No suelo hacer uso de mi blog para este tipo de textos, pero siempre hay una excepción que vale. He solicitado a los diarios de Dolores, mi pueblo, que lo publiquen. Lo hagan o no, es cosa suya. Espero que, desde aquí, los que amen a esa ciudad lo difundan.
Con indignación, pero sin sorpresa alguna, me he venido enterando de las iniciativas de la creación de un nuevo museo en Dolores y de la tala de árboles supuestamente necesaria para posibilitarla. Digo sin sorpresa, porque el hecho tiene una continuidad con las políticas públicas, y con la falta de políticas culturales y preservacionistas auténticas en el municipio de Dolores. Y esta ausencia –o la presencia de adefesios que intentan asumir una “presencia”- no tiene que ver con el gobierno actual: más allá de los avatares partidistas, la nulidad o el absurdo o el espanto han atravesado sin discriminación a meckievatos, lovariatos y ahora, camilatos.
Comencemos con el dichoso museo y la eliminación arbórea. El Dr. Barragán no está proyectando un bien para la comunidad, sino un monumento para su propio ego, que debe ser bien grande. La cholulez ha convertido a la Expedición Atlantis en una cuasi epopeya, en una aventura romántica y hasta en un aporte “científico”. Más allá de la fama que por momentos gozó la “aventura”, esta surgió de premisas falsas. En el mismo film se las puede ver: demostrar que el hombre americano pudo tener contacto con el africano. Para ello se adujo el parecido de las esculturas olmecas en México con “rasgos africanos”. Como folletín seudo-científico, suena bien. Pero a los conocimientos abogaderiles el Dr. Barragán no sumó ni un mísero cursillo serio de antropología, sino la lectura de libros de divulgación con tanto de esoterismo como los de marcianos, de new age, o de supuestas Atlántidas. Ningún antropólogo, ningún arqueólogo, ningún cientista social con formación académica (salvo la leguleya) tomaría esta teoría sino con risa. Más allá de las dudas que aún persisten sobre sus arranques, las teorías sobre un origen africano (surgidas en 1862), lapón, escandinavo o chino han sido descartadas para colocar a esta cultura olmeca en el amplio complejo de etnias de Mesoamérica. Por lo tanto, la fábula para dar razón a la balsa y su expedición solo fue eso: una fábula, y una excusa para uno de los tantos periplos exóticos que el mundo ha dado, pero que difícilmente merezcan un museo y la consecuente tala de árboles – como quizás ni mereció tal balsa la tala de árboles en la República de Ecuador. Y no nos hablen de “romanticismo”. Releamos la historia del Romanticismo: sus legados más grandes fueron la conciencia social, el buen arte, la buena literatura, el buen liberalismo y el buen marxismo, no las aventuras estrafalarias.
Por lo tanto, llamemos a las cosas por su nombre: un buen señor, en vida, necesita para su narcisismo un museo; no lo hace en sus campos ni con su peculio, sino con el erario público y en territorios de la comunidad. Se autodiviniza y magnifica sus “aventuras”, cuando el mundo las ha producido más importantes y altruistas, fuere en el terreno del arte, de la ciencia, de las letras, del humanitarismo. Dolores honra a Abel Fleury, un compositor clásico, con una fiesta que nada guarda relación con Fleury; como si el Festival de Salzburgo, dedicado a Mozart, fuera copado por los Wachiturros. Honra a Siccardi con una calle perdida; la presencia de Girondo en Dolores ha sido honrosamente rescatada desde una investigación local, pero a nadie se le ha ocurrido construirle nada. Los Desaparecidos de Dolores sólo cuentan con la placa a Rodolfo Lorenzo, que de yapa, según me informan, ha desaparecido como Lorenzo en la ESMA. El Museo Libres del Sur sufrió la expoliación continua. El Museo de la Ciudad, en calle Quadri, desarmado y sus piezas robadas. La biblioteca municipal es una auténtica vergüenza de ineptitud y abandono; vergüenza da compararla con la de la ciudad de Castelli, como vergüenza ver con qué profesionalismo es atendido un pequeño museo como el Kakel Huincul de Maipú. Preservación edilicia: cero. Esquinas sin ochava, casas espléndidas que reflejaban los avatares de las vanguardias –art deco, nouveau art, bauhaus- han sido demolidas o arruinadas sin una sola ordenanza que las preserve. El cementerio cuenta con monumentos realizados por artistas de talla que son homenajeados fuera y olvidados o ignorados en Dolores, donde sus estatuas y panteones se derrumban. Un lago con una parquización realizada en su momento por paisajistas, fue arruinado con estatuas y relieves religiosos, que no solo atentan contra un estado laico, sino contra el buen gusto. Una virgen con rasgos bovinos, un asno con rasgos porcinos, un Cristo fantasmal y patético, sobrecargamiento de puentes, una virgen pequeña entre desproporcionados pilares… un verdadero hazmerreir sino fuera por su belleza hórrida, y porque estropeó la estética de un parque maravilloso, y porque fue hecho con el bolsillo nuestro, incluidos los de no católicos y los de católicos pensantes. ¿Qué fue del Museo de Arte que cobijaba las donaciones de la familia de Romualdo Brughetti? Es más, ¿qué se hicieron sus pinturas? Y si de crímenes ecológicos hablamos, ¿alguien recuerda la masacre de los árboles de la Esteban Facio? ¿O del dichoso laberinto donde ni un gato se pierde porque sus especies no se corresponden a la realidad de nuestro suelo?
Grandilocuencias y luchas de egos, eso ha sido la política “cultural” dolorense en los últimos decenios. Las cosas buenas, borradas en el mandato siguiente. Las malas, preservadas y apenas discutidas. No que no existan profesionales del intelecto en Dolores: sólo que son obligados al mutismo, al exilio interior o a la huida a lugares donde dotes y dones sean al menos aprovechados y capitalizados.
Me place que la población se movilice en este caso. Pero que se movilice en serio, como Lezama lo hizo ante atropellos varios. No me interesa, repito, discutir partidismos: me interesa que la memoria se preserve, pero que esa memoria no sea selectiva a favor de narcisismos o decisiones arbitrarias, sino a favor de lo mucho, muchísimo, que Dolores aportó otrora y podría seguir aportando hoy a la cultura argentina y universal. Pero para ello hay que resignar yoísmos, y los abogados y veterinarios al poder, rodearse no de amebas barnizadas de saberes, sino de equipos con auténticos saberes. Hasta que ello no suceda, la larga marcha hacia la decadencia será tan inevitable como la inutilidad de anclarse en un pasado “glorioso” que nadie se anima a emular.
Prof. Lic. Juan C. Sánchez Sottosanto
Dolorense residente en Buenos Aires
Lic. en Ciencias Sociales – Universidad Nacional de Quilmes
Escritor, traductor, bibliotecario profesional.
Realiza un doctorado en la actualidad
DNI 24 882 943
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