Navegar é preciso / Viver não é preciso
F. Pessoa
Desde los Argonautas del mito y el Herodoto de la historia, el viaje ha sido una constante en la literatura de occidente. Y más allá
del viaje ficcional – iniciático, de aprendizaje, de aventuras, hasta de corte metafísico -, un poco como al margen de la literatura canónica, la que entraña una valoración estética, ha quedado
otra, ligada a las necesidades de su tiempo: de documentar lo viajado, de dar cuenta de lo exótico y alterno, de mostrar el pasaje hacia tierras ignotas que ahora comienzan a develar su
misterio. Memorias, crónicas, diarios de viajeros. Escritos desde los prejuicios del saber europeo, arrojaron su mirada hacia oriente y lo cargaron de clichés, como demostró Edward Said, o hacia
el África de las junglas y los lagos y las fuentes de los ríos. O hacia América. Se tiñeron de distintos discursos: el de la conquista, el de la catequesis: allí tenemos a los llamados Cronistas
de Indias. Después vino una verdadera obsesión, en los siglos XVIII y XIX, por dar registro de lo visto o intuido. No fueron viajes desinteresados. Venían de la mano del colonialismo, del
esclavismo, de la huida romántica hacia la naturaleza “salvaje”, del interés etnográfico y racista por los pueblos “primitivos”; devino en viaje científico con los naturalistas primero y con el
paradigma positivista después, para asentarlo todo con minuciosidad o a vuelo de pájaro, no importa, esta literatura tiene seno generoso. Llenaron estanterías inmensas e imaginaciones infinitas
de lectores. Inspiraron a escritores de gabinete que nunca viajaron, como Jules Verne, o poemas escapistas, como los de Baudelaire y Nerval.
Dolores y la zona recibieron a varios de ellos. Este ensayo, que dará preeminencia a los textos formando una pequeña antología,
pretende seguirlos junto con la historia de la región, durante los siglos XVIII y XIX. Va desde los jesuitas hasta los científicos, y de ningún modo procura ser exhaustivo. Dada la abundancia de
textos, algunos casi desconocidos, muchísimos aún sin traducción, apenas hurgamos en aquellos con los que nos hemos topado, y que ya son clásicos a su modo. Con todo, creemos que este trabajo es
pionero al menos en dos sentidos: reunirlos en una antología; e intentar a través de ellos una suerte de reconstrucción de cómo Dolores y la zona fueron percibidos por los viajeros en tanto
perceptores de una otredad. Por lo tanto, no es una historia de Dolores y aledaños, sino de cómo estos fueron captados bajo la mirada de unos visitantes casi efímeros, pero que dejaron sus notas
y saberes. Completaremos los vacíos con algunos datos más o menos fehacientes, comentaremos sus impresiones, pero, sobre todo, dejaremos que los viajeros “hablen”.
*
Posiblemente la primera exploración de la comarca se la debamos a Juan de Garay, fundador de Buenos Aires, que en uno de sus viajes
llegó hasta lo que hoy sería Mar del Plata. Empero, la frontera con el territorio indígena, proteica y porosa, avanzó poco a poco; primero chacras o asentamientos cercanos a Buenos Aires, luego
arremetidas armadas como las del futuro virrey Cevallos, o asentamientos como el Fuerte San Juan Bautista, a fines del XVIII, y que hoy pervive con el nombre de Chascomús. Atravesar el Salado no
era cosa a la que cualquiera se atreviera. En su desembocadura, a mediados del XVIII, los jesuitas fundaron una reducción, de vida breve si se la compara con sus realizaciones en Paraguay
o la Mesopotamia. Recibió el nombre de Nuestra Señora de la Concepción de las Pampas; de ella han quedado documentos, y también registros en las memorias de los padres. Aquí tenemos las
impresiones que la zona le dejó al padre Joseph Sánchez Labrador (1717-1798), publicadas hacia 1772:
Todas las tierras dichas, hablando en general, son estériles, pero sobremanera conviene esta propiedad a las pampas. En estas llanuras no se hallan árboles, ni leña
para fuego, a excepción de unas veinte leguas de terreno que empieza desde el río Salado, vecino de la reducción de los indios pampas hacia el sur, siguiendo la costa del mar, hasta el cabo San
Antonio. En este distrito de las veinte leguas crece bastante arboleda, pero de muy vil madera y que solamente sirve para el fuego. Al principio se valieron de ella los misioneros en la fábrica
de sus cabañas o desacomodadas casas, y les sirvió tan poco tiempo que a los dos años se vieron obligados a mudar toda la madera, antes que ella se arruinara. Sin embargo, estas tierras
llanas o pampas, aunque en parte, como se ha dicho, carece de árboles, su esterilidad no es absoluta, pues producen substanciosas plantas que sirven de pastos a los animales. Crece lozano
el heno, el trébol y muchas especies de paja. Es verdad que no las riegan fuentes, arroyos o ríos frecuentes, pero las lluvias copiosas y abundantísimas forman en lugares bajos lagunas cuyos
vapores refrescan los pastos, ofrecen bebida a los animales y alivio a los viajantes.
A veces lo intenso de los calores, o la multitud de los caballos cerriles y silvestres que llegan a abrevarse, agota estas lagunas y
entonces todo es aridez y desconsuelo.
Como en embrión, hallamos aquí tópicos que se reiterarán después: imagen de “desierto” (desierto poblado, por cierto, oxímoron
nefasto que más tarde daría lugar a las masacres), paisaje desolado pero que, como excepción al resto de la pampa, posee algunos montes de árboles. Se trata, obviamente, de los Montes del
Tordillo, que luego, pese a la pobre calidad de sus maderas, proveerían de combustible a la ciudad de Buenos Aires: ésta difícilmente podía conseguirlo en el monte chaqueño o aún en el de
Misiones, dada las dificultades del viaje y, sobre todo, de las tribus incrustadas en la impenetrabilidad de sus paisajes. A ello Sánchez Labrador agrega (y todos después) la humedad de la zona,
las lagunas, las pasturas feraces.
*
El padre Thomas Falkner (1702-1784), médico, herborista, mineralista, miembro de una compañía que reclutaba esclavos negros, después
jesuita y (se sospecha), espía de la corona británica, dejó un clásico sobre las zonas australes del actual territorio argentino. No todo parece haberlo conocido de primera mano; varias veces se
valió de informantes o de otros viajeros. Pero su libro A description of Patagonia and the adjoining parts of South America: containing an account of
the soil, produce, animals, vales, mountains, rivers, lakes, &c. of those countries; the religion, government, policy, customs, drefs, arms, and language of the indian inhabitants; and some
particulars relating to Falkland’s Islands hizo época no solo en Inglaterra: fue traducido al alemán, al francés y al español rápidamente,
integrando incluso la mítica Colección de Documentos de Pedro de Ángelis bajo el título menos fatigoso de Descripción de la Patagonia. Veamos los párrafos que dedica a la región:
Al sur del pueblo de la Concepción (en la banda austral del Río de la Plata) está el cerro de las Víboras, y allí se divisan dos bosques casi redondos, muy tupidos, separados por un espacio. Unas cuatro
leguas al sur está el monte del Tordillo, que consta de muchas islas de monte de mayor o menor extensión, todas ellas situadas sobre lomas rodeadas de depresiones; los árboles son los mismos que
se ven en los bosques del Saladillo. Toda esta parte es llana, de pastos altos y aguachentos (watery), de
muchos armadillos, venados, avestruces y caballadas alzadas; en los bosques hay tigres y leones. Algunos de estos montes se acercan hasta las dos leguas de la costa del mar, la que es muy baja y
tan pantanosa que no da paso, y espesos fangales tienen como una milla de ancho y son muy profundos.
En todo el espacio que se interpone desde el Saldillo hasta las primeras montañas no corre ni río ni arroyo, ni más agua que la que
se reúne en las lagunas cuando llueve; y en épocas de seca estas mismas se agotan.
Como a 15 o 20 leguas estesudeste o al sudeste de los bosques o montes del Tordillo, está el gran promontorio o cabo de San Antonio,
que forma la punta austral del Río de la Plata. Este cabo es redondo y no
puntiagudo, como lo suelen pintar en los mapas; forma parte de una península, cuya entrada hacia la parte del oeste pasa por una canaleta o laguna ancha y muy pantanosa que le entra del mar o del
agua salada del Río de la Plata. En su mayor parte consta de arcilla con algo de
tierra vegetal y en el invierno lo riegan varios arroyuelos de aguas salobres, que en el verano por lo general desaparecen. Ni los pastaderos son tan buenos, ni los pastos crecidos como los
del Tordillo y Saladillo. Del lado del sur del promontorio le entra un brazo del océano que le queda al oeste y forma una bahía que termina en laguna. Ignórase si esta bahía puede servir de
puerto, porque en ella no se han practicado sondajes, y las embarcaciones se apartan lo más posible del cabo, temerosas de los grandes bancos de arena que dan el nombre de Arenas Gordas. He
alcanzado a dar la vuelta a parte de estas lagunas, y he vadeado los canales que comunican a otras de ellas con la bahía, no sin gran peligro, no sólo de pantanos, sino también y muy
especialmente por lo tigres que allí abundan como no he visto en otra parte alguna. Los bordes de estas lagunas están muy poblados de islas de talas y saúcos que sirven de guarida a estos feroces
animales, cuyo principal alimento es el pescado.
A la parte de la costa se extienden tres bordes de arena: el más inmediato al mar es muy alto y suelto y se mueve con los vientos; a
la distancia tiene toda la apariencia de una cerrillada. El que se sigue de éste dista de él como media milla y no tiene la misma elevación. El tercero está muy lejos, y es muy largo y angosto,
pues la arena no alcanza a dos pies de alto. El suelo entre estos bordes de arena es del todo estéril y no produce vegetación de ninguna clase. Esta península está llena de caballadas alzadas,
que se supone hayan entrado allí de los campos vecinos, quedando encerradas por no hallar la salida; razón por la cual es muy frecuentado aquel lugar por partidas de indios cazadores. Este
pequeño territorio llámase por los españoles el Rincón del Tuyú, por llamarse así toda aquella región hasta las cuarenta leguas hacia el oeste. Tuyú, en lengua de los indios guaraníes, quiere decir barro o arcilla, de que se compone el suelo de todo aquel país y sigue hacia el
sur hasta unas diez leguas antes de llegar a las principales montañas.
(…)
En esta región, en ciertas estaciones del año, hormiguean innumerables manadas de caballos alzados, razón por la cual los Tehuelhets,
Chechehets, y a veces todas las tribus de los Puelches y Moluches, se reúnen allí para hacerse de provisiones. Se extienden con sus tolditos portátiles por todos aquellos cerrillos ya citados,
hacen sus correrías diarias hasta llenar sus necesidades, volviéndose en seguida a sus respectivas tierras.
En el caso de nuestra región, Falkner sí la conoció personalmente. Fue miembro de la
Reducción de Nuestra Señora de la Concepción de las Pampas, y estuvo entre los
fundadores de Nuestra Señora de los Desamparados, de vida más fugaz aún, en la actual Sierra de los Padres, Mar del Plata. Como puede verse, parte de la toponimia que menciona – Las Víboras, el
Tordillo, el Cabo San Antonio, el Tuyú – persiste hasta hoy. No así el paisaje que le tocó vislumbrar. Los montes fueron talados a lo largo de décadas, y en nuestros días son una pobre sombra de
ese ayer. La fauna también; bajo nombres heredados de la tradición clásica (tigres, leones) subyacen los pumas, leopardos, yaguaretés, hoy casi extintos en la zona, al igual que el venado de las
pampas. Bajo armadillos pueden entrar los peludos, mulitas, quizás el desaparecido tatú carreta. Las manadas de caballos salvajes (“cimarrones”) eran descendientes de aquellos abandonados en la
primera e infructuosa fundación de Buenos Aires; fueron objeto de cacerías más o menos sistemáticas tanto de parte de blancos como de indios. Habían disminuido en el XVIII; de ahí que se
convirtieran en un tesoro preciado. Por último, es interesante cómo muestra Falkner la zona: como sitio de confluencia étnica. Si bien sus taxonomías han sido discutidas, podemos ver: vestigios
de presencia guaraní en la toponimia (Tuyú); presencia de los grupos más nórdicos del gran tronco patagónico
(Tehuelhets, Chechehets son nombres que más tarde se englobarían bajo el genérico de “tehuelches”), al mismo tiempo que Puelches y Moluches podrían designar a indios originalmente del lado
chileno, llegados a la región en paulatinos desplazamientos conocidos como “araucanización de las pampas”. Esto da cuenta de la movilidad social de las tribus pampeano-patagónicas, y de sus
relaciones – que veremos en el texto siguiente – de comercio, paz y guerra, con los huincas.
*
Entre Falkner y el siguiente texto transcurre más de medio siglo. No solo el virreinato del Río de la Plata es en el ínterin creado, sino también eliminado. Revolución de Mayo y luchas por la
Independencia. Más aventureros se atreven al sur del Salado y forman las “estancias”, establecimientos muy primitivos
que en nada se parecerían a las de, digamos, 80 años después.
William Miller (1795-1861) es todo un personaje de su tiempo; corresponde casi por entero al romanticismo. Buen lector, sensible
observador, participó en la guerra de Inglaterra contra sus colonias americanas, y luego vino a parar al Plata, donde se enroló en el ejército de San Martín. Lo acompañó en las campañas de Chile
y Perú; retirado San Martín, combatió bajo Bolívar. Estuvo en casi todas las batallas decisivas por la emancipación sudamericana. Después, intentó inmiscuirse en la política peruana, con
resultados infaustos. Debió tomar notas o llevar un diario. Tullido en combate, su hermano John redactó tiempo más tarde sus Memorias.
Recién llegado a Buenos Aires, la primera invitación que recibe es a una estancia; y ésta quedaba en nuestra zona. Si bien en su
relato pudo mezclar recuerdos dispersos en un todo más genérico y el paso del tiempo confundir ciertos detalles, el texto – bastante extenso, y lo hemos asaz podado – sigue conservando
valor y frescura. Está escrito en tercera persona; hemos actualizado la ortografía de la traducción.
El 30 de octubre emprendieron su camino al amanecer como de costumbre, y a mediodía pasaron el río Salado en una barca, a doce leguas de su desembocadura. Los
caballos cruzaron el río a nado detrás de la barca, pues el río tiene por aquella parte doscientas varas de ancho. El agua es salada como el nombre lo denota, porque nace en un terreno salitroso;
que es lo mismo que sucede con algunos arroyos que atraviesan las Pampas.
A las cinco de la tarde llegaron a Los Dos Talas, y cenaron en una pulpería. Las otras únicas habitaciones que había en aquel lugar,
eran tres cobertizos ocupados por treinta y ocho oficiales españoles hechos prisioneros de guerra en Montevideo, en el año de 1814. Estos oficiales salieron de Cádiz en 1813, habiendo servido la
mayor parte de la guerra en la Península. Mr. Miller los visitó y tuvieron un
gran placer en ver a un europeo; porque excepto algunos criollos o indios pocas veces veían algún forastero. Aumentó el interés de esta visita la circunstancia de que Mr. Miller cuando estuvo en
España, había contraído relaciones con algunos amigos de los prisioneros; y por consiguiente celebraron aún más su llegada, pues ella les ofrecía la oportunidad de hablar de su país nativo, y
contar sus desgracias a una persona capaz de simpatizar con ellos.
El gobierno de Buenos Aires tenía a aquellos oficiales desgraciados sujetos a la simple ración de carne y sal. La poca caza que
cogían era un extraordinario de lujo; y el conseguir una taza de leche un acto raro de caridad. En una extensión de cien millas alrededor de Los Dos Talas, no había más que veinte estancias, y
estas estaban ocupadas por los gauchos, cuya antipatía por los españoles es grandísima, y muchas veces consideraban a estos desgraciados como el objeto de su venganza. Diez de los prisioneros
dirigidos por le general Lavinia, desesperados de verse separados del mundo civilizado, habían desertado dos años antes. Creyendo aquellos infelices poder llegar así mejor a Chile, que entonces
estaba con los realistas, se refugiaron entre los indios salvajes; pero al cabo de sufrir horribles privaciones vagando sin dirección fija más de dos mil millas, y haber perecido siete de hambre
y cansancio; los tres restantes desconfiando de poder realizar sus deseos, se entregaron a un puesto avanzado de los patriotas cerca del territorio Pehuenche, prefiriendo sufrir su triste suerte
de prisioneros, a la vida que tenían que hacer entre los salvajes: cuyas maneras y costumbres, según las describía el mayor, eran en extremo desagradables. Este y sus otros compañeros fueron
conducidos en carretas (pues la debilidad no les permitía andar) a su antigua morada, que distaba más de mil doscientas millas, llevando apenas ropa para cubrir sus carnes. El mayor aún estaba en
un estado miserable; su rostro pálido, larga barba, y asquerosa figura, le hacían el cuadro verdadero de las desdichas. Este miserable estaba echado sobre una cama de palos cruzados y fijos por
un lado a una pared de barro, y por el otro asegurada con otros clavados en el suelo; sobre estos palos no tenía más que tres mantas de paño tosco. Se le habían puesto malos los ojos y para
precaverle de la luz del día, habían colgado un saco viejo de cortina. Un banquillo con tres pies y diez pulgadas de alto, cubierto de un andrajo de lana era el único asiento para el enfermo, el
cual se reclinaba contra la pared, cuya humedad precavía por medio de un pedazo de lona pegada sobre unos palos. Un tablón puesto de forma que sus extremidades apoyasen sobre los cuernos de dos
cráneos de toro, servía de banco para el resto de sus compañeros. Algunos tenedores, cuchillos y cucharas de asta, una o dos cafeteras, una sartén, una baqueta que servía de asador, dos
parrillas, una fuente de barro, y como una docena de tazas y platillos formaban el todo de sus utensilios domésticos. En la pared colgadas algunas bolas y lazos, los cuales usaban pocas veces,
porque solo en algunas ocasiones les concedían el permiso de que uno o dos a la vez montasen a caballo; este favor dependía enteramente del oficial de la guardia, el cual perteneciendo a la
milicia de los gauchos, creía que una indulgencia de esta especie era una falta que cometía. Algunos de los prisioneros tenían la barba crecida de años, pues según manifestaron era el jabón
artículo demasiado costoso para que pudiesen comprarlo. Si alguna sensación agradable puede experimentarse en la mansión del dolor, es únicamente haciendo olvidar por algunas horas a los que
sufren, lo triste de su situación y sus infortunios.
El mayor recibió un pequeño regalo de té con más reconocimiento y gratitud que si en otras circunstancias le hubiesen hecho el
más rico presente, y colocando su manta sobre el banco descrito anteriormente, suplicó a Mr. Miller lo ocupara. Este aceptó el obsequio con el mayor gusto, porque la noche era fresca y no era
posible hallar techado en otra parte.
Un silencio imponente precedió a la separación del día siguiente. El mayor, demasiado débil para ponerse en pie, se sentó sobre su
cama, y extendiendo sus brazos casi disecados, abrazó a Mr. Miller con un ardor que fácilmente puede concebirse. Sus otros desgraciados compañeros siguieron su ejemplo, y añadieron a sus abrazos
las más fervorosas bendiciones. Esta despedida fue verdaderamente melancólica, los ojos de todos se humedecieron, y hasta los gauchos se enternecieron. Los viajeros continuaron su marcha en
silencio, y no se hablaron una palabra hasta después de haber andado muchas millas. El mayor murió en cautiverio, y el resto de sus compañeros, aprovechándose de las disensiones que ocurrieron
entre las facciones de Buenos Aire en 1819, se dispersaron, y muchos escaparon a Montevideo, Talcahuano o Potosí.
El depósito principal de los prisioneros de guerra estaba en Las Bruscas, distante tres leguas de Los Dos Talas, en donde existían
quinientos oficiales y sargentos: a los soldados les permitían colocarse de criados en las casas, o de peones en los estados de los criollos.
En la tarde del 1 de noviembre y al cabo de quince leguas de camino llegaron los viajeros a Monsalvo, cuyo pueblo se compone de dos o
tres casas de barro. A las cuatro leguas de Los Dos Talas entraron en el Monte del Todillo, pedazo de terreno que contiene, y no muy espesos, una especie de árbol pequeño, que usan para la
construcción de las chozas, corrales de ganado, y para quemar.
El Monte del Tordillo, por la parte que en el día se atraviesa tiene ocho leguas de ancho, y se extiende desde la costa del mar hasta
Patagonia en dirección al sur-oeste, y se halla infestado de tigres, que más propiamente pudieran llamarse leopardos. No son muy feroces por la facilidad que tienen de conseguir sus presas en las
llanuras, y no son iguales ni en tamaño ni en bravura a los tigres de Bengala. Corren muy velozmente, pero se cansan pronto. Entre los toros, carneros, mulas y asnos hacen un gran estrago.
Muchos de ellos los cogen los indios y criollos con el lazo, para utilizar las pieles. Algunas veces también los cogen con trampas, del modo siguiente: ponen un tablón o caja grande de madera
sostenida por cuatro ruedas y conducidas por bueyes al lugar donde han descubierto el rastro de los tigres; en el rincón más profundo de la caja colocan un pedazo de carne podrida para que sirva
de cebo, y luego que el tigre la toca, cae la puerta de la trampa y queda encerrado. Enseguida lo matan de un balazo o con un arpón que introducen por entre las rendijas de los tablones. También
hay algunos leones; pero muy poco parecidos a los de África en su figura, tamaño y complexión. Rara vez atacan a nadie, sino a los potros, terneras y carneros. El color de su piel es tostado con
manchas blanquinosas; la cabeza grande y redonda; los ojos centelleantes y la nariz chata.
En este día atravesaron los viajeros grandes inundaciones, y algunos arroyos en que sus caballos tuvieron que nadar. Estos sitios
quedan enteramente en seco en verano. En aquella mañana hablaron con algunos indios que iban a caza de venados, cuyas extrañas maneras y variada apariencia, no dejaban de llamar la atención.
Todos iban a caballo, en pelo, machos ni bridas ni nada que las substituyera; las cabezas descubiertas y casi desnudos. Para esta especie de caza no usan los indios perros; corren tras de ellos
hasta que llegan a treinta varas de distancia, y entonces volteando las boleadoras con la mano derecha por encima de la cabeza, las arrojan con tal destreza que pocas veces yerran el golpe:
generalmente enredan el animal por las piernas. Los venados los cazan para procurarse las pieles, que cambian con los gauchos por yerba de Paraguay, tabaco y galleta.
El 2 de noviembre llegaron los viajeros a mediodía a la estancia de D. Andrés Hidalgo, uno de los que salieron de Buenos Aires. Esta
casa construida de barro está deliciosamente situada sobre una altura que domina el lago Mariancul, distante ochenta leguas de Buenos Aires y quince de la costa del mar. La casa de Hidalgo fue el
término del viaje.
El terreno por donde transitaron los viajeros parecía de excelente calidad; pero era conocidamente mejor el que hallaron los dos
últimos días, en los cuales no vieron una sola piedra. Hasta un pie de profundidad el suelo es de tierra negra molla; a esta capa la sigue otra de arcilla, luego se halla otra de arena, y luego
una especie de arenilla hasta que se encuentra agua. Algunos de los lagos depositan un lodo blanco, del que hacen uso como si fuese cal. Los viajeros anduvieron muchas leguas por medio de hierba,
trébol y avena silvestre que llegaba a las cabezas de los caballos. No será extraño que los que quieran establecerse en aquellos países, penetren doscientas o trescientas millas, para fundar su
casa de labor y heredades; donde podrían hallarse excelentes tierras con solo una pequeña cantidad para obtener la escritura o títulos de pertenencia, y construir un cercado de tierra que
marcase los límites de su propiedad. Las razones que inducirán a ello, son que las tierras son allí de mejor calidad que las de más valor en las inmediaciones de Buenos Aires, y que la
propiedad está menos expuesta a depredaciones, porque las probabilidades de descubrirse los robos aumentan en proporción a la distancia del mercado, donde se venden los efectos
robados.
Produce un sentimiento de tristeza involuntaria en el corazón de un inglés, el contemplar aquellas fértiles regiones habitadas
principalmente por fieras y aves, cuando en su propio país abundan pobres industriosos que desean trabajar, y que se ven reducidos a la miseria por falta de ocupación. Ningún hombre debe
abandonar su país ínterin pueda encontrar en él un modo honrado de vivir; pero cuando llega a la alternativa de perecer o robar, la emigración a terrenos proporcionados en aquellos fértiles
países, fuera para ellos, para su patria y para América, una resolución favorable. El hombre sobrio e industrioso llegaría en pocos años a gozar de una propiedad decente en tierras y ganados,
aunque hubiese llevado muy poco dinero; y muchas producciones en el día casi desconocidas, se dieran en abundancia. En la parte de las Pampas a que se hace relación no se siembra trigo, y la
pereza de los habitantes en este punto es tal, que prefieren vivir con solo carne y sal, un poco de mate y el cigarro, mas bien que dedicarse al trabajo de cultivar la tierra. Los gauchos miran
con abandono los dones que la naturaleza les prodiga, y viven infelizmente si los comparamos con los goces que se disfrutan en Europa; pero si trabajasen tres días a la semana, tendrían el trigo
y los vegetales en tanta abundancia, como ahora tienen carne. Aquel axioma, que la pereza es la madre de todos los vicios, no puede aplicarse al interior de las pampas. En Europa, un pobre
perezoso tiene que recurrir a medios ilegales para conseguir un sustento; pero en las Pampas es tan abundante la carne que nunca se da ni se recibe como un favor. Un forastero que entra en una
casa cualquiera está seguro de ser bien recibido, y de que le traten como si fuese uno de la familia. Se saludan cortésmente; pero ni le hacen, ni debe esperar que le hagan ninguna invitación; el
hacerla fuera infringir las costumbres de aquel país.
Los gauchos son generalmente de buena estatura, y se hallan con frecuencia caras bonitas entre las mujeres: los hombres son
atrevidos, sociables y francos en sus maneras; tienen buen humor y son obsequiosos; pero al mismo tiempo tan altivos, que si alguien les levanta la mano bien puede prepararse, porque en el acto
sacan el cuchillo para vengar la afrenta.
Desde un tiempo inmemorial han gozado los gauchos de un grado tal de libertad individual, desconocido quizás en los demás pueblos del
mundo. Esparcidos a largas distancias sobre llanuras inmensas, apenas percibían las trabas de una magistratura local; y se oponían abiertamente a la autoridad del virrey, siempre que intentaban
coartarles la libertad. En un estado tan atrasado de civilización, conservaban más rasgos nobles del carácter español en el tiempo de la grandeza de la monarquía, que se encuentran en la madre
propia, o en cualquier otro punto de sus antiguas colonias. Herederos de la sobriedad de sus mayores, y teniendo en abundancia más de lo preciso para llenar sus necesidades, pasan sus días en
festiva holganza, o vagan por sus inmensos campos en busca de ocupaciones o placeres. De esto resulta, que la deshonestidad es rara, y los robos desconocidos.
(…)
Es una opinión generalmente reconocida, que los países montañosos producen gentes animadas de un espíritu libre, y dotadas de valor
suficiente para conservar su libertad; al paso que los habitantes de las llanuras se consideran más dispuestos, para sufrir las cadenas del despotismo. Pero este principio deberá invertirse si
comparamos al gaucho errante, que siempre gozó su independencia individual, con el humilde montañés del Perú, tratado infinitamente peor que se trata a los esclavos negros, en cualquiera parte
del mundo. De esto resulta, que las instituciones políticas tienen algunas veces más influencia en el carácter de los habitantes de un país, que puede atribuirse a las montañas o
llanuras.
La hacienda de D. Andrés Hidalgo tenía tres habitaciones; la principal era un cuarto de cuarenta y dos pies de largo y quince de
ancho, sin chimenea ni ventanas; y el todo estaba construido de paredes de caña, cubiertas por dentro y por fuera de arcilla. Las pocas vigas que formaban los apoyos las habían traído del Monte
del Tordillo, distante dieciocho leguas, y estaban sujetas con tiras de cuero como en todas las casas de las Pampas, pues no se conocen en ellas los clavos; las puertas las hacen comúnmente con
pieles de toro, extendidas en marcos de madera. D. Andrés poseía el terreno que había querido elegir, para mantener tres mil doscientas cabezas de ganado vacuno, y trescientos caballos. Esta
posesión se consideraba como un establecimiento pequeño, y lo habían formado el año anterior. Algunas estancias tenían veinte mil cabezas de ganado vacuno, y caballos, asnos y mulas en
proporción. Un peón o vaquero tiene a su cuidado mil cabezas de ganado, y su obligación es contarlas por mañana y tarde, y hacer volver a la manada a las que se descarrían.
(…)
Los viajeros comieron un día con D. José Pita, uno de los compañeros que formaban la partida que salió de Buenos Aires, y cuya
estancia estaba a cuatro leguas de la de Hidalgo, y era la más avanzada en la dirección meridional. Allí se encontraron paseando a un cacique, con sus mujeres, sus hijos y unos cuantos de su
comitiva; algunos hablaban un poco el español, y parecían ser de una raza superior a la de los indios creek, que emplearon los ingleses contra la
Nueva Orleáns. Tenían pintadas las caras con sangre de caballo, y llevaban plumas. Su tez natural es de color de cobre;
pelo largo, lacio y de un negro reluciente. Los hombres miran a las mujeres como seres de inferior naturaleza, y por consiguiente las tratan con indiferencia.
El trato con los indígenas debe producir grandes ganancias, porque una piel de tigre que valía ocho duros en Buenos Aires, la
compraron en el camino por veinticinco reales. Por dos reales y medio empleados en té del Paraguay, dieron seis pieles de vizcacha que podían venderse en Buenos Aires por quince
reales.
Los viajeros dedicaron un día en visitar un pueblo o campamento indio, con los cuales era D. Andrés muy popular. Estos indios, como
todos los demás, tienen la costumbre inveterada de pedir cuanto ven y se les antoja, de lo que llevan los extranjeros; pañuelos de bolsillo, guantes, látigos, cortaplumas, lapiceros y los botones
de metal se los quitaron de las manos. Todos tomaron un pueril antojo con el capote con pieles de Mr. Miller, y con sentimiento muy marcado se convinieron a no quitárselo de los hombros. Una
gorra de camino la pudieron preservar casi con la misma dificultad; pero sin embargo de verse privados de aquello a que creían tener derecho, al fin se separaron del modo más
amistoso.
Al leer este documento, cuyo marco se sitúa en 1817, la historiografía o seudo-historiografía dolorense sólo se ha preocupado por un
detalle, que es justamente el que no aparece: Dolores. Dado que los investigadores pasaron décadas peleando inútilmente por si Dolores fue fundada en 1817 o 1818, si por un militar o por un cura,
y este texto no menciona ni al pueblo, ni al militar, ni al cura, muchos lo vieron como prueba de que en 1817 Dolores aún no existía; prueba que no es concluyente. Para el caso, tampoco se
mencionan la estancia Miraflores, de Francisco Ramos Mexía, con su comunidad utópico-cristiana de casi 200 indios, ni otros detalles que un historiador creería imprescindible que asomaran. Pero
Miller era un viajero y no un atrabiliario exhumador de actas fundacionales; y sus memorias se escribían lustros después de los hechos. Concentrémonos entonces en lo que sí dice, en sus riquezas
y contradicciones.
Tanto Las Bruscas como Dos Talas reunían a los prisioneros de la guerra de la independencia; una investigación en curso muestra que
la primera llegó a ser con el tiempo un pueblo muy bien organizado, y no sólo un campo de concentración. Pero en cuanto a la condición deplorable de los prisioneros, Miller coincide con
las Memorias de Ansay, que estuvo preso allí, y con los memorandos que eran enviados a Buenos Aires.
Nos topamos en el texto con los Montes del Tordillo nuevamente; para ese entonces – otro detalle que Miller no menciona – se había establecido en ellos una verdadera “industria”, la de los
carboneros, que talaban, reducían a carbón vegetal y enviaban el producto a Buenos Aires. Junto a ellos, huidos de la justicia y gran cantidad de prostitutas daban un tono bastante colorido y
anárquico a la región, lo cual suscitaría las futuras iras del cura párroco Francisco de Paula Robles por tamaña “inmoralidad”, a la que las autoridades hacían la vista gorda. La fauna y flora
siguen siendo básicamente las que Falkner mencionara. Pero, además de las cárceles, otras cosas se han ido agregando.
Abundan ahora las estancias, sin cercados, casuchas miserables que se adentran en el territorio indio y tratan de proteger manadas
inmensas de ganado bovino o equino. Con Dolores o sin Dolores, la región se ha convertido en una avanzada de fronteras, con los peligros que eso entraña. La presencia blanca ya es bien visible, y
las relaciones de intercambio tanto más fluidas, con la estafa, a todas vistas, a los pueblos originarios. De la paz se pasa a la guerra sin solución de continuidad. Blancos e indios pueden
encontrarse y parlamentar y comerciar; Miller da una visión bastante estereotipada (y recurrente en toda la literatura) del gaucho y del indio. Pero con matices. No es un racista insensible. Y no
se percata de las paradojas en las que incurre, muy naturales por cierto. Es hijo de su tiempo y sobre todo… ¡Mister Miller es Mister Miller y no Eric Hobsbawm!
Por una parte, muestra a un gaucho casi en “estado de naturaleza” como el Buen Salvaje de Rousseau; ha heredado los mejores rasgos
peninsulares, pero vive una vida regalada, ociosa, hasta “honesta”. Repasa las teorías de Aristóteles y la más reciente de Buffon sobre la influencia del clima y la topografía sobre las
idiosincrasias de los pueblos, e inteligentemente las aprecia como insatisfactorias. Y a la percepción idílica se contrapone el avistaje de una pampa ubérrima pero desaprovechada. ¡Qué no harían
los pobres ingleses en esta fecundidad dilapidada! Sigue así una moralina sobre el trabajo y la tristeza ante una natura no laborada. Lo que Miller no percibe es que si muchos ingleses padecen
hambre, precisamente es consecuencia de los “cercados” que desde el siglo XVII vienen enclaustrando las campiñas británicas, otrora feudales pero comunales, abiertas a una economía de
subsistencia. La exclusión de esa vida comunal ante la creación de la propiedad privada, ha producido campesinos ahora asalariados… o mendigos sin salarios. Y a ello se suma la Revolución Industrial, y la búsqueda colonialista de nuevos mercados. Miller quisiera proponer
los modelos de una sociedad inglesa que ya es capitalista a grado pleno, a un territorio que no sólo está en una economía precapitalista, sino donde apenas prima el trueque o el intercambio, y
las seguridades políticas son harto frágiles. Aún no se ha concretado la independencia cabal, aún faltan las luchas civiles, aún restan décadas para la verdadera creación del Estado-Nación. En
tanto, la pampa sideral se puebla de pequeños terratenientes - y de gauchos que pronto pasarán al mito y al recuerdo.
Y si Miller puede compadecerse por unos prisioneros europeos que parecen la viva imagen de la miseria, aún no logra intuir que, pese
a la aparente flojedad de esos rancheríos y de sus gauchos ociosos, son éstas las cuñas de la periferia de occidente, penetrándose más y más hacia el sur, como un preludio anunciante del
genocidio amerindio que se concretará en medio siglo, y del que esta avanzada de la “civilización” ya es un triste anticipo.
*
Alcide d’Orbigny (1802-1857) comenzó estudiando moluscos; no parece un inicio muy romántico, pero su vida – y su espíritu – son
absolutamente románticos. Discípulo de Cuvier y Humboldt, fue uno de los últimos y grandiosos representantes de la estirpe de los “naturalistas”, es decir, de aquellos que, antes de la
fragmentación de las ciencias con el positivismo, veían a la naturaleza como un todo orgánico y estudiaban desde los minerales hasta el hombre, pasando por el yuyo y el amplio espectro de los
bichos. Fue enviado a América para taxidermizar y enviar muestras a los museos de Francia; se dedicó con la misma pasión tanto a los insectos como a los grupos étnicos y sociales; reunió unas
9000 piezas; su enorme periplo quedó plasmado en un libraco memorable, Viaje por América Meridional (¡5000 páginas!), y en El hombre americano, primerísimo ensayo de antropología.
Negador del evolucionismo cuando Lamarck y Darwin ya lo pergeñaban, contribuyó sin embargo con el descubrimiento de múltiples especies, y con una vida de búsquedas infatigables en un continente
convulsionado. Su breve descripción de Dolores, por el cual pasó en realidad uno de sus informantes en 1828, muestra ya algunas alteraciones de nota si lo confrontamos con el texto de Miller, con
el que apenas median once años.
De Chascomús, fui a dormir a la posta de Roxas; y sólo encontré al día siguiente, al mediodía, al llegar a la de don Victorio Merlo, el convoy de carretas
perteneciente a la expedición, que se disponía a ponerse en marcha. Pasé el Salado el mismo día y llegué por la noche a la posta de Isla: al día siguiente, hicimos alto en el villorrio de
Dolores; la campaña que acababa de atravesar, desde el Salado, es llana y presenta el mismo aspecto que las tierras que he descrito en el viaje a la Cruz
de Guerra.
Caracterizan a esos campos, por otra parte, el gran número de pequeños lagos que se encuentran, de tanto en tanto: al partir de
Dolores, vi muchas llanuras bajas, sobre todo antes de llegar a la posta de don Pedro Ponce, ubicada más o menos a mitad del camino que separa a ese villorrio de la posta de Caquel; esas llanuras
húmedas parecen comunicar con las que cubren todo el espacio situado de este lado. Las dunas del cabo San Antonio, al oeste del cual me hallaba, son, sin duda, una corriente de agua análoga a la
que forma el brazo del Saladillo, junto a la Cruz de la Guerra, y que parecen venir del oeste de la Sierra del Tandil, presentando aspecto de arroyos o
desapareciendo o transformándose en pantanos, antes de llegar a las orillas del mar. El suelo se eleva poco a poco, al aproximarse las alturas de Caquel, antiguo fortín, situado junto al lago del
mismo nombre. Las orillas de ese lago presentan algunas piedras y masas de arcilla endurecida: todo el suelo de los alrededores está cubierto de florescencias salinas. Me vi obligado a permanecer
varios días en ese lugar, a fin de conseguir caballos, que, de acuerdo a un informe del coronel Estomba, debía pedir en las estancias vecinas.
El 6, al atardecer, abandonamos las alturas de Caquel, que son poco extensas. Todo el terreno que sigue, hasta la estancia de
Baudria, distante cuatro leguas, es llano como las pampas, salvo un pequeño mamelón poco elevado, que está una legua antes de llegar a esa estancia y al pie del cual se extiende una laguna
entonces casi seca; todas esas pequeñas eminencias están formadas de tierra arcillosa y compacta (…) La estancia de Baudria es un establecimiento nuevo. Para formar tales establecimientos, los
pobladores comienzan por cavar un foso sobre el cual colocan un pequeño puente levadizo, construyen del lado interior un rancho o pequeña cabaña, para estar al abrigo de los ataques de los
indios, ataques muy frecuentes desde el comienzo de la revolución, y que, en ciertas épocas, han devastado la provincia de Buenos Aires. Forman, al mismo tiempo, los potreros para los animales y
uno de los primeros cuidados es plantar bosques de durazneros; una vez ejecutados esos primeros trabajos, se tiende a perfeccionarlos poco a poco; se construye una casa para el amo, más o menos
espaciosa; el rancho sirve entonces de cocina y es abandonado a los peones.
Durante nuestra estadía en la estancia de Baudria, recibimos la visita de indios pampas, que levantaron sus toldos o tiendas a corta
distancia; nos dijeron que buscaban asilo en el interior de la provincia y que el temor a los chilenos (indios chilenos o de la cordillera) los alejaba de los lugares donde vivían
naturalmente. Me impresionó el buen aspecto de esos naturales, y sobre todo lo armonioso de su idioma, que hablan también los aucas, los ranqueles, etcétera, y que no es otro que el araucano de
Chile; esos indios que se refugiaban entre los cristianos son los mismos que, de tanto en tanto, les hacen una guerra de exterminio, apareciendo, como un torrente, en medio de las estancias
sorprendidas, matando los hombres adultos, llevándose las mujeres y niños, robando todo lo que encuentran y arrastrando rápidamente al desierto a todos los rebaños de que se pueden apoderar. Pero
es difícil que gocen con tranquilidad el fruto de sus rapiñas: por lo general, son sorprendidos al regresar de su expedición y despojados por alguna tribu enemiga; a veces, también, los
cristianos toman la revancha, penetran a su vez a favor de las tinieblas en el campo y los masacran a todos sin piedad. En los intervalos de paz, que suceden a las masacres, los indios vienen a
traficar a Buenos Aires, donde conducen algunos tejidos de lana, así como ponchos, mantas, plumas de avestruz y peleterías.
Los cambios: Dolores ya es un pueblo y, sobre todo, no es la Última Thule de las pampas. Un servicio de postas y pulperías la unen no
solo con Buenos Aires sino también con nuevas avanzadas del territorio. Ha dejado de ser “el sur del sur” del hombre blanco; es nexo necesario hacia los fortines y asentamientos que se han
formado o se formarán en la región serrana de Tandil, o más al sur, la actual Bahía Blanca. Incluso el cercano fortín de Kakel ha sido abandonado, por innecesario. La hasta entonces aislada
Carmen de Patagones ya no es solo accesible por mar, también puede serlo por tierra. Eso no significa que los viajes sean fáciles, ni mucho menos. La era de los grandes cacicazgos – Calfucurá,
los Catriel, los Pincén – ha comenzado. Las relaciones de intercambio parecen más dúctiles, pero también más frágiles. Los vastos malones son moneda corriente; los fortines y los reclutamientos
forzosos poco pueden cuando la indiada arremete, tras algún pacto incumplido. Los indios también saben de luchas intestinas.
Las estancias ahora abundan; por fin se introduce el sistema de cercado, pero con fosos, de dudosa eficacia. Para el alambrado habrá
que esperar unas décadas; lo implantará un tal Newton, en el partido de Chascomús. Comienza la arboricultura. Prosigue la llegada de indios desde Chile, sumándose a los tehuelches o a los aucas,
es decir, a hordas chilenas de más vieja raigambre. De creerle al texto, la lengua de los araucanos ha devenido en lingua franca,
usada por etnias múltiples. Su belleza no solo sobrecoge a d’Orbigny; varios dan cuenta de ella.
Dolores, en tanto, provee lo necesario a los viajeros. El último malón importante lo ha sufrido en 1821. Prospera poco a poco; el
sistema rivadaviano de enfiteusis promueve los grandes latifundios. Cuando estos sufran, una década más tarde, por el bloqueo francés contra Rosas y la imposibilidad momentánea de exportación,
los estancieros se alzarán en armas, en la llamada Revolución de los Libres del Sud (1839), fácilmente reprimida. De ella hablarán, casi como si de una guerra homérica se tratase, pedestres
poemas de Echeverría y Mitre, la novela Painé de Estanislao Zeballos; un parágrafo del
Facundo sarmientino y otro de las Memorias
del General Paz. Pero ningún viajero ocasional, hasta donde se sabe.
*
Desconocemos datos esenciales de la vida de William Mac Cann, hasta los de su nacimiento y muerte. Pero su estadía en
la Argentina rosista entre 1842 y 1844 dejó un libro a veces delicioso, que ha sido traducido como Viaje a caballo por las provincias argentinas. Sus objetivos fueron comerciales; alertó a Inglaterra de la inutilidad de asumir
hostilidades contra Rosas, dado que este no pensaba tocar los intereses económicos del Imperio. Sus consejos fueron acatados; se entrevistó con el propio don Juan Manuel, que le causó una buena
impresión. Su libro es ameno, sus descripciones frescas, pero no se salva del desprecio que las razas “inferiores” – gauchos, indios, criollos en general – le suscitan. Cree a rajatabla en la
superioridad anglosajona, protestante y capitalista; las razas inferiores desaparecerán ante su avance.
Mac Cann se concentró sobre todo en el bienestar de los “súbditos británicos”; comprobó que la pasaban muy bien y que su comercio era
respetado. A nuestra zona le dedica estos párrafos:
La mañana en que partimos el tiempo estaba hermoso y soplaba una brisa fresca. Cerca de la estancia vimos muchas osamentas de
animales vacunos que eran devoradas por perros y pájaros. Como teníamos un largo día de camino, nos desayunamos sobre el caballo con unos bizcochos y frutas secas, mientras
marchábamos.
A eso de mediodía estuvimos cerca de la villa de Dolores que tiene ahora no más de dos mil habitantes y ha sido, al parecer, en otro
tiempo, centro muy próspero como lo demuestra la cantidad de casas y jardines abandonados. La iglesia, muy pequeña y construida de adobe, no podría contener la décima parte de la población. Una
división del ejército estaba acampada cerca de la plaza; las chozas de los soldados, trescientas cincuenta más o menos, eran construcciones de estacas, con techos de junco. Residen en Dolores
algunos súbditos británicos y en los últimos cuatro años se han establecido tres médicos irlandeses.
Averiguamos el camino a seguir y nos indicaron unas huellas de carros, pero a poco se hicieron tan confusas que tuvimos que
abandonarlas y por último recurrimos a la brújula (…) Dolores se halla situada en terrenos muy bajos y, por espacio de varias millas, después de alejarnos del pueblo, fuimos ascendiendo en forma
muy gradual pero perceptible. Todos los campos estaban cubiertos de una planta pequeña, parecida a la boja, que despide un perfume muy agradable. A la distancia, las llanuras aparecían como
cubiertas de brezos achaparrados.
¿Por qué Dolores se encuentra en un estado tan miserable? La respuesta es obvia. Tras la revolución fallida, y desarticulada la
conspiración que había tomado carácter nacional, se producen los años más sangrientos de la dictadura rosista. El partido de Dolores es desmembrado, muchos de sus habitantes han muerto en batalla
o emprendido el exilio, algunos en el éxodo de Lavalle, otros hacia Uruguay. Dolores se ha despoblado; las represalias fueron duras. Mac Cann no incluye este dato, pero sí que hay súbditos
británicos en este lejano paraje; su chauvinismo se detiene en cada reducto, para comprobar el bienestar de ingleses, escoceses e irlandeses. Los caminos vuelven a ser pésimos. No se mencionan
postas.
*
Y llegamos a nuestro último texto, apenas 15 años posterior al precedente. La imagen ya es muy otra.
Victor de Martin de Moussy (1810-1869) fue contratado, como otros científicos, en los primeros años de la Confederación, en este caso por Urquiza. Médico y meteorólogo francés, dedicó muchos años a recorrer el país y plasmar sus datos en su
gigantesca Description Geographique et Statistique de la Confederation Argentine, en tres volúmenes. De Moussy pertenece ya plenamente al positivismo cientificista y evolucionista; la obra se complace en estadísticas junto con descripciones. En el tercer
volumen (1864) hace un recorrido provincia por provincia, pueblo por pueblo. Y aquí Dolores (la traducción me pertenece):
Distrito de Dolores. – Bastante menos extendido, pero mucho más poblado que los precedentes, puesto que no tiene más
que 32 leguas cuadradas de superficie y posee 7000 habitantes. Es un terreno absolutamente plano, un poco arenoso y sembrado de innumerables lagunas que lo hacen eminentemente propio para la cría
de ganado. El clima es bastante frío, y la vegetación nada tiene de la de los países cálidos. Los frutos maduran tarde y no son tan dulces como los de la otra orilla del Río Salado; pero la
excelencia de sus pasturas, la multitud de estancias y la industria de sus habitantes hacen de este cantón el más rico de todos los del sur.
Dolores, su ciudad cabecera, a 51 leguas de Buenos Aires, era, hace unos treinta años, un simple
puesto militar de avanzada hacia el sur; hoy es la cuarta ciudad de la provincia. Su población es de 4000 almas; cuenta con una gran cantidad de extranjeros, entre ellos muchos vasco-franceses y
españoles, eminentemente activos, laboriosos y emprendedores, que están domiciliados aquí desde hará unos seis años. Se ven grandes almacenes, escuelas, una casa comunal, una bella plaza y una
grande y magnífica iglesia en construcción, edificio emprendido desde un vasto plan y que exigirá tiempo y sumas considerables para su acabamiento. Dolores, que es la verdadera capital del sur de
la provincia y crece a ojos vistas, cuya población es rica e industriosa, no retrocederá ante la ejecución de una tal obra. Esta ciudad está designada a ser el punto extremo del ferrocarril del
Sud. Mientras tanto, dos servicios de diligencia la comunican con Buenos Aires y con Tandil, situado 45 leguas más al sur. La desembocadura del río Salado está a 15 leguas de Dolores. En los años
lluviosos, se han servido allí de un puerto para comunicarse con Buenos Aires; tenía tanta agua como para recibir navíos de cabotaje que venían por el Plata y la bahía de Samborombón.
Muchas, demasiadas cosas, han sucedido entre un texto y otro; esencialmente, la batalla de Caseros, y el “resarcimiento” a un
baluarte antirrosista como Dolores lo había sido. La ciudad ha crecido y lo seguirá haciendo; está en un punto neurálgico y hasta se pensará, una vez se federalice la ciudad de Buenos Aires, en
convertirla en capital de la provincia; el proyecto fracasará con la fundación de La Plata. El tren llegará en 1874 y será así punta de riel; distintos tribunales se instalarán, y la vida abogaderil extenderá su égida sobre toda la ciudad y un enorme distrito judicial.
Con la Conquista del “Desierto” (1879) los indios serán un fantasma del pasado, aunque sus sobrevivientes inicien su
secular calvario. Devendrá en ciudad de jueces y estancieros; captará intelectuales; fundará periódicos; tendrá sus colegios secundarios, culminará su iglesia, construirá edificios costosos
mientras el modelo de “Argentina granero del mundo” dure. Al patriciado criollo sumará una burguesía rica y a veces ilustrada, atraerá inmigrantes, fundará una sociedad clasista que, aún venida
la larga decadencia, se seguirá refugiando en su idilio de terratenientes y abogados, y en la construcción à la carte de un pasado previsiblemente heroico.
Con nuestros viajeros, otras cosas hemos visto, y también otros discursos. Argonautas mínimos en un rincón ignoto entonces, los
releemos hoy, constatamos los cambios del paisaje, y el heraclíteo curso de la historia, con sus fluires muertos y sus supervivencias.
BIBLIOGRAFÍA
(únicamente enumero las fuentes primarias, por orden de aparición en el texto)
Sánchez Labrador, Joseph: Los indios pampas, puelches, patagones.
Ed. cuidada por Guillermo Fúrlong Cárdiff. Buenos Aires: Viau y Zona, 1936.
Falkner, Thomas: Descripción de la
Patagonia y de las partes contiguas de la América del Sur.
Estudio preliminar de Raúl José Mandrini. Trad. de Samuel Lafone Quevedo. Buenos Aires: Taurus, 2003. (Colección Nueva Dimensión Argentina, dirigida por Gregorio
Weinberg)
Memorias del General Miller escritas por John Miller. Trad. de José María
Torrijos. Buenos Aires: Emecé, 1997. (Colección Memoria Argentina, dirigida por Alberto Casares).
D’Orbigny, Alcide: Viaje por América Meridional II. Trad. de Alfredo Cepeda. Buenos Aires: Emecé, 1999. (Colección Memoria Argentina, dirigida por Alberto Casares).
Mac Cann, William: Viaje a caballo por las provincias argentinas.
Introd. y trad. de José Luis Busaniche. Buenos Aires: Taurus, 2001. (Colección Nueva Dimensión Argentina, dirigida por Gregorio Weinberg)
De Moussy, V. Martin: Description Geographique et Statistique de
la Confederation Argentine. Tome Troisième. Paris : Librairie de Firmin Didot Frères, Fils et Cie,
1864.
Imagen: Argonautas, de Lorenzo Costa