeros en mi sangre, soterrados

perviven, ciudadanos de los mares.

Qué hago entonces yo en esta pampa

           que se olvidó del mar que fuera antaño.

Oh noche primigenia de Gondwana,

fracturada, insular, flotando en

un océano de lágrimas de fuego,

           antes que un paleosuelo atara limen

para mi incertidumbre: las raíces.

 

a Nicolás C.

 

XI

 

           Aquí hubo paja, fango, sapos,

renacuajos, totoras, espadañas,

fachinales salobres, temblorosos

como un tremedal, como un abismo.

           Aquí mi infancia se pobló en suburbios

que en campo devenían, en prehistoria.

Los caranchos hurgaban la osamenta.

Los pájaros pequeños despertaban al alba.

           Ahora bocanadas de cemento

ahogan la voz de los fantasmas

como un vasto ataúd. Quizás un día

           lo requiebren y un orbe repoblado

se vengue en horizonte de marismas

que torne a contemplar todos los astros.

 

a Adrián G.

 

XII

 

Y aquí empieza el poema de los pájaros,

de las aves agónicas apedreados sus cuerpos,

que les place a los niños torturar y hacer lerdo

su quejido final, su penúltimo canto.

(Oh rostro que me cruza, el eludiente,

ojos fríos, sin voz, como de esfinge;

no estuvo Edipo ante el enigma;

permanece el enigma, quedó el círculo abierto

y se hunde voraz en el pretérito

porque el hoy no conozca su consigna;

me tuve que escapar para morirme;

me tuve que vivir para entenderte)

Y aquí cierra el poema de los pájaros,

retornados al sol, los huesos secos.

 

XIII

 

           Exorcizo los campos, exorcizo el suburbio,

incluida la llana periferia

inmediata a epicentro. Aquí, cipreses,

allí un sauce llorón que ya no existe.

           Aquí cierta casa que subsiste,

aquí ciertos árboles que eternos

se fingen y el viento lo desmiente;

allí, sobre el fango, ese cemento

           que mañana, impotente ante los muertos,

nada podrá; y sin embargo

esto es mera estampa de un paisaje

que se extraña de mí, que ya se aleja.

           Nada es mío, ni olvido ni recuerdo.

Ni siquiera me lloro. Ni siquiera me inquieto.

 

 

Dolores, 6-16 de enero de 2010.


Imagen: el Bosco 

 

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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Poesías
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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
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