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20 julio 2009 1 20 /07 /julio /2009 03:06


López Ferrer, Edgardo: Cifrado Espejo. San Juan de Puerto Rico: Guajana, 2005. 115 pp.

 

1.    Idiota de sapientia

 

Ser argentino y lector entraña, a veces, una seria serie de omisiones y de irresponsabilidades. Por desidia idiosincrásica, por visos de soberbia o por el oscuro entramado del mercado editorial y de las academias canonizantes, logramos ser brutalmente ignorantes tanto de nuestros propios escritores, y cuánto más de aquellos allende las fronteras; mitómanos autocreídos europeos, despectivos de las herencias indígenas y afro, y también de nuestra filiación latinoamericana. Por suerte o desgracia, un par de escritores han hallado su sitio en el canon del cosmos. Hablo, por supuesto, de Borges y de Cortázar, con el detalle de que necesitaron ser canonizados extramuros para ser idolatrados por estos pagos. Curtidos en los clásicos del universo y redundando desde nuestra educación escolar, en cuanto a argentinos,  en esos nombres o en los de José Hernández, Sarmiento, Echeverría, hemos dado en ignorar a Sara Gallardo, a Di Benedetto, a Néstor Sánchez, a Daniel Moyano, más allá de alguna reedición buscada por cultores, reseñada como es de rigor por atribulados críticos, y luego enviadas al limbo del olvido hasta el próximo “rescate”.

Ergo, si eso sucede con los nuestros, comprensible es que la ignorancia se extienda, incluso, a megaliteraturas como la brasileña, que nos queda apenas río de por medio. Y que a Puerto Rico, en nuestro imaginario, lo comprimamos al estereotipo de ciertas músicas, de ciertos reduccionismos insalubres de la CNN, como una última Thule casi caída de los mapas.

Pero, con sus contradicciones, Puerto Rico existe. Y su literatura también, aunque nos llegue a veces por azar, como por azar o providencia llegó a mis manos este delicioso librito. Ventana o resquicio que, como idiota de sapientia que soy, me deja entrever que si un bloque nos ayuda a imaginar una arquitectura, ésta debe ser digna de otras visitas, de otras indagaciones.

 

2.    La conjura de las artes

 

Más allá de las lacónicas noticias con que me informa el caos de la web, ignoro todo sobre este autor a no ser este libro. Se me anoticia que pertenece a cierta generación del 60 y al grupo de la revista Guajana, datos que me dejan tan ignaro como antes. Así que quedamos, en sana comunión, el libro y yo. Con la impresión, que todo buen poeta me produce, de que cualquier análisis o deconstrucción suele ser una suerte de profanación. La poesía requiere del tiempo de lectura, relectura y goce. Pero metido a escoliasta, son varias las cosas que han contribuido a tal goce.

En primer lugar, este libro es un libro-objeto. No suntuoso, por cierto. La austeridad es la que le da su toque de belleza. El ars tipographica ha hecho felizmente de las suyas. Jugando con el título y el contenido, las páginas tienen una diagramación especular. Cada poema se perpetúa jánicamente en dos rostros, uno normal, el otro enfrentándolo, invertido, en un tinte más suave, como en un reflejo de manantial. Este bifrontismo se rompe recién al final, pero suma, al misterio de la palabra, el misterio de la imagen o de la sombra. No es simplemente un recurso snob: es otra forma de apelación a la hermosura.

Porque es justamente el contenido el que no podrá decepcionarnos. Empecinado en barroquismos que se niegan al destierro, confieso mi envidia por aquellos que, como López Ferrer, logran la serenidad áurea, la readableness de la sencillez que es, al mismo tiempo, puente entre lo cotidiano y lo metafísico, entre las esferas de los vocablos en aparente descuido pero que han sido celosamente burilados en su esencia.

Si el ars tipographica nos impone a la vista la vieja novedad del espéculo, los versos merecen ser leídos también desde esa convención –también tipográfica- que es la disposición en la página, estén ligados a métricas clásicas como los endecasílabos de los sonetos o, sobre todo en este caso, a los versos breves, monosílabos y bisílabos a veces: el ars tipographica deviene en ars musicalis, porque estamos como enfrentados a una partitura, con sus notaciones, con sus pausas, sí, sobre todo con sus pausas.

Parece que los viejos salmistas hebreos, con la extraña palabrita sélah, querían obligar al cantante o al lector a que esa pausa fuera parte intrínseca del poema, una invitación a la meditación. Los versos de este poemario están invitando continuamente a una respiración lenta, a un juego de continuas detenciones donde la interlínea se imponga sobre los sonidos, especulares a éstos, por qué no, dotadores de su sentido más íntimo. Quien no los lea con el sosiego que merece un mantra o un canto gregoriano, sospecho no podrá disfrutar de poesías hechas, paradójicamente, más para el silencio que para la ilación de los fonemas. Versos que tienden al silencio, silencios que se alían con el espesor de los sentidos. Incluso en aquellos textos que, dejando esa brevedad de haiku o de cancionero y romancero de ausencias hernandiano, buscan rehallarse con el artilugio medieval del soneto:

 

Déjame que descienda por tus venas

y regrese a tu pecho, triste y puro;

déjame desatar contra ese muro,

en dolores y furias tantas penas.

 

Déjame caminar por tus arenas

hasta encontrar mi corazón maduro,

y despertar sobre ese cuerpo duro

que lleva tu vivir y tu condena.

 

Déjame que descienda en tus enojos

y sienta en tu dolor la misma huella

que dejó el corazón sobre mi mano.

 

Déjame que descienda por tus ojos

y desde tu mirar como una estrella…

¡Déjame que descienda más humano!

 

Sin poder resistirme a la transcripción íntegra de este poema, me aboco ahora a dejar el resto al potencial lector que en suerte tenga la que a mí me ha tocado: estar faz a faz con el poemario. Quizás para algunos oídos ciertos textos finales, que tienen que ver con desgarradas situaciones puertorriqueñas cuyos detalles ignoremos, no nos suenen tan puros y universales como el resto. El desafío es otro, entonces: hacer de esos particularismos no una ocasión de abandono, sino de reflexión sobre el magma profundo de expropiación y dolor que nuestros pueblos conocen, aún en el mirar indiferente hacia un costado, que no es otra cosa que un espejo ya no cifrado sino turbio del ser que somos a pesar del soslayo.  

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Published by Juan Carlos Sánchez Sottosanto - en Ensayos
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  • Juan Carlos Sánchez Sottosanto
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional.
Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".
  • Escritor. Licenciado en Humanidades y Ciencias Sociales UNQuilmes. Bibliotecario Profesional. Escribió para la revista literaria Oliverio, y ha colaborado en medios gráficos de Argentina, Puerto Rico y España. Autor de la novela "Francisco".

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