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23 julio 2009 4 23 /07 /julio /2009 02:09






(el presente texto forma parte de los ensayos introductorios para mi versión bilingüe de Las Flores del Mal, cuyos derechos posee Gárgola Ediciones sin que, hasta hora, haya visos de publicación efectiva)



 

 

Has gastado los años y te han gastado,

y todavía no has escrito el poema.

J. L. Borges, El otro, el mismo 

 

El 20 de diciembre de 1865, Pierre Athanase Larousse, padre de la lexicografía moderna, estampaba su firma a un prefacio de 76 vastas páginas en las que había dejado constancia de la ingente tarea que se había propuesto, nueva en muchos sentidos y ambiciosa en todos. Por suscripción (después vendrían los volúmenes encuadernados) comenzaba a aparecer el Grand Dictionnaire Universel du XIXe Siècle -el título completo es mucho más largo-, el primer tomo fechado en 1866, el último en 1876 (el XV) y un suplemento en 1878. Cada volumen, con un promedio de 1500 páginas, a cuatro columnas, una letra minúscula y casi sin ilustraciones. No era la refundición de una obra anterior; 76 páginas de prefacio se justificaban.

La obra venía a llenar un gran vacío, y a completar la enorme labor erudita de su director. Francia había dado a luz, en ese terreno, dos obras maestras en el siglo XVIII: el Dictionnaire Historique et Critique de Bayle y, sobre todo, la Encyclopèdie de Diderot y D'Alembert, cumbre del pensamiento ilustrado y motor teórico de la Revolución Francesa, nada menos. Pero había pasado más de un siglo desde entonces y ninguna obra posterior estaba a la altura de semejante antecedente. Larousse hace un repaso por todos los diccionarios y enciclopedias franceses y extranjeros (el diccionario del doctor Johnson, la Enciclopedia Británica, la Brockhaus alemana, hasta una enciclopedia china) y rinde homenaje a la vasta empresa dieciochesca. Pero se planta y dice: el mundo ha avanzado y las obras de referencia tienen que hacerlo a la par de los trenes y los barcos a vapor; existen bibliotecas repletas y nuevos conocimientos, una nueva actitud crítica ha enraizado en la humanidad, pero ¿qué hilo de Ariadna tiene el lector carente de tiempo y dinero para acceder a todo ello de una manera totalizadora? Hace falta una obra que reúna la definición exacta y la monografía enciclopédica al mismo tiempo, a mano de todos, suministrando la etimología y la historia de la palabra, su relación con las lenguas antiguas (en especial el sánscrito, que ha hecho furor en la filología del XIX, creyéndola la lengua madre indoeuropea). Una obra sin doctrina fija, que sirva al ateo y al religioso fanático, porque "el eclecticismo es el único sistema que puede convenirle". Debe evitar los prejuicios pero no las dudas; exponer la verdad sobre los personajes muertos y echar una mirada cortés sobre los vivos, siguiendo el aforismo de Voltaire. La historia hallará lugar, pero también la geografía, enriquecida por el aporte de los exploradores y naturalistas; las ciencias puras y aplicadas recibirán la misma atención que las humanidades. El socialismo y el liberalismo, el anarquismo y el positivismo, todas las doctrinas religiosas, políticas, económicas, serán expuestas y enfrentadas para que el lector sea el que decida. En cuanto a la literatura, los autores vivos (y esto sí que era una novedad) recibirán tanta o más atención que los pretéritos, con reseñas de sus obras (de hecho, fue la primera enciclopedia que incluyó entradas particulares para títulos y no solamente para escritores). Se harán juicios críticos en lo posible de toda la bibliografía universal existente (¡en el XIX eso todavía era plausible!), inclusive para obras olvidadas o menores; hasta los periódicos, las gacetillas, las canciones populares recibirán atención. Los personajes literarios serán tratados como artículos independientes; lo mismo las locuciones, francesas, latinas y extranjeras. Con las obras de arte se seguirán las mismas reglas, y de las piezas musicales hasta se incluyen fragmentos de partituras. El Grand Dictionnaire será "una imagen viviente, la fotografía exacta [recordar que ésta era una técnica de adquisición reciente], una suerte de gran libro donde todo se encuentra consignado, enumerado y explicado" con una actitud honesta, leal, imparcial, los ojos fijos en el porvenir, rindiendo justicia al pasado, pero siendo, en síntesis, la obra que daría la suma del siglo XIX febril, librepensador, de inusitados avances técnicos, científicos, políticos, filosóficos. La enciclopedia, hoy una rareza de bibliófilos, sorprende realmente: la tarea implicada debió ser descomunal. El Oriente y el Occidente confluyen, lo clásico con lo entonces contemporáneo; un tesoro de datos, manejados con una seriedad inquietante. Pensemos que todo se hacía a base de fichas, papeletas y un grupo pequeño de colaboradores. Algunas entradas equivalen a un libro en sí mismas.

El diccionario sería el monumento, la sinopsis del XIX, como la obra de Diderot y D'Alembert lo habían sido para el Siglo de las Luces. El hombre era enfrentado a toda su innúmera creación.

*

¿Cumplió con todas sus promesas? Esta obra nos interesa porque es contemporánea a Baudelaire y su mundo. Ha sido utilizada en nuestra traducción para comprender expresiones y vocablos del francés decimonónico, y en muchas de las notas para rastrear autores, pintores, sitios o personajes hoy olvidados, y también como una suerte de material arqueológico excepcional a la hora de reconstruir el imaginario de conceptos en el cual nuestro escritor se manejaba. En ese sentido, rinde un servicio inapreciable. Pero también nos permite ser una suerte de voyeurs sobre el propio Baudelaire, porque como autor vivo, mereció una entrada, en el volumen II (B-Byz), año 1867, página 384, una sola columna, algo no tan generoso en comparación con Victor Hugo, por ejemplo, que abarca nueve, pero lo suficiente como para mostrárnoslo en el juicio de sus contemporáneos. Y la obra Las Flores del Mal tiene una entrada aparte, volumen VIII (F-Gyz), año 1872, página 474, dos columnas. Comencemos por la primera entrada.

Hay algo encantador en estas enciclopedias antiguas: no cometen el anacronismo de conocer a Freud, quien por entonces tendría diez años y sería totalmente inofensivo, jugueteando por las calles de Viena o cantando en las sinagogas antes de que inventara su propia mitología. Por eso, el artículo dice sucintamente que Baudelaire nació en 1821, pero no hallamos nada de un complejo de Edipo con su madre, de un complejo de castración con su padrastro, de una pulsión de muerte o alguna otra explicación por el estilo de las que acostumbrarían los biógrafos ya fogueados en las lides de la jerga psicoanalítica. Tampoco hay mención alguna de Jeanne Duval, su pareja, en cuanto a si era negra o mulata o mulata clara (obsesión etnocentrista que perturbó a unos cuantos), ni una investigación sobre modistillas, prostitutas y damas de alcurnia amadas por el poeta. Todo eso sería harina para el costal de los chismógrafos posteriores. El redactor pasa inmediatamente a su obra. Nos dice que poetas menores han necesitado muchos libros para adquirir cierta fama; a Baudelaire le ha bastado uno solo, las Flores, "una inmensa paradoja lírica, sueños de alucinado, ramo de flores nauseabundas, pero desde donde se escapa a veces algún suave perfume; una mezcla de colores chillones y de imágenes horribles, pero a las que un rayo de pura luz viene por momentos a esclarecer; esas muecas satánicas entremezcladas de sonrisas: todo esto recuerda, y por un breve instante hasta hace pensar, si el siglo XIX no ha sido llamado para ver renacer la poesía dantesca. Pero en seguida se percibe que lo horrible, lo repelente y lo innoble gustan tanto al poeta, que este desespera por emocionar al lector creyéndolo espantar con sus excentricidades y contorsiones". Luego, sigue un fragmento de un crítico especializado, Monsieur de Pontmartin, algo más ácido que el redactor mismo. Para él, Baudelaire ha desperdiciado sus dotes naturales, que considera excepcionales, tal como lo es su vasta cultura; su cerebro "es una copa finamente cincelada pero llena de un licor malsano", un vino excelente pero arruinado por la temperatura de cierta atmósfera inoportuna que lo transforma en veneno; para Baudelaire, el mundo es infecto, lleno de odiosas visiones, donde sólo pueden existir el vicio, la pestilencia, el sufrimiento; el suyo parece el peor rostro del orbe pagano, el de Lesbos, el de las saturnales. Su poesía se pervierte al ignorar lo bueno, lo justo, lo bello, en pro de una pose asqueante de individualista a ultranza, con lo cual destroza la esencia misma de la poesía, a saber, el lirismo. La palabra retorna al redactor de la enciclopedia: aunque Baudelaire haya fundado una fama tan grande gracias a su talento y su rareza, el deber moral es criticarlo firmemente. Se agregan noticias sobre el célebre episodio judicial que obligó al poeta a quitar seis textos "inmorales" del libro, aunque en 1861 ha salido otra edición con nuevos poemas; y se encomia su labor como traductor, que hizo posible a los franceses leer la obra de Edgar Allan Poe casi completa.

El artículo cierra de una manera patética. Baudelaire es un genio, pero un genio dilapidado. "Pero no desesperamos todavía, y esperamos. Las espigas castigadas por la tormenta sanan cuando son acariciadas por el sol. ¿Por qué uno de esos vivificantes rayos no habría de llegar hasta el alma del poeta? Los antiguos hablan de cierta lanza que tenía la capacidad de curar las heridas que ella misma había producido; esperemos, entonces, la aparición de Las Flores del Bien. Al momento que trazamos estas líneas (1º de mayo de 1866) leemos en los periódicos que Monsieur Baudelaire está en agonía; algunos, incluso, que abusan de un don de profecía del que carecen, aseguran que está por exhalar su último suspiro; pero, felizmente, noticias más reconfortantes nos llegan. Esperamos, entonces, que el poeta completará, corregirá su obra; el cielo no ha querido que muera y el arrepentimiento de su anterior poesía es, desde ahora en adelante, una deuda de honor".

Para la imparcial y desprejuiciada enciclopedia que resumiría el siglo XIX, Baudelaire era un fracaso del siglo. Tenía que arrepentirse. Tenía que redimirse. Los genios como él sólo merecían la censura, y apenas una columna de las cuatro columnas de las 1500 páginas de uno de los 15 tomos imparciales y desprejuiciados y con intrépida mirada hacia el futuro.

La entrada dedicada a Les Fleurs no agrega mucho, salvo algunos consejos, tales como leer el libro tapándose la nariz, como si se entrara en una sala de disección. Se confiesa que los versos están cincelados con exquisitez clásica, cada palabra trabajada, pulida al máximo, pero nada de esto evita que el asco se apodere del lector. Una sabia intuición crítica se agrega; así como antes se lo comparó con Dante, se ve en la obra algo más que poesías sueltas: se trata de un todo orgánico, de una arquitectura. Se adjunta un juicio crítico bastante ambiguo de Théophile Gautier, a quien el libro fuera dedicado , y nuevamente a Pontmartin, que ahora nos confía que las excentricidades de Baudelaire son sinceras, pero que merecen el mismo tratamiento que cualquier enfermedad mental, puesto que ha perdido la capacidad de entrever la línea divisoria entre el bien y el mal; su enfermedad es moral, pero enfermedad al fin y al cabo. El redactor cierra con la mención de los textos censurados, llenos "de monstruosas depravaciones y de una sensualidad por demás cínica". Por último, se transcribe íntegro el poema Una carroña a modo de ejemplo, y el redactor descubre en los versos finales "una aspiración espiritualista bien inesperada".

Nos queda por decir que el Grand Dictionnaire le dedica todavía una tercera entrada, esta vez en el suplemento o volumen XVI, confeccionado para actualizar datos, unos diez años después. Varias cosas han sucedido entre tanto. Baudelaire está rigurosamente muerto; Pierre Athanase Larousse también. La viuda se ha hecho cargo de este tomo postrero, que se abre con una espléndida litografía del lexicógrafo. Seis columnas se le dedican a Larousse; media a Baudelaire, página 308, así que si sumamos todas, nos da casi una carilla completa. Ahora se nos dice que murió en septiembre de 1867, que estuvo sus últimos años en Bruselas antes de regresar a París y que gustaba con exceso del hachís. Se le da la palabra a Gautier, quien hace una vívida descripción de sus últimos meses: cómo fue perdiendo paulatinamente la palabra, cómo cayó víctima de una parálisis humillante, signada por la mudez y apenas la capacidad de entreabrir los ojos. "No fue una buena manera de morir".

Claro que no. La muerte suele tener malas costumbres, Baudelaire ya lo había previsto. No sabemos si el redactor de la noticia del tomo XVI es el mismo que el de la del II (¿o este también estaba muerto?). Sea como fuere, evidentemente no lo había complacido. No se había redimido en lo más mínimo. No había aprovechado las gracias celestes. No había pagado la deuda de honor. No se había convertido en un genio digno de ocupar más columnas en la enciclopedia del siglo XIX, la de Larousse y la de la vida misma. No se había amoldado a los cánones del bien y del mal. Y mucho menos había escrito la esperada y arrepentida remake, Las Flores del Bien (¿cuántas columnas le habrían sido dedicadas?).

*

Es cierto que no tardaron en llegar precursoras reivindicaciones. De 1868 es el estudio de Gautier, Charles Baudelaire; de 1869 el de  su amigo Charles Asselineau, Charles Baudelaire, Sa Vie et son Oeuvre; de 1911, el del gran fotógrafo Félix Nadar, Charles Baudelaire Intime : le poète vierge. Célebre había sido la breve apreciación de Victor Hugo: "Ha creado usted un escalofrío nuevo". Tempranos fueron los reconocimientos (y casi discipulados) de Rimbaud, Mallarmé y Verlaine. En el siglo XX, tuvo lectores célebres: Paul Valery, Walter Benjamin, Marcel Proust, Jean-Paul Sartre, George Bataille… Claude Debussy y Maurice Ravel se inspiraron en poemas suyos para muchas de sus partituras. Las vanguardias plásticas lo convirtieron en ícono: el simbolismo primero, después el dadaísmo poniéndolo apenas detrás de Rimbaud, y el surrealismo a la par de Lautrèamont. La psicodelia sesentista, con Jim Morrison a la cabeza, le erigió como bandera; el LSD reemplazaba al opio y al hachís. La bibliografía producida en torno a su figura se tornó infinita. En Internet hallamos, al menos en francés, sitios excelentes, con acceso a sus obras completas y bibliografía especializada. No quedó papel suyo que no se hurgara y publicara, aunque recién en 1949 Francia levantó la sanción legal sobre los 6 poemas prohibidos.

Repaso páginas de la enciclopedia y tropiezo a cada instante con poetas, dramaturgos, novelistas decimonónicos olvidados. La curiosidad me detiene en algunos, el cansancio en otros. Columnas y más columnas de pequeñísima letra. Ubi sunt? ¿Qué cifra sideral me daría la suma de todas las columnas de todas las páginas de todos los tomos? ¿Cabría, en esa suma, el entero siglo XIX, con su carga de pasado y su previsión de futuro, como quería Pierre Larousse? ¿Se logró la imagen completa, la fotografía exacta? Las enciclopedias son fascinantes, pero me resigno a la melancólica realidad de nunca poder superar esa curiosidad por lo aleatorio; jamás podré leerla completa. Y si lo pudiera, tampoco tendría esa imagen, esa fotografía. Si quiero la síntesis de un siglo, más me sirve la poesía que una enciclopedia. La ligadura entonces sí es inmediata. Pero, como dice Borges, todo poeta escribe poesía, pero no todos escriben el Poema. Y muchos menos escriben el Poema de su siglo y de su estirpe. Son pocos los que lograron ese portento a través del tiempo. Homero pudo instalar a Grecia para siempre en la historia, y sus versos nos son más contemporáneos que tanto inútil simulacro suelto de palabra. Seguimos siendo desgarrados como Héctor domador de caballos, y navegamos la aventura humana con la misma determinación agónica de Ulises en su retorno a Itaca. Virgilio nos dejó una Roma más real que la de sus ruinas, Dante un infierno y un paraíso más creíble que el de los teólogos, Shakespeare unos rostros que son la vida misma. No sabemos qué Poema elegirá el futuro para sintetizar el siglo XX (¿Eliot?, ¿Pessoa?, ¿Brecht?) o si la novela ha venido, aún con sus antihéroes (Leopold Bloom, los Swans, los Compson, los K.) a desplazar a la poesía para siempre en cuanto relato legitimador.

Sí sabemos que, si miramos al XIX, las cuatro columnas de la enciclopedia urden una paradoja digna de los eleatas. Ellas cuatro contienen las miles de columnas posibles del resto de la enciclopedia y aún de otras; porque era imposible que Las Flores del Bien hubieran sido escritas algún día, aunque muchos años más le hubieran sido concedidos. Otro don mayor le fue otorgado, y el ímprobo Larousse y los suyos no lo supieron. Baudelaire no sólo había escrito las casi 140 poesías de Las Flores del Mal. Había escrito el Poema. El suyo y el de su siglo.

Puedo cerrar la enciclopedia sin remordimientos.

*

Del otro lado del Océano, en la joven América, alguien tejía otro Poema. La primera versión, en 1855; la novena, en 1891. Sólo 12 textos en la primera, 390 en la última. Hojas de hierba, de Walt Whitman, no guarda con las Flores, sin embargo, más que una improbable filiación botánica.

Whitman exuda vitalismo, confianza, alegría. Su tierra es nueva, los dioses son viejos, un panteísmo vigoroso le demuestra las bellezas de la naturaleza, la floración perpetua de los hombres, el fin del dolor, la futura unión de todos los seres, el triunfo de la bondad inherente. La cósmica efervescencia hallará su realización pragmática en la virginal democracia americana. El mundo reinicia su ciclo vital, adolescente, espléndido, uno y múltiple.

Nada de ello se ha cumplido. Los Nixon y los Bush no fueron dignos de Whitman. Hermosa e irrealizable utopía. Felizmente, podemos leer a ambos poetas. El cordial Whitman nos muestra como pudimos y debimos haber sido; regresamos a él como a un amigo reconfortante y entrañable.

Pero regresamos a Baudelaire como a un espejo, para saber quiénes somos en realidad, para que se nos diga aquellas cuatro verdades que el cálido amigo jamás se atreverá a decirnos. Al panteísmo arrebatador de Whitman, Baudelaire opone la noción de un tiempo que no es el cíclico de los antiguos, ni el recto y lineal que desde San Agustín en adelante creemos nos pertenece. El tiempo es en él disgregación, ruptura, porosidad, entrecruzamientos heterogéneos, confusos. Anticipa la posmodernidad caótica o más bien regresa a las fuerzas primigenias previas al tiempo mismo. Síntesis de su época, sí, pero no tanto como para no reconocerlo como esencialmente nuestro. 






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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Ensayos
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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
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